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Una feria por reinventarse

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Foto: © Cortesía FIL / Diego Zavala Scherer.
 
Uno de los personajes que más llamaron la atención de los visitantes a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2010 —edecanes aparte— fue Walter Hudson. No portaba gafete que lo acreditara como participante en ninguna de las actividades de los diversos programas que tuvieron lugar en el recinto ferial y en las numerosas sedes de la feria en la zona metropolitana de Guadalajara; tampoco formó parte de la delegación del Invitado de Honor de este año, Castilla y León, pero es seguro que se le tomaron más fotos, digamos, que al grupo Café Quijano (el one-hit-wonder resucitado que los españoles trajeron como número estelar para la cartelera de conciertos y espectáculos), al cantante Diego Verdaguer o al mismísimo Güiri-Güiri, también figuras notables —pero no tanto como él—; Hudson tampoco fue ninguno de los autores de best-sellers que tomaron los pasillos de Expo Guadalajara para firmar ejemplares a sus multitudes de fans, y es más: ni siquiera necesitó moverse de donde estuvo los nueve días de la feria...

Si quieren saber quién es el señor Hudson, pasen por favor por acá para seguir leyendo:Letras Libres. Blog de la redacción

Ya estuvo bien

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Foto: © FIL / Guillermo Gálvez

El año entrante la FIL alcanzará un cuarto de siglo. La ocasión debe representar una responsabilidad especial para sus organizadores —empezando por Raúl Padilla, quien quizás ha estado demasiado atareado desgreñándose con el Gobernador, y también afanándose con el Centro Cultural Universitario, y con la televisión universitaria, y con la nueva feria de Los Ángeles, y con las mil empresas que encabeza, como para prestarle la suficiente atención a la Feria Internacional del Libro, que este año salió tan aplatanada y fue tan desairada. Los veinticinco años que se cumplirán son el momento idóneo para redefinir muchas cosas: desde el marco físico de la feria y las condiciones en que se desarrolla —instalaciones, las de Expo Guadalajara, que tienen mucho tiempo siendo insuficientes; el personal que guarda el orden y tendría que prestar servicio al público, tan pobremente capacitado; la comida, tan cara y tan mala, etceterísima— hasta el diseño del programa literario, que año con año viene siendo una mala variación de sí mismo (y ya se vio lo que pasa: Carlos Fuentes no puede venir y la feria queda como atirisiada), y pasando desde luego por el papel del Invitado de Honor (que Castilla y León desempeñó esta vez con evidente desinterés: Café Quijano, ¡eso qué!) y, particularmente, por lo que vienen a hacer las editoriales aquí: traen los mismos inventarios, no entienden que la gente no compra libros caros, etcétera.
        Entiendo que a la FIL lo que más le importa es ser escenario de negocios para el mundo editorial en español, pero sucede que también es un festival cultural indispensable para Guadalajara, para la UdeG y para el país entero. Y que hay cientos de miles de visitantes que vienen buscando eso. Ojalá que la presencia de Alemania, en 2011, fortalezca a la feria, y que ésta empiece a reinventarse de una buena vez, dejando de lado vicios, frivolidades y necedades (como traer camiones de estudiantes acarreados, por ejemplo). Ha valido mucho la pena lo que se ha logrado en todo este tiempo: ojalá que el año entrante nos despidamos más contentos que ahora.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, de Mural, el domingo 5 de diciembre de 2010.

