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Altas horas

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Foto: Abraham Pérez

Lo mejor era el suave estruendo que iba intensificándose hasta convertirse en una forma imbatible del silencio: bajo el rumor de las conversaciones, o confundiéndose con el trasiego de trastos y las músicas ineptas disueltas pronto en la pareja sucesión de su desgano, alguna vez con un televisor que alguien se habría olvidado de apagar (en el bar: nadie veía el futbol, luego la pantalla comenzaba su delirio casi inaudible, para la edificación y el solaz de nadie), sobrevenía el acallamiento radical del mundo, empezando por los ecos que hacen de la propia cabeza la sede aturdida de convicciones tan trabajadas como estériles, como «el prójimo es imbécil» o «merezco ganar más». Un banco en la barra era particularmente propicio para remontarse sobre esa quietud: delante de un cenicero que hacía horas ninguna mesera había venido a vaciar, media taza de café helado, a menudo un libro abierto en vano —o nada, ni libro ni cuaderno ni nada, que convenía más—, limitarse a observar cómo prosperaba la noche afuera, por los ventanales, y cómo iban fugándose de ella ciertas presencias, aisladamente verosímiles sólo porque la inverosimilitud de su reunión ahí era insuperable.
        Por ejemplo: una pareja de padres tardíos —o eso había que suponer: la dificultad de hallar explicaciones imponía aferrarse a cualquier posibilidad, por incierta que pareciera—, él pálido y de barba gris y ella con un cutis de parafina, lentes gruesos y melena teñida, acompañados por dos niñas de greñas revueltas, vestidos de fiesta y blancas también, afantasmadas, que dibujaban o picoteaban sus platillos, como si no fueran las dos de la mañana. La única solución admisible era que a esa hora estuvieran soñándose, los cuatro, pero el problema es que la aparición insistía en manifestarse al menos dos o tres veces en la semana. O el viejo ingeniero —profesor de prepa, incapaz de jubilarse— que repasaba incesantemente las hojas en que trazaba los planos minuciosos de un arma antiaérea de su invención (y si uno le tenía paciencia, exponía cómo y contra quién pensaba que podría usarse, y qué beneficio le traería a la patria). Parejas recurrentes, claro, como la que hacían una empleada de Hacienda, de ojos llorosos siempre, y un gordo de camisa ajustada siempre al borde del exabrupto. Una señora de cabeza laqueada, varias capas de maquillaje y cada brazo metido en un tubo de pulseras doradas; un calvo de traje blanco y zapatos blancos y corbata blanca, recostado en su respaldo como si mirara a lo largo de un muelle; grupos de estudiantes de medicina que, por temporadas —días de exámenes—, impregnaban el lugar con una atmósfera forense, seguramente efecto de las preguntas técnicas que cruzaban; una mujer joven, sola —pero quién no estaba solo ahí—, obstinada en la consideración del rencor que la habría instalado cada noche en la misma mesa; el habitual contingente de deudos que abandonaba por un rato la funeraria vecina para entrar con su negrura y su sobrecogimiento contenido (una vez uno llevaba en las manos una esfera de cristal con peces de colores). Mariachis, policías, borrachos, putas, un taxista que recalaba ahí hasta que lo mató el cáncer de garganta, un anciano doctor que esperaba a su mujer (de un tercio de su edad) para que pasara por él, cerca de la media noche; y el loco insignia del café, Chavita, que platicaba con Benito Juárez o con el Príncipe de Gales en el otro extremo de la barra. Etcétera.
        Luego, como había descendido, ese silencio admirable se elevaba y las voces, los ruidos, la música o los ecos en la cabeza recuperaban su volumen natural. Hora de largarse. Poco antes de que el sol empezara a desbaratarlo todo, y de que fuera posible —aterradoramente posible— constatar cómo ese café no podía existir sino en las horas irreales en que el único vestigio del tiempo, afuera, es el cambio de las luces de los semáforos, o, adentro, la cajetilla de cigarros indolentemente vaciada.

Publicado en la KY Magazine más nuevecita. Si quieren echarle un vistazo al número entero, click por acá.

Avería

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Foto: Nicolás Piquero

En la esquina hay un puñado de hombres enfrascados en descubrir, como cada lunes y cada jueves, la avería de la fortuna que esta vez les facilite el impulso decisivo para sustraerse a sus destinos. La primera fase del ritual es muy sencilla y sólo precisa de la voluntad de los practicantes, de su fiel obstinación y del consenso que alcancen una vez que alguno —cualquiera, lo mismo el más inspirado o el más impaciente— proponga la forma en que han de centrar su atención y la interpretación más verosímil; puede que haga falta una deliberación si la forma no es del todo clara, o si al manifestarse insiste en sugerir posibilidades que contravengan el registro que llevan de las formas reveladas en los últimos meses. Lo que buscan es un número.
        Mientras dura la adivinación, el mundo se detiene. El mundo: el agua de dos fuentes, las altas sombras de los árboles, las latas y los cepillos y los trapos de un bolero que posa ambas manos en su única rodilla, la mujer del puesto de periódicos que hace tintinear las monedas en el bolsillo de su mandil, la pesadumbre que golpea en la nuca del hombre flaco y de corbata que nada espera sentado en una banca, el sueño que ha derrumbado a un viejo indigente junto a sus bultos cerca de la frescura penumbrosa del templo, una pareja de sordomudos en su conversación de señas exaltadas, el sol de las tres de la tarde, una música desvencijada que alcanza a escapar de un restorán al otro lado de la calle (un chelo y un piano que se aborrecen mutuamente), las breves y borrosas multitudes que esperan el camión por los flancos oriente y poniente del jardín, el franciscano que cruza acompañado por un perro negro y alegre, los prados moribundos en cuyos centros hay macizos de flores que no tienen flores, la fila de taxis (cinco o seis) que avanza sin moverse.
        En la caseta ya fue desplegado el periódico vespertino de esta vez; los adivinadores acarician ya sus deseos (uno piensa, aunque no lo sepa, en hallar las razones para no matarse; otro en la colegiatura de su hija; otro en las llantas que necesita su coche; uno más en abrir una licorería, y el último sencillamente quiere tener el dinero en sus manos, sin saber para qué), dan vuelta a la página en la que viene el cartón político, interrogan con circunspección sus trazos, las manchas de tinta, y al cabo reconocen el 9. Puede que sea un 6, pero no: por la convicción que los mueve, y que ninguno estaría en condiciones de explicar satisfactoriamente, es un 9. Es, además, indiscutible: hace varias semanas que no sale el 9, ni en su adivinación ni en los sorteos. Y proceden entonces, con el temeroso júbilo de quien ve cómo sus deseos están comenzando a materializarse, a reunir el monto para la segunda fase del ritual: el despachador del sitio, esa tarde, comprará el entero de lotería para el día siguiente. Terminado en 9. Es lunes; el sorteo es el martes. Cuando pasa el vendedor y la transacción queda liquidada, el mundo reanuda su marcha. El miércoles, con su fe intacta, se reunirán de nuevo, apenas llegue el periódico vespertino, para cotejar el billete. Es la tercera fase del ritual. La fortuna debe estar averiada, ellos lo saben, y el día que den con la falla decisiva verán que ha sido demasiado tarde: tal vez por eso deseen, secretamente, no descubrirla jamás.

