Avería

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Foto: Nicolás Piquero

En la esquina hay un puñado de hombres enfrascados en descubrir, como cada lunes y cada jueves, la avería de la fortuna que esta vez les facilite el impulso decisivo para sustraerse a sus destinos. La primera fase del ritual es muy sencilla y sólo precisa de la voluntad de los practicantes, de su fiel obstinación y del consenso que alcancen una vez que alguno —cualquiera, lo mismo el más inspirado o el más impaciente— proponga la forma en que han de centrar su atención y la interpretación más verosímil; puede que haga falta una deliberación si la forma no es del todo clara, o si al manifestarse insiste en sugerir posibilidades que contravengan el registro que llevan de las formas reveladas en los últimos meses. Lo que buscan es un número.
        Mientras dura la adivinación, el mundo se detiene. El mundo: el agua de dos fuentes, las altas sombras de los árboles, las latas y los cepillos y los trapos de un bolero que posa ambas manos en su única rodilla, la mujer del puesto de periódicos que hace tintinear las monedas en el bolsillo de su mandil, la pesadumbre que golpea en la nuca del hombre flaco y de corbata que nada espera sentado en una banca, el sueño que ha derrumbado a un viejo indigente junto a sus bultos cerca de la frescura penumbrosa del templo, una pareja de sordomudos en su conversación de señas exaltadas, el sol de las tres de la tarde, una música desvencijada que alcanza a escapar de un restorán al otro lado de la calle (un chelo y un piano que se aborrecen mutuamente), las breves y borrosas multitudes que esperan el camión por los flancos oriente y poniente del jardín, el franciscano que cruza acompañado por un perro negro y alegre, los prados moribundos en cuyos centros hay macizos de flores que no tienen flores, la fila de taxis (cinco o seis) que avanza sin moverse.
        En la caseta ya fue desplegado el periódico vespertino de esta vez; los adivinadores acarician ya sus deseos (uno piensa, aunque no lo sepa, en hallar las razones para no matarse; otro en la colegiatura de su hija; otro en las llantas que necesita su coche; uno más en abrir una licorería, y el último sencillamente quiere tener el dinero en sus manos, sin saber para qué), dan vuelta a la página en la que viene el cartón político, interrogan con circunspección sus trazos, las manchas de tinta, y al cabo reconocen el 9. Puede que sea un 6, pero no: por la convicción que los mueve, y que ninguno estaría en condiciones de explicar satisfactoriamente, es un 9. Es, además, indiscutible: hace varias semanas que no sale el 9, ni en su adivinación ni en los sorteos. Y proceden entonces, con el temeroso júbilo de quien ve cómo sus deseos están comenzando a materializarse, a reunir el monto para la segunda fase del ritual: el despachador del sitio, esa tarde, comprará el entero de lotería para el día siguiente. Terminado en 9. Es lunes; el sorteo es el martes. Cuando pasa el vendedor y la transacción queda liquidada, el mundo reanuda su marcha. El miércoles, con su fe intacta, se reunirán de nuevo, apenas llegue el periódico vespertino, para cotejar el billete. Es la tercera fase del ritual. La fortuna debe estar averiada, ellos lo saben, y el día que den con la falla decisiva verán que ha sido demasiado tarde: tal vez por eso deseen, secretamente, no descubrirla jamás.

Publicado en el número más reciente de KY, que pueden conocer íntegro aquí.

Espejismo

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Evidentemente es un espejismo, una ilusión dispuesta por las condiciones ambientales que tienen lugar en estos días. Guadalajara como una ciudad vivible. Al menos en la semana que corre (y un poco antes, digamos que desde mediados de la semana pasada, y con suerte hasta la semana que sigue), es posible percibir la calma que impone a nuestras rutinas la desaceleración debida, en buena medida, a las vacaciones. Aunque no estemos de vacaciones —yo sí lo estoy, pero es un decir, y sobre eso voy más adelantito—, el hecho de que se emparejen los tiempos de descanso de muchos en esta temporada permite que los otros muchísimos que no descansan sí puedan disfrutar, al menos, de una disminución notable en los índices de frenesí que hacen irrespirable y desesperante y odiosa la vida en la ciudad en otras fechas. Por las calles sigue habiendo, claro, imbéciles que pitan y rebasan y rechinan las llantas nomás para llegar unos segundos antes a detenerse ante el semáforo siguiente, y en general lo que urge sigue urgiendo, sólo que hay una suerte de acuerdo tácito y generalizado gracias al cual esas urgencias no importan tanto, de manera que se puede ir a un ritmo más tranquilo, postergando las neurosis para cuando el año nuevo haya terminado de llegar y sea hora de recobrar las ansiedades de las que, por el momento, nos vemos a salvo casi milagrosamente.
        El espejismo, ayudado por la frescura del clima, por la luz que regala el cielo despejado, por el silencio que las calles ganan al disminuir el tráfico y el gentío, lleva a pensar si no será al revés: si lo insufrible que puede ser la ciudad en su presentación habitual (los embotellamientos, el ruido, el malhumor imperante que hace ver en cada conciudadano a un enemigo que busca pasar primero y por encima) no será en realidad la comprensión distorsionada, y por tanto ilusoria, del espacio en que nos movemos y en el que el tiempo nunca alcanza. O, dicho de otra manera: las vacaciones son la vida real, y lo otro —la supuesta normalidad de los días hábiles— es un pésimo exceso de la imaginación, el engaño pernicioso en el que nos obstinamos al olvidar que todo puede ser de otro modo: como hoy mismo, por ejemplo, en que se puede andar tan a gusto sin necesidad de atravesársele a nadie.
        Yo nunca sé muy bien qué hacer con las vacaciones, y pronto me descubro inventándome actividades en las que pueda atarearme lo suficiente para «sentir» que las aprovecho debidamente. Una necedad, por supuesto; pero también es, creo, el efecto de esta convención según la cual ha de haber tiempos para trabajar y tiempos para no hacer nada, y de esta otra superstición: uno sólo existe mientras no esté de inútil —de lo que se sigue que estar ocioso es una forma de desvanecerse. Pero también alcanzo a atisbar que esta existencia suspendida es preferible, y que la ciudad que así encuentro también lo es. ¿Guadalajara no puede quedarse como está ahora?
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 30 de diciembre de 2010.