Unos van, otros vienen

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Prueba de lo aburrida que puede estar la feria (bueno, lo que tiene que ver con los libros en la feria), esta zona donde hay siempre raza jugando jueguitos de video. Foto © Cortesía FIL / Diego Zavala Scherer
Hoy es día que está el Güiri-Güiri en la FIL, y se me hace que voy a acabar metiéndome. ¿O mejor iré con Valentina Alazraki? ¿O con Mara Patricia Castañeda? No, bueno, no es para tanto. Pasa que el segundo fin de semana de la feria siempre tiende a ponerse desguanzado, y por más que se espulgue el programa de actividades es muy complicado hallar algo verdaderamente interesante (ya no se diga emocionante o imprescindible). Pero tampoco es manda, y finalmente —quiero suponer— lo que más importa son los libros: encontrarse con ellos, para ver si nos eligen... Y meterse a cualquier cosa nomás por la ilusión de aprovechar la ocasión termina siendo triste.
    He notado un fenómeno curioso a raíz del gran número de ausencias que han caracterizado a esta edición de la feria. Además de las irremediables (Carlos Monsiváis, José Saramago y Tomás Eloy Martínez, que sin embargo no estuvieron del todo ausentes por los homenajes que se les hicieron), estuvieron las imprevisibles, que fueron más irreparables porque aun cuando Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa  y José Balza enviaron videos o mensajes, y con los dos primeros sus comparsas (Guillermo del Toro y Xavier Velasco) se afanaron por entretener, sí me quedó la impresión de que la gente se desanimó y eso acabó menguando la asistencia este año. Pero lo que quería decir es que, en vista de esos faltantes, hay como una nueva división de personajes que va tomando el relevo para la delicada misión de rellenar los salones: figuras versátiles que además parecen tener el don de la ubicuidad, y que comparecen en un buen número de presentaciones a lo largo de casi todos los días: Jorge F. Hernández, los Taibitos, Ignacio Padilla, los editores de Sexto Piso... Ya los sueño.
    A seguir viendo libros, mejor. Hay que afinar el olfato, para encontrar joyitas: por ejemplo, en el área internacional hay unos stands chiquitos que tienen, arrejolados como para que nadie los pele, títulos muy estimables. Y no desdeñar la Estación de Bolsillo, donde también. Ni modo: no conforme con la venta nocturna (ya diré cómo me fue ahí)... Lo que es no tener llenadero.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el sábado 4 de diciembre de 2010.

A fuerzas

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Los Taibitos. O, como bien dice mi camarada Ramón Castillo: el Circo Ataibo Hermanos. Foto © FIL 2010 / Natalia Fregoso.

En el camino, por la radio del coche oigo que entrevistan a preparatorianos acarreados a la FIL: que vienen a fuerzas, que el maestro los amenazó, que lo único que les importa es la asistencia. Llegando veo que también les importa —y cómo no— venir a echar desmadre. Hasta me pareció que me había equivocado y había llegado más bien a una manifestación afuera de Casa Jalisco. Es lo habitual, claro, pero no deja de ser un fastidio. Lo paradójico es que, con las multitudes sudorosas, gritonas y correlonas de chamacos que obligan a llenar estas mañanas de la feria, es posible ponerse a ver libros muy a gusto: como los libros son lo que menos les interesa... Basta con eludirlos por los pasillos y en los actos a donde los hacen meterse, por ejemplo en el show cómico musical de los Taibos, atestado de un público adolescente incapaz de ponerles atención —y eso a pesar de que los Taibitos en una de ésas hasta se arrancaron a cantar.
    Exagero, desde luego: sí hay jóvenes a quienes les interesan los libros, pero hay que ver qué libros: voy enterándome, por ejemplo, de que existe una escritora llamada Tonya Hurley, y que es, por lo visto, exitosísima: lo descubro cuando paso por el stand donde la han sentado para que desfile delante de ella una turba de jovencitas alborotadas con tal de que les firme un libro que se llama Ghostgirl. En la vida.
    Hoy es la venta nocturna, y si sale como el año pasado, valdrá mucho la pena resignarse a los tumultos a fin de aprovechar los descuentos. Ya tengo mi listita, y espero que más editoriales entren en razón y aprovechen también la ocasión (la distribuidora Azteca, por ejemplo, en el área internacional); después de todo, ¿les conviene regresarse con lo que trajeron, no sería preferible aligerarse de sus mercancías? Por lo demás, hoy se presenta Antonio Gamoneda, en compañía de Juan Gelman: Gamoneda, la estrella indiscutible de la delegación de Castilla y León (misma a la que no he pelado gran cosa, es cierto, pero es que nomás no se me antoja), es uno de los más altos poetas vivos, y no hay que perdérselo.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el viernes 3 de diciembre de 2010.