Publicado en el número más reciente de KY, que pueden conocer íntegro aquí.

Eles

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Foto: Natalia Fregoso

Lo que hay, a uno y otro lado y al pasar a toda prisa (que es lo común), es la obstinación que las fachadas, los baldíos y las bocacalles oponen a toda imaginación que pretenda ir más allá de lo que muestran: una sórdida sucesión de grisuras, geometrías desganadas que apenas dan para distinguir las cortinas metálicas, las rampas, los despojos de jardín de que acaso alardee alguna reja, las superficies desiertas de los estacionamientos, las ventanas oscurecidas por las que jamás habría de asomarse nadie, los rótulos en que quizás consten los indicios de los misterios que allí tienen lugar. Bodegas, instalaciones fabriles, almacenes gigantescos especializados en mercancías insospechables, talleres, moles cúbicas por cuyos diminutos accesos nunca veremos entrar ni salir a nadie. Los árboles que recorren el camellón tendrán, claro, una perspectiva mejor: alcanzan a conocer, desde sus alturas, lo que hay detrás de esos muros y que nosotros ni siquiera tendríamos por qué preguntarnos. (Hay una funeraria, también: un edificio que recuerda una terminal de autobuses, cosa no del todo insólita si se repara en que el tema son los viajes y las despedidas y, por qué no, los regresos: los fantasmas, en esta ciudad, habría que ir a darles la bienvenida en ese lugar).
    Sin embargo: el paisaje admite también la ocurrencia de acontecimientos inestimables, de ésos de los que suelen privarnos la velocidad y nuestra negligencia —aunque, claro, esto no sólo pasa aquí: pasa en el exacto lugar donde estás, tu vista obstruida por la ominosa imposición de lo evidente—: había, por ejemplo, o hay (el pasado y el presente, en esta avenida, son nociones inservibles: lo que importa siempre es recorrerla cuanto antes, salir de ella para entrar en la ciudad, y por eso ir por aquí es siempre ir perseguido, buscando llegar y perderse), un platillo volador a punto de alzar el vuelo; un Volkswagen hecho con flores; una colección de tractores, trilladoras, tráileres y autobuses cuya escala en realidad distaba de ser lo monstruosa que normalmente es —sé que de niño los tuve en mis manos—; la súbita inmersión en un bosque, y en él un puente tendido sobre el laborioso silencio del despertar: la avenida era, o es, un sueño. Y lo mejor: antes, sobre la izquierda, la explanada en que se erigían, o se erigen, esos tres ángulos amarillos, de proporciones ciclópeas, que nada querían decir y tal vez nada digan, salvo aquello que sólo deteniéndose y yendo hasta ellos seamos capaces de entender otra vez —las afirmaciones de la infancia sólo entonces es posible comprenderlas, como que esas eles demasiado recostadas al sol tenían que ser las marcas inolvidables de una felicidad: claro: detrás de ellas estaba el parque más sorprendente que ha tenido esta ciudad, hoy un lóbrego territorio poblado de abandono y desconsuelo.
    Lo que sí es que, por ahí, por esa avenida, tras cuyos muros debe de haber cientos de miles de almas, nunca ha habido gente.

Publicado en el nuevo número, el 20, de la revista KY, que pueden ver completito aquí.

Locus desperatus

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Foto: Natalia Fregoso

Afirmarse es excederse. Puede que aquí haya habido un cine, pero ya suena a disparate incluirse en el recuerdo: querer verse —verme—, los ojos a la altura de la taquilla, en el momento de la compra de los boletos. Veinte pesos. Funciones a las dos (quién iba a ir a esa hora), a las cuatro, a las seis, a las ocho, ¡a las diez! Se hablaba, pero eso jamás habría habido modo de verificarlo, de funciones a la medianoche: era cosa tan improbable, tan inútil para la verosimilitud —al menos eso tendría que quedarnos— como la rememoración, ahora, de esa estampa: uno (yo) viendo cómo iban y venían los billetes y las diminutas cartulinas azules de los boletos a través de la ventanilla redonda, sobre el breve antepecho de la taquilla, más allá del cual, claro, nada alcanzaba a ver. Luego, el ingreso al vestíbulo, el paso por la dulcería, y finalmente el abordaje de la sala —las lámparas de contornos hexagonales proponían un panal insólito en la bóveda, y la sala era una nave ya surcando el espacio antes de que la pantalla se iluminara. Función de cuatro. Salíamos y nos encandilaba el sol de las seis.
    La descomposición (de todo, de lo que sea) comienza en el instante exacto en que la composición ha concluido. Por ejemplo: unos pasos antes de llegar al cine, el recuerdo alcanza a integrar la perspectiva de las casas que prolongaban la suave decrepitud del jardín, por el tramo de Nueva Galicia que va de la calle del General Pedro Rioseco a la de Manzano: tuvo que haber un día en que los enjarres hubieran estado impolutos, íntegras y sin mordeduras las cornisas, firme en su reciedumbre la herrería de las ventanas y sin cuarteaduras los mosaicos de los pisos o los escalones de ingreso, y bien ajustados los zaguanes en sus goznes y tersas las sombras de los corredores y clara y fácil el agua en las tuberías. Pero en aquel punto —hace unos treinta años— todo propendía ya a la catástrofe, enfatizada por algún bulto de mugre y greñas arrojado al fondo del jardín (un hombre). Estaba también el rechinido incesante de una tortillería, y su olor que se anticipaba a todo, y, a lo largo de la fachada, las muescas que iban dejando los que hacían la fila para comprar —horadaciones logradas con las monedas que llevaban para pagar. La tortillería: despachaban varias hermanas, todas indefinibles pero todas de ojos verdes. Y poco más: acaso lo mismo que se encuentre ahora. En todo caso, aquella perspectiva de abandono, desolación y un breve silencio —pues a la vuelta estaban ya las matracas de las imprentas, una papelería, dos tiendas de abarrotes y una cremería, y la Nueva Farmacia, desde siempre vetusta, y una tlapalería, etcétera— completaba la composición del rumbo en el que lo más importante era el cine, y en esa composición, por supuesto irrecuperable, me veo niño, llevado a la función de cuatro, y feliz por eso. Locus desperatus: un lugar desesperanzado, un pasaje del que nada puede recuperarse, que el olvido ha barrido del todo, y en el que incluirse es poco menos que una fantasía y, en último término, un exceso.

