Mostrando entradas con la etiqueta Ensayos. Mostrar todas las entradas

Mostrando entradas con la etiqueta Ensayos. Mostrar todas las entradas

P. G. Wodehouse: el gozo inocente

comentarios (2)

Es fácil imaginar la escena: metido en un aprieto, un joven y atolondrado aristócrata inglés recibe ayuda, en el momento clave —y se diría que de un modo providencial—, del mayordomo que discretamente ha estado al tanto del problema y, desde luego, ha dado con la solución: con circunspección y solicitud, el sirviente desliza la idea genial en el entendimiento de su patrón, y enseguida retrocede de nuevo a la sombra, para que sea éste quien se lleve todo el mérito. Después de todo, el mayordomo (un tipo brillante, oportuno, culto, adusto pero simpático, y siempre disponible) es un caballero al servicio de otro caballero, y de ninguna manera dejaría de observar el orden social según el cual los mayordomos no deben parecer más inteligentes que sus amos.
En el caso de Jeeves, sin embargo, habría que hacer una excepción. Jeeves es el mayordomo de Bertie Wooster (el último descendiente de un linaje que se remonta al tiempo de las cruzadas), a quien saca cotidianamente de apuros, y con tal agudeza que Wooster no puede sino reconocer que sin él no sabría arreglárselas para sobrevivir. Lo saben, incluso, las tías, los amigos, las novias, los enemigos, los primos y los demás sirvientes de Wooster, y en suma todo Londres. Jeeves es un cerebro infalible, y en consecuencia nunca falta quien se vea en la necesidad de sus servicios: todo lo resuelve del mejor modo, y ello a pesar de la sobriedad profesional que le impide expresarse más allá de frases como «Sí, señor», o «Con todo gusto, señor». Es perfecto.
Y es una de las creaciones más formidables de la literatura de todos los tiempos, que vive en la obra firmada por P. G. Wodehouse: una obra que es un universo donde invariablemente es posible la felicidad. Nada menos. Autor de más de noventa novelas, más un buen número de colecciones de cuentos, comedias musicales, piezas teatrales, guiones cinematográficos y radiofónicos, canciones y hasta algunos poemas, Wodehouse comenzó su carrera literaria hacia principios del siglo XX, cuando descubrió que ganaba más dinero publicando cuentos en revistas semanales que como cajero de un banco londinense. Transplantado pronto a los Estados Unidos, fue dando forma a un mundo poblado por lores despistados, viejas ricachonas y excéntricas, muchachas hermosas rodeadas de enjambres de zánganos, empresarios ingeniosos, actrices tontas, nobles reducidos a la necesidad de alquilar sus casas de campo, sirvientes mañosos y jóvenes deseosos de sobresalir en sociedad (siempre y cuando ello no signifique rebajarse a trabajar). Es Londres y sus alrededores, en una época detenida en las primeras décadas del siglo pasado, pero con la particularidad de que ahí jamás hay lugar para la verdadera desdicha, para la desgracia o para ningún género de atrocidad. Hay, sí, historias de amores desventurados (que a lo sumo le amargan el día al sufriente, pero sólo hasta que una nueva amada se cruza en su camino), y los conflictos más alarmantes pueden consistir en una mala combinación de la corbata y los calcetines. Pero nada más. Es un territorio hecho de pura inocencia, idóneo para las divertidísimas historias que tienen lugar en él. En cuanto a su creador, la suya fue una vida carente de acontecimientos extraordinarios, dedicada al trabajo y a recaudar, con sus libros, la admiración y el cariño de varias generaciones.
«Muchos han intentado “explicar” a Wodehouse, psicoanalizar su mundo, colocar sus creaciones bajo el microscopio de la crítica literaria moderna», escribió el actor Stephen Fry, quien ha encarnado al personaje de Jeeves en el cine. «Semejante proyecto es semejante a probar un soufflé con una pala». Y es que con Wodehouse lo único que verdaderamente importa es gozarlo, a menudo a carcajadas. Hay muchas novelas y colecciones de cuentos publicadas en español, pero también, para nuestra fortuna, desde hace unos años circula la antología ¡Pues vaya!, que recoge lo que las Sociedades Wodehouse alrededor del planeta —reuniones de lectores devotos en torno a un autor, ante todo, entrañable— eligieron como lo más representativo de su vasta producción. «En estos tiempos en los que todo el mundo odia a los demás», reconoció Wodehouse, «cualquiera que no desprecie a algo —o a todo— es un anacronismo». Y él lo es. Felizmente.

Publicado en Magis.

Nota: quien tenga paciencia y quiera leer un ensayo más amplio que dediqué a éste, seguramente el escritor que más quiero en la vida, puede echarle un vistazo aquí.

Querétaro en la tarde

comentarios (2)

Un poniente en Querétaro: es una de las incontables imágenes que Borges, el personaje de Borges en «El Aleph», reconoce al asomarse al punto en el que confluyen todos los puntos del universo. Un poniente en Querétaro, posiblemente como éste, ahora que un frío creciente y desapacible parece ir apagando más rápidamente las tonalidades insólitas del sol que ya va recortándose tras el campanario de la iglesia de Santa Rosa de Viterbo (y Beatriz Elena Viterbo se llamaba la amada muerta de Borges, el personaje de Borges). Este poniente, en Querétaro, está siendo exactamente igual que todos los ponientes futuros y anteriores: irrepetible. Y Querétaro está siendo, esta tarde y la de mañana y la de ayer, la misma ciudad de siempre: cada vez distinta en el asombro que depara toda calle, toda plaza y todo edificio por los que la mirada ande. (El olvido es una venturosa calle desierta y silenciosa, de casonas sosegadas que sólo habita la ausencia; una calle que conduce a una plaza en cuyo centro se alza una fuente presidida por la figura soberana de un personaje tocado con tricornio y rodeado de cuatro lebreles que arrojan chorros de agua por los hocicos: el olvido lleva hasta ahí, y ahí termina, porque ahí la memoria llena esta plaza, y espera siempre como una presentida sorpresa). El tiempo podría detenerse y la ciudad quedar bajo esta luz indecisa, sin que el mundo se enterase y mientras todas las ciudades siguieran su marcha hacia sus menos o más próximas deflagraciones; mientras Guadalajara, digamos, continuara sus días y sus noches que tan pronto la hermosean como la envilecen: este poniente, único y para siempre el mismo, podría quedar suspendido sobre Querétaro, y así quedaría asegurada la calidad de recuerdo o sueño que esta ciudad posee.
El problema con los recuerdos y los sueños, naturalmente, es que el sol avance y se vaya y vuelva, de manera que los primeros van alejándose y los segundos disipándose, sin más consuelo que el que tal vez dé hacerse de recuerdos nuevos y sustituir los sueños perdidos con otros que también irán perdiéndose. Pero Querétaro, especialmente en la hora en que la noche y el día parecen tan remotos e improbables, es un territorio privilegiado para la felicidad, precaria aunque cierta, que se obtiene de confiar en que los recuerdos nunca desaparecen del todo y que los sueños del pasado quizás podremos encontrarlos, para reconocernos en ellos, cuando el porvenir se deje alcanzar por el presente: será efecto de las formas que la piedra y el aire y el agua en las fuentes y el silencio y los árboles fueron tomando en esta tierra, y efecto de la determinación que esas formas tienen de no cambiar y de mantener intocada la armonía de sus proporciones. O será que hay para cada quien una ciudad en la que lo aguarda, siempre que regresa a ella, una nítida y particular explicación de su más íntima índole: una ciudad, y no necesariamente aquélla en la que vive, que define para uno lo que es y lo que quiere. Y ésta, por su perseverancia en resistir a la fatalidad que hace y deshace con nuestros anhelos y nuestras voluntades, no es mala opción para elegirla como base emocional de operaciones.
Como sea, lo más seguro es que este poniente termine —como terminó el de ayer, y el de hace un año, y el de hace cinco—, y aunque resulte amenazadora en la noche, la penumbra majestuosa de la iglesia de Santa Rosa de Viterbo será lo primero que el amanecer disipe para probar, contra lo que podría llegar a creerse, que Querétaro no desaparece. Y de Querétaro habrá que irse y regresar a ese tiempo en que los recuerdos son inservibles y los sueños están por declararse inexistentes. A Borges, el personaje de Borges que vio un poniente como éste, al final del cuento le quedaba la esperanza, dijo, de «que el olvido me trabaje». Viendo este poniente puede pensarse que eso sería una desgracia. Viendo que se dejará de verlo en cualquier instante, quizás sería una suerte.

Esto fue publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el 19 de diciembre de 2003.
(Nota para una destinataria precisa:
Aquí tienes. Por ejemplo).




