Un dilema ocioso

Javier Bardem interpretando a Anton Chigurh, en la película No Country for Old Men. No hay que dejarse engañar por el peinadito de Príncipe Valiente (hasta parece uno de los Osmond): el tipo es una pesadilla ambulante.

Los hermanos Joel y Ethan Coen son personas de fiar. Lo han demostrado en suficientes ocasiones. Uno, como aficionado al cine, tiene razones para creer que cuando una buena historia cae en sus manos saben, por lo general, arreglárselas para contarla del mejor modo. Pasó, nada menos, con la Odisea, que acomodaron impecablemente al sur profundo de los Estados Unidos de la tercera década del siglo pasado: el Ulises deslenguado y vanidoso —su mayor apuro, en todo momento, era traer el pelo perfectamente envaselinado— que encarnó George Clooney debería figurar entre los personajes más simpáticos de la historia del cine universal. La escena del encuentro con las sirenas es memorable, lo mismo que la figura del cíclope furibundo (John Goodman, un supuesto vendedor de biblias que muele a garrotazos a Ulises y a su secuaz Delmar). Homero mismo tendría que haber quedado sumamente complacido. (Alguna vez, en una entrevista, Clooney confesó que cuando fue llamado para actuar en esa película, se aplicó muy seriamente —y muy ingenuamente— a leer de principio a fin la Odisea, y que al ir con los Coen a relatarles su proeza, éstos se burlaron de él, pues a ellos les había bastado echarle un vistazo a una versión infantil, con monitos).

¿Quedará refrendada la confianza en los Coen ahora que llega su nueva cinta? La cuestión es gravísima: sucede que la película suya que hoy se estrena en México, Sin lugar para los débiles (el estúpido título que le pusieron en español: ¿no hay modo de impedir estas traslaciones nefastas?), está basada en una de las novelas más impresionantes de la literatura contemporánea, No Country for Old Men, de Cormac McCarthy. Y eso nos mete en un apuro a quienes tenemos la suerte —o la mala suerte— de ser fans del novelista y, al mismo tiempo, seguidores de la dupla de realizadores cinematográficos: se trata de enfrentar, en una escala superlativa, el dilema que surge cada vez que una obra literaria es llevada al cine: ¿con qué nos quedamos, con el libro o con la película? Un dilema ocioso, desde luego, pero inevitable. Porque el hecho es que ya los Coen se han atrevido, y no quedará más remedio que ir a ver si la osadía les ha salido bien. McCarthy, uno de los escasísimos clásicos en vida con que es posible encontrarse, es un narrador cuya prosa —seca, áspera, feroz, implacable— es capaz de ocasionar pesadillas: en esta novela, en concreto, por la presencia del Mal en estado puro, condensada en el personaje que Javier Bardem interpreta en la película. ¿Y si algo falla, y esa figura atroz —y, por ello mismo, admirable— termina siendo una caricatura? El reparto, a primera vista, parece inobjetable. Pero, ¡ay!, es enorme el riesgo de que la cosa termine saliendo como una película de los Almada. En fin: habrá que atenerse a la certeza que brinda, en un momento de la novela, el incomparable sheriff Bell (Tommy Lee Jones en la pantalla): «Si no tiene solución, ni siquiera es un problema». Qué ansia.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 8 de febrero de 2008.
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4 comentarios:

Mario dijo...
8 de febrero de 2008, 16:34

profe, he estado leyendo mucho su columna y le tengo que confesar que ahora incluso mis padres son fervientes seguidores de la menor importancia.
le quería agradecer las carcajadas que me sacó con la columna de Emilio...
he estado esperando con ansias este film ya que me declaro seguidor de los COEN y su trabajo es de lo mejorcito, no conozco yo al autor pero ojalá y se superen sus expectativas como pocas veces pasa en las adaptaciones al cine.
un saludo grande y ya me dijo josé luis mi amigo que si se metió a su taller en el FCE, yo se lo recomendé mucho no he hablado con él a ver como le va.
bueno estamos en contacto
Mario Ferrer

Anónimo dijo...
11 de febrero de 2008, 8:28

Habrá que verla, por lo pronto me has dejado con un agradable y muy viejo recuerdo de Los Osmond.

Luisfer dijo...
13 de febrero de 2008, 13:57

Profe:
Leí la columna originalmente en Mural. Al leerla me sorprendió que alguien tuviera la misma opinión “del profe”, luego la vi en el blog al hacer la descripción del personaje y corroboré que en efecto es el profe quién escribe en Mural (hay que admitir que la fotito en el periódico está bien chafa para reconocerte).

Coincido en que el título es una basura ¿desde cuándo débil es igual a viejo y país a lugar? No es lugar para los débiles cambia totalmente el sentido de No es país para los viejos. Acabo de ver una película que igualmente le dieron en la torre con el título, se llama Expiación, deseo y pecado; pero en inglés se llama “Amendment” que es textualmente expiación. La película trata de la expiación del personaje, no del deseo ni del pecado. Además, ponerle la palabra pecado en el título creo que es como hacer una publicidad barata al estilo El crimen del padre Amaro. Eso sí, la película es buenísima, la recomiendo ampliamente.

Como ya se acabó la huelga de guionistas hay que decirles a los traductores que se pongan en huelga también, así las cinematográficas se verán obligadas a poner los titulo textuales.

Saludos

Luis Fernando López

Kurt C. dijo...
15 de febrero de 2008, 11:54

Habrá que ver el trabajo de estos muchachos e igualmente no conozco la obra, pero también hay que leerla.

Habías escuchado del verbo "desleer" me causa pánico, risa y tristeza.

Saludos!