Publicado en la columna «Excipiente», en la revista KY de julio, número que podrán encontrar íntegro dando click aquí.

Tea for Two

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Foto: Abraham Pérez
 
Cerrada e inaccesible como luce, precisados sus contornos por la luz del día, esta casa finge atarearse sólo en la ensimismada y casi imperceptible progresión de su ruina. Se desentiende de la calle, que, a su vez, le saca la vuelta sin querer ocuparse de ella. Los árboles que la escoltan permanecen quietos en sus proposiciones inconsecuentes: las sombras que de cualquier modo riegan en torno de los dos bloques principales, y también sobre la acera, un poco más allá del perímetro enfatizado por una barda enana que camina lentamente, lleva un alambrado alrededor de toda la manzana, se alza de hombros en las esquinas y, llegado el momento, crece sobre sí misma para describir las dos suaves curvas que enmarcan el cancel principal: una trama de rombos y la plancha de la puerta. Un automóvil, solo, a medias bajo la lona empolvada que se ha fastidiado de guardarlo, aguarda: magnífico todavía en la reciedumbre de su carrocería negra, en sus molduras en las que aún destella el cromo, en los faros dobles que parecen ojos entornándose en la remembranza de una autopista sobre la que habrán volado en technicolor, la capota bajada, hacia un mar cuyos azules quedaron impresos en los brillos del parabrisas cuando lo reflejó la última vez. Los ángulos rectos de la construcción y los volúmenes que establecen o desmienten están también a la espera: a costa, está dicho, de algún mínimo deterioro, de cierto desarreglo con que importuna la vista algo de maleza, algunas ramas secas que han quedado sobre los senderos casi indistinguibles del jardín.
       El día ha de pasar, desde luego. Toda noción de tiempo presente, aquí, es poco menos que una vulgaridad, y conforme la tarde va extinguiéndose es posible —pero ello no quiere decir que nadie pueda constatarlo— reconocer siluetas, leves formas a contraluz tras las cortinas en los ventanales (¿había cortinas en la mañana?). Si, desde la glorieta vecina, se adopta el ángulo idóneo (y también si se consigue algo de silencio: la hora mejor es pasada la medianoche), se llegará a conocer una breve risa, el aliento de una cabellera rubia, el humo de un habano o el fulgor de una mancuernilla, tal vez una música («Tea for Two», en la versión chachachá de Tommy Dorsey) y quizás hasta el tintineo de unas copas. Que a nadie le conste no obsta para que sea así, ni para que, al acercarse la madrugada, el cancel se abra y deje salir uno, dos, tres, hasta catorce coches que se disuelven unas calles después, magníficos todos, como el negro que ya esperaba ahí, y que ahí amanecerá, mal cubierto por la lona de siempre. Pero ya no es el único: a su lado —y nadie que pase frente a esta casa durante el día va a darse cuenta—, el sol está por dar de lleno en el rojo apagado y polvoriento de otro coche, también con las llantas reventadas, también con telarañas en el tablero, también con los asientos destripados. Quién sabe si mañana siga ahí.

Publicado en la columna «Excipiente», en la revista KY de junio. Para descargar el número completo, click por acá, por favor.

Variedades

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Foto: Abraham Pérez

En el tránsito que ahora hace de una calle a otra (de Galeana a Ocampo: el pasaje está rotulado con el que fue también el nombre de un cine que ya no existe, y al lado había un Maxi, un supermercado que desapareció hace unos treinta años, pero nadie se ha percatado), un hombre descubre, repentinamente, que su presencia no es indispensable para que su vida continúe transcurriendo. Intuye que está en ella poco menos que por casualidad, y acaso porque no ha tenido la ocasión de apartarse a un lado; quizás, incluso, porque hasta este momento ni siquiera había pensado en esa posibilidad: omitirse, dar un paso fuera del cauce de los acontecimientos en que está inscrito. Tal como ahora ha hecho, procurándose ese atajo innecesario que le ha facilitado suprimirse de lo consabido: siempre va por Galeana hasta Juárez, luego da vuelta hacia el poniente, pero hoy ha entrado en el pasaje, no para abreviar el tiempo de su recorrido —jamás ha llevado prisa—, sino sólo porque quiso —porque malamente quiso—, y tendría que salir en Ocampo, pero eso está por verse.
        (Había, ahora lo recuerda súbitamente, una librería, una óptica, una tienda de discos, un local en el que reparaban cámaras fotográficas, un acuario; enfrente, por Galeana, una juguetería, una farmacia, y en la esquina de López Cotilla una dulcería; también enfrente, pero por Ocampo, una papelería donde forraban libros, y en la esquina de Juárez el cine, con su vestíbulo insólito y en la fachada, por las noches, una gigantesca cascada de luces que se derramaba a lo largo de toda la avenida. Nada de eso queda, y de nada sirven las palabras con que ahora les da forma el recuerdo: razón de más).
       Se detiene a la mitad del trayecto (una sastrería a un lado, del otro un grupo de mujeres absortas en sus labores de tejido, más allá el resplandor de los tragaluces, que esparcen un fingimiento de sol a todo lo largo del recinto), y piensa en eso: en lo que sería detenerse, simple y definitivamente, y limitarse a observar cómo los acontecimientos prosperan sin que él continúe obstinándose en intervenir con sus aparentes decisiones y con sus actos. No hay decisión que no sea aparente ni acto que conduzca a nada más que a la reiteración de las mismas incertidumbres. Y detenerse parece tan sencillo. No se trataría, desde luego, de una supresión dramática —por tentadora que resulte para intensificar lo radical del experimento—: es claro que, si se mata, no tendrá forma de verificar los resultados. Únicamente tendría que desaparecer. Como Wakefield, aunque con algunas sutiles diferencias: no haría falta que se marchara ni que dejara en su lugar ninguna ausencia. Sólo tendría que remover su voluntad del mundo que de algún modo ínfimo lo cuenta para seguir existiendo; para ser más precisos, el remedo de voluntad con que, hasta ahora, ha venido suponiendo que su vida lo necesita para hacerse e ir aumentando páginas a su biografía —un volumen escueto y de muy dudoso interés que, por lo demás, nadie tendría la paciencia de escribir. Tal remedo de voluntad consiste, precisamente, en las fórmulas económicas que van datando cada uno de nuestros actos: las palabras donde suponemos que quedan las claves gracias a las cuales perviven los espacios —como este pasaje— por donde atravesamos alguna vez (y nuestras sombras en ellos): las palabras: los conjuros deficientes con que buscamos dar sentido a esos espacios que nos ven pasar, y que son tan irrecuperables como inservible es nuestra presencia en ellos.
       El hombre, acaso, luego siga caminando y salga por fin a la calle: acaso siga yendo para donde iba. Pero no volverá a pronunciar palabra alguna en lo que le queda de vida. Que es una forma estupenda de desaparecer.

