Cultos dineros

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¿Algo así tendrán en mente los diputados al darle cuatro millones de pesos del rubro «cultura» a la Unión Ganadera? (El señor de la escultura es el poeta Carlos Drummond de Andrade, que en compañía de de la vaca se asolea en la playa de Ipanema).
 
 
La repartición que los diputados jaliscienses hicieron de los recursos «extras» que «consiguieron» sacarle a la Federación es, por supuesto, disparatada. Como prácticamente cualquier actuación de los legisladores: tramados con decisiones indefendibles —pero defendidas, al fin, con todo el empeño de su escaso ingenio—, los repartos presupuestales suelen hacerse relegando lo verdaderamente importante en favor de los compromisos y las conveniencias, privilegiando la espectacularidad por encima de la atención a las necesidades que plantea esa cosa odiosa llamada realidad y favoreciendo siempre las necedades de quienes, por ahora (y siempre, pues), ocupan los cargos ejecutivos de la administración pública.
    En lo que toca al rubro cultural, como informaba Mural ayer, la distribución de esos dineros de la ampliación famosa contempla una asignación de 35 millones de pesos para el proyecto —impulsado desde la iniciativa privada— conocido como el Palacio de la Cultura y la Comunicación. ¿Qué es eso? Un complejo, por el rumbo del Trompo Mágico, que integrarán un auditorio para 2 mil personas donde habrá «espectáculos de ópera y teatro», otro espacio para música de cámara, un «museo de la radio y la televisión» (¿qué irán a exhibir ahí: la tejana del Tío Carmelo, el cadáver de Sixto, las cazuelas de la Señora Zárate?), un «media center» (whatever that means) y una especie de paseo de las estrellas. «El proyecto también incluye la Galería de la Fama de los Grandes Artistas», dijo José Pérez Ramírez, el presidente de la RATO, en una fascinante entrevista concedida a este periódico el 5 de febrero pasado. «Usted sabe que existe un premio internacional que se llama los Grammys, en el cual los homenajeados son el 80 por ciento de origen mexicano y no vemos porque en México nuestra industria —que es la promotora de estos artistas— esté comprometida a hacer eventos de esta naturaleza que van a beneficiar con turismo a la ciudad y al estado, o sea, van a ser eventos de clase mundial (sic)». Pero más adelantito, ahí mismo, viene lo más interesante: «Hay una oferta no resuelta», sigue diciendo Pérez Ramírez, «de que pudiera ser ahí la sede de lo que es el área de prensa de los Juegos Panamericanos, prensa y difusión de los Juegos Panamericanos».
    O sea: las decisiones de los diputados podrán parecer descabelladas, pero misteriosas no son. «Sí creo que la partida es un exceso», admitió, encantador, el diputado José Luis Íñiguez Gámez, integrante de la Comisión de Cultura, «pero se le da ese dinero porque consideramos que ese trabajo de la defensa de la libertad de expresión debe ser estimulado». Y es dinero que va sumándose al que ya antes ha obsequiado, para el futuro Palacio/centro de prensa de los JO, el Gobernador González («Emilio» que le digan Lagrimita y Costel). Muy cultural, ¿no? Ah, bueno: pero los diputados también asignaron cuatro millones de pesos, de los pesos «conseguidos» para la cultura en Jalisco, a la Unión Ganadera... Y así.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de noviembre de 2009.

Imaginaciones

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Además: para qué tanto relajo, si desde hace años existe el Guggenheim tapatío. (Foto: Google Maps)

