W. G. Sebald: El viaje a la desmemoria

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Es el otoño de 1966. Un avión hace el trayecto nocturno entre Zúrich y Manchester. Entre los escasos pasajeros va un joven alemán de 22 años que, hasta entonces, no se había alejado más de seis horas en tren de su pueblo natal (Wertach im Allgäu, cerca de las fronteras con Austria y Suiza). De él únicamente sabemos que está solo, y que va admirando la profusión de luces que destellan allá abajo, mientras sobrevuela la inconcebible extensión de Londres; pero luego, conforme se acerca a su destino, cuando ya espera ver la ciudad industrial a la que conduce su soledad, no consigue ver «nada más que un resplandor mortecino, como una brasa ya casi ahogada por la ceniza». Manchester, dirá después: «un área de mil kilómetros cuadrados que ocupaba la ciudad, construida con inumerables ladrillos y habitada por millones de almas muertas y vivas». Entre la espera de su equipaje y los trámites de inmigración se hace de madrugada: a las cinco pide a un taxista que lo lleve a un hotel barato. Luego de timbrar por un buen rato en una casa de fachada angosta y ennegrecida por el hollín, con un rótulo de neón con el nombre Arosa, acude una mujer en bata que al cabo lo hace pasar y le entrega una llave. «El día de mi llegada al Arosa», recordará el joven un cuarto de siglo después, «estuvo marcado, al igual que la mayoría de los días, semanas y meses que le siguieron, por una quietud y un vacío notables». La mujer —recepcionista, administradora, ama de llaves— le lleva más tarde un curioso artefacto: una tetera eléctrica combinada con un reloj despertador. «Ahora, cuando pienso en la época de mi llegada a Manchester, me da la sensación de que fue el aparato que me trajo Mrs. Irlam a la habitación, ese aparato tan útil como singular, el que con su luminiscencia nocturna, su discreto borboteo matutino y su mera presencia a lo largo del día me hizo aferrarme en aquel entonces a la vida, cuando yo, encerrado como estaba en un estado para mí incomprensible de desapego, muy fácilmente podría haberme alejado de ella». En el último relato del libro Los emigrados, de W. G. Sebald, viene inserta una fotografía de esa tetera/despertador.
       Así son los libros de Sebald: por lo general comienzan con el narrador poniéndose en marcha, y en cierto sentido transcurren como registros de los viajes que realiza, a menudo por varios países pero también por épocas muy distantes entre sí. Las imágenes que van acudiendo a la lectura (fotografías, documentos, postales, mapas, cuadros, reliquias) no sólo ilustran, sino que además completan y fijan aquello que las palabras ya son incapaces de decir. Porque adonde siempre está dirigiéndose Sebald es a los territorios espantosos del olvido, a sitios donde han tenido lugar las devastaciones del tiempo y la desmemoria, para regresar de ahí con las evidencias deslumbrantes y perturbadoras de sus hallazgos. El tío Adelwarth, por ejemplo: un singular pariente que había terminado de hacer la vida en Estados Unidos, pero cuya presencia en la obstinada imaginación del escritor —sólo lo habría visto una vez, cuando era niño— estaba marcada por la melancolía y el silencio. ¿Qué historia podía haber detrás? Porque Adelwarth, al final de sus días, había decidido internarse en un manicomio para que, a fuerza de electrochoques, le borraran los recuerdos. Y Sebald emprende un viaje justamente rumbo a la memoria de ese hombre ya muerto.
       Nacido en 1944, el autor se estableció en Inglaterra a principios de 1970, y ahí encontró la muerte en 2001, en un accidente automovilístico. Su obra, breve y concentrada en un puñado de títulos, comenzó a fluir además tardíamente: el primer libro, Vértigo, lo publicó apenas en 1990. Pronto obtuvo reconocimiento: se trataba de una literatura renovadora, de profundidad impresionante, que al desdeñar las convenciones de los géneros —la novela, el ensayo, el álbum de viajes— revelaba un proceder poético de alcances insospechables, pero además representaba una inusitada forma de indagación en la naturaleza humana, por el recurso de contar aquello que el tiempo amenaza siempre con borrar de nuestra atención: nuestras vidas y las vidas de los otros.
       Sebald, pues, fue meramente un hombre solo, con la mochila al hombro y una intensa voluntad de viajar a donde nadie ha llegado antes. Sus libros cuentan entre los viajes más memorables y conmovedores que podemos hacer.