Publicado en KY núm. 16, que pueden conocer completa dando click aquí

N de M

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 Foto: Abraham Pérez


Nada más quieto que una partida 
María Negroni

Un viaje está terminando ya en el momento en que comienza. En aquel pasadizo subterráneo, quizás, una prolongada rampa cuyo suave declive conducía por debajo de las vías hasta las escaleras, a izquierda y derecha, que llevaban hasta los andenes —había rótulos que indicaban por cuál de las dos se llegaba más directamente al carro correcto («carro», decía en el boleto), pero siempre era inútil, pues una vez en la superficie resultaba sumamente complicado identificar la numeración, disparatada y apenas distinguible en las ventanillas próximas a las plataformas de acceso de cada vagón: ¿gabinete, alcoba, camerín? O puede que el viaje en realidad estuviera empezando antes (y terminándose), en la espera de que indicaran el momento de recorrer la rampa y pasar a los andenes, cuando había mucho tiempo para presenciar los misteriosos rituales de preparación que llevaban a cabo los funcionarios: un solo hombre multiplicado en una docena por el severo azul marino del uniforme, la gorra con visera de charol, la hierática diligencia de su desempeño —en alguna taquilla que quedara abierta había uno más, que despachaba los boletos cortándolos de una fantástica colección de serpentinas de colores—, o las evoluciones de los cargadores, uniformados también, pero en caqui. Una agitación creciente, pero sobre todo el entendimiento de que quienes nos encontrábamos ahí lo hacíamos por una voluntad tácita de desaparecer, y asistíamos a ese calmo frenesí —bultos, abrazos, comprobaciones de último momento, quizás apurar un sándwich o un café con leche en la cafetería, el taxi, las maletas, leer una y otra vez las inscripciones en los boletos— sólo porque así conseguiríamos omitirnos de eso que ahí sólo cabía concebir como la vida real —yo habría tenido que ir la mañana siguiente al colegio, mi papá había bajado la cortina del consultorio, pero que nada tuviera explicación aceptable dotaba al acontecimiento de un sentido absoluto, inapelable—: yo tendría siete u ocho años, y el comienzo del viaje (el comienzo de su fin) era un modo dichoso de sustraerse, cosa suficiente para la más absoluta fascinación. Hora de salida: nueve de la noche.
       Tal vez el viaje empezaba (y empezaba a terminarse) a la hora de ir al carro-comedor: las piezas pesadísimas de la vajilla, el equilibrio funambulesco del camarero, la famosa realidad que apenas alcanzaba a suponerse por las luces veloces que corrían del otro lado de la ventanilla. O en el carro-fumador, enseguida: en su semipenumbra que —todavía estaba desierto, siempre éramos de los primeros en cenar y regresar a nuestro compartimento— presidía un barman atareado en secar los vasos e inventariar el surtido de botellas. O en la plataforma de nuestro vagón, donde nos golpeaba el aire y veíamos ir de un lado a otro a los revisores y a los porters (los primeros todos de azul, los segundos de filipina) hasta que armaban las camas y daba inicio el sueño que se disolvería con la campanilla para el desayuno. Luego, la precipitación del arribo, el ajetreo, las locomotoras (¡por fin!), la maqueta gigantesca donde corrían trenes en miniatura en el vestíbulo gigantesco de Buenavista. Apenas comenzaba el viaje, pero ya estaba terminando: el trayecto de regreso, siempre acelerado por el desencanto que es volver, nos depositaba en una estación que, por la luz de la mañana, era la prueba incontestable que la otra, la de la noche de la salida, no existía.

Publicado en la columna «Excipiente», en KY núm. 15; para ver la revista completa, click aquí.

Ruta 100

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Fotos: Abraham Pérez

La distancia entre dos puntos en el espacio es inversamente proporcional a la distancia que hay entre el punto temporal A —fijo en la primera vez que se recorrió la primera distancia— y el punto temporal B —cuya marca corresponde a la vez última, la más reciente, que se hizo el trayecto dicho. Ayer puede ser hoy mismo, si uno quiere, pero todo intervalo de tiempo —innegable aunque uno no quiera, y, para acabar pronto, incognoscible siempre—, conforme se amplifica, va desmintiendo toda noción de lejanía, que se reduce paulatinamente en cada nuevo recorrido. La incandescencia del sol de la una de la tarde, pongamos, podría ser la misma, y durar hasta cerca de las dos, pero ahora me aturdiría menos; la primera hora de la noche sería la misma que entonces, y duraría igual, pero difícilmente alcanzaría en su transcurso a reconocer el silencio que por el que iban abriéndose camino las imaginaciones que dieron forma a un relato que hoy, de encontrarlo, me resultaría indescifrable. Sin embargo, aunque uno y otro viaje —la ida, la vuelta— únicamente puedo hacerlos en la memoria, por deficiente que ésta pueda ser (intentarlos en el presente carece de sentido: la distancia va comprimiéndose, apenas llegaría a ver desaparecer los deficientes borrones que encontrara), las impresiones de que dispongo acaso sean las indispensables: para qué, no sé: quizás para hallar alguna vez, si se ofrece, una explicación de mi suerte, el origen de mis ignorancias, la causa de lo que sea que ahora mismo soy incapaz de preguntarme.
       Esas impresiones, principalmente, consisten en casas, que de algún modo un otro siguen por ahí. La de Madero y Galeana (el camión venía ya lleno, ahí lo tomaba, y salvo raras excepciones tenía que ir de pie), por cuyo zaguán sólo una vez (es decir: siempre) vi salir a una anciana con los pies torcidos; en Robles Gil y Vallarta, luego de la primera vuelta, otra, cerrada siempre, acallada, que convenía invariablemente en admitirme habitándola; poco más adelante, en Hidalgo e Ignacio Ramírez (habíamos doblado antes por Morelos), una más, custodiada por un tabachín, que estaba seguro de haber podido dibujarla; la de enfrente, cruzando Hidalgo, desvencijada y adusta, que me infundía temor; otra en Justo Sierra y Ramos Millán, donde siempre (es decir: un par de veces) entraba un hombre de traje gris. También había casas al regreso, pero sólo dos: la de Alfredo R. Placencia e Hidalgo, y otra una calle más adelante, en Morelos: eran las mejores, porque ya era de noche y el silencio aquél las intensificaba.
       Pero también estaban cosas como ésta: en la ida, siempre (es decir: siempre) veía a un viejo de sombrero de fieltro, sentado, seguramente porque subía mucho antes —e ignoro dónde se bajaba—; el camión pasaba cada hora, y la coincidencia era inevitable. Y una vez, que me tocó pararme junto a su asiento, se quitó el sombrero. Era calvo: eso pude haberlo supuesto. En la coronilla tenía un agujero del tamaño de una moneda de diez pesos: se veía una membrana de color aceitoso, una gelatina que pulsaba. Palpó el hueco, se puso de nuevo el sombrero.
       Etcétera. Tres años, cinco días a la semana.

