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El mejor papel

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Foto: FIL/Bernardo De Niz

Es inevitable: al llegar al final de la FIL me quedo con la paradójica impresión de que estos nueve días han sido demasiados (tanta agitación, tanto gentío, tan vacía la cartera luego de tantos libros, boletos de estacionamiento, cafés, tacos y gastos irreconocibles) y, al mismo tiempo, demasiado pocos. Lo dije al principio y lo he verificado nuevamente: la FIL es un oasis y su espejismo, una ilusión fugazmente materializada en la que es posible, en medio del desconcierto imperante, sumergirse en un frenesí pletórico de ocasiones para el descubrimiento cuya principal razón de ser son los libros. De ahí que, a quienes reincidimos —y venimos haciéndolo desde hace 24 años—, la feria nos importe que sea llevada por el mejor rumbo, enriquecida con programas mejores cada vez y defendida de las inercias, las estrecheces y los vicios que pueden acecharla. En medio de la catástrofe imperante, este espacio y lo que sucede en él constituye una circunstancia excepcional en la que debería tener preeminencia el ejercicio de la inteligencia constructiva, a despecho de frivolidades, conveniencias políticas, veleidades del mercado y ocurrencias de toda índole.
         Este domingo espero un buen cierre con el homenaje que recibirá Guillermo Sheridan como periodista cultural. Será un gustazo oírlo, espero, porque pocos como él están leyendo la realidad nacional con tal agudeza y, lo mejor, con tan saludable sentido del humor. Por otro lado, también me interesa entrar a la presentación del libro Nuestra aparente rendición, fruto de la admirable labor emprendida por la escritora Lolita Bosch en pos, precisamente, de concentrar mucho de lo más relevante que se piensa al respecto del espeluznante estado de cosas (a las 11:00, en el Salón C del área internacional); enseguida, ahí mismo, se presentará 72 migrantes, proyecto derivado del de Bosch a raíz de la masacre de San Fernando, Tamaulipas, y coordinado por la extraordinaria periodista Alma Guillermoprieto, para que los muertos en esta locura no queden sólo como cifras sin rostro y sin historia.
            Y a terminar de pasear con Regina, mi bebita, quien por lo visto está encantada con la FIL. Disculpas anticipadas a todos los prójimos que andaremos golpeando en los tobillos con la carreola. Hoy vendrá por tercera vez, y la llevaremos a FIL Niños —sin duda algo de lo mejor que tiene la feria; todavía no tiene edad para entrar a los talleres, pero ¡qué ganas les trae!—; también a que escoja todos los libros que quiera (bueno, aunque todavía no hable nos bastará con que pele los ojos o les sonría), y a corroborar en mi caso lo que yo jamás me imaginé: el mejor papel que me ha tocado desempeñar en la FIL es el de papá. Se siente estupendamente bien.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el domingo 4 de diciembre de 2011.