Publicado en Magis 414.

Nadie

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Esta foto, claro, no debería estar aquí. 

En las notas que informaron sobre el deceso de J.D. Salinger, y sobre todo en las de los periódicos estadounidenses, había un regusto generalizado de reproche, de ajuste de cuentas: antes de consignar la estatura literaria del escritor, antes de recordar la influencia decisiva que ha tenido en medio siglo de lectores, dichas notas destacaban cómo, durante la mayor parte de su vida, el autor de El guardián entre el centeno había eludido obsesivamente no sólo la fama que le acarreó su obra, sino también todo contacto humano que no fuera estrictamente indispensable. «Recluso de sí mismo», lo llamaron por ahí, o «el Garbo de las letras» (por recordar a alguien más que quiso, y finalmente no pudo, omitirse de su propia celebridad). «Famoso por no querer ser famoso», se leyó en The New York Times: una calificación que no por artera deja de ser comprensible: si alguien es Alguien, lo es exclusivamente gracias a que la prensa y la publicidad y la avidez del público así lo deciden, y quien se rehúsa es, sin más, nadie. O Nadie, como fue el caso.
    Aunque pasó casi 60 años retirado del mundo, Salinger resucitó varias veces en la atención de los medios por la vía infalible del escándalo: se quiso hallar claves en los subrayados que hizo en su ejemplar de El guardián... el asesino de John Lennon; su foto más reproducida es la que lo muestra agitando un puño enfurecido delante de la cámara de un intruso; en 1981 apareció la «entrevista» que le sonsacó una oportunista que lo sorprendió mientras iba a recoger su correo (una ridiculez: luego se ha dicho que tal «entrevista» fue posible porque la dizque entrevistadora estaba de muy buen ver). Hace algunos años, una hija sacó una biografía dictada por el resentimiento, y apenas hace seis meses Salinger tuvo que pedir a un juez que impidiera la publicación de una supuesta secuela de su novela (que, por supuesto, se publicó, aunque no puede circular en los Estados Unidos). Y ello por no hablar de las ediciones censuradas, las prohibiciones de leerlo, las leyendas que lo imaginaban como un viejo chiflado y, ahora, el ansia por saber qué habrá estado haciendo todo este tiempo —porque, al morirse, terminó por perder la batalla: en ningún lugar hay menos privacidad que en la tumba.
    En un mundo aturdido por la frivolidad y la ira, siempre es admirable alguien que decide hacerse a un lado. Pero, además —aunque quién nos autoriza a suponer las razones de nadie, vivo o muerto—, lo que Salinger enseñó con su obstinación en el silencio fue que, cuando se trata de literatura, uno está absolutamente solo y no puede pedirle cuentas a nadie más que a sí mismo. El autor siempre sobra. O, quizás, si este autor mandó a su editorial que quemara toda la correspondencia que le dirigieran sus fans y echó el candado, fue sencillamente porque, como Holden Caulfield, quiso «estar lejos de toda maldita conversación estúpida con nadie», y ser al fin esa cosa extraña, infame e imperdonable: un hombre que quiere que lo dejen en paz.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de febrero de 2010.