Publicado en KY.

Luz y piedra

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Foto: Natalia Fregoso

El abandono que la aquieta, la desganada monstruosidad que le impone la noche, el esfuerzo indecible que ha de hacer para comparecer a la llegada del día siguiente y ameritar una vez más, incomprensiblemente, que la dibujen las luces que hacen creer en que el mundo existe: nada de esto —y vaya que podría— ha conseguido doblegar la perseverancia infértil de esta casa, su obstinación en llevar de una calle a otra su desarreglo lamentable, su desvarío. Las cosas siempre tendrían que ser de otro modo, y la violencia enemiga del jardín, por ejemplo, no la previeron las voluntades que le dieron forma: las presencias que, proscritas de toda memoria, sólo son distinguibles en la imaginación de fantasmagorías —imaginaciones para las que, por lo demás, esta casa es inepta: tiene una funeraria enfrente.
Con todo —pero podrá ser otra forma de la insensatez—, quizás valga más confiar en la determinación de la luz y de la piedra, que no en nuestra frágil atención o en el precario encantamiento de nuestras impresiones. Si, en la evanescencia imparable del presente, nuestra condición fugaz es garantía de que se perderá irremediablemente lo que juzgamos imborrable o decisivo, mejor será atenerse a la posibilidad de que los espacios que nos vieron pasar conserven lo que haya de salvarse, más allá de nuestra arrogancia y sin que importe —como, en definitiva, no tiene por qué importar— nuestra pretensión de marcar ningún instante en la escritura perentoria y falible del recuerdo. Por alertas que queramos ir, por notable que llegue a parecernos cualquier acontecimiento, el hecho de que lo dejemos atrás y prosigamos en nuestra inevitable sucesividad comienza a cancelarlo y a volvérnoslo irrecuperable, así nos empecinemos en voltear continuamente sobre nuestros pasos, creyendo que el instante seguirá ahí, donde lo encontramos o nos encontró —pura ilusión, pues cada paso que nos aleje será también un paso rumbo a la incomprensión más completa de lo que sea que haya ocurrido. Toda memoria es leyenda: la elaboración, menos o más confusa, pero siempre desleal con la verdad, de un pasado al que no podemos regresar si no es indeliberadamente, y nunca porque nos lo propongamos. Pero tal vez la piedra y la luz, y el albedrío del espacio que las contenga, decidirán qué llegará a saberse de nosotros —y eso sólo por accidente.
Esta casa, por ejemplo, lo sabe todo de alguien.

Publicado en el núm. 13 de KY, que, por cierto, cumple un año de circular, y que, como es gratis y se acaba rápido, pueden ustedes descargar íntegra dando click aquí.

Reversa

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Al morir, es sabido, has de empezar a caminar hacia atrás con tal de recorrer en reversa cada trayecto que hiciste en vida. Has de volver a cada paso que diste, recrear todos tus titubeos, y siempre tus plantas han de posarse exactamente en las huellas que fuiste dejando. Si ahora, por ejemplo, te levantas y vas al balcón, y luego vuelves a estas páginas, los cuatro o cinco metros que anduviste —y en qué direcciones— deberás recordarlos escrupulosamente para que, llegado el momento, los deshagas yendo hacia atrás, siempre de espaldas. Aquel puente en París por el que pasaste sólo una vez; la acera polvorienta y gris que te sacaba a diario del colegio para tomar el autobús de regreso a casa; los cincuenta y cuatro escalones del edificio en la calle Magisterio por los que subías sin que nada en tu apariencia mortal anunciara que cada vez bajarías invencible y deslumbrado —el santuario del encantamiento de un beso—; la avenida desolada y magnífica en Mérida, los senderos en el cementerio, los pasillos del supermercado, la noche de Buenos Aires, y la de ayer, con el camellón por el que cruzaste... Cada plaza y cada corredor, todas las casas a las que entraste y, uno por uno, los vehículos en que te moviste: el tren y las estaciones que aprendiste a memorizar en la vía a Manzanillo, la motocicleta a lo largo del río Maravasco, todos los taxis, los subterráneos, el avión bajo cuyo paso las nubes se abrieron para ver las Islas Orcadas... Y, uno por uno y siempre en estricto orden, los hoteles, los consultorios, las playas, los salones, los templos, los cines, los billares, los mausoleos, las librerías, las fábricas, los solares, y con todas las calles y todos los vehículos que te llevaron de un lugar a otro, y todas las pausas que hiciste, y todos tus tropiezos. ¿Una tormenta iba borrando la ruta de aquella expedición en la Sierra del Tigre? No importa: entre el lodo y la maleza y las piedras estarán aguardándote tus huellas. ¿La multitud incontable te levantó en vilo al salir de un estadio en una calmosa estampida después de un concierto? Lo mismo: el caso es que estuviste ahí y después estuviste en otro lado, y aun con los trabajos que haga falta, el curso de tu desplazamiento habrá de rehacerse en sentido contrario. Corriste, en la niñez, ¿en cuántos juegos? ¿No sabes ya dónde pudo haber estado el Deportivo Morelos, aquellas albercas de luz por las que diste las primeras brazadas? Tendrás que saberlo. Una tarde que te diste a vagar sin rumbo en pos de cierta determinación o asediado por alguna cobardía, y llegaste a una zona de tu ciudad que era una ciudad por completo insospechada y enemiga: mala idea: tendrás que recuperar ese rumbo, por más que ni siquiera entonces hubieras sido capaz de reproducirlo. El cerro al que subiste en Zacatecas, las alturas del edificio en Tlatelolco adonde fuiste conducido para encontrar el mejor poniente de tu vida, las carreteras por donde condujiste de noche y de día, el pasaje comercial que tantas veces te sirvió de atajo camino de la biblioteca, y en ésta la duela que llevaba hasta los estantes rutinarios que se resignaban a facilitarte búsquedas que ahora ya no comprenderías. Las distancias de la cocina a la sala, de la iglesia de Regina Cœli a la catedral maronita de Valvanera, la espiral del estacionamiento al que entraste una vez o miles, el parque por el que nunca pensaste volver a pasar, las azoteas, los ascensores, la superficie congelada del río San Lorenzo, el basurero en Los Belenes, las calles por las que tendrás que ir mañana. El mar: cada vez que entraste en el mar. Y así hasta llegar a los brazos que te tomaron por primera vez, en el primer trayecto que hiciste, en el parto donde todo comenzó y donde empezaron a quedar los vestigios de tu paso y donde empezó a trazarse la arqueología de tu memoria, a cuyo encuentro tendrás que regresar, hasta el principio y desde el fin: es lo que pasa al morir, es sabido.