Ojalá

comentarios (2)
Temo mucho que aún exista gente así, pero ojalá me equivoque: ojalá que la nutrición del mexicano en las últimas dos décadas haya conseguido alterar la genética de las nuevas generaciones al grado de haber extinguido al fin la nefasta especie: ojalá, al menos, las telenovelas y los cantantes de hoy logren, con sus tramas tortuosas y sus pujiditos y sus sonsonetes, inducir en los cerebros de los posibles ejemplares cambios suficientes para evitar la manifestación horrenda: ojalá, en fin, prevalezca ya una temprana noción de ridículo e indignidad gracias a la cual la costumbre haya desaparecido definitivamente (y ojalá, cuando amenace con brotar, sea reprimida pronto y con los más infalibles sarcasmos, para escarmiento de quienes pretendan perpetuarla o perseveren en ella). ¿Aún existe en secundaria la compañera de salón que se te acerca el 14 de febrero y te cuelga el estigma de la fecha en forma de corazoncito de terciopelo, paleta con forma de corazoncito o cualquier otra golosina acompañada —lo peor— de algún corazoncito con mensaje?
Llegaba preparada con una bolsa de alfileres de seguridad (dorados) y luego de haber invertido las tardes del 10, del 11, del 12 y del 13 recortando y pegando y decorando, con manos de uñas mordisqueadas, las siluetas y los listones y los retoques de encaje. Pero eso, claro, era para el común de los mortales: para los privilegiados habría confeccionado, con algo más de primor y alguna recóndita intención más o menos escalofriante, tarjetas en toda forma, habitadas por los personajes de su imaginación pueril y grosera (aunque también éstos podían estar presentes en los souvenirs de orden inferior, y en cualquier caso existían sólo para uno de los dos fines: al cabo ni siquiera los había inventado ella, pues únicamente se limitaba a calcarlos de álbumes y tarjetas impresas cuya adquisición en masa habría sido insoportablemente onerosa para su economía: de ahí el denuedo artesanal y la absoluta falta de originalidad). Tales personajes, de Kitty a Ziggy, pasando por unos bebés encuerados y pecosos tomados de la mano y aun por Mafalda y sus secuaces en poses del todo inverosímiles, integraban el bestiario propio de la ocasión, del que ella disponía a su artero arbitrio para ponerlos a decir un puñado de variantes de la misma obsesiva idea: el festejo del amor y la amistad y lo bonito que tal festejo es.
Ella, claro, asumía la buena disposición de todos los receptores del colguije y de los elegidos destinatarios de la tarjeta (colguije y tarjeta tan impregnados de resistol como de buenas intenciones, nadie va a discutir eso). Pero además, ya lo decíamos, se precavía con la golosina infaltable: quien sea capaz de rechazar un pedazo de cartulina seguramente no será tan capaz de rechazar un pedazo de cartulina roja con una Tutsi-Pop pegada. Por otra parte, y para evitar defecciones y desaires, procedía rápidamente y sin discriminar: aprovechando el receso entre la primera clase y la segunda, o apenas encontraba una oportunidad (la bolita habitual ocupando su sitio en el patio durante el recreo, impedida de huir, so pena de perder la cancha de básquet, al verla aproximarse), encabezaba el ataque, desplegando a dos o tres cómplices armadas como ella de los dichos alfileres. ¿Qué diablos se proponía? ¿Ponernos a todos a decirnos unos a otros las leyendas trazadas por sus manecitas de uñitas roñosas? ¿Esperaba reciprocidad? ¿Que saliéramos disparados a la tienda de la escuela a comprarle cualquier porquería? ¿Que sacáramos en ese instante, a nuestra vez, un colguije o una tarjeta confeccionados especialmente para ella? Tal anhelo es improbable, pues la tarjeta más sofisticada la guardaba para sí misma, y era naturalmente la primera en prenderse del pecho el colguije más aparatoso. Y, sin embargo, cómo reía y gozaba, y cómo se alarmaba al percatarse de alguna omisión («¡¡¿¿Me faltaste tú??!!»), y de darse ésta con qué celeridad la remediaba, y cuánto parecía complacerse en las excepciones implacables que se daba el gusto de hacer: cómo debía odiar al cretino que dejaba privado de condecoración y de abrazo (pues, encima, sus efusiones las firmaba con abrazo y hasta con besito, desdeñando toda muestra de repugnancia que se le ofreciese). Repentinamente su corazón estaba repartido en pedacitos por todo el grupo, y antes de darnos cuenta ya llevábamos varios minutos con la paleta en la boca, empecinados en hallarle el corazón chicloso para que la comunión fuera así plena, irrevocable, y ella la saboreara unos minutos más, viéndonos así atareados, antes del arribo de la odiada maestra Baturoni con su fobia atávica a la masticación en clase.
Acaso la saña propia de la edad nos hiciera ver sólo imbecilidad en su desventurado festín sentimental, y no faltaba quien depositara pronto, y de modo que ella lo viera, el corazoncito inmundo en el bote de basura (si bien la mofa era mejor practicarla improvisando el infalible dibujo obsceno en la tarjeta escogida para hacerla circular, de butaca en butaca, hasta regresarla a sus manecitas de uñas peladas). Por lo general acababa el día chillando, transformando el menosprecio en ofensa imborrable, y de su almíbar de las primeras horas quedaban apenas las heces resecas del más duro encabronamiento: ¿no que tanto amor? Puedo verla, a la salida, rodeada de dos o tres esbirras que la consuelan, cada una con el corazoncito engarruñado prendido del pecho —las únicas, ya a esas horas. Puedo ver su sonrisa final, mordiéndole las uñas, desengañándola de la fugaz idea de fracaso, mientras va acariciando ya la perspectiva de organizar el intercambio navideño aunque falten tantos meses.
Ojalá alguien me ayude a recordar cómo se llamaba.

(Esta recordación, muy a cuento de la fecha aciaga que es la de hoy, forma parte del libro Las encías de la azafata, de próxima aparición).




Por el derecho a no cultivar una opinión

comentarios (2)
Tengo la sospecha de que todo buen ensayo debe partir de una sospecha. Lo digo no sólo para obligarme a intentar que este ensayo sea todo lo bueno que pueda (lo que pueda él y lo que pueda yo, pues frecuentemente son escasos los recursos del ensayista ante la voluntad soberana de su escritura), sino porque esa sospecha me orilla a albergar otra, un poco alarmante: que un tiempo rico en ocasiones para la sospecha, como el tiempo que corre, depara un considerable riesgo a los practicantes de la escritura ensayística: el riesgo, justamente, de perder el tiempo.
Como sospecho, por otro lado, que las admoniciones contra el desperdicio de la propia vida son generalmente repelentes por su carácter moralizante, antes de empezar a explicarme debo aclarar que nada tengo contra la procuración y el disfrute del ocio ni contra la libertad con que cada individuo puede disponer de las posibilidades para la inacción, la inmovilidad, la futilidad de sus horas o la mera haraganería. Es más: todo afán que tienda a cualquier noción de productividad, particularmente en términos intelectuales, me parece en principio objetable, pues a menudo ésa es la vía de ingreso a una inercia frenética y perversa de la que sólo cabe esperar una ingente acumulación de necedades, como lo demuestra un vistazo a las mesas de novedades en las librerías, a las páginas de los periódicos y de sus suplementos o a las revistas —para no hablar de una navegación por el sinfín de recursos de autoedición en internet, o de una incursión por las lóbregas bodegas que atesta la actividad académica. Siempre que signifique sustraerse a esa dinámica de codicia y ansias de notoriedad, más y mejor deberíamos proponernos perder el tiempo: cada que veo aparecer un nuevo libro o un artículo, digamos, de Carlos Fuentes, me pregunto si nadie se habrá ocupado nunca de hacerle saber las felicidades de no hacer nada más que ver la tele.
Hecha esta aclaración, mi temor al riesgo de perder el tiempo al que me refiero procede de una preocupación que he venido formulando como ensayista, como lector, como editor y como coordinador de talleres de ensayo literario, por una parte, y con otra de índole vagamente histórica —para decirlo con una ampulosidad que espero desinflar conforme progresen estas líneas. La primera preocupación, entonces, está íntimamente relacionada con la naturaleza de mi trabajo alrededor del ensayo, y consiste en la relevancia que para ese trabajo tiene la resolución de un doble problema: la identificación de los asuntos a los que se debe prestar atención y la pertinencia del abordaje ensayístico de tales asuntos. No dudo que haya bienaventurados a salvo de encarar tal problema (saber siempre sobre qué escribir y por qué), pero a mí me resulta ineludible desde mi comprensión del ensayo como un territorio de libertad prácticamente irrestricta donde puede ocurrir lo que sea y como sea: el ensayo como una sucesión de interrogaciones cuyas respuestas van proponiendo nuevas preguntas, y en la que no son infrecuentes la vacilación o la rectificación, la ironía o el humor, la piedad o la sorna, el desenfado o el suave gozo propio de las caminatas, pero tampoco la irritación, la rabia o hasta la amargura, el escepticismo o el desencanto, la vanidad o la indiferencia, la mezquindad o la pura y seca animadversión. Ni la tristeza, claro, o la alegría, o el optimismo o la pesadumbre, o el rencor o la devoción. El ensayo, en suma, como una vía de conocimiento, sin restricciones formales ni otros imperativos que la legibilidad y la búsqueda de originalidad y profundidad. Dada esa generosidad del género, tengo para mí que la sola dificultad del ensayista tendría que estribar en la elección de su tema, de manera que por virtud de éste consiga que la curiosidad del lector se sincronice con la suya: con su inteligencia, con su imaginación, con su emoción.
Dicho así, naturalmente, parece sencillo ampararse en la liberalidad con que el ensayo admite hacerse cargo de cualquier asunto: el crujido de un palillo de dientes al romperlo entre los dedos o el crujido que anuncia el desplome de una nación; el resplandor de un recuerdo inesperado o, como insistían los mensajes electrónicos de Epigmenio León previos a este encuentro, «El estado actual del ensayo mexicano»1, materia misteriosa como la que más. Sin embargo, a poco de comenzar a aprovechar esa liberalidad sobreviene infaliblemente el encontronazo con la duda paralizante: si puedo hacer un ensayo sobre lo que sea —y, además, como yo quiera—, ¿cuál es la justificación de que lo escriba? Y se empiezan a escuchar los pasos retumbantes de la tradición, que se aproxima a ver las sílabas que candorosamente voy largando: lo más probable es que alguien se haya ocupado de esto antes que yo. Y no sólo eso: seguramente alguien más está en lo mismo en este mismo momento. De ahí que la elección de mi asunto valga sólo en función del abordaje que haré, o puesto de otra forma: que el mérito de mi ensayo dependerá de la medida en que demuestre por sí solo haber sido absolutamente necesario.
Esa duda, con todo, siempre es posible remontarla —y además no hay más remedio—, pues finalmente el ensayo también es, como bien sabía Chesterton, un salto en la oscuridad. Pero me interesa insistir aquí sobre ella por la misma razón por la que lo hago en mis talleres (y que, es en buena medida, el principio operativo de mis exigencias como lector, de mi criterio como editor y de mis propósitos como ensayista): para que un ensayo merezca ser leído, la voluntad de especulación que lo ha propiciado ha de estar supeditada a la búsqueda de la mayor pertinencia posible, es decir: el ensayista debe tener presente en todo momento la altísima probabilidad de que lo suyo no sólo no interese, sino que además no importe. Sólo excepcionalmente, claro, podrá cualquiera de nosotros conseguir que un ensayo reúna las cualidades para que su lectura sea cautivadora y su influencia decisiva (por cuanto incida en los derroteros de la famosa realidad, pongamos, o porque llegue a otorgársele un sitio indisputable en la tradición), pero aunque en varios cientos de años no salga de nuestras filas el nuevo Emerson o el Jules Michelet modelo siglo XXI —un Michelet reloaded—, más nos vale tener en cuenta que se ha de escribir siempre contra las fuerzas supremas de la indiferencia y el olvido.
Conforme prospera en el reconocimiento de su tema (la arquitectura fantástica de las piernas de María Sharapova, el arduo adiestramiento en cinismo de quien quiere triunfar en política, las voces de los cantantes muertos a las tres de la mañana), es de esperarse que el ensayista vaya descartando cuanto, de lo que podría decir al respecto, carezca de sentido o de relevancia: ideas sin brillo, sin agudeza, sin vigor, empolvadas o deficientes: relleno. Y con lo que quede, es de esperarse también, el ensayista tendría que hacer una nueva criba, y otra, y las que haga falta... Lo que quiero decir —y no es nada nuevo— es que las mejores piezas las obtiene quien más alerta permanece ante las trampas del lugar común, la tentación del fárrago abstruso, la propensión al disparate (es mi caso) y, sobre todo, ante la amenaza de ociosidad —ahora sí en el sentido moral por el que la ociosidad es, como quiere la Real Academia, el «vicio de [...] perder el tiempo o gastarlo inútilmente». Que el ensayista reconozca su tema, entonces, supone que descubra simultáneamente cómo demostrar en su ensayo que tal tema era impostergable abordarlo como sólo él ha podido hacerlo. O, lo que es lo mismo: que no pierda el tiempo —y que no se lo haga perder a sus lectores.
Llego, así, a la segunda de mis preocupaciones, y para abordarla pongo por delante una sospecha más —que viene acompañada por otra, apendicular si se quiere, pero que no está de más consignar: la sospecha de que esta sospecha acaso pase, en los días que corren, por una herejía—: las virtudes de la discusión están sobrevaloradas. Porque creo que se tiende a invocarla de un modo frívolo y sólo cuando las cosas están por salirse de madre o cuando ya se salieron, y porque nada veo más alejado del pésimo entendimiento de la vida democrática que priva en México que el ejercicio provechoso de la conversación —a cuyo espíritu cordial, por cierto, anotó Adolfo Bioy Casares que debía aspirar el ensayo—, la discusión ha terminado por ser una superchería en cuyos poderes sobrenaturales (y, por tanto, indemostrables) resulta conveniente confiar mientras se perpetúa la confusión. Falaz porque se la presenta como algo siempre posible, cuando hace mucho que dejó de ser factible, esta idea de discusión ampara la afirmación de las peores abyecciones en las conductas de los protagonistas de la llamada «clase política» —y sus adláteres— tanto como sustenta las ilusiones más inservibles de quienes las presenciamos y las padecemos; me preocupa, para regresar cuanto antes al terreno del ensayo, que en nombre de la discusión se pierda la ocasión de ocuparse de lo indiscutible, y por más que se insista en que es una alternativa siempre preferible, estoy convencido de que proponerse intervenir en confrontaciones de puntos de vista significa, al menos en torno a la llamada «vida pública», desperdiciarse sin más.
A esta convicción me he aproximado a partir de dos aprendizajes ganados por la frecuentación y la práctica del ensayo: los peligros de las generalizaciones fáciles, por un lado, y por otro la futilidad de obstinarse en una opinión —que es, muchas veces, a lo que conducen las generalizaciones. «¿Cómo puede estar satisfecho un hombre por el mero hecho de tener una opinión y quedarse tranquilo con ella?», preguntaba Henry David Thoreau. Esta pregunta, que resume con alguna impaciencia el temple del espíritu de Montaigne y, por supuesto, la conducta de su juicio a lo largo de los Ensayos, a mi modo de ver adquiere un significado especial cuando, como ocurre ahora, la confusión imperante es consecuencia, en buena medida, de la resonancia que puede alcanzar cualquier opinión que cualquiera emite, en cualquier sentido y con cualesquiera intenciones. El grito marca el fin de la discusión, y hace un buen rato que aquí no sólo todo son gritos, sino que además la mesa y los vasos ya volaron por los aires y las razones fueron canjeadas por los botellazos que podrán empezar a cruzar de un lado a otro en cualquier momento. «Tengo otros asuntos que atender», razonaba más adelante Thoreau, también en Del deber de la desobediencia civil. «No vine al mundo para hacer de él un buen sitio para vivir, sino a vivir en él, sea bueno o malo. Un hombre no tiene que hacerlo todo, sino algo, y debido a que no puede hacerlo todo, no es necesario que haga algo mal». Y yo creo que el estado actual de cosas es una zona minada de oportunidades para opinar mal.
Acepto que ésta pueda parecer una posición únicamente sostenible por motivos reprobables: cobardía, pereza, negligencia o incompetencia. Y puede, en efecto, que abstenerse de contribuir al barullo sólo conduzca al pasmo. Pero acaso también sea la mejor prevención contra la sordera irremediable. Antonio Tabucchi escribió alguna vez que solamente los políticos y los militares pueden conformarse con certezas; puesto que el ensayo es el espacio inmejorable para la duda —para la más fructífera interrogación del presente, el pasado y el futuro—, su práctica me gusta asumirla (y encontrarla, y hacerla ver) como una ocasión para asegurarse contra la confusión. En pro de la preservación de la serenidad y en contra de los derroches de exaltación estéril, pero también por economizar del modo más sensato la propia vida, desembarazándose de cuanto represente un lastre que nos impida hallarnos, siempre, disponibles para mejores causas (aunque éstas nunca se crucen a nuestro paso, o precisamente por ello: porque nunca serán lo suficientemente buenas como para que las suscribamos), creo que es preciso reivindicar el derecho a no cultivar una opinión, o para ser más claro: a pasar de largo por asuntos, sobre todo los que surte ese sucedáneo de la realidad que es la actualidad noticiosa, en los que la intervención de nuestra inteligencia es superflua y, lo dicho, ociosa. Habría que regresar, primero, a lo indiscutible, y luego ver si puede continuar la discusión.
Es, a grandes rasgos, lo que sospecho: que en estos tiempos el ensayista debe permanecer vigilante para escoger mejor sus sospechas. No que deje de tener en mente los cuatro verbos por los que Chesterton —una vez más— creía que debe justificarse cada página y cada línea: elogiar, exaltar, establecer y defender. Pero sí que se pregunte: ¿qué? Y que recuerde, en todo caso, que vale más dudar que opinar.