¿A Guadalajara le convendría tener un nuevo museo de arte contemporáneo? Probablemente. Uno grandote y vistoso, por el que circulen las corrientes que llevan lo más interesante de cuanto valga la pena ver en el mundo; un museo que sirva a la mejor comprensión de la actualidad artística de los tapatíos, que llegue a ser un atractivo turístico más presumible que los existentes —más que el Santuario de los Mártires, por ejemplo... ¡ah, no!, ése todavía no existe— y que, en resumidas cuentas, dé gusto tener aquí. Ahora: ¿un museo así es, como ha dicho el secretario de Cultura,  «necesario» e «indispensable»? Depende de lo que se quiera entender con términos como éstos: en vista del uso que suele dárseles siempre que con ellos se pretende justificar toda suerte de iniciativas —disparatadas o no—, «necesario» e «indispensable» son adjetivos ante los que más vale ponerse en guardia, pues en nombre de ellos la ciudad está como está: por las nociones que tienen unos cuantos (los funcionarios, pero también quienes, en su negocios, se benefician directamente de la actuación de éstos) de lo que hace falta, de espaldas al interés de los ciudadanos y de la verdaderas urgencias, que se relegan interminablemente.
    Ahora que se ha revelado —porque ya se sabía desde hace rato— que la Fundación Guggenheim prefirió descartar la construcción de su local tapatío para mejor largarse a Dubai (y cómo no: con las necedades y las trabas que se acostumbran aquí), los empresarios y los políticos enfrascados en la edificación de un museote dicen que perseverarán en su empeño. El proyecto de Enrique Norten, aquel como refrigerador que se levantaría a la orilla de la Barranca de Huentitán, hoy dicen que siempre fue caro e «inviable» —además de horroroso, añadiría yo. ¿Y dónde quedaron los entusiasmos de antaño? En su página de internet (caída, pero que puede consultarse en los basureros de Google), Guadalajara Capital Cultura A.C. festejaba en agosto de 2007: «El estudio de viabilidad realizado en el 2005 demostró que Guadalajara cuenta con un contexto económico, político, social y cultural favorable a la implantación de un Guggenheim». Ahora, sin embargo, resulta que se trató de un sueño excesivo («Iba a costar un millón 200 mil dólares al mes el mantenimiento, quién lo iba a pagar, son sueños», dijo Lorenza Dipp, de la dicha asociación civil). ¿Pero qué sigue? Pues quitarle el apellido al proyecto, y obstinarse en él: total, el terreno cedido está y cedido se va a quedar.
    Puestos a imaginar necesidades para Guadalajara, igual le serviría más tener playas. O, como en aquella película de Jaime Humberto Hermosillo, Clandestino Destino, ser la frontera con Estados Unidos. La ciudad está llena de proyectos cuyo supuesto carácter de necesidad es sólo la excusa maestra de sus hacedores. Lo bueno es que muchas veces (ojalá fuera siempre) esas imaginaciones quedan sólo en eso. Como el Guggenheim, que sencillamente no se supo hacer.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 12 de noviembre de 2009.