Publicado en KY de enero de 2010.

Cañas

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Foto: Abraham Pérez

Seguro: habrá tenido algún cuidado en elegir la camisa de tono verde pálido para que hiciera juego con el saco a cuadros (verdes, marrones, y ahora el gris infame de la mugre, un desgarrón en un codo, el forro de rojo vivo destripado). El pantalón oscuro. Quisiera saber con precisión el color de la corbata; sólo me animo a aventurar que el nudo debió ser grueso, que el cabo angosto le había quedado una pulgada más abajo que el ancho y que ambas puntas habían renunciado a continuar a mitad de la barriga. Silbó mientras se afeitaba, todavía con la camisa desfajada, porque también le hacía falta atarse las agujetas de los zapatos. Esto es: ni la barriga, ni la calva, y mucho menos lo avejentado de cada prenda, habían llegado a disuadirlo de ese prurito decisivo: el cinturón hay que ajustarlo sólo hasta después de hacer los moños de las agujetas, pues de lo contrario la camisa se abomba en la espalda al momento de inclinarse o, como en su caso, al cruzar trabajosamente las piernas para alcanzarse los pies, sentado en la cama. Silbó qué, desayunó qué —¿un par de blanquillos tibios?—, qué metió al final en el portafolios, en qué momento tomó las llaves, qué abrían esas llaves, cuánto dinero llevaba en la cartera, de dónde salió, qué ruta de camión tomó, a quién le dijo al rato vuelvo. En el bolsillo de la camisa asomaban una pluma Bic roja, un montón de papelitos, un clip de los llamados mariposa sujeto a la tela. Traía un audífono para sordera. Y loción: fuerte, dulzona (de frasco grande, dos palmadas en la nuca, una en cada mejilla, todas las mañanas).
        Cerca de las dos de la tarde, había hecho ya lo que precisaba hacer ese día, iba ya quizás rumbo a un plato de cocido, una cerveza oscura, la siesta que seguiría, un rato de la tarde en camiseta (todavía con el mismo pantalón, con los mismos zapatos) arreglando el interruptor de luz de la cocina, luego las noticias en la televisión, y al final la cama. El Esto habría quedado todo el día dentro del portafolios, de cualquier manera. De haberse puesto a pensarlo, habría respondido que este edificio monstruoso no era menos invisible que cualquier otra estación de su rutina: algo había que hacer aquí —cobrar un giro, pongamos—, como algo hay siempre que hacer en cualquier otro lugar. De manera que se encaminó a la escalinata pensando en el cocido. Quizás no vio dónde pisaba por ir viendo si no se acercaría ya su camión. A la salida del colegio, mi amigo Ramón Cruz y yo podíamos tomar el nuestro a la otra cuadra, pero íbamos hasta esa esquina, la del edificio monstruoso, para comprar bolsitas de cañas. No lo vimos despeñarse: sólo llegamos cuando miraba, con la perplejidad más grande del mundo, cómo se le iba manchando la camisa con la sangre que le salía de la boca. Ya se oía el alarido de la ambulancia. Yo recuerdo intensamente sus zapatos, y haber tratado de imaginar qué pudo esperar esa mañana, cuando se los ataba.

Publicado en KY de diciembre de 2009.

Alturas

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para Verónica, que me aseguró
que en las suites Moralva vive Silvia Pinal


Por la luz violácea de la hora se diría que sobran los lentes oscuros (montura de carey, enormes como dos manotazos); por la rapidez de los pasos, por la pañoleta que le sujeta el cabello y lleva atada bajo la barbilla y, sobre todo, por lo que parece su determinación de inclinar la cabeza siguiendo una línea fosforescente pero invisible trazada en la banqueta, los lentes oscuros son obviamente indispensables. ¿Salió del Oxxo? Puede ser, pero, de admitir las proposiciones insulsas que pulsan en lo evidente, habría, también, que confiar en que el elefante de la otra cuadra embestirá de un momento a otro los coches que pasan delante de él; también habría que creer, sin más, que lo escrito dice lo que dice, que tienen razón siempre los sentidos, que la ocurrencia de todo habría de ajustarse —y bastaría— a cuanto ordenan leyes formuladas o por formular. Esta mujer, no la perdamos de vista, pasa ahora bajo una lámpara que denuncia fugaz pero indudablemente lo que alcanza a vérsele del rostro: las hebras doradas de una barba y un bigote que desaparecen cuando alza el cuello de su abrigo y sale de la luz. El bolso blanco no era eso: es un cordero. Pero en la avenida, mientras sube ya la escalinata del edificio, se encamina al vestíbulo, deja ir una mano rumbo a la pañoleta, que va a desatar (y el cordero sí era un bolso, del que saca ahora unas llaves), mientras desaparece, en fin, en la avenida queda sólo la indemostrabilidad de su breve carrera.
       Si llega a volverse incuestionable la necesidad de procurarse, alguna vez, el apartamiento radical y la renuncia a la presencia de los otros (instalándose en lo alto de una columna, por ejemplo), una de las razones cardinales e inobjetables tendría que ser la decisión de liberarse del paso del tiempo. No, esta mujer no venía del Oxxo: había bajado —pero eso nos lo perdimos— de un automóvil negro, enorme y brillante como sus lentes oscuros; no esperó a que el chofer llegara frente al edificio, y menos tuvo paciencia para que le abriera la puerta. Como otras noches, había dado esos pocos pasos apresurados en pos de esa altura —a cambio de la columna, una suite en uno de los últimos pisos—, y la prisa y la pañoleta y los lentes oscuros más bien velaban sus muchos años, que iban deshaciéndose conforme llegaba hasta allá. Así que ahora sale al balcón, y convendría volar y elevarse y espiar más de cerca: es una escena en blanco y negro: es jovencísima, rubia, sostiene una copa y posa las manos en el barandal: las manos manchadas y huesudas de una anciana que está a punto de dejar de serlo.