Centenarios

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Porque será, básicamente, una prolongada y tediosísima puesta en escena encomendada a las televisoras, el festejo por los dos centenarios que se cumplen este año bien tendría que resultarnos soslayable y, desde ahora mismo, olvidable. Perdóneseme que use el plural de la primera persona: aunque tengo claro que mucho de lo que me revienta puede ser, cómo no, motivo de felicidad para el vecino, entiendo también que todos los mexicanos somos interpelados por las actuales exhortaciones al griterío —reiteradas hasta en la morralla: las monedas de cinco pesos con los próceres cuyos rostros sólo así hemos podido ir conociendo—, y lo peor de cuando hay cohetes es que truenan para todo mundo, no nomás para quien quiere oírlos. («Uno de los problemas de ser mexicano», apuntaba Juan Villoro en su artículo de la semana pasada en este periódico, «es que otros también lo son»). Por eso, aunque sobra quien se suma con ganas y escurriendo emociones supuestamente patrióticas a las celebraciones en curso, yo quiero pensar que no estoy solo en mis suspicacias y mis recelos, y que si he de pasar este año como mexicano más bien he de hacerlo del lado de quienes carecemos no sólo de entusiasmo, sino sobre todo de razón alguna para festejar. Que hemos de ser muchos, supongo.
    Va a ser difícil, desde luego, tratar de permanecer lejos del barullo, a salvo de estos ensordecedores fastos insuflados por la conveniencia política y que, si bien sólo están justificados por el injustificable encantamiento de los números redondos, sí que le caen de perlas a un régimen urgido de legitimidad que muy tonto (más) sería si no se colgara de ellos —aunque ya se sabe que a don Porfirio no le ayudó gran cosa aprovechar la ocasión cuando le tocó, y vaya que se afanó. Porque, además, centenario y bicentenario son negociazos, y así no bastará con que le saquemos la vuelta al bailable, apaguemos la radio cada que suene el Huapango de Moncayo o le aventemos un ladrillazo a la tele cuando salgan Adal Ramones vestido de zapatista o Anahí disfrazada de Doña Josefa: no habrá pedazo del territorio nacional que no esté bombardeado con las imágenes consabidas, los lemas hueros, las efusiones sentimentaloides y las deficientes recordaciones de historia patria que proliferarán, sea para vender papitas o para incendiar las pasiones por la Selección. (Hace unos días salió la noticia de que dos sobrinas bisnietas de Calles y de Carranza —hasta mis parientes han de ser, las desvergonzadas— van a posar para Playboy, muy patrióticamente encueradas. En febrero).
    Más allá de estas frivolidades —que la circunstancia es idónea—, hay también quien frunce el entrecejo y se pone grave, disponiéndose a reflexionar desde los ámbitos académicos y culturales: revistas, foros, libros, seminarios, concursos, montajes escénicos, conciertos, expos, etcétera: ¿qué significan los cien y los doscientos años para la identidad y para el destino del país? O sea: otra variante del oportunismo. Como si a algo se fuera a llegar.



Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 28 de enero de 2010.

Cabañas: consternación rentable

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Salvador Cabañas, predijo el neurocirujano que lo intervino, no va a recordar lo que le pasó. Eso si bien le va, y sí, ojalá que le vaya bien. Pero a la nación entera —o a dos naciones enteras: además del Azteca, el estadio Defensores del Chaco, en Asunción, se convirtió en capilla para rezar por la vida del futbolista— está garantizado que, por un buen rato, no se le escape detalle de la agresión y sus secuelas: tanto tiempo como gusten los medios que han cubierto exhaustivamente el caso, apenas uno entre decenas de balazos en la cabeza que se disparan en México todos los días...

Para seguir leyendo, por acá, por favor: Letras Libres. Blog de la redacción.

Videoclips

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Por ejemplo. Quien tenga estómago, eche un vistazo y vea a este sujeto estomagante repartiendo galletas y meciéndose cuando pone a los niños a cantarle.