1.- Este ensayo fue leído en el Segundo Encuentro Nacional de Ensayistas de Tierra Adentro, celebrado en La Paz, Baja California Sur, en septiembre de 2006, y acaba de publicarse en el número de marzo-abril de la revista Crítica.

Una vocación cumplida

comentarios (0)
Las órdenes de la vocación, se dice, son inapelables. O deberían serlo: quien desoye la inspiración congénita que le manda dar un preciso destino a sus días puede terminar con el alma roída por la insatisfacción vital más atroz, así haya hecho de su carrera equivocada una sucesión de triunfos. Suele repetirse, también, que nunca es demasiado tarde y que, si de verdad hay ilusión y empeño, cualquiera puede llevar a la realidad sus aspiraciones, por disparatadas que parezcan: tomar los hábitos aunque sea a edad avanzada, luego de una existencia plena en prevaricaciones y excesos, o apuntarse a un curso exprés de paracaidismo antes de que la osteoporosis lo desaconseje definitivamente. Por otro lado, las imaginaciones de la infancia suelen ser desbaratadas pronto y con crueldad (por la escuela y censores similares), y así no queda más que avenirse a las posibilidades más realistas que van saliendo en el camino: una vez que le preguntaron qué quería ser de grande, Bart Simpson se soñó convertido en el hombre más gordo del mundo: un destino extravagante, si se quiere, pero inobjetablemente espectacular, que sin embargo el pobre niño tendrá que ir postergando mientras se convierte en el malviviente que de seguro va a ser.
Lo malo, en todo caso, es tener una vocación en absoluto rentable, e incluso perniciosa a ojos de la sociedad —que se encargará de oponer todas las dificultades que haga falta. Yo, para entrar en materia de una vez, tengo la vocación innata de ser televidente. (Y basta apenas que lo pronuncie para ir emprendiendo ya una defensa, que siempre será insuficiente: tan duramente se juzga a quien por gusto se entrega a larguísimas sesiones ante el televisor, tan grande es el cúmulo de malentendidos y prejuicios que proscriben y estigmatizan a quien se abandona a esos placeres). De eso querría vivir y sólo para eso quisiera conservar la salud y el seso: para ver toda la televisión que pueda, no importa lo que sintonice día y noche. Que la vida llegue a permitírmelo es otra cosa: sencillamente digo que es lo que yo quisiera hacer.
El primer, consabido reproche con que todo mundo sale cada que declaro esto es aburrido de tan obvio: la abundancia de porquería. A lo que respondo dos cosas: que las excepciones hacen la miseria soportable, y que también fuera de la pantalla es insondable la vulgaridad y la estupidez. Luego dicen que la televisión aísla, que estropea el contacto con la naturaleza y atrofia la comprensión de los demás, pero yo entiendo mejor que, al menos en mi práctica, no se trata de una evasión irresponsable, sino más bien de una inmersión a fondo en lo humano y de un ejercicio constante de la perplejidad creativa —más seguro al menos que ir a escalar montañas o que malgastar las horas ante la barra de un bar deprimente (donde por lo general hay tele). Ahora bien, fuera de estos tediosos y fatuos argumentos, lo cierto es que pocas cosas me gustan tanto, y que dada mi experiencia no podría ser de otra manera: uno queda irremediablemente marcado si entre sus primeros recuerdos consta el de estar presenciando los episodios en blanco y negro de Mi hermana la Nena (telenovela de Rafael Banquells, con Saby Kamalich y Jorge Lavat, allá por 1976).
Admito, claro, que quizás esta vocación se explique por una necesidad determinada por la fatalidad: la de hacer algo con los caudales de información televisiva que se han ido alojando permanentemente en el disco duro de la memoria. De las épocas mejores de La Pantera Rosa al último reality show protagonizado por Erick Estrada, pasando por hitos como Cuna de lobos, Dallas, Mis huéspedes o El Show de Benny Hill —eso es fácil—, pero también por producciones absolutamente insólitas como la telenovela colombiana Pero sigo siendo el rey (que a nadie conozco que la haya visto en México), las primeras apariciones de Lourdes Ramos en Súper rock en concierto, los Cincomentarios de Agustín Barrios Gómez, los aeróbics de la mujer de Fito Girón, las autopsias repulsivas de Quincy, los escarceos entre el Comanche y Amparito Arozamena o las peripecias de Simon & Simon… Una riqueza de conocimientos triviales, si se quiere (quién era Trampero, quién el señor Rajuela, cuál fue el elenco de La Zulianita —Lupita Ferrer y José Bardina, of course—, qué deuda impagable tiene la nación con el libretista de Los Polivoces, Mauricio Kleiff), y de dudas irresolubles (qué fue de Iracheta, en qué acabó el payaso Caralimpia —que salía con Madaleno y Paco Stanley—, cuántas pelucas tenía Evelyn LaPuente, por qué nunca han vuelto a pasar Los tigres voladores, cómo se llamaba la maestra de inglés que salía con el Tío Carmelo), pero que no tengo problema en reconocer que me definen.
Llegado a este punto, es claro que podría extender por folios y más folios esta exhibición de la memoria inútil, misma que no tengo intención de impedir que siga creciendo —aunque, ¿para qué? Mi vocación, viéndolo mejor, he venido cumpliéndola, aun cuando no viva de ella, y así lo que comprendo en este momento es que más vale administrar mejor los minutos y terminar cuanto antes estas líneas, porque ya va a comenzar Seinfeld.