Chocolate

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Foto: © FIL Guadalajara / Gonzalo García Ramírez

Ya que he conseguido cruzar el ecuador del miércoles en la feria, tengo la sensación de que he dejado atrás numerosas actividades a las que me habría gustado asistir: me perdí, por ejemplo, de la presencia de Juan José Millás, que tan bien me cae (uno de los españoles más simpáticos de los que vinieron este año, vamos, y a quien estimo particularmente por los reportajes en que se convierte en la sombra de alguien: un periodista imaginativo y que además escribe estupendamente, cosa rarísima); a cambio, como me lo propuse, he preferido ingresar a presentaciones que acaso tengan menos relumbrón, y que en realidad no me han defraudado —bueno, sí fue un poquito decepcionante conocer al Conde Siruela, editor de libros imprescindibles que ahora se ha embarcado en una empresa más íntima, también editando libros que también podrán ser imprescindibles, pero que yo no alcancé a figurarme del todo en la conversación que sostuvo con Julio Patán.
        Entre las cosas mejores de la FIL está la posibilidad de encontrarse con los amigos (muchos de los cuales sólo es posible verlos ahí, año tras año). Y esto me lleva a reparar en que hay que comenzar a contar también las ausencias: la tristísima de Arturo Suárez, por ejemplo, que tradicionalmente presentaba aquí su Canutero dedicado al Invitado de Honor: ausencias que sí pesan —y no como la de García Márquez, la Botarga Bigotona, que ni vino ni nadie lo ha echado de menos. Pero anoche constaté que la FIL sigue oliendo a chocolate (por la fábrica vecina), y eso ha de ser una buena señal.
        Hoy, recuperado el resuello y disponiéndome a apurar la segunda mitad de la feria, me la pensaba llevar más tranquila: un ratito a gusto en el Salón de la Poesía, donde estará Jorge Esquinca... pero también a esa hora estará Fernando Arrabal (cineasta, dramaturgo, poeta, hasta malabarista ha de ser: un tipo fascinante), así que habrá que correr de un lado a otro. Y sacarle la vuelta a José Agustín, Xavier Velasco y demás presentaciones donde es muy posible que haya multitudes adolescentes, de las que los jueves y los viernes saben traer por carretadas.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el jueves 2 de diciembre de 2010.

Qué necesidad

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Esta foto no tiene que ver con la columna de hoy, pero cómo me iba a resistir a publicarla. Es Jorge F. Hernández, un habitué de las presentaciones de libros. Foto: © FIL 2010 / Paola Villanueva Bidault.

Las presentaciones de libros, en la FIL como en cualquier lugar, por lo general parece que se hacen porque no hay más remedio, es decir: porque es costumbre que, cuando un libro se publique, automáticamente se presente —con tal de que se sepa de él, claro, y para que dicha publicación gane resonancia mediática. Estos actos se celebran observando un ritual que admite pocas variaciones (uno o más comentaristas hablan sobre algo que la mayoría de los presentes no conoce, el autor hace lo propio y lee, la gente aplaude y de vez en cuando hace preguntas, y tantán), y a veces salen bien —el público se entera de lo que es el libro, se anima a leerlo—, y a veces no. En la feria, en particular, las presentaciones enfrentan varias dificultades: se difuminan en la multitud de actividades que hay, por ejemplo —y al final es muy fácil perdérselas, o ni siquiera saber que tuvieron lugar—, y son contrarreloj (también porque son muchísimas), todo esto además del trajín propio de la feria, por el que hay gente entrando y saliendo todo el tiempo, o los celulares repiqueteando (y desconsiderados que los contestan y se ponen a platicar). El lunes fui a la de El corazón es un gitano, de Rafael Pérez Gay. Espero que el libro sea bueno —por eso lo compré—, pero lo espero porque este autor me gusta mucho, no gracias a lo que oí en la presentación, y mucho menos por la lectura accidentada que pusieron a hacer a la actriz Blanca Guerra —que eso se ha puesto de moda: llevar a una estrella para que la ocasión relumbre, aunque lea tan mal: qué necesidad. 
       Este miércoles, mi prioridad es entrar a la conversación que sostendrán en la nochecita Enrique Krauze y Ricardo Piglia, en concreto por la presencia de este último, uno de los autores más atractivos de la literatura argentina actual (y de la literatura en castellano toda). También me apunto a la presentación del nuevo libro de cuentos de Daniel Sada, maestrazo. Y a seguir viendo libros, para ir localizando los que acaso llegue a comprar en la venta nocturna del viernes —que, con los precios que hay antes de entonces, más vale no alocarse y tener tantita paciencia.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el miércoles 1 de diciembre de 2010.