Con razón

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La Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales mandada hacer y dada a conocer recientemente por el Conaculta es la corroboración documentada del deprimente estado de la materia que ya se sospechaba: que México, en resumidas cuentas, es territorio baldío, por el escaso o nulo contacto de la mayoría de la población con la cosa cultural: la evidencia estadística de un desastre que es difícil imaginar por dónde podría comenzar a remediarse, y que corona el fracaso mayúsculo de políticas educativas y culturales a lo largo de décadas. Una pésima noticia que, por lo pronto, sirve para explicarse en buena medida las condiciones que han conducido al presente estado de descomposición de una sociedad embrutecida y desolada: con razón.
        Con todo y que algunas cifras parecen (y son) escandalosas —que el 57 por ciento de los mexicanos jamás ha puesto un pie en una librería, y que el 24 por ciento no tiene un solo libro en casa—, lo cierto es que tampoco son tan sorprendentes, y sus explicaciones es fácil conjeturarlas: si el 86 por ciento de los encuestados en su vida ha ido a una exposición de artes plásticas, debe de ser porque no se entera de que existen, o sencillamente porque tiene otras cosas más urgentes que hacer (trabajar para comer, por ejemplo). Sin embargo, sí hay algunos datos más inesperados: que el 25 por ciento nunca haya ido al cine, o que el 4 por ciento afirme practicar «alguna danza tradicional». La encuesta, así, surte  misterios diversos, que conducen a uno mayor, irresoluble: ¿en qué país vivimos?
        Al margen de lo que puedan significar estas perplejidades, a mí lo que más me intriga son esas delgadas rebanaditas del pay donde quedan arrinconados los individuos pasmados, aturdidos por las preguntas indescifrables que tienen enfrente, incapaces de articular ninguna respuesta con la cual, por lo menos, salir del paso (así sea una mentira). «A la hora de elegir un espectáculo de danza», se le planteó al 17 por ciento de encuestados que habían respondido que sí, que han ido alguna vez a ver bailar a alguien —pero no en «festivales escolares de hijos o conocidos», que, a la vista de esta encuesta que los desdeña y hace a un lado, ¿entonces para qué diablos servirán, si no cuentan como «cultura»?—, «¿qué es lo primero que toma en cuenta?». La mayoría contestó, razonablemente, que «el tipo de danza»: claro, las preferencias y el gusto. Una quinta parte respondió que «el lugar donde se presenta»: aceptable respuesta, también, por razones prácticas: o voy a esto, que me queda cerquita, o voy a esto otro, que está en casa de la roña. El exquisito 10 por ciento (o los espectadores juiciosos, pues) declaró que elige basándose en «la compañía de danza» de la que se trate, y el sincero 4 por ciento reconoció que la causa de no ir es «el precio». Pero el 3 por ciento salió con que «no sabe», y el uno por ciento restante prefirió no contestar. O qué tal esto: el uno por ciento no contestó (no quiso o no pudo) si habla o no alguna lengua indígena. ¿Como ahí qué?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 23 de diciembre de 2010.

Sólo hoy

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El soundtrack oficial de la Navidad mexicana para toda la eternidad: Mijares, Arianna, Yuri, Daniela Romo, Óscar Athié, ¡Denisse de Kalafe!, Tatiana, por supuesto Pandora... ¿y quiénes son los dos que están echados en primer plano?
Se pensaría que en las circunstancias extremas de privación y miedo es cuando al ser humano se le revienta la cuerda con que está sujeta la fiera depredadora que también es: la fuerza ciega e incontenible, quién sabe si bestial o diabólica, que sólo atina a procurarse su propia preservación, acometiendo a dentelladas y zarpazos contra su entorno, llevándose al prójimo por delante y arrasándolo todo a su paso. Luego de un terremoto, en una hambruna, en la guerra; en catástrofes y conflagraciones, incluidas las estampidas en las concentraciones masivas que se salen de madre, etcétera. Aunque cuerda y cordura no vienen de la misma raíz (cordura procede de corazón en latín), que se desate la primera significa perder la segunda, de modo que perder toda sujeción equivale a volverse alguien sin corazón (quien es cuerdo es quien posee corazón, ánimo, dice el diccionario), en el sentido en que el corazón, como venía entendiéndose antes de que nadie se preguntara para qué podría servir el cerebro, es depositario del juicio y la entidad que permite reconocer a los semejantes, y reconocerse en ellos.
        Terremotos, hambrunas, guerras, etcétera. Pero la sociedad no había tocado fondo hasta que llegaron las ventas nocturnas de Navidad. Pasó más o menos así: íbamos nomás por unas pilas —unas pilitas triple A, para el control remoto de la tele: unas pilitas sin chiste. La primera señal, que ignoramos (y luego la cosa no tuvo remedio), fue la fila de coches para entrar al estacionamiento. Los excesivos minutos y cuartos de hora para encontrar lugar, pero igual habríamos tardado otro tanto en hallar escapatoria, si se nos hubiera ocurrido: había empezado a operar una obstinación irrefrenable por llegar: segunda señal, ese empecinamiento inexplicable. Sin querer (¿pero teníamos todavía algo de voluntad?), nos descubrimos al pie de la mole iluminada, a cuyos pies el rugido de la masa se intensificaba por la música en las bocinas gigantescas: la tercera señal, y la definitiva: los villancicos de Pandora, que cuando suenan (siempre, cada año) han de ser reconocidos como las trompetas del Juicio Final. Fuimos, por supuesto, engullidos, y antes de percatarnos ya habíamos sido rociados por perfumes varios, que no conseguían mitigar los miasmas de la muchedumbre que circulaba lentamente y vociferaba y se agitaba cada vez más. En las escaleras eléctricas, incompetentes, hubo que usar cierta violencia: una señora gorda y frenética a la que había que contener; un señor valiéndose de sus bultos para abrirse paso; algún niñato cretino que quería correr. Codazos, empujones, y por encima de todo eso las matemáticas sutiles que ya habíamos comenzado a hacer: 18 meses sin intereses y 20 por ciento en monedero electrónico, o bien 6 meses y el 25 por ciento, o el descuento irresistible si se pagaba al chaschás. ¿Pagar qué? Lo que fuera. Todo. La tienda entera. Al final, la obnubilación: adiós, cordura. Íbamos por unas pilitas. Salimos vivos: cómo, quién sabe. Y con un refrigerador, pero vivos al fin.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de diciembre de 2010.