Argüende

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El argüende está garantizado con Caín, la nueva novela de José Saramago. Todavía no hay modo de leerla, pues apenas se ha publicado la traducción en España y, aunque vendrá ya volando —el argüende asegura, naturalmente, el éxito comercial—, aún no llega a estos rumbos. (Cosa por demás misteriosa, cómo se deciden las corrientes que llevan y traen los libros por los mares del mercado editorial, y cuántos naufragios hay en esas indiscernibles travesías: libros de los que sabemos que existen, y que jamás alcanzamos a ver que atraquen en las mesas de novedades de nuestras costas diezmadas y tan propicias al olvido). El portugués recuenta ahí, parece, la historia bíblica del primer homicida, y por lo visto lo redime o lo exonera, inculpando en cambio a Dios como autor intelectual; procede enseguida a exponer, siempre en clave novelesca —y, dicho sea de paso, un novelista es todo lo libre que quiera para reformular el mundo como le venga en gana—, su tesis de que Dios está hecho a imagen y semejanza de los hombres, y que como éstos es cruel, caprichoso y vengativo. «El rencor del Dios de la Biblia es el rencor que los humanos han inventado, ya que son los seres humanos los que han propuesto las distintas figuras divinas», resumió en un artículo la traductora y esposa de Saramago, Pilar del Río.
    Lo que siguió a la aparición de la novela ha sido perfectamente previsible. La Iglesia católica portuguesa objetó los pareceres del escritor, tomándolos por ofensas, e incluso un rabino lisboeta desdeñó el libro arguyendo que Saramago «hace lecturas superficiales de la Biblia». Ya algo parecido había ocurrido en 1990, cuando salió a la luz el otro libro «blasfemo», digamos, del Nobel: El Evangelio según Jesucristo. Ahora, mientras ya hay quien pide que se le retire la nacionalidad al autor, y mientras la alharaca crece —alentada por los periodistas, desde luego: ya veo cómo de un momento a otro se recogerán aquí las declaraciones de los jerarcas religiosos, que responderán en automático: hay que recordar lo que pasó con El crimen del Padre Amaro—, las ventas del libro crecen y prometen ponerse cada vez mejor.
     Acaso sea ingenuo preguntárselo, pero ¿hasta dónde esto que se ve es fruto de las maquinaciones mercadotécnicas de una industria editorial que se sirve de toda ocasión de escándalo para resarcirse así de sus ineptitudes y de su falta de creatividad? José Saramago, a veces tan buen novelista, tristemente se ha convertido en un escritor cuya carrera —próxima al fin, qué le vamos a hacer— se ha visto conducida, desde Estocolmo para acá, por las obligaciones del éxito: por el dudoso compromiso con la provocación («Yo no escribo para agradar ni para desagradar: yo escribo para desasosegar», ha dicho a propósito de Caín) y por una propensión al alarde disfrazada de «responsabilidad» que poco tiene que ver con la vigilancia de otra responsabilidad seguramente más alta: la literaria. Quizás ésta sea una buena novela. Pero, en medio del argüende, eso poco va a importar.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el 5 de noviembre de 2009.

Otra vez calaveritas

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Ilustración: Mural / Daniel Terán

Si el ingenio del mexicano en verdad fuera las maravillas que se dicen de él, los coches funcionarían con agua de lluvia, las calles que se inundan las navegaríamos en lanchas supersónicas, ya habríamos hallado cómo curar la influenza con tequila y el Doctor Carstens sería un héroe nacional. Y no es que tal cosa (el ingenio famoso) sea inexistente: lo malo es que no sirve para nada de provecho. Produce, sí, y en cantidades incalculables, las excusas, las tomaduras de pelo, las mentiras, los chistes crueles y las transas todas que dificultan —o acaso posibiliten— la vivencia de todos los días, y si bien la subistencia de muchos depende del ingenio que sean capaces de poner en práctica (piratas, rateros, diputados, revendedores, coyotes, etcétera: toda esa pelusa), la supuesta agudeza que da nacer aquí generalmente es causa de numerosos malentendidos. La tradición de las calaveritas que brotan por estos días, por ejemplo.
    Calaveritas: las composiciones en versos por lo común mal medidos, trabajosamente rimados y muy rara vez sorprendentes, que buscan caricaturizar a un famoso tratándolo como si ya hubiera muerto (incluidos los muertos). La costumbre manda que esas composiciones tienen o tendrían que ser: 1) chistosas, y 2) oportunas. Sepan hacerlas o no —la inminencia del Día de Muertos infunde inspiración a incontables versificadores espontáneos—, sus redactores buscan cumplir el segundo requisito dedicándolas a personajes señalados por la actualidad noticiosa. Los límites del periodo que se entienda por actualidad son flexibles, pero dejémoslos en un año: así, en este 2009 tendrían que entrar, con todo derecho, Michael Jackson, Juanito, Rigo Mora, el presidente hondureño defenestrado, Alejandra Guzmán, Javier Aguirre, Obama y Alfonso Gutiérrez Carranza —en cuya calaverita no se dejará de llamarlo «guapo» o «galán». Fox y Marthita, en cambio, que hace rato no salen con alguna gansada, no tienen gran chiste y conviene prescindir de ellos, lo mismo que de los consabidos que dan todo el tiempo razones para la sorna: el Gobernador González («Emilio» que le diga Vázquez Raña), Jorge Vergara, Elba Esther, y así —aunque las calaveritas lucen más cuando son muchas, y por lo regular entran todos, hasta los más desabridos. Luego, sin embargo, vienen varios problemas. Hay prioridades: los muertos más recientes —o sea los que sí se murieron, y no nomás en verso— van por delante (el «Negro» Guerrero, claro); enseguida los decesos más lejanos pero pegadores (Benedetti o el Kraeppelin), para continuar con los vivos: locales (el Cardenal) antes que foráneos (Berlusconi, Hugo Chávez), faranduleros (Susan Boyle, Mercedes Sosa) antes que maleantes u orates (el predicador/secuestrador Josmar, que, por cierto, ¿qué ha sido de él?).
    Lista la lista, lo que sigue es lo más difícil: que las calaveritas sean divertidas. Y aquí es donde, independientemente de las aptitudes de sus autores, la gran mayoría fracasa, sea porque han de ajustarse a las fórmulas (si pueden), por la reiteración de los lugares comunes a los que obliga el folclor (usar los términos «Pelona», «Huesuda», «Parca» y, el peor, «Catrina»), o sea porque en realidad eso de la familiaridad que el mexicano supuestamente tiene con la «Calaca» (éste faltaba) es —como el ingenio nacional— una falacia, de tal manera que los jugueteos verbales que se hacen con la muerte son más bien una especie de refrendo del temor y el respeto: no hay tradición que no imponga cierta solemnidad en su observancia, y así cómo van a funcionar de verdad la burla y la risotada. También: no hay tradición que no reclame ser abolida: por la ingente cantidad de calaveritas insulsas que se publican año con año, ¿no habría que sepultar ya esta costumbre, que tan poco favor le hace a ese ingenio del que tanto nos gusta alardear?