Profesionales ¿de qué?

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Seguramente muy pocos, por la foto, ubicarán a este señor. Pero es la ocasión de conocerlo. Es Phillip Lopate, un formidable ensayista, que se presenta hoy en la FIL.
Hace algunos años que me he omitido de los cocteles, las fiestas y demás extensiones presumiblemente bulliciosas de la FIL (además porque no me invitan). Parece que buena parte del atractivo que encuentran muchos de los asistentes habituales a la feria radica, precisamente, en lo que ocurre por las noches: una pulsión generalizada que mueve taxis por toda la ciudad llevando y trayendo editores, escritores, periodistas y demás fauna en búsqueda de las anécdotas, regadas con mucho alcohol, que nutrirán las sobremesas del día siguiente. Y no es que esté mal, qué va: sólo que hay que tener vocación para eso.
    Nunca me ha quedado del todo claro qué ha de entenderse por «profesionales del libro»: ese sector para el que la feria está reservada lunes, martes y miércoles, de modo que sus integrantes puedan moverse libremente para cerrar sus negocios. Podría pensarse que caben, en esa definición, los libreros, los agentes, los editores, los bibliotecarios. Pero la cifra de quienes llevan la etiqueta me hace pensar que no es sólo esa gente: en 2009, a la FIL —según la propia FIL— habrían venido 17 mil 112 «profesionales del libro». ¿También cuentan edecanes, cargadores, jalacables, repartidores de volantes, etcétera?
    Hoy martes pienso entrar a la mesa redonda en que, por fin, Octavio Paz tendrá presencia en la feria: hay que recordar que no ha habido ausencia más grande que la suya, pues nunca se consiguió hacerlo venir a Guadalajara. También iré con Fernando Vallejo: un caso curioso de escritor que debe su popularidad, en buena medida, al hecho de ser un misántropo fenomenal (además de ser buen escritor, claro está). Por lo demás, dos recomendaciones: la presentación de Papeles falsos, el estupendo primer libro de Valeria Luiselli, una muy buena ensayista mexicana, y la de Retrato de mi cuerpo (también ensayos), de Phillip Lopate: un estadounidense que vale muchísimo la pena conocer. Conviene asomarse a actividades como éstas, discretas pero seguramente memorables, y, lo dicho: sacarle la vuelta a lo consabido y lo espectacular.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el martes 30 de noviembre de 2010.

¿Y «Julia Roberts»? Feliz

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Es seguro que quien visita por primera vez la Feria Internacional del Libro de Guadalajara queda asombrado por su magnitud, por su dinamismo, por las diversas multitudes que pueblan durante nueve días las naves gigantescas de Expo Guadalajara y por el hecho, hasta cierto punto insólito en un país de tan escasos lectores y tan precarias condiciones para la supervivencia de la industria editorial, de que semejante movimiento tenga su razón de ser en el comercio de libros. Las cifras que da la organización de la Feria ayudan a ese asombro: en 2009 se contaron más de 600 mil personas que acudieron, hubo 455 presentaciones de libros, casi dos mil editoriales tuvieron presencia, etcétera. Para este año, la previsión es que los profesionales provenientes de 43 países cierren negocios por más de 33 millones de dólares, que entren otros nuevos miles de almas a recorrer los pasillos atestados y, posiblemente, a ver y escuchar a algunos de los 500 “autores e intelectuales” que vayan compareciendo en los numerosos salones del recinto ferial, pero también del hotel vecino, de varios campus de la Universidad de Guadalajara y de otros espacios de la ciudad (camellones, museos, teatros, hasta un lienzo charro), y todo esto además del programa de espectáculos que contribuye a hacer de la feria un festival cultural ambicioso y, lo dicho, impresionante para quien la visita por primera vez...