Publicado en KY de noviembre de 2009

Faquir

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Foto: Natalia Fregoso

Los territorios indispensables, para serlo, han de ser también incomunicables: la primera persona queda erradicada de ellos —o es más bien que se encuentra tan profundamente incrustada que es imposible distinguirla—, de modo que cuando nuestra perplejidad regresa a interrogarlos no devuelven sino razones multiplicadas para la incomprensión y el misterio. Pasa, por ejemplo, en este deslucido rincón donde no tendría lugar ninguna proeza, al que jamás asomaría las narices ninguna potencia del Universo, en esta luz quieta de ayer y mañana que dibuja con desgano la forma idónea del tedio: meramente aquí, con esta planta y estas bancas, frente a estos aparadores —locales donde sucede qué, cómo diablos saberlo: en uno vendían ropa, alguna vez, y acaso en otro funcionó o funciona una casa de cambio—, y de espaldas a toda variante ridícula del entusiasmo o la ira: aquí, cualquier mañana en que habría que estar atareándose en la proliferación laboriosa de lo común, en lugar de dar preferencia a la inconspicua ocurrencia de uno mismo en la averiguación de nada (o no nada, tampoco: cuántos coches negros pasan en el transcurso de una hora, por ejemplo, para emprender desde esa constatación el cálculo acucioso de un vaticinio igual de insignificante: cuántos pasarán en la hora siguiente, pongamos). Aquí, pues, en este punto que en este instante puede estar siendo barrido de toda imaginación —fácil, pues nunca habrá quedado registrado en ninguna—: aquí hay indicios innegables, por irreconocibles que sean, de algo que con toda la inconsecuencia del mundo cabe bien llamar raptos fugaces de eternidad. Porque, vamos a ver: qué podía pasar aquí: nada: justamente nada. El ámbito inmejorable para el faquir que siempre he tenido en mente: venía en un libro titulado Personajes increíbles (la portada la ilustraba el tosco dibujo de una muchacha cíclope, y acaso no sea imposible dar con él, en alguna librería de viejo, o en internet, pero me rehúso: es condición de todo tesoro que sea irrecuperable); en un trance místico, el faquir elevó un brazo al cielo y así se quedó, por semanas que sumaron meses y años, hasta que algún pajarraco llegó a establecer su nido en la palma abierta.
    Aquí debería estar ese faquir.

Publicado en la revista KY núm. 9

Tracto

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Mirador espléndido de la catástrofe, pasarela subacuática desenraizada del fondo de un charco entrevisto en un sueño, o formulación voluntariosa de quien, fijo en su ir y venir invariable —tú, pongamos—, tiene sin embargo anhelos inconfesados de errancia, de fuga o de laberinto: estos pasadizos serpentean incesantemente sobre nuestra desatención y jamás están en el mismo sitio. Vas subiendo la rampa y no adviertes que del otro lado, lejísimos, estás bajando, ya que has cruzado. Hay un punto desde el que se aprecian, en un local de un segundo piso, las evoluciones ensimismadas de una clase de judo. Sí, bueno, el edificio está abandonado, con los cristales rotos, y el cielo lo atraviesa por el estómago, de modo que los yudocas —que así manda el diccionario que se escriba— deben estar muertos. El camino ondula, hay un fingimiento de bosque, junto a él un río, en el río un vapor y sobre la cubierta toman el sol y beben de vasos azules al menos tres de los numerosos hombres que no has sido, que ya nunca llegarás a ser. Cómo has de darte prisa. Podría venir una locomotora detrás de ti. No habría que pensar en palabras como intestinal, intestinos, colon o duodeno. Sigues describiendo la amplia parábola incompetente. Un papelito tirado, ¡ojo!, pero también la música que era una bicicleta —¿oíste que eran los audífonos de ese borrón velocísimo que pasó junto a ti?—, y también la base rota de una lámpara que alguien vino a tirar aquí, en tu camino, y los rayones de aerosol en los barandales, el sol poniéndose a tu derecha, a tu izquierda la ciudad reventada: ¿dónde estaba la Minerva? Traías, parece, un cartón de jugo de naranja en una mano —¿unas llaves para qué en la otra?—, si no por qué ese regusto ácido que te hace chasquear los dientes. Qué pronto olvidas las cosas. Reflujo, además. Agruras. Halitosis. El bulto que encuentras indiscutible de un tiempo acá en algún momento del esófago. Casi alcanzas la otra rampa, la que te depositará en tierra, pero apenas vas subiendo del otro lado, resollando, con el sobre de las radiografías bajo el sobaco. Tu cita era a la seis. Ya pasa más de media hora. Eres el bolo alimenticio que se desliza trabajosamente por este tracto. ¿Qué haces detenido? ¿Estás contando los dados? ¿Ves cómo su sombra se alarga? Has de atravesarla. Te va a tragar.

Publicado en KY núm. 8.