Publicado en Mural el lunes 2 de noviembre de 2009.

Feria y feria

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Lo que más me hace ilusión de la FIL de este año: Los Lobos.

Al anunciar el programa de actividades que se tiene previsto para la próxima edición de la Feria Internacional del Libro, sus organizadores fueron enfáticos al pormenorizar los motivos de que se hubiera invitado a la ciudad de Los Ángeles para cumplir este año el papel de invitado de honor. Varios de esos motivos son razonables, desde luego: el peso innegable de esa metrópoli como capital mundial de muchas cosas, como punto de encuentro (no siempre armonioso) de incontables culturas y, evidentemente, los insoslayables vínculos que sostiene con México. De acuerdo: puede que, por la cantidad de paisanos que residen allá, haya que pensar en ella como la segunda ciudad mexicana más importante. Total, que independientemente de las conveniencias políticas que supone corresponder así a la avanzada de la UdeG allá (de ahí que, por ejemplo, la Cátedra Cortázar venga a tener como ponente al Alcalde Villaraigosa: ¿por qué no a Schwarzenegger, de una vez?), el interés de la presencia de Los Ángeles en la FIL está justificado; a mí me entusiasma, incluso, que vayan a venir Los Lobos, o que Ray Bradbury llegue a participar (así sea vía satélite, al menos, porque el viejo —me he dado cuenta de que muchos ignoraban que sigue vivo— por lo visto ya no está como para que lo zarandeen). Pero pienso —ah, la memoria maldosa—: ¿no era también emocionante que viniera Italia, el año pasado? Y qué pasó: que su desempeño como invitado de honor fue más bien decepcionante y, como ha ocurrido en tantas otras ocasiones, quedó sofocado por un programa atiborrado de naderías y frivolidades. La delegación angelina, como se anuncia, suena muy bien; otra cosa es que llegue a lucir efectivamente (provechosamente para el público, quiero decir) en una feria que se ha convertido en un tumulto ensordecedor y agobiante que gira alrededor de los mismos figurones de siempre. Hace poco estuve en la Feria Internacional del Libro de Monterrey, y claro, entre los actos más concurridos estaban los celebrados en torno a personajes como Carlos Fuentes o José Emilio Pacheco; el primero, acá, presentará su nueva novela, y al segundo le harán un enésimo homenaje. ¿Para qué? Son como un circo ambulante, que viaja de feria en feria repitiendo sus números gastados —y, por eso, perfectamente prescindibles.
    Una cosa interesante: en esta FIL, según dijo Nubia Macías, su directora, se pondrán creativos para que la gente pueda comprar libros. ¡Vaya! Habrá un espacio donde las editoriales concentrarán sus ediciones de bolsillo, y, el viernes de la feria, una venta nocturna. Veremos, calculadora en mano, qué tan ciertos serán los descuentos, porque luego sucede que las ventas al público, misteriosamente, son lo que menos parece importarle a la gemebunda industria editorial que se la pasa quejándose de sus precariedades y acude cada año a exponer los mismos títulos a precios ridículamente elevados. Ánimas que de verdad la FIL, trabajando como está en crear lectores, vea por el bolsillo de éstos. Si no, qué chiste tiene.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el 29 de octubre de 2009.