Las escenas de devastación, muerte y dolor en Haití son postales del infierno. Y en la televisión (en la local, en la nacional, en cualquier maldito canal del mundo con noticieros) les ponen musiquita. Hay, se aprecia, un trabajo acucioso de edición en la confección de esos resúmenes visuales (se entiende: lo que los noticieros pasan cuando no hay un reportero a cuadro, o cuando no hay datos ni palabras porque la televisión entiende que la imagen se basta a sí misma): enmarcados por titulares impactantes —la televisión es pura tautología: lo tremendo se muestra con tremendismos, la estupidez con estupideces—, se eligen los encuadres que mejor muestran las montañas de escombros, los minutos de sobrevivientes que deambulan del aullido al estupor, atravesando polvaredas que no parece que jamás vayan a aplacarse; luego, la agitación y la desesperación de los vivos va alternándose con los vistazos rápidos a los bultos tirados en las calles, amontonados en alguna esquina, lagunas incesantes de trapos y brazos y piernas machacados y cabezas reventadas y vientres hinchados, y enseguida se ven los cargamentos de la ayuda varada en el aeropuerto de Puerto Príncipe, el palacio presidencial pisoteado por la suela de un gigante malévolo, la catedral vuelta un rostro llagado, políticos con cara de circunstancia, algún niño en brazos de un rescatista, soldados de acá para allá, filas o tumultos con gestos implorantes, las miradas directas a la cámara, el espanto más puro e impensable. Todo el álbum del horror dispuesto sobre fondos de musiquita también cuidadosamente elegidos.
    Hay de dos, principalmente (o de tres, más bien): una, los acordes lóbregos de piezas con las que acaso se pretenda infundir sobrecogimiento, saturaciones orquestales que impregnan la pantalla de dramatismo cinematográfico; de hecho, es frecuente la imposición de la cámara lenta al tiempo de lo que suena: un hombre que camina hacia la cámara y carga algo: conforme se aproxima, su paso se ralentiza, la música ritma sus pasos y al cabo se advierte que de la masa encobijada que lleva cuelga el bracito sanguinolento de un bebé. Otra, parece, es escogida por su carácter de lamentación desmayada (violines, piano): música lacrimosa, que busca subrayar —inútilmente, imbécilmente— el desamparo, la atónita indefensión de quien ha perdido todo, seguramente con la intención de que el espectador se conmueva, cualquier cosa que eso signifique en la depravada imaginación del productor televisivo que lo decide así: es evidente que para él la ocasión es tan suculenta como un pasaje culminante de una telenovela. Y la peor: música como de película de acción: como si estuviéramos viendo una aventura trepidante en la que la perturbación violentísima de la vida en Haití fuera un escenario fantástico y fascinante y emocionante.
    No es nuevo, claro: crímenes, conflagraciones, desastres y desgracias de todo género, la televisión los convierte en videoclips. ¿Qué tienen en la cabeza quienes lo deciden así?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 21 de enero de 2010.