De segunda mano

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Esto no lo supe sino hasta mucho después de conocerlo: el hombre era músico, animaba el baile, a ritmo de danzón, en tardeadas polvorientas organizadas para jubilados, pero también era capaz de llevar bajo el sobaco una escuadra con el cargador puesto. Aborrecía el humo del tabaco, pero invariablemente se sentaba cada mañana en la mesa vecina a la que ocupaba yo, que fumo y que, gracias a nuestras posiciones (no había más ventilación que la que brindaba la entrada del local, y él estaba siempre más cerca de ella, mientras que yo me ubicaba al fondo), arrojaba incesantemente el humo en dirección de su presencia incómoda e infaltable. Me odiaba, odiaba mis cigarros, odiaba mi empecinamiento en habitar ese rincón de luz deficiente donde yo había dado en guarecerme para leer, para tomar un café, para fumar. Pero —yo llegaba siempre antes que él— me saludaba cada mañana. Yo le contestaba el saludo, pero le tenía miedo; manoteaba ostensiblemente para espantarse la nube tóxica que yo le arrojaba —sin querer: el día que sacó la pistola y la puso delante suyo, en la mesita, le tuve mucho más miedo—, pero no se cambiaba de lugar. Yo veía cada día cómo lo enervaba mi pestilencia miserable, lo oía fingir una tos encabronada, asistía a las quejas enfurecidas que le soltaba a la mesera, lo descubría mirando alternadamente las volutas del humo que le lanzaba y luego su arma, paciente y servicial; pero seguía encendiendo un cigarro tras otro.
       Tenía mucho más tiempo que yo viniendo a este café, lo saludaban con respeto y afecto, se veía que era un tipo afable. Pero sé bien que quería matarme. Que eso había estado pensando desde que empezó a exhibir la escuadra apenas llegaba, antes incluso de saludarme. Aunque chasqueaba la lengua y musitaba insultos cuando me veía abrir un nuevo paquete de cigarros, jamás dejó de despedirse comedidamente cuando se largaba —siempre antes que yo, que me quedaba fumando. Me agobiaba su incomodidad aparatosa, lo asfixiaba mi contumacia humeante, pero ninguno dio nunca muestras de querer rendirse. Pasaron unos cinco o seis años así.
       Hasta que, repentinamente, dejé de comparecer en ese duelo insensato, lamentable. Sólo porque me mudé a otros rumbos. He regresado alguna vez, mucho tiempo después, para descubrir que el lugar se ha transformado: ahora es un café mucho más espacioso, ahora los fumadores estamos proscritos por la Ley, ahora yo apagaría el cigarro a la menor señal de molestia. Él, quién sabe, quizás siga viniendo. Pero también puede ser que, a la larga, mi humo haya funcionado mejor que su pistola. O, si no mejor, sí antes.

Publicado en la columna «Excipiente», en KY 3

Filipinas

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Fotos: Natalia Fregoso
Hay razones para afirmar que el paisaje era distinto, aunque una somera verificación de sus elementos invariables invalide pronto —qué remedio— dichas razones. La fuente, por ejemplo, jamás la vimos funcionar: sigue siendo un cubo de concreto sostenido en vilo sobre el breve foso donde la lluvia se encharca, obcecadamente inmunda en su quietud. Las dos pérgolas en la esquina sur eran ya incomprensibles, y feas, y acaso sólo se desplazó unos metros la caseta del sitio de taxis. Hay demasiadas bancas, unas veinte: es imposible imaginar que todas lleguen a ocuparse, y es que, salvo para las palomas (también demasiadas), es sobre todo un lugar de paso: se lo cruza en diagonal, hacia la avenida y desde ella —como sucederá, seguramente, con los incontables jardines cuya implantación en un barrio obedece sólo a la observancia de disposiciones que obligan a dejar «áreas verdes» cuyo único sentido es el de estar ahí. En cuanto a los árboles, parece que dos fueron talados y, misteriosamente, perseveraron en rehacerse, y lo demás es vegetación anodina y precaria. Aparte, claro, de la estatua del General Aguinaldo, el héroe filipino insólito en ese lugar, que aun con la punta del sable rota, el bronce deslucido y la placa desaparecida, se tiene en pie, insurrecto para siempre mientras ve pasar la gente y los camiones.
    Pero aquello, aunque sigue igual, era otra cosa, innegablemente. Acaso no haya misterio en el hecho de que ese jardín hubiera terminado convertido en uno de esos territorios que la memoria privilegia con el fulgor silencioso de los recuerdos decisivos: estaba cerca cuando nos fugábamos de clase —casi porque era inevitable: nunca faltaba el profesor descabellado o cretino que nos orillaba a huir—, o bien nos quedaba en el camino que tomábamos al salir. Para el efecto de conseguir lo que procurábamos (la compañía deliberadamente demorada, la mera vivencia del instante en presencia uno del otro, la acallada fabricación de conjeturas y, alguna vez, cierto levísimo e inolvidable roce quizás no del todo accidental y cuya felicidad alarmante sólo ahora nos es dado admitir), nos servían igual los escalones de una farmacia en la esquina donde esperábamos el camión, cualquier banqueta por la que fuéramos, cualquier otro jardín. Pero tocó que fuera éste, objetivamente indefendible por quien sea que no sea ella o yo, que dimos en pasar ahí mucho tiempo, jueves y sábados. Mucho tiempo: tanto como si supiéramos —y no lo sabíamos, pero de algún modo lo sabíamos— que a la vuelta de veintidós años habríamos de regresar y encontrarlo de nuevo. Porque, además, es invisible.

Publicado en la columna «Excipiente», en KY núm. 5-6.

Suficiente

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Foto: Natalia Fregoso
—Quiero más café.
—Pídelo.
—Pero dónde está la mesera.
—Cuál mesera.
—Debe haber una mesera.
—Me asombra que seas capaz de dar por hecho cosas así.
—Así cómo.
—Como que tenga que haber una mesera.
—Esto es un café, y tiene que aparecer una mesera.
—Lo dicho: ahora asumes así, tan natural y tan arrogantemente, que esto es un café.
—Entonces por qué estamos aquí, tomando café.
—Porque nos gusta el café.
—Pero ya no tengo, mi taza está vacía, mira.
—Y por qué tendría que aceptar que hay una taza delante de ti.
—Qué he estado haciendo entonces. Me vas a decir que no he tomado café en todo el rato.
—Yo no soy quién para desengañarte.
—Y las sillas y las mesas y la caja registradora y la cafetera y estas servilletas y este cenicero y los viejos que juegan dominó allá al fondo y tu taza y el platito con restos de pastel y la rockola que está junto a los baños...
—Qué con eso.
—Son pruebas de que esto es un café.
—Si tú quieres.
—Y si no quiero también. Hay un rótulo en la entrada.
—Cuál entrada.
—Y un espejo detrás de la barra, y un hombre que lee el tarot en aquella mesa...
—Te olvidas de los tres gemelos.
—Claro, ahí tienes, los tres gemelos, los dueños de este café.
—Muertos todos. Este café no existe.
—Tenemos años viniendo.
—Eso crees tú.
—Entonces por qué estamos aquí ahora.
—Eso crees tú.
—Dónde está la mesera.
—Yo ya no quiero más café.


Publicado en la columna «Excipiente», en KY núm. 4