Insensatez

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Foto: FIL/Natalia Fregoso

Comprar libros en la FIL tiene sentido siempre que se verifique alguna de las siguientes condiciones: primera, que se trate de títulos que sea sumamente improbable encontrar en otra ocasión (imposible nunca es, porque existe internet); segunda, que los precios en la feria sean efectivamente menores que en otros lados, cosa rarísima, pues me he dado cuenta de que varios expositores encarecen sus mercancías con el fin de simular, ya en la FIL, que aplican un descuento, con lo cual los libros terminan costando lo mismo que en una librería —en el mejor de los casos, pues en la simulación se las arreglan para acabar fregándote de cualquier modo—; tercera, que el deseo de los libros en cuestión sea poderoso e irreprimible, al grado de saltarse las dos primeras condiciones e incurrir en la insensatez —y es lo que siempre me pasa, por eso acabo con la maleta reventando... y por eso cargo maleta, porque ya me conozco bien. ¿Cómo resistirse? Por ejemplo con los libros ilustrados de El Zorro Rojo, en el área internacional: bellísimas publicaciones de alta literatura editadas con un primor que yo no he visto en otro lado.
         Interrogado por un reportero, un comandante de la Policía de Guadalajara calculó que en el transcurso de las 9:00 a las 13:00 horas de este viernes habrían entrado a la Expo entre 18 y 20 mil almas. Por su parte, la Secretaría de Vialidad contó alrededor de 90 autobuses circulando o estacionados en las inmediaciones. Las cifras no sonarán exageradas para quienes presenciamos el tumulto, y a riesgo de ser machacón, no quiero dejar de insistir sobre lo pésimo de esta costumbre de la FIL: inundarla con cargamentos de estudiantes que no sólo ignoran a qué vienen (los profesores se desentienden de ellos y los sueltan a que hagan el desmadre que quieran), sino que quedan vacunados para nunca regresar por su cuenta, al fin que ya vinieron —porque no les quedó remedio— y por qué diablos habrían de volver, si ya vieron lo que tenían que ver. Además es peligrosísimo: ¿se espera que suceda una desgracia (una estampida, estudiantes sofocados o malheridos) para poner remedio? Es una lástima —pero qué bien se esponjan las cifras de asistencia así, claro. La cara más desagradable de la FIL.
            Aunque quién sabe: este sábado estará Peña Nieto, y seguro que eso gana: la feria como un escenario para el provecho propagandístico de éste y los otros que ya han pasado. O qué tal esto: también estará Yordi Rosado, que se ha convertido en uno de los infaltables (y, desde luego, en uno de los autores más celebrados cada año). A desentenderse de todo eso, y mejor refugiarse en la búsqueda de libros, para perseverar en la placentera insensatez.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el sábado 3 de diciembre de 2011.


Experimento

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Foto: FIL/Paola Villanueva Bidault

 La tarde del miércoles en la FIL hice un experimento: compré un libro aun cuando tenía muchísimas razones para no comprarlo —entre otras su fama, y es que he descubierto que me guío por un principio (o un prejuicio) que consiste en eludir hasta donde sea posible aquellos títulos de los que se habla mucho, los que todo mundo está leyendo (o diciendo que los lee) y a los que se adjudica el ilusorio valor de inusitados, rompedores, revolucionarios o cualquier otra etiqueta que únicamente podrá colgarles el paso del tiempo—; además, tuve la mala pata de entrar a su presentación, que resultó un acto irritante, protagonizado por el autor y dos patiños, empeñados los tres (con poco éxito) en ser chistositos y en desententenderse de dar al público presente ninguna información atendible, no digamos para leer el libro, sino ni siquiera para saber de qué se trataba. Una pérdida de tiempo, pues. A pesar de ello, fui a tomar un ejemplar, lo hojeé y con eso tuve para correr el riesgo. A ver qué tal. Y el objetivo de mi experimento consiste en corroborar mi sospecha de que las presentaciones de libros no sirven para nada, que en general tienden a ser las celebraciones desabridas y tediosas de un ritual que se verifica sólo porque es eso, mera costumbre: prueba de la escasa imaginación con que editores, autores y promotores anuncian sus mercancías, cuando las más importantes razones con que el libro cuenta para seducir a un lector están ya en sus páginas y deberían bastar.
         No todas las presentaciones son desperdicio, reconozco. Por ejemplo: entré también a la de Redentores, de Enrique Krauze, y me gustó ver cómo Javier Sicilia asumió su responsabilidad con toda seriedad y con mucha lucidez, redactando un ensayo para la ocasión que me pareció ejemplar: una lectura crítica y generosa para los posibles lectores que estábamos ahí, antes que obsequiosa para el autor —porque luego eso pasa: todo se va en chulearse y sobarse el lomo mutuamente.
            Este viernes arranca el Encuentro Internacional de Periodistas, y promete ponerse bueno. A las 12:30, en particular, hay una mesa con dos cronistas (Marcela Turati y Alejandro Almazán), un fotógrafo (Alejandro Cossío) y un novelista (Élmer Mendoza), que hablarán sobre el presente espantoso de México. Por lo demás, se presenta una colección de libros bellísimos, Hormiga Iracunda, con dos narradores excepcionales, Alberto Chimal y Ana María Shua (a las 17:00 en el Salón B). Y bueno, ¡es la venta nocturna! ¿Sí será? Que yo no he oído gran cosa. Ojalá, porque, por asombroso que parezca, la gente que viene a la FIL sí quiere comprar libros, y si éstos se ponen de modo, con descuentos apetitosos, todos salimos ganando.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el viernes 2 de diciembre de 2011.