Secretos

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Al margen de la suerte que llegue a correr el protagonista principal de la formidable travesura que ha desatado las iras y la paranoia de los poderosos del mundo, empezando por Estados Unidos, y de las dimensiones novelescas que la historia de dicho individuo, Julian Assange, llegue a adquirir en la imaginación del mundo que va viéndolo como un héroe o un mártir, lo ocurrido —y lo que seguirá ocurriendo— a raíz de las filtraciones de Wikileaks es fascinante, entre otras muchas razones, precisamente por cuanto ha potenciado la imaginación de un planeta (o bueno: de la reducida proporción informada de los habitantes del planeta) que va descubriendo cómo ha dejado de existir la noción de lo secreto, y que apenas está por enterarse de las consecuencias que traerá consigo esta nueva circunstancia: como ha apuntado más de alguno en el torbellino de noticias y suposiciones que tienen lugar en estos días: Wikileaks te parecerá muy bien hasta que alguien tome y disperse a los cuatro vientos lo que no quieres que se sepa de ti.
        Los secretos «ventilados» en los cables sustraídos al Departamento de Estado de Estados Unidos, como bien ha observado Umberto Eco, tienen en realidad poco de secretos, pues a lo sumo son corroboraciones de lo ya sabido o lo ya imaginado: que el Estado mexicano, por ejemplo, está perfectamente al tanto de su vulnerabilidad y que los gringos están al pendiente también de sus incertidumbres y traspiés. Eso no es novedad: lo emocionante es que ahora haya constancia de ello —y es que el escándalo ha crecido sobre una reacción emocional según la cual es motivo de alegría que los malos, los corruptos, los ineptos y los abusivos se vean desenmascarados. También lo señala Eco: los servicios secretos no trabajan más que en consignar lo obvio, y acaso ése haya sido el golpe más duro, y no sólo para la diplomacia estadounidense, sino para todos los que detentan el poder en cualquier ámbito y en cualquier escala: ya nada tiene por qué quedar oculto para siempre, aun cuando lo que se pretenda ocultar sea absolutamente trivial. Y si parece que hay algo que todavía no se sabe, la imaginación —liberada, irrefrenable— se encargará de formularlo para completar de cualquier modo la realidad.
        No hay secreto que no busque su propia extinción. En internet funciona, desde hace años, el proyecto PostSecret: un tablero donde regularmente van publicándose las postales de remitentes anónimos que, por las razones que sea, quieren comunicar un secreto al mundo. Un ejemplo al azar: una postal de Las Vegas en la que se lee: «Cuando yo tenía 12 años, mi hermana se fue de casa. Yo sabía a dónde se había ido porque leí su diario. Nunca se lo dije a nadie. Nadie ha sabido de ella desde entonces». A veces son confesiones estremecedoras (¿pero son confesiones en realidad?). Al publicarse, ¿esas informaciones privadísimas dejan de serlo? Quizás lo más impresionante es imaginar por qué sus autores no se las pueden guardar.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de diciembre de 2010.

Una feria por reinventarse

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Foto: © Cortesía FIL / Diego Zavala Scherer.
 
Uno de los personajes que más llamaron la atención de los visitantes a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2010 —edecanes aparte— fue Walter Hudson. No portaba gafete que lo acreditara como participante en ninguna de las actividades de los diversos programas que tuvieron lugar en el recinto ferial y en las numerosas sedes de la feria en la zona metropolitana de Guadalajara; tampoco formó parte de la delegación del Invitado de Honor de este año, Castilla y León, pero es seguro que se le tomaron más fotos, digamos, que al grupo Café Quijano (el one-hit-wonder resucitado que los españoles trajeron como número estelar para la cartelera de conciertos y espectáculos), al cantante Diego Verdaguer o al mismísimo Güiri-Güiri, también figuras notables —pero no tanto como él—; Hudson tampoco fue ninguno de los autores de best-sellers que tomaron los pasillos de Expo Guadalajara para firmar ejemplares a sus multitudes de fans, y es más: ni siquiera necesitó moverse de donde estuvo los nueve días de la feria...

Si quieren saber quién es el señor Hudson, pasen por favor por acá para seguir leyendo:Letras Libres. Blog de la redacción

Ya estuvo bien

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Foto: © FIL / Guillermo Gálvez

El año entrante la FIL alcanzará un cuarto de siglo. La ocasión debe representar una responsabilidad especial para sus organizadores —empezando por Raúl Padilla, quien quizás ha estado demasiado atareado desgreñándose con el Gobernador, y también afanándose con el Centro Cultural Universitario, y con la televisión universitaria, y con la nueva feria de Los Ángeles, y con las mil empresas que encabeza, como para prestarle la suficiente atención a la Feria Internacional del Libro, que este año salió tan aplatanada y fue tan desairada. Los veinticinco años que se cumplirán son el momento idóneo para redefinir muchas cosas: desde el marco físico de la feria y las condiciones en que se desarrolla —instalaciones, las de Expo Guadalajara, que tienen mucho tiempo siendo insuficientes; el personal que guarda el orden y tendría que prestar servicio al público, tan pobremente capacitado; la comida, tan cara y tan mala, etceterísima— hasta el diseño del programa literario, que año con año viene siendo una mala variación de sí mismo (y ya se vio lo que pasa: Carlos Fuentes no puede venir y la feria queda como atirisiada), y pasando desde luego por el papel del Invitado de Honor (que Castilla y León desempeñó esta vez con evidente desinterés: Café Quijano, ¡eso qué!) y, particularmente, por lo que vienen a hacer las editoriales aquí: traen los mismos inventarios, no entienden que la gente no compra libros caros, etcétera.
        Entiendo que a la FIL lo que más le importa es ser escenario de negocios para el mundo editorial en español, pero sucede que también es un festival cultural indispensable para Guadalajara, para la UdeG y para el país entero. Y que hay cientos de miles de visitantes que vienen buscando eso. Ojalá que la presencia de Alemania, en 2011, fortalezca a la feria, y que ésta empiece a reinventarse de una buena vez, dejando de lado vicios, frivolidades y necedades (como traer camiones de estudiantes acarreados, por ejemplo). Ha valido mucho la pena lo que se ha logrado en todo este tiempo: ojalá que el año entrante nos despidamos más contentos que ahora.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, de Mural, el domingo 5 de diciembre de 2010.