Una solitaria aversión

comentarios (0)
Siempre conviene ampararse en los ilustres cuando se está a punto de declarar lo que inevitablemente será tomado como una insensatez. Es posible que así se amortigüen el desprecio y el reproche que vendrán tras la declaración, o que al menos se consiga dar la impresión de que el tema está bien pensado y no es un arrebato o una mera provocación. Así, aunque lo que estoy por decir —ya lo he comprobado cuando lo he dicho en otras ocasiones— automáticamente levanta reacciones que van de la indignación al impulso redentor (del «¡No puede ser!» al «No sabes lo que te estás perdiendo»), quiero dejar claro que es una convicción que he considerado detenidamente a lo largo de toda mi vida; además, sólo por la furia de la oposición que espero —y que ya he encontrado— veo necesario argumentar a propósito de tal convicción, cuando en realidad me parece tan natural y tan comprensible como para que el género humano la adoptara de inmediato sin más razón... que la razón.
Adolfo Bioy Casares encontraba ridículo que la gente ofreciera como los rasgos más distinguidos de su personalidad y de su conducta las «extravagancias» más insignificantes —simples manías carentes de todo interés salvo para el individuo que las ostenta. Tomar el café sin azúcar, por ejemplo, o llevar siempre las monedas en el bolsillo izquierdo del pantalón. Quienes se jactan de cosas así, queriendo por ellas parecer únicos e inimitables (el que anuncia al mundo que todos los días desayuna yogur, el que pregona sus predilecciones políticas sin que se las pregunten —como si importaran—, el que juzga sus rutinas como hábitos saludables y ejemplares para toda la sociedad), están lejos de enterarse de que carecen en absoluto de originalidad, y sin embargo se obstinan en hacer alarde de los gestos por los que la buscan desesperadamente. Así, cuando nos encontramos a alguien que sostenga una opinión chocante o por lo menos inusual, lo más probable es que se sienta orgulloso de ella y que ante todo le importe mostrarla antes que defenderla: confía en el desconcierto que causará y se dará por satisfecho con la incomodidad que ocasione. Pero tan pronto como se le demuestre que tal opinión dista de ser sólo suya la abandonará para buscarse otra, a su parecer más «rara».
Teniendo presente la mirada vigilante de Bioy Casares, entonces, no me preocupa si la opinión que yo tengo es poco popular (aunque sé que por desgracia lo es), y no la sostengo sólo por querer molestar o sorprender a nadie. Ahora bien: por tenerla, es cierto, he de enfrentar continuamente el problema de la singularidad, y para ello me amparo en el segundo de los ilustres que malamente hago comparecer ahora que estoy por declararla: en su novela La mancha humana, Philip Roth consigna el momento decisivo en que un hombre sabe que quiere y puede estar solo: «No puedes permitir que los grandes te impongan su intolerancia, del mismo modo que no puedes permitir que los pequeños se conviertan en un nosotros y te impongan su ética». Y así, ante la intolerancia, pero sin querer formar un club, lo que he de decir es sencillamente esto: no sé para qué existen los perros. Jamás he entendido cómo alguien es capaz no sólo de tolerarlos, sino incluso de amarlos y cuidarlos y hacerse acompañar de ellos. A mi juicio, no deberían existir. (Y, apenas lo he escrito, corroboro que puedo y quiero estar solo en esta afirmación).
Es célebre el remedio que propuso Jonathan Swift —aquí llega mi tercer ilustre— para terminar con los niños pobres de Irlanda: habría que comérselos. La lucidez de los cálculos en que Swift apoyaba esta nueva forma de ganadería (ganancias inmediatas para el reino por concepto de exportaciones de carne tierna, prosperidad para las madres que entregaran sus bebés a la engorda, bonitos guantes confeccionados con suaves pieles, concordia social tras la eliminación de futuras generaciones de papistas, etcétera) y la audacia con que quedaba así denunciada la miseria imperante, me da por suponer cada que lo pienso, habrían inflamado la repulsión y acezado el escarnio contra Swift de haberse ocupado de los perros en lugar de los niños pobres. Por ello, y porque además a Swift no se le hizo caso en su tiempo, no me propongo llegar a tanto, y mucho menos vivir en la zozobra de tener por enemigas a las legiones de amantes de perros; tampoco tengo cómo desoír las pruebas de compañía, lealtad, amistad, heroísmo, diversión, auxilio, simpatía, protección, inteligencia y demás que sus dueños han obtenido —y no lo dudo— de Firuláis, La Muñeca o El Fido. Ni quiero exterminarlos ni se me ocurre cómo se podría aprovecharlos de ninguna manera: es claro que pueden servir para detectar droga en los aeropuertos, para que los ciegos crucen las calles, para localizar gente atrapada en los escombros... Para ejecutar vistosos números de circo... ¿Para qué más? Ah, claro: para espantar ladrones, según se cree. Pero, independientemente de que estas gracias yo no tendría manera de refutarlas (ni mucho menos de emularlas: carezco del olfato, la paciencia, el temple, la agilidad y la presencia de ánimo), tampoco puedo ignorar tres o cuatro cosas: los perros muerden, hacen ruido, cuestan dinero y ensucian. De ahí que yo los tema y los evite, y que no comprenda cómo alguien puede tener uno en casa. Tan sencillo. ¿Ha servido de algo que lo diga?

Espacio, pertinencia y promoción

comentarios (0)
En el número que hace poco más de un año1 dedicó la revista Tierra Adentro al ensayo literario, el crítico Christopher Domínguez Michael deploraba la carencia de espacios (en términos de dimensiones, entiendo) para los practicantes del género en México. «Me preocupan mucho los ensayistas más jóvenes», le respondía a Luis Vicente de Aguinaga en la entrevista que abría dicho número, «pues carecen de la escuela donde nosotros nos educamos, es decir, esa revista o suplemento literario donde uno podía y debía, dos o tres veces al año, escribir un ensayo de hasta veinte páginas, una verdadera prueba de fuerza, un texto que se comentaría en un consejo de redacción encabezado por Paz o Monsiváis, o en grupos literarios donde confluían varias generaciones. Eso ya no existe; ninguna revista publica textos de más de cinco cuartillas…». Curiosamente, la misma revista donde constaba esa preocupación estaba ya poniéndole remedio, pues había admitido ensayos de algo más que cinco cuartillas: a mí me publicaron uno de nueve, por ejemplo, y al verlo compartiendo páginas con la lamentación de Domínguez pensé que, por una parte, sólo excepcionalmente la longitud de mis ensayos me ha impedido el acceso a revistas o suplementos, y que como editor he sido más bien flexible en cuanto a la extensión que pueden tener las colaboraciones solicitadas o recibidas.
Haciendo, entonces, una recordación veloz de las publicaciones que en años recientes han dado cabida a algo más que «brevedades» (pues luego el crítico se explicaba: «No me extraña, pues, que entre los nuevos ensayistas destaquen quienes, como Luigi Amara, cultivan las brevedades (…) Pero quedan pendientes los espacios y las condiciones para la escritura de grandes ensayos críticos, averiguaciones sobre los tiempos, los lugares y los textos de nuestra literatura»), creo que no sólo no son escasas, sino que, en su agradecible diversidad, han funcionado además como miradores para, al menos, echar vistazos a trabajos de largo aliento —que naturalmente no podrían albergar enteros. DosFilos, Tierra Adentro, Luvina, Crítica, Biblioteca de México, La Tempestad, Picnic, Replicante, El Polemista, y las desaparecidas Ensayo, El Zahir y (paréntesis), entre otras, sin contar los suplementos que van y vienen, han sostenido un comercio habitual con el género, y con esto quiero decir que los retos (si hay tal cosa) para los ensayistas de ahora no pueden consistir en la escasez de espacios para publicar —aunque si tal fuera el caso cabría considerar las exigencias de la precariedad y las virtudes selectivas de la adversidad, pues la proliferación de oportunidades suele ser inversamente proporcional a la calidad o a la pertinencia de quienes las aprovechen. Hablo, en este punto, como editor: creo que no hay mayor dificultad, tampoco, en que las publicaciones encuentren a quienes pueden o deben figurar en ellas, y que para ellas y para los autores funcionan con relativa sencillez las vías de encuentro naturales. Ahora bien: volviendo a la nostálgica observación de Domínguez, no sé en qué medida los ensayistas de hoy tengamos que echar de menos esa «escuela» de la que habla, o cuánto rigor estemos dejando de tener por carecer de ella: haciendo a un lado el hecho de que el trabajo del ensayista es trabajo de solista, es posible que ahora el encuentro y la discusión con los pares y los maestros estén teniendo lugar en condiciones y espacios enteramente distintos, y que los resultados estén por verse: lo que sucede en los blogs, por ejemplo. O en los talleres, experiencia que me propongo abordar más adelante.
Aquella entrevista servía también como un económico repaso de los nombres gracias a los cuales puede afirmarse cómo el ensayo, cualesquiera que sean las intenciones o las preocupaciones de sus autores, sostiene con firmeza el edificio de la literatura mexicana en el siglo XX. Aunque faltaría ver cómo los novelistas o los poetas contravendrían esta afirmación —y entonces ver qué matices habría que hacer, cómo componerla para que no sonara a consigna gremial—, creo que entre los ensayistas de hoy está clara la noción según la cual el género juega un papel indispensable en la producción literaria de estos tiempos, a despecho de las tendencias de mercado, las veleidades de la crítica, los arcanos impenetrables de la academia y los resultados fantásticos que comúnmente arrojan las encuestas sobre las preferencias de los lectores. Por otra parte, si bien la confección de libros supone enfrentar inevitablemente las reticencias de las editoriales a la hora de averiguar qué diablos hacer con ellos (aunque otro tanto pasa con los novelistas y los poetas, y a los libros de ensayo tampoco es imposible encontrarles un buen destino, como lo demuestran numerosos ejemplos recientes: títulos como los de Luigi Amara, José Luis Zárate, Alberto Chimal, Gabriel Bernal Granados, Héctor J. Ayala, etcétera, que han aparecido en los últimos dos años), la práctica del ensayo suele ser la base desde la cual es posible realizar incursiones frecuentes en los géneros que sirven a la prensa cultural (artículos, reseñas, etcétera), de modo que no cabe hablar de heroísmos en el sentido en que, a mi modo de ver, no hay amenazas ni siquiera imaginarias para que la tradición del ensayo en México continúe con lo que sea que nos corresponda hacer.
Lejos de aventurar ninguna especulación sobre los asuntos de que podría ocuparse el ensayo dada nuestra circunstancia, ni sobre los huecos que debería llenar, pues no es la hora de las complacencias y mis ilusiones como lector ya tendría que estar cumpliéndolas como escritor, me parece sin embargo necesario apuntar una consideración sobre el espíritu crítico de la escritura ensayística y, en consecuencia, sobre las discusiones que debería esperarse que proponga toda buena pieza: en la observancia de ese espíritu radica la garantía de pertinencia que posea, virtud cuya ausencia suele traer aparejada la falta de rigor (si bien pienso que también es deseable la impertinencia como un antídoto contra el adocenamiento y la corrección de los que sólo cabe esperar bostezos).
Por otra parte, creo que nunca está de más la promoción del género, en el sentido de esclarecer sus ámbitos de acción y a fin de regresar una y otra vez a sus mejores exponentes. Hace algo más de año y medio le propuse al poeta Jorge Esquinca la apertura de un taller de ensayo literario en la librería José Luis Martínez del Fondo de Cultura Económica, cuyas actividades culturales dirige. Generoso y entusiasta, Esquinca a su vez me invitó a dar una plática ahí mismo, a fin de anunciar el taller pero también para hacernos una idea realista de la cantidad de interesados que podría haber. Para nuestra sorpresa, al final de la plática y en los días siguientes se inscribieron dieciocho personas, y actualmente, en su cuarta edición (cada una dura cuatro meses), el taller continúa trabajando con quince integrantes. Ya en aquella introducción yo había planeado que el primer ciclo funcionara como una revisión retrospectiva del género, comenzando con la lectura de autores jóvenes y próximos como Vivian Abenshushan, Pablo Fernández Christlieb o los mencionados Zárate y Amara, para pasar luego a Fabio Morábito, a Francisco González Crussí, a Hugo Hiriart, a Alfonso Reyes o a Julio Torri, y luego dábamos saltos hasta Chesterton, Wilde, Ruskin, Lamb, Lichtenberg, Michelet y muchos otros, hasta Montaigne y su ocurrencia fundadora. Luego de aquella primera edición del taller prescindí de la didáctica histórica, digamos, y preferí que las lecturas que fueran haciéndose mejor ilustraran los temas de discusión propuestos para cada sesión: particularidades del ensayo relacionadas con las preocupaciones cardinales de los autores y sus astucias: el estilo, pero también las operaciones del juicio. Las lecturas han ido incluyendo a autores tan distintos como Forster o Brecht, Perec o Alatorre, Calvino o Emerson, Arreola o Deniz, al tiempo que los participantes van presentando ensayos propios sobre asuntos más o menos arbitrarios que pongo a su disposición: «Las diez cosas que menos me importan», «Lo inesperado», «Cuándo debe evitarse la verdad», «El ridículo», «La impaciencia», «La mejor canción del mundo» o «Dios». A principios de este año tuve la oportunidad de abrir otro taller similar en la Casa ITESO-Clavigero de Guadalajara, donde lleva ya dos ciclos y está por arrancar el tercero. A lo largo de esta experiencia he ido confirmando que, por una parte, el abordaje del ensayo literario requiere esclarecer, una y otra vez, lo que no es: despejar los malentendidos que suele haber en torno a él y procurar en todo momento que no se lo confunda con otras cosas. Pero también que en la exploración de sus posibilidades ha de prevalecer una noción rectora de libertad creadora, de manera que quienes van teniendo los primeros contactos con él lo entiendan como la averiguación que tiene lugar mediante una sucesión de interrogaciones cuyas respuestas generan nuevas preguntas, es decir, como una vía de conocimiento, sin restricciones formales ni otros imperativos que la legibilidad y la búsqueda de originalidad y profundidad. Es precisamente por esa noción de libertad que el ensayo, a mi modo de ver, resulta un buen punto de partida para quienes tienen la misteriosa necesidad de ponerse a escribir (si bien, para ello, ha de ponerse entre signos de interrogación la idea de que se trata de un género para escritores maduros), a la vez que abre accesos gozosos a la lectura, cosa en la que creo que podrían reparar las empresas institucionales dedicadas a ese fin (un buen ejemplo es la agradecible edición de la colección Pequeños Grandes Ensayos, de la UNAM).
He querido relatar esto no sólo para aprovechar la ocasión de presumir, sin el menor pudor, que de mis talleres han salido ensayos verdaderamente muy buenos y que sus integrantes han frecuentado lecturas por las que, de otro modo, quizás habrían pasado de largo, sino también para enfatizar el hecho de que hay mucho por hacer en lo que concierne a la promoción de la lectura de los mejores ensayistas. Esto, que podrá parecer una obviedad, quizás no lo sea tanto en tiempos en que proliferan perversamente la imbecilidad y los prestigios infundados, aunque creo, por lo demás, que para nosotros las condiciones están dadas.