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Reglas que no son reglas

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Los académicos: que siempre no, que escriba cada quien como cada quien guste.

Qué risión, la tarde del sábado, con la presentación del libro El tiempo apremia, de Francisco Hinojosa. Atorado en el tráfico —consecuencia, quizás, del caos que debemos agradecerle los tapatíos al ocurrente que nos enjaretó el «espectáculo» de las marionetotas horrendas en el centro de la ciudad: bonita tomadura de pelo—, el autor sólo alcanzó a llegar en el último momento, ya que Jis y Trino se habían dado vuelo diciendo sandeces muy divertidas. Pero antes llamó por teléfono, y así pudo intervenir tantito, en el altavoz. «¡Ya voy por el Caballito!», avisó, con lo que seguramente quiso decir que ya venía por los Arcos del Milenio. Divertidísimo.
        Es lo que hay que proponerse en la feria, digo yo: divertirse con lo que vaya uno hallándose, que las ocasiones abundan. Por ejemplo ayer, en el acto de «adhesión» de las 22 Academias de la Lengua Española a la nueva Ortografía razonada. De lo que nos venimos a enterar: que el revuelo ocasionado por las nuevas disposiciones de estos señores (ya se sabe: que «solo» ya no va a llevar tilde, etcétera) habría sido culpa de malentendidos alentados por la prensa, que —según explicó José G. Moreno de Alba, el director de la Academia Mexicana de la Lengua— habría dado más resonancia de la debida a asuntos que apenas estaban discutiéndose (y que imprudentemente habrían dejado escapar los señores académicos, reunidos en San Millán de la Cogolla para sus sesudos trabajos). Luego, que las Academias no mandan: sugieren. O sea que hacen reglas que no son reglas, porque a fin de cuentas cada quien podrá poner los acentos gráficos cuando le resulten indispensables. Una pura risión, también. Y yo quedo pensando: ¿por qué necesitamos a estos señores, y por qué tenemos que estar haciéndoles caso?
        Ay, Guillermo del Toro. Claro: fans al por mayor, que le celebraron cada palabrota y cada ocurrencia. El cineasta reconoció ahí que él no lee novelas. Así ha de estar la que escribió y vino a presentar —y que ni siquiera escribió solo. Cosa que no impidió, desde luego, el tumulto que se le juntó para que firmara ejemplares un rato después.
Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el lunes 29 de noviembre de 2010.

«¿Óyeme, mi Lola?»