Unos van, otros vienen

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Prueba de lo aburrida que puede estar la feria (bueno, lo que tiene que ver con los libros en la feria), esta zona donde hay siempre raza jugando jueguitos de video. Foto © Cortesía FIL / Diego Zavala Scherer
Hoy es día que está el Güiri-Güiri en la FIL, y se me hace que voy a acabar metiéndome. ¿O mejor iré con Valentina Alazraki? ¿O con Mara Patricia Castañeda? No, bueno, no es para tanto. Pasa que el segundo fin de semana de la feria siempre tiende a ponerse desguanzado, y por más que se espulgue el programa de actividades es muy complicado hallar algo verdaderamente interesante (ya no se diga emocionante o imprescindible). Pero tampoco es manda, y finalmente —quiero suponer— lo que más importa son los libros: encontrarse con ellos, para ver si nos eligen... Y meterse a cualquier cosa nomás por la ilusión de aprovechar la ocasión termina siendo triste.
    He notado un fenómeno curioso a raíz del gran número de ausencias que han caracterizado a esta edición de la feria. Además de las irremediables (Carlos Monsiváis, José Saramago y Tomás Eloy Martínez, que sin embargo no estuvieron del todo ausentes por los homenajes que se les hicieron), estuvieron las imprevisibles, que fueron más irreparables porque aun cuando Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa  y José Balza enviaron videos o mensajes, y con los dos primeros sus comparsas (Guillermo del Toro y Xavier Velasco) se afanaron por entretener, sí me quedó la impresión de que la gente se desanimó y eso acabó menguando la asistencia este año. Pero lo que quería decir es que, en vista de esos faltantes, hay como una nueva división de personajes que va tomando el relevo para la delicada misión de rellenar los salones: figuras versátiles que además parecen tener el don de la ubicuidad, y que comparecen en un buen número de presentaciones a lo largo de casi todos los días: Jorge F. Hernández, los Taibitos, Ignacio Padilla, los editores de Sexto Piso... Ya los sueño.
    A seguir viendo libros, mejor. Hay que afinar el olfato, para encontrar joyitas: por ejemplo, en el área internacional hay unos stands chiquitos que tienen, arrejolados como para que nadie los pele, títulos muy estimables. Y no desdeñar la Estación de Bolsillo, donde también. Ni modo: no conforme con la venta nocturna (ya diré cómo me fue ahí)... Lo que es no tener llenadero.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el sábado 4 de diciembre de 2010.

A fuerzas

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Los Taibitos. O, como bien dice mi camarada Ramón Castillo: el Circo Ataibo Hermanos. Foto © FIL 2010 / Natalia Fregoso.

En el camino, por la radio del coche oigo que entrevistan a preparatorianos acarreados a la FIL: que vienen a fuerzas, que el maestro los amenazó, que lo único que les importa es la asistencia. Llegando veo que también les importa —y cómo no— venir a echar desmadre. Hasta me pareció que me había equivocado y había llegado más bien a una manifestación afuera de Casa Jalisco. Es lo habitual, claro, pero no deja de ser un fastidio. Lo paradójico es que, con las multitudes sudorosas, gritonas y correlonas de chamacos que obligan a llenar estas mañanas de la feria, es posible ponerse a ver libros muy a gusto: como los libros son lo que menos les interesa... Basta con eludirlos por los pasillos y en los actos a donde los hacen meterse, por ejemplo en el show cómico musical de los Taibos, atestado de un público adolescente incapaz de ponerles atención —y eso a pesar de que los Taibitos en una de ésas hasta se arrancaron a cantar.
    Exagero, desde luego: sí hay jóvenes a quienes les interesan los libros, pero hay que ver qué libros: voy enterándome, por ejemplo, de que existe una escritora llamada Tonya Hurley, y que es, por lo visto, exitosísima: lo descubro cuando paso por el stand donde la han sentado para que desfile delante de ella una turba de jovencitas alborotadas con tal de que les firme un libro que se llama Ghostgirl. En la vida.
    Hoy es la venta nocturna, y si sale como el año pasado, valdrá mucho la pena resignarse a los tumultos a fin de aprovechar los descuentos. Ya tengo mi listita, y espero que más editoriales entren en razón y aprovechen también la ocasión (la distribuidora Azteca, por ejemplo, en el área internacional); después de todo, ¿les conviene regresarse con lo que trajeron, no sería preferible aligerarse de sus mercancías? Por lo demás, hoy se presenta Antonio Gamoneda, en compañía de Juan Gelman: Gamoneda, la estrella indiscutible de la delegación de Castilla y León (misma a la que no he pelado gran cosa, es cierto, pero es que nomás no se me antoja), es uno de los más altos poetas vivos, y no hay que perdérselo.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el viernes 3 de diciembre de 2010.

Chocolate

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Foto: © FIL Guadalajara / Gonzalo García Ramírez

Ya que he conseguido cruzar el ecuador del miércoles en la feria, tengo la sensación de que he dejado atrás numerosas actividades a las que me habría gustado asistir: me perdí, por ejemplo, de la presencia de Juan José Millás, que tan bien me cae (uno de los españoles más simpáticos de los que vinieron este año, vamos, y a quien estimo particularmente por los reportajes en que se convierte en la sombra de alguien: un periodista imaginativo y que además escribe estupendamente, cosa rarísima); a cambio, como me lo propuse, he preferido ingresar a presentaciones que acaso tengan menos relumbrón, y que en realidad no me han defraudado —bueno, sí fue un poquito decepcionante conocer al Conde Siruela, editor de libros imprescindibles que ahora se ha embarcado en una empresa más íntima, también editando libros que también podrán ser imprescindibles, pero que yo no alcancé a figurarme del todo en la conversación que sostuvo con Julio Patán.
        Entre las cosas mejores de la FIL está la posibilidad de encontrarse con los amigos (muchos de los cuales sólo es posible verlos ahí, año tras año). Y esto me lleva a reparar en que hay que comenzar a contar también las ausencias: la tristísima de Arturo Suárez, por ejemplo, que tradicionalmente presentaba aquí su Canutero dedicado al Invitado de Honor: ausencias que sí pesan —y no como la de García Márquez, la Botarga Bigotona, que ni vino ni nadie lo ha echado de menos. Pero anoche constaté que la FIL sigue oliendo a chocolate (por la fábrica vecina), y eso ha de ser una buena señal.
        Hoy, recuperado el resuello y disponiéndome a apurar la segunda mitad de la feria, me la pensaba llevar más tranquila: un ratito a gusto en el Salón de la Poesía, donde estará Jorge Esquinca... pero también a esa hora estará Fernando Arrabal (cineasta, dramaturgo, poeta, hasta malabarista ha de ser: un tipo fascinante), así que habrá que correr de un lado a otro. Y sacarle la vuelta a José Agustín, Xavier Velasco y demás presentaciones donde es muy posible que haya multitudes adolescentes, de las que los jueves y los viernes saben traer por carretadas.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el jueves 2 de diciembre de 2010.