1.- Texto leído en el Primer Encuentro de Ensayistas de Tierra Adentro, organizado por el CONACULTA y la Secretaría de Cultura de Michoacán, del 9 al 11 de septiembre de 2005 en Morelia, Michoacán.

Wodehouse, señor

comentarios (3)
El color de las cubiertas que la editorial Anagrama ha destinado a los libros de Wodehouse es verde. Verde chillante. Las ilustraciones consisten en dibujos, firmados por Roger, que representan a curiosos personajes en más curiosas actitudes: un hombre de gabardina amarilla ante dos gallinas angustiadas, un mayordomo examinando con recelo las cuentas de un collar, o un joven vestido de boy scout delante de un auto convertible, un bobby inglés y una casa en llamas. En las contraportadas figuran la consabida sinopsis, una breve noticia del autor y dos o tres elogios hiperbólicos. Pero lo más llamativo es el color: un verde, ¿cómo decirlo?... Un verde feliz de ser tan verde.
¿Feliz? Será porque una vez que se ha identificado ese color con las iniciales y el apellido de Sir Pelham Greenville W. (también conocido como Plum o Plummie, pero más bien como P. G. Wodehouse), hay ciertamente un reverdecer de la felicidad al hallar cada nuevo título del humorista inglés de cuya muerte se cumplen 31 años este 14 de febrero. Autor de más de noventa novelas y libros de cuentos, de varios puñados de obras de teatro, guiones cinematográficos y radiofónicos, canciones y comedias musicales —buena parte de lo cual está en vías de publicarse en castellano gracias al empecinamiento personal del editor Jorge Herralde, de Anagrama, wodehousiano como pocos—, el escritor nacido en Surrey en 1881 pasó por el siglo XX como una auténtica máquina ambulante de escribir: desde sus inicios como periodista (y más tarde cajero de banco) hasta su triunfo absoluto como autor de Broadway y de Hollywood, no parece que nunca se haya permitido una pausa de más de algunos días en su prolífica disciplina; y sin embargo, una de las maravillas de sus creaciones es el efecto supremo de espontaneidad que invariablemente promueven: una lectura deleitable que, como en el trabajo de los mejores sastres, jamás va a revelar la ardua puntillosidad de sus costuras y sus dobleces.
En la introducción a ¡Pues vaya!, la antología publicada al cumplirse veinticinco años del deceso de Wodehouse, el escritor y actor Stephen Fry destacaba los que a su juicio son sus tres grandes logros: Trama, Personajes y Expresión. Dejando a un lado el problema que suponga leerlo en traducciones o en el inglés original, lo cierto es que no hay razones para sospechar que Wodehouse deje de funcionar si es trasvasado a otro idioma: este pasaje, de la novela Júbilo matinal, seguramente ayuda a demostrarlo (claro, habría que conocerlo en inglés, y meterse luego a hacer las comparaciones pertinentes —que, por más aburridas que sean, tampoco es probable que disminuyan su fulgor):

Le miré.
—¡Por mis entrañas, Stilton! —exclamé con un asombro irrefrenable—. ¿Qué disfraz es ése?
También él tenía una pregunta que hacer.
—¿Qué demonios estás haciendo aquí, sangriento Wooster?
Levanté una mano. No era momento de evasivas.
—¿Por qué vas disfrazado de policía?
—Soy policía.
—¿Policía?
—Sí.
—Cuando dices «policía» —pregunté intrigado—, ¿quieres decir «policía»?
—Sí.
—¿Eres policía?
—¡Sí, caray! ¿Estás sordo? Soy policía.
Entonces lo comprendí. Era policía.