Reversa

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Al morir, es sabido, has de empezar a caminar hacia atrás con tal de recorrer en reversa cada trayecto que hiciste en vida. Has de volver a cada paso que diste, recrear todos tus titubeos, y siempre tus plantas han de posarse exactamente en las huellas que fuiste dejando. Si ahora, por ejemplo, te levantas y vas al balcón, y luego vuelves a estas páginas, los cuatro o cinco metros que anduviste —y en qué direcciones— deberás recordarlos escrupulosamente para que, llegado el momento, los deshagas yendo hacia atrás, siempre de espaldas. Aquel puente en París por el que pasaste sólo una vez; la acera polvorienta y gris que te sacaba a diario del colegio para tomar el autobús de regreso a casa; los cincuenta y cuatro escalones del edificio en la calle Magisterio por los que subías sin que nada en tu apariencia mortal anunciara que cada vez bajarías invencible y deslumbrado —el santuario del encantamiento de un beso—; la avenida desolada y magnífica en Mérida, los senderos en el cementerio, los pasillos del supermercado, la noche de Buenos Aires, y la de ayer, con el camellón por el que cruzaste... Cada plaza y cada corredor, todas las casas a las que entraste y, uno por uno, los vehículos en que te moviste: el tren y las estaciones que aprendiste a memorizar en la vía a Manzanillo, la motocicleta a lo largo del río Maravasco, todos los taxis, los subterráneos, el avión bajo cuyo paso las nubes se abrieron para ver las Islas Orcadas... Y, uno por uno y siempre en estricto orden, los hoteles, los consultorios, las playas, los salones, los templos, los cines, los billares, los mausoleos, las librerías, las fábricas, los solares, y con todas las calles y todos los vehículos que te llevaron de un lugar a otro, y todas las pausas que hiciste, y todos tus tropiezos. ¿Una tormenta iba borrando la ruta de aquella expedición en la Sierra del Tigre? No importa: entre el lodo y la maleza y las piedras estarán aguardándote tus huellas. ¿La multitud incontable te levantó en vilo al salir de un estadio en una calmosa estampida después de un concierto? Lo mismo: el caso es que estuviste ahí y después estuviste en otro lado, y aun con los trabajos que haga falta, el curso de tu desplazamiento habrá de rehacerse en sentido contrario. Corriste, en la niñez, ¿en cuántos juegos? ¿No sabes ya dónde pudo haber estado el Deportivo Morelos, aquellas albercas de luz por las que diste las primeras brazadas? Tendrás que saberlo. Una tarde que te diste a vagar sin rumbo en pos de cierta determinación o asediado por alguna cobardía, y llegaste a una zona de tu ciudad que era una ciudad por completo insospechada y enemiga: mala idea: tendrás que recuperar ese rumbo, por más que ni siquiera entonces hubieras sido capaz de reproducirlo. El cerro al que subiste en Zacatecas, las alturas del edificio en Tlatelolco adonde fuiste conducido para encontrar el mejor poniente de tu vida, las carreteras por donde condujiste de noche y de día, el pasaje comercial que tantas veces te sirvió de atajo camino de la biblioteca, y en ésta la duela que llevaba hasta los estantes rutinarios que se resignaban a facilitarte búsquedas que ahora ya no comprenderías. Las distancias de la cocina a la sala, de la iglesia de Regina Cœli a la catedral maronita de Valvanera, la espiral del estacionamiento al que entraste una vez o miles, el parque por el que nunca pensaste volver a pasar, las azoteas, los ascensores, la superficie congelada del río San Lorenzo, el basurero en Los Belenes, las calles por las que tendrás que ir mañana. El mar: cada vez que entraste en el mar. Y así hasta llegar a los brazos que te tomaron por primera vez, en el primer trayecto que hiciste, en el parto donde todo comenzó y donde empezaron a quedar los vestigios de tu paso y donde empezó a trazarse la arqueología de tu memoria, a cuyo encuentro tendrás que regresar, hasta el principio y desde el fin: es lo que pasa al morir, es sabido.

Publicado en KY de enero de 2010.