Pirotecnias

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Iba a poner una foto de Vallejo, pero ya estuvo suave. Mejor pongo esta de Nicanor Parra, quien sale en este artículo y a quien acaban de anunciar que le dan el Cervantes. ¡Ésos son premios, no payasadas!

 ¿Si me reí con el discurso de Fernando Vallejo al recibir el Premio FIL? Pues sí, un poco. Creo que cuando se puso a canturrear la de la burrita («Arre que llegando al caminito...», le dio por gorjear). Por lo demás, sus dizque invectivas contra políticos, curas y carnívoros, contra sus propios papás y contra la humanidad en general, me confirmaron en el desinterés más completo por un escritor cuya forma de figurar en público —más allá de sus libros, quiero decir— consiste en la caracterización de un personaje que se quiere provocador, impertinente, claridoso, radical en sus juicios acerca de cualquier materia que salga al paso, vociferante, deslenguado, irreprimible y lanzado a decir lo que piensa siempre que se le ponga un micrófono enfrente (ah: según eso también es alérgico a los micrófonos, y cuando ya no puede esquivarlos se pone socarrón). Claro: que interprete al personaje que quiera, e incluso si está dispuesto a creérselo, allá él. El problema con personajes así —mi problema, quiero decir— es cómo la atención que inmediatamente se les dispensa llega a convertirse en una detestable distracción de asuntos más importantes, y cuánto se pierde a causa de esas distracciones, alimentadas por la voracidad que los medios tienen por el argüende insustancial y por lo desprevenido que puede estar el público de esos medios al presenciar el relajo y acabar yéndose nomás por ahí.
            Conviene recordar, en primer lugar, que la capacidad del público y de los medios en México para reconocer y asimilar ironías y sarcasmos es ínfima, y que cuando alguien suelta lo que parece una barbaridad, haya querido o no hacerse el gracioso, nadie le entiende y automáticamente se ve orillado a explicarse. Luego del discurso de Vallejo —a qué enorme distancia, ¡ay!, de la pieza deslumbrante que pronunció Nicanor Parra cuando le dieron el Rulfo, o de las palabras entrañables de António Lobo Antunes, por poner dos ejemplos de escritores que recibieron el mismo galardón con altísima dignidad poética— me ha tocado oír y leer de todo: desde la inconformidad «airada» del alcalde de Tlaquepaque, presente en el acto y encabritado al punto de largarse rabiando (que a quién le importa, por lo demás), hasta las declaraciones entusiastas con que muchos han querido suscribir las palabras del colombiano, pasando por la indignación de un funcionariete de la cultura que exigía, entre trago y trago de cerveza, que se le retirara la nacionalidad mexicana al muy insolente. Y durante varios días en la FIL pareció que sólo se hablaba de eso.
            No está mal que alguien, como Vallejo haciendo uso de su turno en los reflectores, incomode a quien sea. Es más: hasta divertido puede ser. Lo triste es que sólo haga eso, en una ocasión —la entrega de un premio importante— propicia para que nos ocupemos, así sea excepcionalmente, de la literatura. Pero ya lo dijo el propio escritor en su encuentro con jóvenes en la FIL: «A mí la literatura no me interesa mucho». Así que ahí lo tenemos: bien dado este premio, ¿no?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de diciembre de 2011.

De tarea

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La expresión de la chamaca que se acerca a pedirle la firma a JVM: «Maldito profe, para qué me mandó con esta vieja». Foto: FIL/Bernardo De Niz