Wooster, es momento de decirlo, es Bertram Wilberforce Wooster, Bertie para sus numerosas tías y sus no pocos amigos (la mayoría de los cuales forma parte del reputado Club de los Zánganos), un joven rico que tira para solterón y que, en su vida de frivolidades y empresas desastrosas (sobre todo las que conciernen a la elección de sus calcetines o al arreglo de las vidas amorosas de sus allegados), tiene el mérito principal de ser nada menos que el empleador del inefable Jeeves, una de las más logradas creaturas de la literatura cómica de todos los tiempos. Jeeves, el mayordomo, es un prodigio de clarividencia, de penetración y de ingenio; a él se debe que el mundo idílico que habita una caterva de lores despilfarradores, actrices tan bellas como estúpidas, primas astutas y profesores tontos y enamorados siga siendo eso, un mundo idílico en el que lo más grave que puede ocurrir es que a Bingo Little, Tuppy Glossop o Boko Fittleworth se les agrie la cena porque alguna muchacha indecisa les rompió el corazón. Jeeves, en su inalterable circunspección (producto, diría Bertie Wooster, de su fiel observancia del «espíritu feudal»), está siempre a la mano para arreglar las cosas y conducirlas a un final sonriente e inesperado —siempre inesperado—, a despecho de las torpezas y los planes disparatados de su patrón (de quien Jeeves tiene el siguiente concepto: «Mentalmente, un cero a la izquierda»). Y si bien de cuando en cuando le da por responder con citas de Shakespeare, la verdad es que Jeeves no lleva su papel más allá de afirmar con toda cortesía «Sí, señor», o a lo sumo «Creo haber hallado una sencilla solución para su dificultad, señor». (El prestigio oracular de este mayordomo sin par lo mantiene respondiendo toda suerte de preguntas en el sitio de internet Ask Jeeves).
Los Personajes de Wodehouse se encuentran a salvo de toda odiosa interferencia de la realidad: cuando llega a faltarles el dinero les sobra el ingenio, cuando se ven a unos centímetros del peligro llegan antes a la carcajada, al beso o al abrazo desinteresado de la camaradería. Podrán ser sinvergüenzas, avaros, buscapleitos o tremendamente vanidosos, pero nunca hay en ellos un ápice de verdadera maldad. Y en este mundo idílico (por el que transcurren alocadamente Bertie Wooster y Jeeves, pero también otra larga lista de seres inolvidables como Lord Emsworth y su adoración, la Emperatriz de Blandings —una cerda colosal—, o Stanley Featherstonehaugh Ukridge, o Mike Jackson y Rupert Psmith) no hay lugar para las aflicciones, el dolor, la guerra o la muerte: cada libro es una parcela de un apacible locus amœnus donde la inocencia total es posible, como posible es regresar una y otra vez a ella en la risueña certeza de que siempre deparará una desopilante sucesión de historias absurdas en las que todo puede pasar. Y eso no obstante que por lo general haya ventanas por las que saltar en un apuro, chiquillos antipáticos urdiendo travesuras, controversias alrededor de una camisa demasiado llamativa o joyas extraviadas sin explicación. Ese triunfo que Wodehouse consigue en la Trama lo autoriza a presentarnos repentinamente alguna escena por la que ya creemos haber pasado, para demostrarnos enseguida que todo ocurrirá de manera completamente imprevista también esta vez.
¿Por qué Wodehouse no habrá podido ser un autor de éxito en el ámbito hispanoamericano? La pregunta es, evidentemente, ociosa, pero quizás valga arriesgar la siguiente explicación: que el castellano haya dado al adjetivo «simple» una utilidad frecuentemente peyorativa; que nuestra realidad busque todo el tiempo superarse en su abstruso barroquismo —y que, por tanto, la sencillez suela asociarse con una carencia de propósito—, y que en nuestra inveterada suspicacia tengamos a la inocencia por virtud propia de santos, niños (cada vez más raramente) o débiles mentales, son tal vez las causas de que se tienda a menospreciar a quien no esté ocupándose de las verdades tremendas de la vida y de nuestra circunstancia. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la supuesta «inocencia» de Wodehouse debió exigir una agudeza y una malicia creativa tan afinadas como hace falta para atrapar definitivamente el gusto del gran público y no dejarlo escapar jamás: Stephen Fry recuerda que, en 1931, el autor causó conmoción en Hollywood al revelar ingenuamente el salario exorbitante que percibía para escribir guiones: «Estoy sorprendido. Me pagaban 2 mil dólares a la semana... y no acabo de ver para qué me habían contratado. Fueron extremadamente amables conmigo, pero me da la sensación de que los he estafado», dijo en una entrevista. ¿Ingenuidad? Mejor, como habría dicho Joseph Conrad, «simplemente atendía su negocio»
En torno a Wodehouse se reúnen constantemente sociedades de lectores por todo el mundo para alegar, durante largas veladas, cuál de sus personajes ha sido el más resuelto o el más injustamente comprendido, a cuál otro pudo haberle ido mejor o en qué pasaje de qué historia se cuenta la anécdota más absurda, el disparate más sublime o la desgracia de amor más risiblemente desdichada de la literatura inglesa. Esta devoción de sus seguidores deja muy atrás la de los críticos, especialistas y colegas (que, por lo demás, tampoco se la regatean: George Orwell escribió una apasionada defensa de Wodehouse cuando se intentó involucrarlo en un escándalo de traición durante la Segunda Guerra Mundial, y para felicitarlo en sus ochenta años apareció un desplegado en el New York Times donde, entre ochenta firmantes, aparecían nombres como los de W. H. Auden, Aldous Huxley, Graham Greene y Evelyn Waugh), y se explica por el simple hecho de que leerlo es un placer incomparable: habrá quien se tome el trabajo de aislar las suaves ironías, las cuidadosas paradojas, los caracteres entrañables y, en suma, la elegancia de sus construcciones. Pero sin duda es mejor repetir (venga a cuento o no) una cita suya cada que haya oportunidad. Por ejemplo ésta, de Ukridge:

—Alf Todd —siguió Ukridge, abandonándose a un torrente de imágenes— tiene tantas posibilidades de ganarle como las que tendría un hombre ciego y manco en una habitación a oscuras de meterle dentro de la oreja izquierda a un gato salvaje medio kilo de mantequilla fundida, ayudándose de una aguja al rojo vivo.

Y mejor todavía seguir leyéndolo: quien lo haga, sin duda pronto se descubrirá tratando de dar cuanto antes con el verde chillante de sus volúmenes apenas entre a una librería.

Publicado en Luvina.

«¿Te gusta eso?» (Apuntes para una defensa de la afición por la música country)

comentarios (0)

Para Luis Vicente, que también sufre

Directo al bazo
Yo no sé para qué sirve el bazo. Supongo que jamás me ha dolido (¿duele?), quiero creer que nunca me fallará (y no imagino las razones ni las consecuencias de que falle), e ignoro incluso dónde está. Sé que debo tenerlo porque me lo han dicho o lo he leído, y ello equivale a decir que sólo creo en él. Pero me basta. Acaso tendría que esperar a mi autopsia para verificar su existencia —pero tampoco me urge tanto. Como sea, me gusta confiar en que mi bazo ahí está, en lo suyo, y por lo demás rara vez pienso en él. Quizás sólo cuando, en la nota roja, me entero de que algún proyectil «interesa» el bazo de alguien, o de que a alguien más le ha estallado (en un choque, pongamos). Y, por esta ignorancia mía, en modo alguno me parece descabellado afirmar lo siguiente: ni una punzada de alegría en la boca del estómago, ni un acelerón súbito del ritmo del corazón: es el bazo lo que vibra al oír una pieza, cualquiera, de música country. Música que toca el bazo. Y es una felicidad.

Lo irreparable
Con lo anterior puedo empezar a explicar que carezco de explicaciones acerca de esta afición mía. Afición que es aflicción, además, porque el mundo —siempre que, como es mi caso, uno no se encuentre en Nashville y sus alrededores— constantemente está exigiendo que la defienda. La primera reacción de quien me ve sonreír cuando, por error, un radio sintoniza fugazmente los acordes de cualquier pieza del género, oscila infaliblemente entre la perplejidad y el asco. La segunda reacción de todo prójimo, ya que hube repuesto «Sí, qué tiene» a la pregunta «¿Te gusta eso?», va de la indulgencia al desprecio. Y por lo general me veo en el penoso deber de argumentar por qué. ¿Por qué?

La ardua lealtad
El regocijo incomunicable puesto siempre en entredicho. Incluso por mí mismo, que no sé cómo resolver la fidelidad a un género musical que permite incongruencias como la siguiente: estaremos de acuerdo en que pocas cumbres de la elegancia ha alcanzado el ser humano como en un concierto de Ricky Skaggs (otra: la obligación de siempre aclarar quién es quién). ¿Qué hago si, en un descuido, me toca ver el video ochentero de «Country Boy», donde el mismísimo Skaggs —que puede hacer bajar a guitarrazos a la corte celestial— lo que hace es poner a bailar raperos en el metro de Nueva York?

Sueño de dicha I
Las dificultades no tienen fin. Que Willie Nelson haya cantado con Julio Iglesias es tan intrincado, tan dolorosamente abstruso, como el camino que debería recorrer para dejar claro por qué quiero conocer Dollywood y después morir.

La pradera inabarcable
No es del todo cierto: más o menos tengo localizado un origen, que debió ser el disco Neck to Neck, donde Mark Knopfler entablaba un duelo memorabilísimo y entrañable con Chet Atkins. Ahí empezó todo. Luego, claro, fueron los Notting Hillbillies (pues yo era rockerón, y si Knopfler andaba en esos rumbos qué remedio iba a quedarme), y más adelante el descubrimiento de J. J. Cale (y aquí es donde deberían comenzar las precisiones que ya no tengo la paciencia de hacer: que el compositor de «Cocaine» pueda encajar en el vasto imaginario que se extiende desde Hank Williams hasta, ¡ay!, Kenny Rogers es cosa que supera mis fuerzas y mi comprensión; pero así es). Luego, el caos. Porque, encima de todo, he de reconocer que como aficionado estoy muy lejos de haber comenzado un aprendizaje concienzudo, y frecuentemente he de caer en desfiguros. Ojalá todo fuera tan inapelable como Johnny Cash. Pero de una cosa estoy seguro —y nunca falta quien, con sorna, lo saque a colación—: en mis praderas no ha pastado, ni pastará, ningún Caballo Dorado o cosa similar.

Sueño de dicha II
Mudarse a Omaha. Conseguir empleo tripulando una trilladora. Perder tres dedos. Tocar el banjo.

Los respetos humanos
El dudoso gusto por el que ciertos intérpretes —muchos de la tercera edad: lo viejo no quita lo figuroso, y ahí está Porter Wagoner, por ejemplo— entienden que la elegancia es la suma de la terlenka y la lentejuela; la estridencia de escotes hiperbólicos, cabelleras anaranjadas y violines blancos sin los que algunas cantantes no serían lo que son; el hábito de representar la desolación en la mirada vidriosa de un vaquero, al volante de su pick-up ruinosa, al tiempo que suenan los primeros compases de una baladita melancólica; el tráiler y la polvareda, la cantinera gorda y desvergonzada que se carcajea eternamente, el motociclista con tejana y botas en lo alto de un rascacielos, los niños pecosos que brincan alrededor de una panda de salvajes en un tablado erigido en un pueblo miserable... Las estampas que suele evocar la música country no son muchas, y por lo general son horrendas. A veces buscan fundarse en la dificultosa mitología del western, y lo más seguro es que entonces los resultados sean peores (por algo John Ford nunca filmó un videoclip): por ejemplo, en el video de «Highwayman», donde las cabezotas de Willie Nelson, Johnny Cash, Kris Kristofferson y Waylon Jennings flotan por encima de un paraje desértico y nublado, en blanco y negro, al tiempo que unos jinetes galopan rumbo a la eternidad. Ahora bien: la práctica de una fe necesariamente ha de enfrentarse a lo que se conoce como «respetos humanos»: la interferencia del mundo, que hostiga y castiga al fiel que no se aviene a seguir los mandatos de la moda, que permanece al margen de las vanidades y las tentaciones, que contraviene los dictados del siglo con tal de perseverar en lo que su fe le exige. Escuchar country supone estar en guardia contra esos respetos humanos, resignarse a la proscripción y el oprobio siempre que se oigan acusaciones como «Ya estás con tu pinche musiquita de granjeros otra vez». Y ser constantes en la creencia de que cualquier pieza de Earl Scruggs y Lester Flatt nos redimirá.

Publicado en Replicante.

La invención de la ciudad

comentarios (0)

Con su incesante proliferación y su fugacidad, con toda su agitación y su fatalidad y sus anhelos, con sus recuerdos y su desmemoria y sus aversiones y sus amores, la ciudad no existe: donde creemos encontrarla está apenas la ilusión de sus gestos y de las palabras que creemos escuchar. Pero ni siquiera nuestra voluntad hace falta para que persista en su fingimiento imparable, para que siga dejándonos ir y venir por ese vacío donde confiamos en hallar nuestros trayectos y nuestros rasgos, nuestros afanes y nuestros lugares: nuestra vida, en suma, que es también tan ilusoria y precaria como esa convención que resueltamente figura en los mapas y que aceptamos y nos acepta como si la realidad existiera y como si sirviera de algo, además.