Pareceres

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Leo una nota de AP que informa, escuetamente y se diría que hasta con desgano, que el Vaticano no considera a la película Avatar una obra maestra. Pesco el anzuelo, malamente: en un largo rato de ocio imperdonable, voy comprobando que tal información ha sido reproducida en numerosos diarios en internet, que muchos la han ampliado y puesto en contexto —a la Santa Sede, según me entero, últimamente le ha dado por manifestar su parecer sobre asuntos, digamos, inesperados: hace unos días pudo leerse en L’Osservatore Romano una felicitación a Los Simpson por haber cumplido 20 años, en particular por mostrar que Homero y Dios se llevan bien—, y descubro que incluso varios han desgranado, con abundancia de pormenores, las razones de tal recelo y tal desdén: en Radio Vaticano se dijo (y copio del periódico La Voz, de Argentina: iba a buscar en la fuente original, ¡pero ya estuvo bueno!) que en la película hay «un guiño hacia las pseudo-doctrinas que han hecho de la ecología la religión del milenio». También llego a saber que Evo Morales ya fue al cine con su hija a ver la misma cinta, pero que a él le encantó y hasta se sintió identificado.
    Llegado a este punto, comienzo a escribir este artículo. Pero llegado al punto en que digo «Llegado a este punto, comienzo a escribir este artículo», me paraliza la altísima probabilidad de que estas líneas, por supuesto destinadas a ser devoradas instantáneamente por los torrentes incalculables de naderías y ociosidades que en este mismo momento estén escribiéndose sobre Avatar, el Vaticano, Evo Morales o lo que sea —es decir: por cuantos temas surta el indiscernible barullo universal que se conoce como actualidad noticiosa—, no sean sino mera resonancia de algo que ni importa ni interesa. Porque es lo malo: que en nuestra comprensión de las cosas aceptemos, tan naturalmente, que toda opinión es atendible. ¿Qué relevancia va a tener lo que piense el Vaticano sobre una película? De tan predecible, la expresión de tal juicio es además aburridísima y absolutamente inocua: tanto como si yo digo que, de no ser porque Avatar la vi en tercera dimensión, me habría resultado del todo irritante —y no por las razones que desasosiegan al cura displicente que habrá ido a verla en Roma, sino nomás por sangrona y cursi.
    Es decir: porque todo mundo es libre de tener una opinión (si bien yo creo que habría que defender el derecho a no tener ninguna), y porque quien puede la expresa a la menor oportunidad —y de eso, en grandísima medida, está hecha la actualidad noticiosa, pues los medios se afanan más en recabar pareceres que en investigar hechos—, tendemos a asumir que cuenta igual todo lo que se dice, sin reparar en lo inútil que puede ser. Y, aunque sea sólo por el tiempo que así podemos perder —pero, además, por cuanto llegamos a distraernos de lo realmente urgente—, la proliferación incesante de opiniones a las que estamos expuestos es un espejismo pernicioso, y estar al pendiente de él es lamentable.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves14 de enero de 2010.

¿Bueno?

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Ando estrenando un teléfono inteligente. Es, me temo, más inteligente que yo. Creo que sabe —pero yo no sé cómo— infiltrarse en el Pentágono y bombardear un país. Recibe correos electrónicos, los responde, hace cuentas, trae función de rockola, toma película y saca fotos (ya ni se dice así: antes, las películas «se tomaban», en ellas «trabajaban» los artistas y en las fotos «salía» gente); puede servir como agenda tiránica y estar chicoteándome con pitidos y zumbidos cada que tengo que hacer algo; trae grabadora (yo nomás llegué hasta las grabadoras de caset chiquito), tiene mapas del mundo entero (y en ellos los planos callejeros de incontables ciudades), ofrece la posiblidad de tomar notas, archivar documentos, escribir una novela, y además de servir para todo eso (y para hablar por teléfono: es lo que menos he hecho) cuenta con varios juegos indescifrables, pero también, algunos muy entretenidos: me la he pasado picándole a una especie de sudoku de palabras hasta que me punza la nuca. En el instructivo hay advertencias sobre las lesiones que puede causar el uso desenfrenado del aparatito: las leí y me burlé, pero luego de horas de estar pulsando las teclas diminutas no pude sino darles la razón a los puntillosos redactores de esas advertencias: los pulgares y el cuello se engarrotan, la columna sufre, la vista va menguando, puede uno quedar sordo (el otro día no supe contestar una llamada: me llevé el teléfono a la oreja y cuando volvió a timbrar casi me tira al piso), y eso por no hablar de los riesgos de atropellamiento, colisión o torcedura de tobillos al ir por la vida haciéndole caso a sus alertas, sus alarmas, sus chiflidos y sus luces: es como un robotito impaciente y neurótico que nos tripula y va decidiendo nuestros pasos y nuestros actos en nombre de una de esas ilusiones que surte la tecnología: la de tenernos comunicados ininterrumpidamente, al alcance de toda información en el momento en que se genere, nos importe o no.
    Una de esas informaciones, recibida oportunamente (o más bien inoportunamente: lo que mejor hace todo teléfono, sea inteligente o no, es ser un intruso consentido en cualquier actividad que desarrollemos, pues aunque ignoremos qué quiere tendemos a hacerle caso de inmediato), es la de que, por mucho que fueran emocionándome sus millares de funciones y gracias, y apenas iba sintiéndome muy actual, mi teléfono y yo hemos sido ya rebasados por un nuevo chunche, según eso más sofisticado, cuyo lanzamiento acaba de anunciarse. La nota dice cosas como que el artefacto en cuestión «alberga un chip Snapdragon de Qualcomm corriendo a 1GHz, además de 512MB de memoria RAM, conexión Wi-Fi, Stereo Bluetooth, chip de geolocalización asistida AGPS, brújula y sensores de luz, proximidad y acelerómetro para funciones de orientación de pantalla». No sé qué diablos quiera decir todo eso, pero sí intuyo que lo que tengo en mis manos es, ya mismo, una antigüedad. Mi teléfono inteligente y yo nos miramos con una creciente incomprensión.



Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 7 de enero  de 2010.

Agenda

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Ésta es la agenda del escritor argentino Martin Kohan. Pero bueno, él no está bien de la cabeza. 
Digo: es un estupendo escritor, pero para llevar su agenda así no puede estar bien.

Tengo una agenda nueva, y no sé muy bien qué hacer con ella. Es bonita, si bien el rojo encendido de sus tapas sugiere cierta alarma, algo de urgencia neurótica que, me temo, más pronto que tarde podrá volverla una presencia amenazadora, impaciente; puedo forrarla, claro, pero se vería muy ranchera; o puedo dejarla sin estrenar. No tenían, como me hubiera gustado, en color negro. O sí había, pero el modelo en negro venía acompañado de un directorio telefónico que me pareció completamente obsoleto (desde que se inventaron los celulares se volvió inútil anotar teléfonos): ésta, en cambio, trae un cuadernillo que se complementa con una plantilla de calcomanías para pegarle a modo de pestañitas, a fin de clasificar así las informaciones que lleguen a figurar en el cuadernillo tal: sitios web, libros, música, etcétera; supongo que el fin es propiciar así un orden para los hallazgos que vaya uno haciendo, cosa que encontré práctica... si bien podría proponerme llevar un orden igual en cualquier libreta, en la computadora... o en ningún lado, como hasta ahora me ha funcionado. Tiene también, mi agenda, un montón de informaciones que seguramente en todo el 2010 no tendré necesidad de consultar. Para que querría, por ejemplo, tener a la mano los días feriados de Eslovaquia, las equivalencias de tallas de blusas en Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia, Alemania e Italia, o la distancia en kilómetros entre Tel Aviv y Moscú. Pero aunque no preveo estar llamando a Camerún (código: 237), que datos tan exóticos estén a la mano no deja de ser emocionante. Aunque igual: los husos horarios, las conversiones de unidades de medidas, los sufijos que corresponden a las direcciones de internet de cada país o las fases de la Luna, son datos que siempre hay incontables maneras de investigarlos, y sólo encuentro una fascinación pueril en tenerlos todos juntos: fascinación que, a unas horas de lo que debería ser la inauguración formal de mi agenda (¿qué pendientes tengo para mañana?), va convirtiéndose en perplejidad paralizante.
    Porque, además, están las páginas, una para cada día, que habrá que ir rellenando de alguna forma. Con las tareas por hacer, claro, pero también con la verificación de su cumplimiento, o con las razones que lo hubieran impedido. Pero no sólo tareas: también, supongo, con noticias del curso de las cosas: las informaciones con las que vaya siendo posible reconstruir suficientemente cuanto llegue a vivir o vaya sabiendo, lo que me pase o deje de pasar, con las ocasiones de asombro, irritación, desvarío, felicidad o incluso de mero tedio. Que todas esas páginas estén ahora mismo en blanco es imponente: apenas he rotulado mi agenda con mi nombre, mi domicilio y poco más (antes de poner mi tipo de sangre me detuvo la imaginación horrorosa de la circunstancia en que podrá ser necesaria esa información). Así que, ¿qué hacer? Porque comenzar, en suma, es querer sustraerse a la fuerza de lo imprevisible. Y es lo que no sé. Deberían vender las agendas ya llenas.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 31 de diciembre de 2009.