«¡Ay, amá, ya te dije que no me puedo ir porque estoy haciendo tarea!»: es lo que chilla una chamaca a su celular, mientras se apresura, cuaderno y bolígrafo en mano, rumbo a la encomienda que su profesor (de prepa, me imagino) le haya encargado. He visto ejemplares de esta angustiada especie por todos lados: llenando varias filas de presentaciones y mesas redondas, o sembrados como una maleza proliferante en el suelo mientras esperan a que Alejandro Jodorowsky —que, evidentemente, ignoran quién es— se digne a llegar a dar autógrafos. Se copian las respuestas a los cuestionarios prescritos, garabatean títulos de libros, nombres de autores, datos que no le importan a nadie —a ellos menos que a nadie— para conseguir la calificación. Y en cada puñado de este «público» (que, desde luego, contará para engordar las cifras con que al final la FIL dé cuenta de su «éxito», como siempre) va enconándose la aversión a la lectura y lo que hay en sus alrededores: esa odiosa obligación ideada por profesores incapaces de imaginar nada más.
         La tarde del martes y la mañana del miércoles ya puse más atención en ver en qué se me va el tiempo en la FIL. En este orden: 1) desplazándome entre el gentío; 2) atorándome por los integrantes de ese gentío que resultan conocidos y con los que es indispensable detenerse para conversar; 3) demorándome con los conocidos cuya conversación —en general reiteraciones de lo aburrida que se ha vuelto la FIL— me hace olvidar a dónde iba; 4) yendo al baño o a fumar; 5) entrando al fin a alguna presentación, y 6) viendo libros. He comprobado que esto último es lo mejor. Ahora mismo vengo de hallarme una auténtica maravilla, que es el nuevo libro de Juan José Arreola. Así como se oye: un volumen, bellamente editado, en el que Alonso y José María Arreola compilaron las cartas que su abuelo escribió a su abuela, acompañadas por testimonios familiares y fotografías: Sara más amarás, se titula, y acaba de ser publicado por Joaquín Mortiz (se encuentra en el stand de Planeta).
            Este jueves, gracias principalmente a la tradicional infestación de estudiantes acarreados, la FIL estará menos desolada de lo que se ha visto desde el lunes. Creo que se perciben los efectos de la austeridad imperante en la Universidad de Guadalajara, particularmente en este año de apretones presupuestales y despilfarros como la feria de Los Ángeles y la Feria Internacional de la Música. Yo había marcado en mi programa entrar con el israelí Etgar Keret, pero canceló. Así que sólo preveo estar en la presentación de Breve historia de la medicina, el nuevo libro de Francisco González Crussí —a mi juicio, el ensayista mexicano en activo más estimable que hay. A las 18:30, en el Salón Antonio Alatorre.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el jueves 1 de diciembre de 2011.

Misterios

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Los «25 Secretos». Salvo dos o tres —que para mí no eran «secretos»—: 
mucho gusto, no me interesó lo que hacen, gracias por participar Foto: FIL/Bernardo De Niz

Ya a medio camino, y no he tenido oportunidad de ponerme a ver libros con calma. Quizás sea mejor, pues así no llegaré tan gastado a la venta nocturna del viernes —seguramente una de las mejores ideas que la FIL ha tenido en los últimos años: promover que los expositores pongan descuentos a sus mercancías, siempre tan absurdamente caras y con buena parte de las cuales terminan regresándose, también absurdamente. Sí me di una vuelta ya por el pasillo de las editoriales independientes, donde creo que hay mucho de lo mejor que puede uno encontrarse —y que es adonde más sentido tiene ir: en tiempos de internet, cuando es posible localizar libros prácticamente en cualquier lado, y encargarlos para que lleguen por correo, o descargarlos si se cuenta con un aparatejo electrónico, vale la pena asomarse con los independientes, que son a los que más les falla la distribución y que sólo en ocasiones como la FIL se puede ver qué traen.
    Lo misterioso, para mí, es que si bien no he tenido modo de ver libros, tampoco me la he pasado en presentaciones ni conferencias, así que ¿en qué se me ha ido el tiempo? He entrado a pocas actividades, en realidad, y rescato dos: el show de James Ellroy, muy cotorro, para oír sus ladridos (así pienso que debe ser una presentación: un autor que, lo poco que tiene que decir, lo suelta pronto, e increpa a sus lectores para que vayan a comprar sus libros), y la presentación de La fábrica del lenguaje, S. A., de Pablo Raphael, un título que me interesa especialmente y en torno al cual su autor y quienes lo acompañaban (Cecilia García Huidobro y Antonio Ortuño) dieron razones muy atendibles para animarme a comprarlo. De ahí en más, pasé un rato a la segunda mesa de los «25 Secretos Mejor Guardados», y salí pitando: qué cosa más tediosa, oír a un puñado de desconocidos que, para mí, seguirán siéndolo: una decepción, creo que atribuible al formato, pues bien se pudo haberlos preparado para que expusieran algo más serio en vez de limitarse a dar respuestas insulsas a las preguntas que se les hacían.
    El programa de este miércoles, como es tradición a media FIL, está bastante flojito, con la excepción —desde mi punto de vista: habrá quien encuentre la felicidad en otras cosas— de la presentación de Ánima, de Antonio Ortuño: no sólo una estupenda novela en clave que tiene que ver mucho con Guadalajara y varios personajes memorables del mundo tapatío del cine, sino además una de las lecturas más divertidas que he tenido en mucho tiempo, al grado de que una noche estuve a punto de ahogarme con las carcajadas. A las 20:00 horas en el Salón Elías Nandino. ¡Tan tarde! ¿Y en qué se me va a ir el tiempo hasta entonces? A ver si soy capaz de averiguarlo.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de  Mural, el jueves 30 de noviembre de 2011.