***

Lo único permante en las ciudades (o en eso que creemos que son las ciudades) es su rechazo a la permanencia. Y, no obstante, ni ellas ni nosotros parecemos dispuestos a admitirlo: como si no fuera suficientemente absurdo el imperativo histórico que ha configurado la existencia humana en torno a la necia y continua ejecución de calles, edificios, foros, acueductos y cloacas, nos empeñamos en creer que la representación del sueño será cada vez la definitiva y olvidamos pronto que cada ciudad que presenciamos ha de desaparecer al instante siguiente y transformarse en otra distinta hasta que el tiempo y el espacio en que transcurren esas imaginaciones se cansen y sólo queden ruinas y otra ilusión, la del pasado, la de la certeza también infundada de que allí o aquí o allá hubo alguna vez una ciudad.
Sin embargo, ocurre que las destrucciones que le infligimos sabe cobrárnoslas infaliblemente en el recuerdo: cuando la memoria descubre lo que ya no está es porque la ciudad ya ha comenzado a borrarnos y no se detendrá hasta que de nosotros quede sólo el olvido y todo siga en paz. Esa forma del infierno que es la paz.

***

Pero convenimos (o ni siquiera eso es necesario) en que la ciudad existe, que está aquí y que estamos en ella, y ésa es quizás la única manera razonable o posible de arreglarnos con las interferencias constantes que los demás suponen en nuestra vida. La ciudad es la alternativa a encarar de una vez por todas la soledad que hay en nuestra condición mortal. Una ilusión preferible, en todo caso, y una invención en la que podremos estar buenamente atareados mientras tanto: mientras los demás y nosotros vamos muriendo. Y tal vez esa invención nos justificará.

***

Al llegar a una ciudad desconocida la primera visita debería ser al cementerio principal o al más antiguo: la ciudad siempre comienza donde están sus muertos: “En medio del desasosegado errar del hombre del paleolítico, los muertos fueron los primeros en tener un alojamiento permanente: una caverna, un túmulo señalado con un montón de piedras, un montículo colectivo...”1. La ciudad empieza donde todo termina, entonces. Aunque, claro, sólo si es verdad que la ciudad empieza o termina alguna vez. (Cada hora hay sesenta habitantes nuevos en Manila y seis menos en Moscú2).

***

No hay imaginación que le dé alcance: la ciudad por una de cuyas calles puedes ir está a millones de kilómetros de la ciudad por una de cuyas calles yo voy, aunque dentro de un momento esas calles se crucen.

***

Un vidrio estrellado sobre un plano de Buenos Aires: las rajaduras marcaron ocho líneas por las cuales se fueron a andar Jorge Macchi, María Negroni y Edgardo Rudnitzky para encontrar la ciudad. El azar (las direcciones que marcó el vidrio) se alió con la mirada de Macchi, la voz de Negroni y el oído de Rudnitzky para que, como nunca antes, estuviéramos cerca de la demostración del prodigio: quizás no exista la ciudad, pero hay un puñado de fotos y de palabras y de sonidos que la afirman y valdrían como pruebas si el tiempo no pasara y hubiera quedado efectivamente detenido ahí, en el libro-objeto que terminó resultando y que se llamó Buenos Aires Tour3.
Encontraron, también, ciertas cosas cuyos sentidos dependen de las historias que cada quien decida asignarles: un cuaderno de traducción donde la obsesión y el escrúpulo constituyen la única manera de nombrar el mundo (páginas y más páginas de tinta azul vueltas una suave conflagración náutica por las manchas de humedad); un hilo caído en el pavimento que dibuja y da volumen a un corazón acabado de extirpar; un misal; puñados de direcciones anotadas y extraviadas, recados o pintas con destinatarios precisos y por siempre incognoscibles; la fotografía de nadie. Rastros de la vida, aunque también argumentos para probar que la destrucción definitiva está entre nosotros pero aún no sabe por dónde empezar.

***

Sus sombras y las ventanas por las que se asoma a mirarlas; los pasos cavilosos que da en la noche; sus alaridos lejanos de ambulancia; el rencor con que avanza al mediodía dando codazos y el séptimo piso de un estacionamiento desde donde los automóviles deberían suicidarse; el espejo de una fuente de la que sale todo el silencio disponible; las cortinas metálicas que son sus párpados y sus fauces; sus miasmas y su velocidad y la enemistad del cielo; las vías del tren y el viaje a la Luna que comienza al cruzarlas; las luces de la fábrica y la azotea de tu casa y el griterío y el cadáver; la particular lógica de cada árbol, las mesas sobre la acera, las bocinas cretinas que anuncian sus mercancías deleznables; sus torres y sus cavernas y mi mano que toca a la puerta y la rata y el perro que cierta mujer lleva por la calle. La ciudad, pues, no cesa de proponer sus alardes de realidad: innecesariamente. Sabemos que está por donde vamos, aunque no esté en ninguna parte.

1.- Lewis Mumford, The City in History, 1961.
2.- F. Moriconi-Ebrard: 2000, citado en Mutaciones, Actar, Barcelona, 2000.
3.- Jorge Macchi, María Negroni, Edgardo Rudnitzky, Turner, Barcelona, 2003.



Publicado en El hacha puesta en la raíz. Ensayistas mexicanos para el siglo XXI. Fondo Editorial Tierra Adentro, México, 2006.

Tarde o temprano

comentarios (0)

Kramer: My face is all craggly. It's crinkly!
Jerry: It's from all that smoke.
You've experienced a lifetime of smoking
in 72 hours. What did you expect?

Kramer: Emphysema, birth defects, cancer. But not this!



Lichtenberg vivía según la hipótesis de que beber agua en las comidas es dañino. Una de las hipótesis según las cuales yo vivo es ésta: tarde o temprano dejaré de fumar. Es una hipótesis deliberadamente vaga, tramposa: no queda claro si mi renuncia será obligatoria o voluntaria. Tampoco, evidentemente, aventuro ninguna información sobre la fecha, ni ofrezco datos que permitan inferir si mi alejamiento del último cenicero será repentino, brutal, irrevocable, o si irá produciéndose paulatinamente, con la suavidad nostálgica e irreal de un barco que se aparta de la costa (aunque, claro: el problema de esta imagen estriba en saber si el cigarro postrero será el barco que veré empequeñecerse en la distancia, el humo perdiéndose tras el horizonte para nunca regresar, o si será por el contrario la tierra firme y segura —el humo del hogar— que yo habré abandonado temerariamente para enfrentar el mar proceloso y amenazante de la abstinencia, rumbo a la improbable Isla de los Virtuosos del Aire Puro). «Tarde o temprano», me digo, y seguramente no es la mejor manera de plantearlo: un vistazo aterrador a la literatura médica probablemente me serviría para constatar que ya es «tarde», mientras que «temprano», para ser en verdad «temprano» (antes de las indeseables consecuencias de seguir fumando, se entiende), debería de significar «en este mismo momento» o «esta noche», y a lo sumo «antes de comenzar a escupir sangre» —si bien eso, claro, significará que ya es tarde. Además, la imaginación más chapucera me inclina a contemplar otra posibilidad —menos un engaño que un deseo sincero, por más absurdo que parezca y sea—: que siempre podrá ser «temprano», pues nada me garantiza que al instante siguiente de apagar mi último cigarro los chinos no estén anunciando al mundo el prodigio de haber sintetizado en un fármaco los remedios para la tos, la resequedad de garganta, la flema miserable de cada mañana, la apnea, la gastritis, los ojos llorosos, el hipo, las manchas en los dedos, la halitosis, la sonrisa café, el enfisema, el jadeo, la barriga, las quemaduras en el sillón, las cardiopatías, el odio del prójimo, las encías negras, la pérdida de olfato, la vergüenza, el cáncer, la obsesión por hallar figuritas procaces en el dibujo de las cajetillas, la lengua entumecida, la ansiedad, el ronquido, el desprecio por uno mismo, la prisa por encontrar un Oxxo antes de agotar el penúltimo de los cuatro paquetes que uno sabe llevar metódicamente distribuidos en los bolsillos del pantalón y de la chamarra, la propensión al catarro, el catarro, el hedor en la ropa y el pelo, la culpa, la tantita preocupación por las cruces de tantos fumadores pasivos que según eso va sembrando uno en su camino, el pulso disparatado, la temblorina, la náusea, el aneurisma futuro e inapelable, la neurosis y el bajo peso en el recién nacido. Ya lo estoy viendo: dejo de fumar y enseguida resulta que fumar ha dejado de ser nocivo.

Tarde o temprano, sin embargo, dejaré de fumar. Lo cual me lleva a anticipar el duelo memorioso, inevitable tras el último cigarro. (Hago un paréntesis para reparar en un problema lingüístico que lleva a otro de naturaleza ontológica: en México se les dice cigarros a los cigarrillos, cuando más propiamente ese término debería reservarse a los puros; ahora bien, para ser del todo precisos deberíamos llamar a éstos siempre habanos, o en todo caso cigarros puros, para poder hablar también de puritos o de cigarritos —los habanos más pequeños y esbeltos. El caso es que, habiendo cigarros o habanos o puros, o cigarros puros, y cigarritos y puritos, ¿dónde están, entonces, los cigarrillos? ¿Qué son? Tal vez no existan —nunca en México dice uno: «Me fumé catorce cigarrillos y no llegabas, ¡me cachis!»—, y quizás, en consecuencia, lo que yo he creído estar fumando los últimos tres lustros —cigarros, pensaba, pero son en realidad cigarrillos, palabra que en este país no significa nada— haya sido una mera aberración semántica por la cual un término espurio designa algo que sin ser cigarro, ni habano, ni puro, ni cigarro puro, ni purito ni cigarrito, es en rigor nada: puro humo sin origen ni sentido1). Sobre el duelo, decía: he de ir haciéndome a la idea de lo que significará la ruptura. Y a propósito nunca dejo de recordar cierta afirmación de César Luis Menotti —a cuento de qué la hizo, no importa: importa que haya sido Menotti quien lo dijo—: que el cigarro es el peor de los amigos. Pero amigo al fin. Chantajista e insidioso, detestable, desleal, traidor, abusivo... La lista de defectos podría extenderse, pero es ocioso hacerla porque de nada sirve para resolver el misterio inherente a esa amistad perniciosa: ¿por qué me empecino en sostenerla? Pues este amigo no sólo apesta, sino además es impertinente: reclama mi atención en los momentos menos oportunos, y si se la niego comienza una lenta y estéril inmolación de sí mismo, como una víctima despreciada de cuya muerte inútil seré siempre culpable —aunque quizás no tanto como él podría llegar a serlo de la mía. Me ha costado mucho dinero conservar su compañía; por ir con él me ha sido negado el acceso a lugares por lo general más decorosos que aquellos donde, juntos, somos tolerados: cafés de medio pelo o meras cantinas, sobre todo (y donde siempre podemos estar más en paz es en la calle, por más que yo difícilmente pueda seguirle el paso y vaya unos centímetros atrás de él, resollando dificultosamente). Las escasas ocasiones en que he intentado sacarle la vuelta él se las ha ingeniado para dar conmigo, y pese a que cada vez va volviéndose más indeseable, muchas veces, cuando me ha resultado absoluta y desesperadamente necesario encontrarlo, ha desaparecido como un perfecto cobarde.