Homenaje

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El Poeta, en el momento en que francamente llegó a estar hasta la madre de tanta fiesta.

El Poeta está sentado en la escalinata de acceso a la Feria. Lo rodean varios bultos: bolsas estampadas repletas de papeles, libros, pósters, camisetas, folletos... porquería y media. Es la tardecita, y un gentío entra y sale y pasa al lado del Poeta. Como que quiere llover. Él, colgado del pescuezo el gafete reglamentario —no se es quien se es en una Feria sin esos cencerros coloridos, si bien el del Poeta tendría que ser al menos plateadito—, fuma dos cigarros y medio que le duran menos que el hartazgo que lo tiene ahí. Los faldones del saco —reglamentario también— se le van a llenar de polvo, se le va a arrugar el asiento del pantalón, cuando se levante va a quedar desfajado; encima, con el aironazo está desmadrándosele el copete. Acaso no importe tanto: malo que se nos acatarrara o que ya no pudiera ponerse en pie (por la reuma). Una señora gorda, y también despeinada, se le deja ir: el Poeta la escucha declararle su fervor. Enseguida, un señor se acerca y desplaza a la gorda para suministrarle al Poeta un bulto más: claro, es un libro: de ésos que llaman «de autor», es decir, algo que el señor en cuestión hizo imprimir con sus propias inspiraciones, pues —ya lo estamos oyendo cómo se identifica— él también es poeta (nomás que sin mayúscula). Hay unos preparatorianos rondando, pero no se animan a acercarse; por fin, la más aventada le pregunta al Poeta (el señor ya se retiró) si los deja hacerse una foto con él. Se la hacen. El Poeta los despide dándoles la mano. Una parejita, luego: él pide un autógrafo, ella se muerde las uñas y medio se chivea. El Poeta, no lo habíamos dicho, está acompañado por su Esposa (una Periodista que sale en la Tele), quien desempeña un papel de guarura y ujier: es la que ve el reloj, la que voltea nerviosamente hacia la entrada de la Feria, pero también la que entretiene a los nuevos fervorosos que esperan turno. Cuando el Poeta va a la mitad del tercer cigarro, ella se pone en pie, comienza a cargar bultos, le acerca otros al Poeta, lo agarra del brazo y lo hace levantarse también. Él se palpa los bolsillos del saco, ella saluda a más fervorosos, avanzan trabajosamente (la reuma) hacia el ingreso a la Feria, todavía los entretiene un impertinente más, que no sólo quiere foto, sino además un abrazo: el Poeta se deja hacer, balbucea algo, su Esposa está ya francamente apurada, al fin se encarreran. Cruzan la exposición de libros, alguien ha venido ya a encaminarlos —algún Funcionario comedido y parlanchín—, y llegan al cabo al salón, gigantesco, atestado y sofocante (al Poeta se le empañan los anteojos, casi se tropieza con los preparatorianos tirados en el suelo). Es el tercer o cuarto o vigésimo Homenaje que le hacen al Poeta en los últimos meses (por qué: sólo porque cumple años y la cifra es redonda), y ya lo esperan en el estrado sus Amigos, que lo festejarán cubriéndolo de linduras. Está podrido. Pero también aquí agradecerá y leerá sus Poemas y tendrá que hacerse el Chistoso. Y así será en la siguiente Feria.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de octubre de 2009.