Guillermo Sheridan: el escrutador del disparate

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Los extremos del puente colgante sobre el que avanza precariamente el presente mexicano son la consternación y la indignación, y casi no hay esperanza o ilusión que en ese trayecto no queden disipadas de inmediato por los ventarrones del desastre que atravesamos: un barranco donde se mezclan la esperpéntica realidad que propone incesantemente la actualidad noticiosa, las admoniciones odiosas de la historia (tenemos lo que nos hemos merecido), nuestra propia incapacidad de entender nada y la corroboración constante de las peores manifestaciones de la idiosincrasia nacional —si efectivamente existe eso, y si existe ya nos amolamos sin remedio—: el agandalle, la dejadez, la malhechura, la obcecación en el despropósito, la incompetencia para ningún tipo de solidaridad auténtica (y no sólo las nociones sentimentaloides e infundadas que usufructúan la televisión y los partidos políticos), el cinismo...

Para seguir leyendo acerca del destinatario, este año, del Homenaje de Periodismo Cultural Fernando Benítez en la FIL de Guadalajara, por acá, por favor, al nuevo número de Magis.

Lo mismo

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Foto: Mural/Emilio de la Cruz

 Me lo dijo mi amigo Martín Mora el domingo que nos topamos por los pasillos de la FIL, arrastrando parecidos desencantos, y no pude sino darle la razón: si un año dejara de organizarse la FIL, al año siguiente no se recordaría y sería como si nadie se hubiera dado cuenta. Quizás porque todas las ediciones terminan siendo tan parecidas y por el evidente escaso interés que hay en introducir variaciones significativas: como dice Martín, es cierto que la feria está muy bien aceitadita y ya se sabe muy bien lo que funciona en ella (razón por la cual, reconozco, seguimos yendo y no nada más por tercos, sino por la certeza de que siempre encontraremos algo que valga la pena), pero con la historia que tiene, ¿no debería atreverse a aprovechar su solidez y su prestigio en pro de brindar a su público, viejo —como nosotros— y nuevo, condiciones refrescantes y más estimulantes para el encuentro con los libros?
         Pienso, por ejemplo, en las razones que, más allá del interés de las editoriales, podrían tener los autores más importantes del momento para venir a Guadalajara. Es lo que yo más he agradecido de los programas literarios de la FIL: la oportunidad de escuchar a gente como Claudio Magris hace varios años, William Golding hace siglos, Herta Müller esta vez o incluso Ray Bradbury, aunque sólo estuviera vía satélite. Pero han sido muy poquitos: uno o dos por año. Y aun cuando el programa sea tan diverso como ahora, lo cierto es que podría concentrarse el esfuerzo en elevar el nivel, en vez de reciclar siempre al puñado de los mismos que siempre andan por aquí. Y pienso también en las condiciones del recinto ferial, insuficiente a todas luces desde hace mucho tiempo y cada vez más inaccesible e inhóspito. ¿Veremos el día en que la FIL, que tanto le ha costado a la Universidad de Guadalajara, se mude al Centro Cultural Universitario, que también?
            Este martes planeo aprovecharlo bien con los alemanes, a ver qué tal están haciendo su papel. Como soy tan ignorante de lo que es su actualidad literaria, echo un poco de menos que hayan decidido dejar de lado la tradición a la hora de hacer la maleta y que se hayan traído sobre todo cosas nuevas. Pero no les pierdo la fe. Tal vez me asome también a la presentación de El cuerpo en que nací, de Guadalupe Nettel (entre los más interesantes de los mexicanos jovenazos), a las 17:00 en el salón D del área internacional, y a la de La relación entre los tragasapos y los tiranos, de William Hazlitt: uno de mis ensayistas favoritos, publicado por Ditoria, una de las editoriales más valiosas y estimables de México, a las 19:00 en el salón A de esa misma área. Aprovechando: ¿no habrá modo de que prendan la calefacción? La reuma arrecia con tanto frío.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el martes 29 de noviembre de 2011.