Más de una mujer lo ha visto llegar y se ha apartado discretamente, antes de largarse definitivamente pretextando cualquier cosa. Otras, en cambio, que lo adoran (considerablemente más que lo poco que lleguen a estimar mi propia presencia), tiran uno, dos, tres zarpazos, hasta que también se largan y me dejan solo, doblemente solo porque además él suele irse con ellas. Entonces lo busco con una sorda ansia de venganza, con ganas auténticas de acabar con él, y al poco rato lo encuentro y ya está de nuevo caminando conmigo en su insincero desplante de camaradería rastrera y convenenciera —aunque esto último no sé como puedo afirmarlo si no es por la amargura de constatar a cada momento cómo mi amistad y mi fidelidad no le importan: desconozco sus motivos y los fines que persigue al andar pegado a mí, volviendo tóxicos los varios metros cúbicos de aire que me rodean en cualquier sitio.

Quiero suponer que no toda la historia de nuestra amistad tiene el toque sórdido y enfermizo de las últimas épocas, pues tiempos hubo (sigo queriendo suponer) en que conocimos juntos algunas felicidades y colaboramos creativamente en la fabricación de esos momentos por los cuales tal vez se entienda nuestra perseverancia —o la mía, sobre todo— en mantener ardiendo la brasa que ilumina el recuerdo de la juventud perdida. Pero no tengo manera de reconstruir con nitidez ninguno de esos momentos: ahora trato de dar con uno especialmente significativo y veo que todos se disipan entre las volutas del cigarro que tengo encendido aquí mismo, y eso es quizás porque este compañero falaz en realidad nunca ha tenido mayor interés en las felicidades o las desdichas que creo haber pasado mejor por contar con su presencia. Estas mismas líneas, que ya voy despachando a la carrera porque la cajetilla ha ido vaciándose y será impostergable el momento de salir a comprar otra, le interesan muy poco: de hecho, concluirán antes de que él mismo llegue al filtro y desaparezca, apenas yo alcance a anotar esta última esperanza: si tarde o temprano dejaré de fumar, por ahora la única venganza que puedo ir cobrándome es seguir prendiéndole fuego a este pésimo amigo, verlo quemarse vivo. Aunque sé bien que eso es darle gusto y alentarlo a continuar en su papel de impune asesino.

1.- Además, de un tiempo para acá los Marlboro dicen en las cajetillas «Filter cigarettes».

Publicado en Picnic.


«Hipo verde»

comentarios (0)
Quizás sería considerable (por no decir sorprendente) el cálculo que podría hacerse, en joules o en kilocalorías, de la suma de esfuerzos realizados por los asistentes a las galerías de una ciudad determinada (o de un país o del mundo), en un período dado, al realizar el movimiento conocido como «encogerse de hombros». Tal vez daría para mover quince tractores o para prender un foco: funcionaría, en todo caso, como un indicador más o menos confiable para hacerse una noción estadística de la prevalencia de la perplejidad como primera reacción del público ante el arte contemporáneo —entendiendo la perplejidad como la Real Academia quiere que la entendamos: «Irresolución, confusión, duda de lo que se debe hacer en algo». No el asombro, la estupefacción, el deslumbramiento ni la mera curiosidad: la incapacidad de saber qué decir o cómo conducirse ante lo que se está presenciando. Este valor, preferiblemente expresado en comparaciones pertinentes («el movimiento de hombros de los asistentes a tal bienal ha supuesto un esfuerzo equivalente al que necesitó la construcción de la Pirámide del Sol», por ejemplo, o «en la exposición de fulano los espectadores quemaron tantas kilocalorías como harían falta para devolver a su forma humana a Juan Gabriel y a Mijares juntos»), podrían tenerlo en cuenta, con provecho, tanto los críticos como los comerciantes y los creadores, a fin de reorientar las tendencias, descartar los esfuerzos fútiles y dar la batalla decisiva e impostergable al insidioso avance del tedio, fuerza perniciosa como ninguna y auténtica amenaza del mundo del arte y sus alrededores.
Ahora bien: acaso no sea la perplejidad un mal en sí mismo, sino apenas el comienzo de una búsqueda que debería llevarse hasta sus últimas consecuencias, truene lo que haya de tronar —y entonces se verá lo que venga a continuuación. El afamado artista X, vamos a decirle, que hemos perdido de vista en los últimos meses pero que en su meteórica carrera ya ha conmocionado a suficientes comisarios, reseñistas y señoras bien como para ser una figura respetable (y si no hemos sabido de él es porque está enfrascado en la preparación de una nueva instalación, cuyo título tiene ya decidido: «Hipo verde»), se ha propuesto conseguir el grado supremo de perplejidad entre quienes acudan a la primera exhibición pública de su trabajo. No quiere que la gente se encoja de hombros: quiere que ni siquiera atine a considerar la posibilidad de encogerse de hombros, fija en su sitio, en silencio y con la copa de vino tinto a medio camino entre la bandeja del mesero ambulante (el único ser móvil del lugar) y la boca entreabierta y, de ser indispensable, un poco babeante. Claro: si «Hipo verde» llega a provocar una suerte de catatonia colectiva, o al menos dejar en coma siquiera a un espectador, X habrá triunfado. Y es que, perspicaz como es, X ha sabido detectar que la inacción es la reacción deseable, pues no en balde está prestándose tanta atención a declaraciones como la del alemán Gregor Schneider: «Cuando una obra se expone, pierde interés»1. Esa pérdida, entonces, tendría que ser el objeto de las mejores búsquedas: así X y tantos otros se ahorrarían no sólo la frustración que acarrea el desdén, sino además el engorro detestable que supone ensamblar un discurso mínimamente legible cuando se les exige —esa mala costumbre en vías de extinción— que expliquen qué diablos quieren decir con lo que hacen. (La palabra, que pasó por ser desechable, ahora es prescindible. Su función, de tenerla todavía, es por principio sospechosa).
En tiempos en que la saturación es una consecuencia perversa de la permisividad creadora («Dadle un botellón de leche aceda a un adolescente videocámara en mano y veréis cómo brota un nuevo artista conceptual», masculló una vez el añorado Gervasio Montenegro, crítico silvestre), el imperio del bostezo es quizás el último estadio antes de que la postmodernidad, sus próceres y sus cantores acaben de disolverse como las jaquecas de los peores viajes. Sin embargo, es sabido que el bostezo limpia y despeja, oxigena el cerebro y pone los ojitos llorosos, de modo que el ánimo queda renovado y dispuesto para salir de la galería y comprar un hot-dog en el primer Seven Eleven. En el año 2000, la paquistaní Ceal Floyer expuso un ticket de supermercado (ojo: el súper se llamaba Sainsbury’s White Chapel) pegado en la pared —es de suponerse que con Pritt. Quien tuviera paciencia podía revisar la lista de compras: queso, huevos, leche, algodón, velas, pasta de dientes, ajo, kleenex, tapioca, etcétera. Si es tan difícil arribar al propósito de la artista, mientras tanto permítase recordar el chiste cruel en que un cajero va registrando las compras de una muchacha: «Pan Bimbo, latas de atún, yogur, champú, papel higiénico…», va diciendo, «¿eres soltera, verdad?». «¡Sí!», se ruboriza la muchacha, entusiasmada, «¿lo adivinaste por lo que llevo?». «No», responde el cajero, «es que estás muy pinche fea». Bueno, pues la obra de Floyer tenía la gracia de ser monocromática, pero aunque el ingenio quizás habría valido la pena descubrirlo por cuenta propia, la artista pareció tomar una precaución excesiva contra la alta probabilidad de que el tedio impidiera que nadie se percatara de su objetivo: tituló la pieza «Monochrome Till Receipt (White)»: es triste, pero ya los chistes tienen que empezar a contarse por el final.
Si todo aspaviento vale en la medida de los sobresaltos que provoque, parece ahora que han quedado atrás las ocasiones de escándalo y que el insidioso estrépito de las ocurrencias ha terminado por ensordecernos. O fue, más bien, que el escándalo se ablandó para quedar en pataleta, la pataleta devino arañazo y maullido, éstos dieron paso a la mueca y ahora lo más seguro es que la cosa no pase de modorra. Si cuenta con el curador acucioso que se las arregle para comprar armellas firmes (con sus respectivos taquetes para asegurarlas bien en los muros) y varios metros de sogas que con el balanceo no vayan a rechinar, el éxito de la temporada se lo llevará la exposición que disponga una docena de hamacas para los despistados que la visiten. Tampoco caería mal un ventiladorcito. Y es que, por una parte, ya es difícil incluso esperar timos notables (o habrá que replantear el significado de timo y, más allá, el entendimiento mismo que pueda tenerse del arte, particularmente luego del fenómeno Thomas Kinkade, mesías de la producción en masa y de las ventas multimillonarias —así pinte sólo cabañitas acogedoras y baste con que sus manos toquen una reproducción para que ésta pase de costar mil dólares a costar cincuenta mil2), y por otra la proliferación de estrellas fugaces ha vuelto imposible conservar la calma para pedir ningún deseo a ninguna. Además: una consecuencia lamentable del actual estado de las cosas es constatar que el cinismo y el sarcasmo son recursos naturales no renovables, y que a fuerza de explotarlos uno va acercándose al anhelo imperioso de mejor vender licuados —con tal de dar con experiencias intelectuales más gratificantes.
Es claro, por lo demás, que en materia de arte contemporáneo los juicios y las sentencias pueden aspirar a ser, cuando mucho, ridiculeces, por lo que habría que ir adornando (antes de desecharlo por completo) el dictum de Adorno, según el cual el arte obtiene significado en proporción a su carencia de función: falta que carezca también de interés. Y si esto pudo comenzar desde que nació el primer «Sin título» de la historia, cabe esperar al artista que se encumbre con la primera obra sin obra, claudicación definitiva ante la imposibilidad de, ya no digamos perturbar, sino al menos conseguir la mirada del espectador mientras éste busque el rótulo que conduzca al baño. Puede que «Hipo verde», donde quiera que el esforzado X esté preparándola, sea ese Everest al que nadie ha llegado antes.

1.- En Art Now. 137 artistas al comienzo del siglo XXI, editado por Uta Grosenick y Burkhard Riemschneider, Taschen, 2002, p. 450.
2.- Un magnífico reportaje de Morley Safer, de CBS, daba cuenta del emporio Kinkade (que incluye parques temáticos, cadenas de galerías, coleccionistas frenéticos y giras del artista como rockstar, firmando alteros de cuadros). Para deleitarse con los paisajes idílicos de Kinkade: www.kinkadecentral.com.



Publicado en Replicante.