Trastornos

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El traxcavo que va y viene, viene y va, aquí cuando empezaban las obras enigmáticas.
Foto: Notisistema

¿Alguien, por favor, es capaz de explicar de modo verosímil (ya no pedimos verdades, que no las saben dar: por lo pronto nos conformaremos con cuentos que siquiera sean creíbles) qué propósito tienen las obras inacabables en dos cuadras de Avenida Chapultepec? Por tres sábados seguidos, yo he dado en aplastarme en un café de ahí a ver cómo el traxcavo escarba una y otra vez en el mismo sitio, para luego rellenar el agujero y vuelta a empezar. En serio: al menos hasta la semana pasada, la maquinaria arrastraba la tierra de un lado a otro, y de regreso, sin que fuera posible advertir que la obra avanzara. Aunque no quede del todo clara la razón de esos trabajos, que la calle haya estado destripada durante tanto tiempo obedece a una causa evidente: la incompetencia del Ayuntamiento tapatío, incapaz —o eso hay que suponer— de sacar bien las cuentas. En la nota al respecto publicada por Mural el pasado lunes, se lee que la intención era cambiar el asfalto y subir el nivel del arroyo a la altura del camellón, a fin de crear una suerte de plaza para cuando hubiera actos culturales ahí. Pero, claro, el dinero presupuestado se acabó (o sea que no estaba presupuestado, o al menos no correctamente), de tal modo que la avenida quedará dispareja, con sólo los carriles del lado poniente «arreglados». Pensaban —ojalá eso sí lo hayan hecho— arreglar el drenaje y las tuberías de agua potable, pero además ocultar el cableado (nomás en esas dos cuadras: ¿para qué?), cosa que ya no se hará. «Estimo, sin comprometerme», farfulló Ricardo Oliveras Ureña, director de Obras Públicas, «que en octubre estaré tratando de terminar Chapultepec». Y pues no: no la va a terminar, pues el plan original no era éste. Pero, además, ¿no tiene un jefe, este funcionario elusivo, que lo obligue a hacer su chamba a tiempo, y bien? Es una pregunta ociosa, desde luego: el flamante Alcalde interino y fugaz tendrá, aparte de los dineros mal contados, más apuro porque las poquitas semanas que le restan en el cargo pasen lo más rápido posible.
    Los disparates de esas dos cuadras (aunque también las que supuso la remodelación —más bien innecesaria, y al cabo superflua— del camellón) son, por lo visto, la puntita de un grano más gordo y apestoso, que puede reventar muy feamente. El proyecto de una cosa horrenda que se llamará (porque se va a hacer, seguro) Horizontes Chapultepec, y en función del cual parecen estar las intervenciones que se realizan en la zona. Ya se demolió una casa con valor patrimonial, y la construcción del complejo habitacional, que incluirá un centro comercial (como si a Guadalajara le faltaran más), pese a las irregularidades que se le han señalado, es imparable. Eugenio Arriaga, director de Cultura del Ayuntamiento, dijo hace poco en una entrevista radiofónica que con el cierre parcial de Avenida Chapultepec se ha demostrado que si no pasan vehículos por ahí «no se trastorna la ciudad». ¿No? Bueno: ya se ingeniarán —y están en eso— para que sí se trastorne. E irremediablemente.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 15 de octubre de 2009.