Enigmas

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Foto: © FIL Guadalajara / Ana Karen Reyes

Las razones que la gente tiene para comprar libros (y quizás empezar a leerlos, a veces terminar de leerlos y otras veces para comprar más) son frecuentemente enigmáticas y hasta insólitas. En ocasiones, desde luego, son obvias: hacerse de un libro siguiendo una recomendación, que es lo más habitual, pues al confiar en el juicio de quien ya lo ha leído se cuenta con alguna garantía y también con un aliciente para leerlo por cuenta propia (y, en el peor de los casos, con alguien a quien reclamarle si el libro fue un fiasco, o alguien a quien agradecer si resultó al menos satisfactorio); también está claro por qué alguien se resigna a entrar a una librería para pedir expresamente un título indispensable para hacer algo en concreto: llevar un curso de álgebra, salir de pobre, bajar la lonja o preparar bombas molotov. Más raro, pero no descabellado, es el caso de quien elige guiándose por algo parecido a la intuición, pero que en realidad es el eco de cierto borroso conocimiento (la memoria, la experiencia, el descuido) por el cual algún autor «le suena», de modo que al encontrarlo se aventura, a ver qué tal —y este lector, igual que el que busca determinado libro perfectamente al tanto de lo que podrá esperar de él, suele estar movido por la intención de procurarse una experiencia de disfrute: compra (y lee) porque quiere, y casi sólo por eso.
        Hay, sin embargo, quien procede por sospechas vagarosas que acaso sean inducidas por el ambiente (la escuela, los conocidos, la publicidad y demás influencias perniciosas): gente que entiende que leyendo se resuelve la vida y que hay libros —a cuyo encuentro va, movida por una fe sincera— hechos sólo con respuestas, incluso para preguntas que todavía no se han formulado; o también están quienes han decidido sus gustos y sus preferencias antes de haber leído lo suficiente (pero ¿cuánto es suficiente?), o de plano nada, y piensan —o creen, más bien—, que lo suyo es «la novela histórica», o «las historias de misterio», al tiempo que descartan de antemano cosas como «muy descriptivas», o «muy filosóficas» —las clasificaciones huecas que engloban lo que no saben que no les gusta, pero no les gusta, de cualquier modo. Pero quienes más me intrigan son quienes se proponen leer sin atinar a explicarse por qué querrían leer nada.
        Más peliagudo es identificar las razones que puede tener alguien para escribir —y a menudo para publicar. En lo que respecta a quienes han hecho de tal actividad su oficio, podrán justificarse como sea y según vaya exigiéndolo la ocasión... y tales justificaciones siempre habría que verlas con suspicacia, pues es un hecho que pudieron haberse dedicado a otra cosa. Pero un cineasta, una golfista, una actriz o un político que de un día para otro sale con su engendrito (memorias o confesiones, que es lo más común, pero también una novela o un puñado de versos)... ¿Será que prevalece una suerte de fe mayúscula en el libro como la forma mejor de perdurar? ¿O será que hay quien escribe nomás cuando ya no halla nada más que hacer?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 2 de diciembre de 2010.

Qué necesidad

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Esta foto no tiene que ver con la columna de hoy, pero cómo me iba a resistir a publicarla. Es Jorge F. Hernández, un habitué de las presentaciones de libros. Foto: © FIL 2010 / Paola Villanueva Bidault.

Las presentaciones de libros, en la FIL como en cualquier lugar, por lo general parece que se hacen porque no hay más remedio, es decir: porque es costumbre que, cuando un libro se publique, automáticamente se presente —con tal de que se sepa de él, claro, y para que dicha publicación gane resonancia mediática. Estos actos se celebran observando un ritual que admite pocas variaciones (uno o más comentaristas hablan sobre algo que la mayoría de los presentes no conoce, el autor hace lo propio y lee, la gente aplaude y de vez en cuando hace preguntas, y tantán), y a veces salen bien —el público se entera de lo que es el libro, se anima a leerlo—, y a veces no. En la feria, en particular, las presentaciones enfrentan varias dificultades: se difuminan en la multitud de actividades que hay, por ejemplo —y al final es muy fácil perdérselas, o ni siquiera saber que tuvieron lugar—, y son contrarreloj (también porque son muchísimas), todo esto además del trajín propio de la feria, por el que hay gente entrando y saliendo todo el tiempo, o los celulares repiqueteando (y desconsiderados que los contestan y se ponen a platicar). El lunes fui a la de El corazón es un gitano, de Rafael Pérez Gay. Espero que el libro sea bueno —por eso lo compré—, pero lo espero porque este autor me gusta mucho, no gracias a lo que oí en la presentación, y mucho menos por la lectura accidentada que pusieron a hacer a la actriz Blanca Guerra —que eso se ha puesto de moda: llevar a una estrella para que la ocasión relumbre, aunque lea tan mal: qué necesidad. 
       Este miércoles, mi prioridad es entrar a la conversación que sostendrán en la nochecita Enrique Krauze y Ricardo Piglia, en concreto por la presencia de este último, uno de los autores más atractivos de la literatura argentina actual (y de la literatura en castellano toda). También me apunto a la presentación del nuevo libro de cuentos de Daniel Sada, maestrazo. Y a seguir viendo libros, para ir localizando los que acaso llegue a comprar en la venta nocturna del viernes —que, con los precios que hay antes de entonces, más vale no alocarse y tener tantita paciencia.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el miércoles 1 de diciembre de 2010.