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Lo malo de tener un historial como visitante consuetudinario a la FIL es, primero, que todo mundo te toma como módulo de información ambulante: me la he pasando dando horarios, señas y explicaciones, como si yo trabajara aquí. Lo segundo es que se vuelve escaso el margen de sorpresa, y regresar cada año equivale a constatar cómo casi todo está donde mismo: las mismas editoriales con sus surtidos precarios y carísimos, por ejemplo. O el acto inaugural, que sólo admite pequeñas variaciones... y quizás las más notables esta vez fueron que el Rector abrió en plan dramático, lamentándose del pleito que la UdeG tiene con el Gobierno de Jalisco, o que la señora Glantz pronunció un discurso que quiso ser desenfadado y acabó siendo —digo yo— frivolón y despeinado, y que nomás sirvió para que el secretario Lujambio se pusiera ingeniosito e improvisara algunas payasadas.
        Que Carlos Fuentes no viene, caray (como tampoco Vargas Llosa, que tuvo que cancelar porque necesita que le tomen medidas para el frac). Si la feria resiente esas ausencias —y creo que sí las va a resentir— es por lo mucho que se apuesta a figuras así: cómo por sólo apersonarse, con cualquier pretexto (una ópera, un libro de vampiros), garantizan la asistencia masiva de fans. Ni modo. A lo que sigue. Hoy es tentador acercarse a la reunión en que las Academias de la Lengua Española «sancionarán» la nueva ortografía, con los cambios que tanto ruido han levantado. Yo he oído que habrá gente ahí —hispanohablantes indignados— protestando en toda forma: a ver si no les va como a los antipadillistas de ayer.
        El pabellón de Castilla y León no lo entiendo: ¿no les avisaron que tenían que lucirse, poner algo siquiera bonito? ¿Sí sabe el Invitado de Honor que tiene el espacio principal de la feria? No quisieron gastarle nada. Y dispensarán mi ignorancia, pero pensando en los espectáculos de la explanada, ¿qué Café Quijano no es un one-hit-wonder? O sea, un grupito de ésos que nomás pegaron con una canción. Y además ya hace ratísimo. Para ese caso mejor nos hubieran mandado a Enrique y Ana, o algo por el estilo.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el domingo 28 de noviembre de 2010.

Hay prioridades

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Julia Roberts (Margo Glantz) mira con embeleso a su Brad Pitt (Alonso Lujambio, aunque quién sabe por qué este se puso de Brad Pitt: ¿qué tiene que ver con Julia Roberts? Lo que causa la urgencia de ser chistosito). Lo que sea que se ve a un lado, aplaudiendo, es —parece— Chelo Sáizar. (Foto © FIL 2010 / Michel Amado Carpio).
 
Veinticuatro años y contando. A veces me da por pensar que Guadalajara sería muy distinta de no haber existido nunca la FIL, pero lo cierto es que tal conjetura habría que circunscribirla a los habitantes de la ciudad que, a lo largo de casi un cuarto de siglo, hemos disfrutado estos otoños de encuentro con los libros y con lo que se arma en torno a ellos: sí que seríamos otros, no cabe duda —seguramente seríamos peorcitos—, y por eso lo primero es celebrar que la feria haya prevalecido y prosperado, y que hoy podamos nuevamente estar aquí, para que comiencen a correr estos nueve días en que no faltarán las ocasiones para el feliz hallazgo (algún título, algún autor, algún espectáculo, etcétera), como siempre es inevitable que ocurra.
       Para acudir con mejor fortuna a esas ocasiones hace falta espulgar concienzudamente el programa de este año: llegandito a la Expo, definir prioridades y saltarse aquellas actividades predecibles, demasiado espectaculares, caprichosas, protagonizadas por los mismos monos de siempre haciendo gracias parecidas o nuevas, para preferir más bien a quienes vienen por primera vez —y quizás por única vez—, con tal de que la visita sea de más provecho. Ejemplo: ahora a Carlos Fuentes (a quien la FIL le da gusto en todo: hasta cuando quiso hacer una ópera se la hicieron) lo que se le ocurrió fue ponerse a hablar de vampiros con Guillermo del Toro: qué caso tiene —como no sea por la posibilidad de que el señor vaya a llegar vestido de Chiquidrácula. Mejor eludir la multitud que seguramente estará ahí, y ver más bien si hay cupo en el Salón de la Poesía, donde a esa misma hora estará Eduardo Lizalde: un autor verdaderamente imprescindible.
       No me quito de la cabeza que el Premio FIL podría estar recibiéndolo hoy Claudio Magris, pongamos, o cualquiera de los incontables altísimos escritores que pudieron merecerlo. Pero se lo dieron a esta señora, y ya qué. Por lo demás, el contingente de Castilla y León viene bien surtido, y seguramente ahí hallaremos lo mejor de la feria. Espero. Y en los libros, claro, que entre tanto barullo y tantísimas actividades es donde más a gusto se puede estar.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el sábado 27 de noviembre de 2010.