Faquir

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Foto: Natalia Fregoso

Los territorios indispensables, para serlo, han de ser también incomunicables: la primera persona queda erradicada de ellos —o es más bien que se encuentra tan profundamente incrustada que es imposible distinguirla—, de modo que cuando nuestra perplejidad regresa a interrogarlos no devuelven sino razones multiplicadas para la incomprensión y el misterio. Pasa, por ejemplo, en este deslucido rincón donde no tendría lugar ninguna proeza, al que jamás asomaría las narices ninguna potencia del Universo, en esta luz quieta de ayer y mañana que dibuja con desgano la forma idónea del tedio: meramente aquí, con esta planta y estas bancas, frente a estos aparadores —locales donde sucede qué, cómo diablos saberlo: en uno vendían ropa, alguna vez, y acaso en otro funcionó o funciona una casa de cambio—, y de espaldas a toda variante ridícula del entusiasmo o la ira: aquí, cualquier mañana en que habría que estar atareándose en la proliferación laboriosa de lo común, en lugar de dar preferencia a la inconspicua ocurrencia de uno mismo en la averiguación de nada (o no nada, tampoco: cuántos coches negros pasan en el transcurso de una hora, por ejemplo, para emprender desde esa constatación el cálculo acucioso de un vaticinio igual de insignificante: cuántos pasarán en la hora siguiente, pongamos). Aquí, pues, en este punto que en este instante puede estar siendo barrido de toda imaginación —fácil, pues nunca habrá quedado registrado en ninguna—: aquí hay indicios innegables, por irreconocibles que sean, de algo que con toda la inconsecuencia del mundo cabe bien llamar raptos fugaces de eternidad. Porque, vamos a ver: qué podía pasar aquí: nada: justamente nada. El ámbito inmejorable para el faquir que siempre he tenido en mente: venía en un libro titulado Personajes increíbles (la portada la ilustraba el tosco dibujo de una muchacha cíclope, y acaso no sea imposible dar con él, en alguna librería de viejo, o en internet, pero me rehúso: es condición de todo tesoro que sea irrecuperable); en un trance místico, el faquir elevó un brazo al cielo y así se quedó, por semanas que sumaron meses y años, hasta que algún pajarraco llegó a establecer su nido en la palma abierta.
    Aquí debería estar ese faquir.

Publicado en la revista KY núm. 9

Tracto

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Mirador espléndido de la catástrofe, pasarela subacuática desenraizada del fondo de un charco entrevisto en un sueño, o formulación voluntariosa de quien, fijo en su ir y venir invariable —tú, pongamos—, tiene sin embargo anhelos inconfesados de errancia, de fuga o de laberinto: estos pasadizos serpentean incesantemente sobre nuestra desatención y jamás están en el mismo sitio. Vas subiendo la rampa y no adviertes que del otro lado, lejísimos, estás bajando, ya que has cruzado. Hay un punto desde el que se aprecian, en un local de un segundo piso, las evoluciones ensimismadas de una clase de judo. Sí, bueno, el edificio está abandonado, con los cristales rotos, y el cielo lo atraviesa por el estómago, de modo que los yudocas —que así manda el diccionario que se escriba— deben estar muertos. El camino ondula, hay un fingimiento de bosque, junto a él un río, en el río un vapor y sobre la cubierta toman el sol y beben de vasos azules al menos tres de los numerosos hombres que no has sido, que ya nunca llegarás a ser. Cómo has de darte prisa. Podría venir una locomotora detrás de ti. No habría que pensar en palabras como intestinal, intestinos, colon o duodeno. Sigues describiendo la amplia parábola incompetente. Un papelito tirado, ¡ojo!, pero también la música que era una bicicleta —¿oíste que eran los audífonos de ese borrón velocísimo que pasó junto a ti?—, y también la base rota de una lámpara que alguien vino a tirar aquí, en tu camino, y los rayones de aerosol en los barandales, el sol poniéndose a tu derecha, a tu izquierda la ciudad reventada: ¿dónde estaba la Minerva? Traías, parece, un cartón de jugo de naranja en una mano —¿unas llaves para qué en la otra?—, si no por qué ese regusto ácido que te hace chasquear los dientes. Qué pronto olvidas las cosas. Reflujo, además. Agruras. Halitosis. El bulto que encuentras indiscutible de un tiempo acá en algún momento del esófago. Casi alcanzas la otra rampa, la que te depositará en tierra, pero apenas vas subiendo del otro lado, resollando, con el sobre de las radiografías bajo el sobaco. Tu cita era a la seis. Ya pasa más de media hora. Eres el bolo alimenticio que se desliza trabajosamente por este tracto. ¿Qué haces detenido? ¿Estás contando los dados? ¿Ves cómo su sombra se alarga? Has de atravesarla. Te va a tragar.