Profesionales ¿de qué?

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Seguramente muy pocos, por la foto, ubicarán a este señor. Pero es la ocasión de conocerlo. Es Phillip Lopate, un formidable ensayista, que se presenta hoy en la FIL.
Hace algunos años que me he omitido de los cocteles, las fiestas y demás extensiones presumiblemente bulliciosas de la FIL (además porque no me invitan). Parece que buena parte del atractivo que encuentran muchos de los asistentes habituales a la feria radica, precisamente, en lo que ocurre por las noches: una pulsión generalizada que mueve taxis por toda la ciudad llevando y trayendo editores, escritores, periodistas y demás fauna en búsqueda de las anécdotas, regadas con mucho alcohol, que nutrirán las sobremesas del día siguiente. Y no es que esté mal, qué va: sólo que hay que tener vocación para eso.
    Nunca me ha quedado del todo claro qué ha de entenderse por «profesionales del libro»: ese sector para el que la feria está reservada lunes, martes y miércoles, de modo que sus integrantes puedan moverse libremente para cerrar sus negocios. Podría pensarse que caben, en esa definición, los libreros, los agentes, los editores, los bibliotecarios. Pero la cifra de quienes llevan la etiqueta me hace pensar que no es sólo esa gente: en 2009, a la FIL —según la propia FIL— habrían venido 17 mil 112 «profesionales del libro». ¿También cuentan edecanes, cargadores, jalacables, repartidores de volantes, etcétera?
    Hoy martes pienso entrar a la mesa redonda en que, por fin, Octavio Paz tendrá presencia en la feria: hay que recordar que no ha habido ausencia más grande que la suya, pues nunca se consiguió hacerlo venir a Guadalajara. También iré con Fernando Vallejo: un caso curioso de escritor que debe su popularidad, en buena medida, al hecho de ser un misántropo fenomenal (además de ser buen escritor, claro está). Por lo demás, dos recomendaciones: la presentación de Papeles falsos, el estupendo primer libro de Valeria Luiselli, una muy buena ensayista mexicana, y la de Retrato de mi cuerpo (también ensayos), de Phillip Lopate: un estadounidense que vale muchísimo la pena conocer. Conviene asomarse a actividades como éstas, discretas pero seguramente memorables, y, lo dicho: sacarle la vuelta a lo consabido y lo espectacular.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el martes 30 de noviembre de 2010.

Joseph Brodsky: del Báltico al Adriático

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Llueve en Venecia, una fina lluvia va intensificando la soledad de las plazas y de los callejones, oscurece la piedra de las fachadas, acalla las breves olas del Adriático que se resignan a ingresar en los canales, filtra la desganada luz solar que da a la hora consistencia de sueño o de incertidumbre. Un hombre de gabardina está sentado contra una pared, deja ir una mirada triste que regresa con algún motivo que le pone una fugaz sonrisa en los labios, lleva la cabeza descubierta y espera...

También esto sale en el nuevo número de Magis, que acaba de aparecer. Si gustan seguir leyendo, por aquí, por favor.

J. K. Rowling: el hechizo de la lectura

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Como por arte de magia, varios acontecimientos importantes tuvieron lugar recientemente en torno a quien quizá sea el personaje literario que ha alcanzado la mayor fama en el tiempo más breve: Harry Potter. Primero, el pasado 1 de noviembre, la editorial Bloomsbury, del Reino Unido, puso a la venta una nueva edición de los siete volúmenes de la saga del joven mago. El atractivo de este lanzamiento es que las portadas de los libros han sido rediseñadas, y cada una lleva una ilustración de la artista Clare Melinsky (solamente eso, pero con eso ha bastado para generar la suficiente expectación). La edición, que lleva el nombre de Signature, “atraerá a la nueva generación de lectores que no ‘crecieron’ con Harry Potter y que no han experimentado aún la emoción de la vida en Hogwarts”, según el comunicado de prensa de la editorial...

Para seguir leyendo, pasen por acá, por favor, al nuevo número de Magis.

¿Y «Julia Roberts»? Feliz

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Es seguro que quien visita por primera vez la Feria Internacional del Libro de Guadalajara queda asombrado por su magnitud, por su dinamismo, por las diversas multitudes que pueblan durante nueve días las naves gigantescas de Expo Guadalajara y por el hecho, hasta cierto punto insólito en un país de tan escasos lectores y tan precarias condiciones para la supervivencia de la industria editorial, de que semejante movimiento tenga su razón de ser en el comercio de libros. Las cifras que da la organización de la Feria ayudan a ese asombro: en 2009 se contaron más de 600 mil personas que acudieron, hubo 455 presentaciones de libros, casi dos mil editoriales tuvieron presencia, etcétera. Para este año, la previsión es que los profesionales provenientes de 43 países cierren negocios por más de 33 millones de dólares, que entren otros nuevos miles de almas a recorrer los pasillos atestados y, posiblemente, a ver y escuchar a algunos de los 500 “autores e intelectuales” que vayan compareciendo en los numerosos salones del recinto ferial, pero también del hotel vecino, de varios campus de la Universidad de Guadalajara y de otros espacios de la ciudad (camellones, museos, teatros, hasta un lienzo charro), y todo esto además del programa de espectáculos que contribuye a hacer de la feria un festival cultural ambicioso y, lo dicho, impresionante para quien la visita por primera vez...

Para seguir leyendo, pasen por acá, por favor: Letras Libres. Blog de la Redacción

Reglas que no son reglas

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Los académicos: que siempre no, que escriba cada quien como cada quien guste.