«¿Es tuyo?»

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Ante el despropósito, la sandez, la reiteración irritante de lo consabido, las torceduras convenencieras y fatuas de los discursos (los rebuscamientos, las cursilerías, la demagogia), la circunspección cretina que suele vestir la solemnidad, las erupciones de pedantería o la mera pesadez, cuando muchos sólo sabemos contrariarnos (y, a lo sumo, ponernos precisamente pesados), Arturo Súarez arqueaba las cejas, tomaba nota y facilitaba una fórmula infalible para que aquella sustancia espesa e intragable quedara milagrosamente adelgazada por la gracia que sólo él sabía añadir (o detectar: «¿Es tuyo?», preguntaba, oportunísimo, cuando a uno se le salía un disparate que bien podía encuadrar dentro del periquete, el arduo género que cultivó hasta el fin). Para comerciar con la famosa realidad no hay divisa mejor que la ironía, y este maestrazo tenía reservas inagotables: tanto como para regalar todo el tiempo cheques firmados a quien se cruzara en su camino: al encontrarte con él ya iba extendiéndote la hoja con su producción más reciente (que a menudo admitía aportaciones de otros), un obsequio no por esperado menos sorprendente cada vez: ¿cómo se le ocurrían tantas cosas? (Y ahora pienso cómo hemos quedado súbitamente empobrecidos, pues ya no recibiremos esos regalos impagables que merecíamos sólo por hallarnos donde él estaba, y cómo nos harán falta esas indicaciones de elegante sorna para saber reírnos).
    Avezado anatomista del lenguaje, Arturo coleccionaba diccionarios, y era capaz de despejar las incógnitas más abstrusas respecto al correcto uso del español o de la lengua inglesa. Como los mejores humoristas, tomaba con la mayor seriedad el valor de la precisión en todo cuanto se dice, y, sin alardes ni jactancias, sabía acudir a su vasta erudición para afianzar rigurosamente sus aseveraciones. Una vez, mientras pagábamos unos cafés en la Joseluisa, me dio un seminario exprés sobre numismática victoriana; otra vez, en una fiesta (¡había que verlo bailar, claro!), tuve la suerte de oírlo discernir los méritos de varias cantantes de jazz. Por ejemplo. Lo que quiero decir es que, en mi experiencia del trato con él —privilegio del que gocé por algo más de veinte años—, siempre estuve aprendiéndole algo. Siempre.
    Y una gratitud concreta: cuando varios amigos hicimos una revista, hace añales, Arturo nos apoyó pagando anuncios en los que promocionaba su Club de Periqueteros Solitarios. Claro que no le hacía falta esa publicidad: las reuniones sabatinas en el Café Gardel, por ese entonces, se armaban con el puro gusto de hacerlas, y sin embargo él tuvo la generosidad de idear ese pretexto para echarnos la mano. ¿Quién hace eso? De manera que, bueno, es una tristeza enorme que se haya muerto. Pero es una alegría inolvidable que nos haya tocado conocerlo, leerlo, escucharlo, aprender de él, y verlo alzar las cejas y reírse cada que el mundo daba evidencias de lo absurdo que puede llegar a ser.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 24 de diciembre de 2009.