Publicado en KY núm. 8.

Las Fiestas

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La única foto del Tío Carmelo que existe en este universo malagradecido.

Hará más de veinte años, o por ahí, que no voy a las Fiestas de Octubre. Puedo afirmar que, hasta que súbita y deliberadamente interrumpí la costumbre, acudí todos los años, e incluso que sin falta me asomé en cada ocasión al desfile inaugural. Cada octubre apelmazado en esa memoria lejana es la sucesión de las mismas impresiones, con sólo una variación decisiva, de naturaleza topográfica: primero el Parque Agua Azul, luego el Auditorio Benito Juárez. De ahí en más, las Fiestas eran —y, malamente, quiero creer que seguirán siendo— la monótona reiteración de las mismas expectativas siempre defraudadas (o cumplidas, ahora ya no sé): la idea de que se trataba de una feria, seguida por la suposición de que las ferias son para divertirse, y al final, invariablemente, la constatación de que no había habido tal diversión.
    Imagino, desde luego, que si las Fiestas de Octubre siguen celebrándose ha de ser porque para mucha gente resulta divertido ir y hacer lo que ahí se hace: comer alguna cochinada, comprar alguna chuchería, ver a algún cantante chafa, subirse a los juegos mecánicos y, si el entusiasmo lo exige y el presupuesto lo facilita, entrar además al palenque. De aquí se sigue que el acedo soy yo, que ignoro cómo pasarla bien en una suerte de tianguis donde podría comprar un calentador solar, un aparato para rallar verduras, un llaverito de la Coca-Cola o un gigantesco balero de madera; como además los juegos mecánicos me dan náuseas y terror, las morelianas me figuro que saben a cartulina y no tengo previsto ver jamás El Show de Barney ni a Lagrimita y Costel... Aunque una cosa sí recuerdo que me hacía esperar, con ilusión infantil, la llegada de las Fiestas: que sólo ahí probaba, una vez al año, la nieve del Parque Morelos —con lo sencillo que habría sido ir, mejor, al Parque Morelos—: de ahí en más todo era calorón, gentío y mucho, mucho ruido.
    Internet, vengo de comprobarlo, está lejos de saberlo todo, y es que me ha sido imposible dar ahí con ninguna información acerca del Tío Carmelo (algunos ingratos sólo atinan a definirlo como «un Tío Gamboín tapatío», infundio horrible porque el Tío Carmelo era, en su exotismo incalculable, mucho más memorable que el otro). La buscaba para averiguar cuándo se nos adelantó, y para sacar así cuentas de cuándo habrá sido la última vez que lo vi en el desfile inaugural de las Fiestas de Octubre. Sí hallé, en cambio, en el sitio web de éstas (pobre, malhechón y según el cual el tema esta vez será «Carnavales del Mundo», lo que sea que eso quiera decir), un peculiar listado de atractivos, en cuyo primer lugar dice «Excmo. Monseñor Juan Sandoval». En serio. Más adelante se lee «Juegos mecánicos», y, abajito, «La Señora Zarate» (así, sin acento). Otros son «Pista de hielo», «El Chico Elizalde», «La Incontenible Banda Astilleros», «Kikín Fonseca», etcétera. Es decir: por si me hacía falta, un buen puñado de razones para no dudar ni por un momento que este año tampoco iré —lo que, de seguro, no me pesará.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de octubre de 2009.