Qué risión, la tarde del sábado, con la presentación del libro El tiempo apremia, de Francisco Hinojosa. Atorado en el tráfico —consecuencia, quizás, del caos que debemos agradecerle los tapatíos al ocurrente que nos enjaretó el «espectáculo» de las marionetotas horrendas en el centro de la ciudad: bonita tomadura de pelo—, el autor sólo alcanzó a llegar en el último momento, ya que Jis y Trino se habían dado vuelo diciendo sandeces muy divertidas. Pero antes llamó por teléfono, y así pudo intervenir tantito, en el altavoz. «¡Ya voy por el Caballito!», avisó, con lo que seguramente quiso decir que ya venía por los Arcos del Milenio. Divertidísimo.
        Es lo que hay que proponerse en la feria, digo yo: divertirse con lo que vaya uno hallándose, que las ocasiones abundan. Por ejemplo ayer, en el acto de «adhesión» de las 22 Academias de la Lengua Española a la nueva Ortografía razonada. De lo que nos venimos a enterar: que el revuelo ocasionado por las nuevas disposiciones de estos señores (ya se sabe: que «solo» ya no va a llevar tilde, etcétera) habría sido culpa de malentendidos alentados por la prensa, que —según explicó José G. Moreno de Alba, el director de la Academia Mexicana de la Lengua— habría dado más resonancia de la debida a asuntos que apenas estaban discutiéndose (y que imprudentemente habrían dejado escapar los señores académicos, reunidos en San Millán de la Cogolla para sus sesudos trabajos). Luego, que las Academias no mandan: sugieren. O sea que hacen reglas que no son reglas, porque a fin de cuentas cada quien podrá poner los acentos gráficos cuando le resulten indispensables. Una pura risión, también. Y yo quedo pensando: ¿por qué necesitamos a estos señores, y por qué tenemos que estar haciéndoles caso?
        Ay, Guillermo del Toro. Claro: fans al por mayor, que le celebraron cada palabrota y cada ocurrencia. El cineasta reconoció ahí que él no lee novelas. Así ha de estar la que escribió y vino a presentar —y que ni siquiera escribió solo. Cosa que no impidió, desde luego, el tumulto que se le juntó para que firmara ejemplares un rato después.
Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el lunes 29 de noviembre de 2010.

«¿Óyeme, mi Lola?»

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Lo malo de tener un historial como visitante consuetudinario a la FIL es, primero, que todo mundo te toma como módulo de información ambulante: me la he pasando dando horarios, señas y explicaciones, como si yo trabajara aquí. Lo segundo es que se vuelve escaso el margen de sorpresa, y regresar cada año equivale a constatar cómo casi todo está donde mismo: las mismas editoriales con sus surtidos precarios y carísimos, por ejemplo. O el acto inaugural, que sólo admite pequeñas variaciones... y quizás las más notables esta vez fueron que el Rector abrió en plan dramático, lamentándose del pleito que la UdeG tiene con el Gobierno de Jalisco, o que la señora Glantz pronunció un discurso que quiso ser desenfadado y acabó siendo —digo yo— frivolón y despeinado, y que nomás sirvió para que el secretario Lujambio se pusiera ingeniosito e improvisara algunas payasadas.
        Que Carlos Fuentes no viene, caray (como tampoco Vargas Llosa, que tuvo que cancelar porque necesita que le tomen medidas para el frac). Si la feria resiente esas ausencias —y creo que sí las va a resentir— es por lo mucho que se apuesta a figuras así: cómo por sólo apersonarse, con cualquier pretexto (una ópera, un libro de vampiros), garantizan la asistencia masiva de fans. Ni modo. A lo que sigue. Hoy es tentador acercarse a la reunión en que las Academias de la Lengua Española «sancionarán» la nueva ortografía, con los cambios que tanto ruido han levantado. Yo he oído que habrá gente ahí —hispanohablantes indignados— protestando en toda forma: a ver si no les va como a los antipadillistas de ayer.
        El pabellón de Castilla y León no lo entiendo: ¿no les avisaron que tenían que lucirse, poner algo siquiera bonito? ¿Sí sabe el Invitado de Honor que tiene el espacio principal de la feria? No quisieron gastarle nada. Y dispensarán mi ignorancia, pero pensando en los espectáculos de la explanada, ¿qué Café Quijano no es un one-hit-wonder? O sea, un grupito de ésos que nomás pegaron con una canción. Y además ya hace ratísimo. Para ese caso mejor nos hubieran mandado a Enrique y Ana, o algo por el estilo.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el domingo 28 de noviembre de 2010.

Hay prioridades

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Julia Roberts (Margo Glantz) mira con embeleso a su Brad Pitt (Alonso Lujambio, aunque quién sabe por qué este se puso de Brad Pitt: ¿qué tiene que ver con Julia Roberts? Lo que causa la urgencia de ser chistosito). Lo que sea que se ve a un lado, aplaudiendo, es —parece— Chelo Sáizar. (Foto © FIL 2010 / Michel Amado Carpio).
 
Veinticuatro años y contando. A veces me da por pensar que Guadalajara sería muy distinta de no haber existido nunca la FIL, pero lo cierto es que tal conjetura habría que circunscribirla a los habitantes de la ciudad que, a lo largo de casi un cuarto de siglo, hemos disfrutado estos otoños de encuentro con los libros y con lo que se arma en torno a ellos: sí que seríamos otros, no cabe duda —seguramente seríamos peorcitos—, y por eso lo primero es celebrar que la feria haya prevalecido y prosperado, y que hoy podamos nuevamente estar aquí, para que comiencen a correr estos nueve días en que no faltarán las ocasiones para el feliz hallazgo (algún título, algún autor, algún espectáculo, etcétera), como siempre es inevitable que ocurra.
       Para acudir con mejor fortuna a esas ocasiones hace falta espulgar concienzudamente el programa de este año: llegandito a la Expo, definir prioridades y saltarse aquellas actividades predecibles, demasiado espectaculares, caprichosas, protagonizadas por los mismos monos de siempre haciendo gracias parecidas o nuevas, para preferir más bien a quienes vienen por primera vez —y quizás por única vez—, con tal de que la visita sea de más provecho. Ejemplo: ahora a Carlos Fuentes (a quien la FIL le da gusto en todo: hasta cuando quiso hacer una ópera se la hicieron) lo que se le ocurrió fue ponerse a hablar de vampiros con Guillermo del Toro: qué caso tiene —como no sea por la posibilidad de que el señor vaya a llegar vestido de Chiquidrácula. Mejor eludir la multitud que seguramente estará ahí, y ver más bien si hay cupo en el Salón de la Poesía, donde a esa misma hora estará Eduardo Lizalde: un autor verdaderamente imprescindible.
       No me quito de la cabeza que el Premio FIL podría estar recibiéndolo hoy Claudio Magris, pongamos, o cualquiera de los incontables altísimos escritores que pudieron merecerlo. Pero se lo dieron a esta señora, y ya qué. Por lo demás, el contingente de Castilla y León viene bien surtido, y seguramente ahí hallaremos lo mejor de la feria. Espero. Y en los libros, claro, que entre tanto barullo y tantísimas actividades es donde más a gusto se puede estar.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el sábado 27 de noviembre de 2010. 