Fogatita

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Doña Müller, como diciendo: «¿Hasta qué horas va a decir alo interesante este viejito gestudo que me sentaron al lado?».  
Foto: FIL/Bernardo De Niz
La voluntad de la masa es inescrutable. ¿Qué misteriosas razones animan a alguien para sumergirse en el tumulto, aguantar empujones y pisotones y resignarse al hacinamiento? Y esa gana de estar ahí, por ejemplo en el diálogo entre Herta Müller y Mario Vargas Llosa la mañana de ayer en la FIL, ¿se ve recompensada? Supongo que sí, y es algo de lo asombroso que para mí siempre ha tenido la feria: la gente, pese a todo, acaba saliendo bastante satisfecha. Yo no sé: creo que lo más importante —para hablar específicamente del programa literario, acaso el más atractivo por cuanto reúne y pone al alcance del público a los escritores— está en las páginas de los libros, en el recorrido a solas y en silencio (y sin empujones ni pisotones) que se puede hacer por ellas, y que nada, o casi nada, se pierde al sustraerse a la atención excesiva que se promueve en torno a los autores, convertidos en estrellas tan parecidas a las de la farándula o el deporte o la religión.
    Con todo, ahí estuve para escuchar a la rumana/alemana y al peruano/español. Llegué tarde, no alcancé audífonos para la traducción simultánea (mucho menos asiento, y así uno puede terminar con várices), y me largué cuando constaté que Vargas Llosa venía a repetir las obviedades sentimentaloides de otras veces: que la literatura es nuestra defensa contra el infortunio, que con ella se tiene acceso a otras vidas, y que los primeros hombres que se pusieron a contarse historias en torno a una fogatita y blablablá. (Lo que es tener un rollo prefabricado, útil para cada que se ofrezca, y revelarse como alguien incapaz o indolente para decir algo nuevo al mismo público). Me habría gustado, sí, saber qué dijo Müller, pero ya me enteraré de cualquier modo... O más bien seguiré leyendo sus libros, que es lo mejor.
    Sólo he podido pasar apresuradamente por el pabellón de Alemania, y mi impresión es que quedó demasiado austero: este año dejó de utilizarse un considerable espacio, tan grande como para organizar una cascarita en él. Por lo demás, hoy lunes —día de profesionales en la mañana: ocasión de ver libros con calma para quienes gozamos la bendición del gafete— preveo sacarle la vuelta a Fernando Savater, a Alejandro Jodorowsky, a José Emilio Pacheco y a Fernando Vallejo (que estará gruñendo para mil jóvenes): maldita la falta que les voy a hacer, si de cualquier modo se va a atestar. Y pienso, mejor, entrar a una de dos: la presentación del libro de Marcelino Cereijido, Hacia una teoría general sobre los hijos de puta, a las 19:00 en el Salón 3, o a la de la Poesía completa del Padre Placencia, en el salón que lleva su nombre y a esa misma hora: voy a echarme un volado.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el lunes 28 de noviembre de 2011.

Palabras huecas

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Foto: FIL/Marte Merlos

Las horas iniciales en la FIL, cada año, se me han vuelto un déjà vu en el que siempre me repito que las horas iniciales en la FIL, cada año, se me han vuelto un déjà vu... Quiero creer que la cosa será distinta para quienes vienen por primera vez: por las dimensiones de la feria, por el gentío, por las cantidades de libros a la vista y la cantidad de actividades que atestan el programa, el pasmo de la primera impresión debe dar paso naturalmente a la ilusión de que estas desmesuras entrañan una suerte de riqueza, de abundancia de ocasiones para el feliz descubrimiento. A estas alturas, me encantaría recuperar ese optimismo... pero la tengo difícil desde la inauguración, invariable en su formato tedioso y en algo que —ahora he caído en cuenta— me parece particularmente irritante. A ver:
    Estaremos de acuerdo en que corren tiempos horrorosos (¿qué pasó hace tres días a unos pasos de aquí, en los Arcos del Milenio), y en que nada de lo que ocurre puede soslayarse en ningún momento —pues de lo contrario sí que estaremos perdidos. Pero pasa que a menudo, y lo pensé por la intervención de Jorge Volpi en la entrega del Premio FIL a Fernando Vallejo (y también por el discurso de Vallejo, pero ahorita voy sobre eso), que se exalta a la cultura y a la educación como la forma mejor de combatir «la violencia y la desigualdad», y que los pronunciamientos en ese sentido siempre merecen aplausos y dejan a todo mundo muy tranquilo... Y no es que dicho enfoque no tenga algo de sustento: lo malo es que ni la cultura ni la educación (que quién sabe qué signifiquen en un país como México) arreglan todo, como tampoco hay nadie que pueda decirlo en serio, aparte de que su exaltación emocionante y por lo general cursi termina por ser una mascarada más: palabrerío hueco y prescindible.
    Y bueno, Fernando Vallejo. Chistosito, ¿no?, como se esperaba, en su sermón misantrópico y antirreligioso y vegetariano y antivoto y su pirotecnia presuntamente biliosa. Agradó mucho (quizás a los priistas presentes no tanto), le festejaron todo, se veía muy contento el señor. De bostezo. ¿Cuándo el Premio FIL volverá a tratarse de la literatura?
    Espero que el diálogo entre Herta Müller y Mario Vargas Llosa, hoy a las 12:00, me reoriente a ese optimismo que decía, en mi necesidad de redescubrir lo mejor que puede sucederle a alguien en la FIL —aunque para ello habré de sobreponerme al tumulto y a sus ansias de espectacularidad. Por lo demás, hoy se presentan la Poesía reunida y los Cuentos completos de quien seguramente es la escritora mexicana viva más importante que hay, Amparo Dávila (a las 12:30, en el Salón José Luis Martínez), y comienza la pasarela de los «25 Secretos Mejor Guardados», que, creo, es uno de los programas más interesantes este año.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el domingo 27 de noviembre de 2011.

Cuál 25

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Foto: FIL/Pedro Andrés

Ojo: la FIL no está cumpliendo 25 años. De 1987 para acá (¿me traigo un ábaco?) son 24 añitos. Una vez hecha esa aclaración, ¿qué, por dónde vamos a empezar esta vez? Por el acto inaugural con la entrega del Premio FIL al novelista colombiano/mexicano Fernando Vallejo, claro. En vista del historial de este señor como un deslenguado y un provocador, la expectativa es que suelte al menos alguna barbaridad, y si así sucede le será festejada incluso por las autoridades presentes en el presídium (que no es lo mismo que presidio, aunque parezca); si se comporta con toda diplomacia y se guarda de socarronerías o exabruptos, será un poco decepcionante.
         A partir de ahí, creo que lo mejor es tomar las cosas con calma, y proceder a revisar el programa prudentemente, porque además ya no está uno en edad: la FIL es ocasión inmejorable para constatar los estragos del tiempo, medibles en canas de más o pelos de menos, hoyitos extras para el cinturón y ansias de hallar cuanto antes una banca para descansar las rodillas tembeleques. Este sábado de arranque, lo más atractivo será seguramente la presentación de James Ellroy, notable reincidente en la feria (y, como Vallejo, otro gruñón bueno para incomodar a quien se deje), que presentará su libro A la caza de la mujer (a las 18:00 horas, en el Salón 3). Fuera de eso, quizás asomarse al acto donde estará el novelista español Eduardo Mendoza, un autor estimable que... ¡no, mejor no, porque lo acompañará Elena Poniatowska! ¿Y qué tal mejor ir con Juan Villoro, que trae a presentar un libro para niños? Seguro que estará divertido: Villoro, auténtico hombre-orquesta de la literatura mexicana, pues hace lo mismo crónica que novela, ensayo, cuento, teatro y análisis futbolístico, y también es un autor duchísimo en la fabricación de historias para ese público insobornable que son los chamacos (a las 17:00, en el Salón José Luis Martínez); en todo caso, será preferible a la presentación de El país de uno, de Denisse Dresser, periodista tan encantada consigo misma que posó sin remilgos para el retrato que ilustra la portada de su libro. Y bueno, pasear un poco, echar cuentas a ver cómo se evaporará el aguinaldo, investigar con qué salieron los alemanes en su pabellón: ¿irán a regalar cerveza y salchichas, o vendrán muy gastados por andar rescatando a Grecia? Yo habría querido que, en su programa musical, de perdida trajeran a Scorpions, pero ni eso.
            Me ha alegrado saber que se presentará un libro que reúne las reseñas de poesía que escribió el inigualable y extrañadísimo Arturo Suárez, y es que ésa es una muy buena forma de seguir teniéndolo en la feria que gozó tanto y a la que, con sus Canuteros anuales, hizo aún más divertida. Es a las 18:00 en el salón Agustín Yáñez.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el sábado 26 de noviembre de 2011.

La historia de tantos

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Tengo la suerte de haber vivido todas las ediciones de la FIL, desde 1987, según los diferentes papeles que el destino ha querido asignarme en ella: como estudiante acarreado la primera vez, luego como ocioso que iba apenas a curiosear, más tarde como periodista, editor y profesor —acarreando y pastoreando alumnos—, también como presentador de libros y alguna desdichada vez como moderador de una mesa (situación angustiosísima, pues debiendo distribuir el uso del micrófono entre los participantes, no conseguía arrebatárselo a Volodia Teitelboim, y aún faltaba la intervención de Antonio Skármeta cuando ya me habían conminado a dar las gracias para largarnos: juré que jamás lo volvería a hacer). Creo que nomás no he sido mesero ni edecán, porque chofer sí, de los amigos que hay que llevar y traer, y animador de fiestas y cocteles, y módulo ambulante de información, y casi socorrista una vez que iban a atropellar a José Luis Martínez; intérprete, publicista improvisado de novedades editoriales, cargador, encargado de stand, «arquitecto» (así me dice una señora de la editorial Gustavo Gili cada año que me ve regresar), cazador de autógrafos nomás una vez (con Roberto Calasso: luego me dio mucha vergüenza, porque hasta le eché el brazo al hombro para que nos tomaran una foto), y también he sido escritor: aunque nunca me ha tocado que se presente un libro mío, sí me ha alegrado ver que están a la venta. Sobre todo, he sido público, y como tal he hecho todo lo que corresponde: deleitarme, sorprenderme, fastidiarme, perderme, irritarme y hasta dar lata con preguntas impertinentes. En 24 años, mi biblioteca ha crecido muchos metros con las compras que he hecho, lo mismo que los anaqueles de mi memoria dedicados a la preservación de las anécdotas que han tenido lugar en la feria, de manera que volver cada otoño supone pasear por una zona cada vez más amplia de la vida en la que voy encontrándome con todos los que he sido en el pasado, y supongo que la feria eso ha terminado siendo para muchos reincidentes irremediables como yo: una parte decisiva de la propia historia. Este año me espera una novedad impresionante: el rol de papá con su hijita en la FIL.
    Al llegar a su edición 25, cuando se ha vuelto indispensable para la historia de tantos, creo que vale la pena reflexionar en la importancia de su público: lo que busca y lo que encuentra, lo que gana, lo que merece. Averiguar qué podrá significar el lema de este año, «Somos lectores», y especialmente en un tiempo tan complicado como éste, en que un acontecimiento de esta naturaleza —una fiesta en torno a los libros, vaya cosa insólita— es a la vez un oasis y su espejismo. La FIL es de todos los que vamos a ella. Y ahí vamos a estar, a ver qué tal nos sale esta vez.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el viernes 25 de noviembre de 2011.