Fugaces

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 William Faulkner, encantado de posar.

Hay gente —no tanta, pero algo— a la que le gusta ver a los escritores en persona; hay escritores —muchísimos— a los que les gusta dejarse ver por la gente. Y por la convergencia de esos dos gustos se explica, supongo, la modalidad de promoción de los libros que consiste en poner a uno o a varios escritores delante del público, para que éste los vea y escuche lo que sea que tengan que decir (y les pida que firmen libros, que se dejen tomar fotos, que saluden como si fueran en un carro alegórico, los increpe, etcétera). Por razones misteriosas —o evidentes, ahorita vemos por qué—, los escritores pasan por celebridades en estas ocasiones, así escaseen entre el público sus lectores, e incluso personas que sepan quiénes son. Habrá incontables motivos por los que alguien (que acude, pongamos, a la presentación de un libro, a una conferencia, a una firma de autógrafos) quiera constatar que existe, en carne y hueso, quien no parece existir lo suficiente por el solo hecho de disponer del nombre con que rotula sus libros: quizás por cotejar la imaginación con lo que pueda ofrecer la realidad (¿cómo será este señor que escribe semejantes linduras?); tal vez por asegurarse de que hay alguien detrás del nombre, para saber a quién agradecer o a quién culpar (¿cómo será éste que escribe semejantes sandeces?). O por la pura ociosidad, que tampoco es tan rara: se podría levantar encuestas al final de cada presentación para saber bien cuántos espectadores han acudido por obligación (parentesco, amistad, quedar bien), y cuántos nomás entraron a ver qué —porcentaje que sería bastante elevadito.
        Estrellas fugaces, los escritores expuestos quedan automáticamente investidos de un prestigio y una autoridad para los que no necesitan más que ponerse ahí, frente al sillerío, de preferencia sonrientes y dejándose mimar por los flashes y la atención de los presentes. Aunque hay excepciones en las que ir a verlos tiene sentido —igual un provecho muy particular e incomunicable, después de todo por algo existen los fans—, lo cierto es que la cosa tiene mucho de frivolidad. Total: ahí están los libros, que deberían ir por delante del mono que los hizo.

Hacia la FIL V

A propósito de frivolidades, ¿irá a estar el Gobernador González («Emilio» que le diga el Rector) en la inauguración de la FIL? Porque como está enmulado con la Universidad de Guadalajara, capaz que hace el desaire. Siempre son indeseables las visitas de los funcionarios, de cualquier nivel, porque por lo general son aparatosas y entorpecen la circulación, además de que no sirven de nada. Ojalá que a nadie se le antoje ir a pasearse y a lucirse —aunque está difícil, porque la cercanía con los libros es un adorno irresistible para políticos y bichos parecidos. Por lo pronto, a alistarse para estar ahí, desde este sábado, y a disfrutar lo que haya de disfrutable, que la FIL sigue siendo, antes que de nadie más, del público que asiste.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 25 de noviembre de 2010.

La loca

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Las imprecisiones y las oscuridades de las versiones escritas de la historia sólo hay manera de enmendarlas mediante conjeturas e imaginaciones, y a veces éstas son más legibles e iluminadoras que cuanto consta en los registros que buscan fijar lo ocurrido. Lo que llegamos a entender dentro de la inabarcable y movediza idea de la Revolución Mexicana consiste, después de todo, en una gigantesca conflagración de malentendidos, suposiciones, conductas frecuentemente inexplicables de sus actores principales (o inexplicables, digamos, en vista de la distancia que podía haber entre lo que suponemos como sus idearios y lo que conocemos como sus acciones), y como fondo de todo la nación zarandeada incesantemente por un estado de confusión que se ha prolongado hasta nuestros días, y que de seguro nos sobrevivirá por muchas generaciones más.
        Carezco de precisiones, pero sé que mi papá nació unos años antes del estallido de la Revolución Mexicana (mi abuelo, que también fue padre tardío, debió de haber nacido mediado el siglo 19, y a mi bisabuelo le habrá tocado ver los últimos estertores de la Colonia y el origen de la nueva nación). De modo que cuento con información de primera mano, aunque no exista forma de autentificarla (documentalmente, quiero decir). Poco antes de ser encarcelado en San Luis Potosí, durante su campaña presidencial, Madero pasó por Salamanca, donde se celebró un breve mitin en el que el candidato ni siquiera se bajó del tren: desde el último vagón habrá pronunciado un breve discurso, o se habrá limitado a salir a saludar. El caso es que una mujer del pueblo, llamada Josefa (madre de familia, respetable), vio a Don Panchito y enloqueció de amor. Literalmente. El tren partió rápido y ella corrió detrás de él, violentamente olvidada de todo y sin que nadie pudiera hacerla entrar en razón. Mi abuelo, hombre prominente y jefe político del lugar, no tuvo más remedio que hacerse cargo de ella: en el patio de su casa le mandó construir un albergue —marido e hijos se desentendieron de ella—, y ahí la mantuvo. Era una jaula. Y ésa, básicamente, es la idea mejor que siempre he tenido de la Revolución (siempre: desde que alguna vez mi papá me llevó a conocer la que había sido su casa, en el centro de Salamanca, y me  señaló el lugar donde tenían enjaulada a la enamorada): una loca arrebatada de súbito y de la que no volvió a saberse nunca más.

HACIA LA FIL IV
La FIL sirve más para encontrar libros que para buscarlos, y conviene más interrogar a los estantes que a los dependientes de las librerías —o no sabrán cómo dar con el título que uno pide, o bien no lo tendrán en existencias. En el sitio web de la feria hay un buscador, y también en el recinto ferial hay computadoras para tal efecto, pero la información que así se obtiene siempre es insuficiente, no sé si porque las editoriales no proporcionan sus catálogos, o porque no se actualizan. Habría que mejorar eso. Mientras, conformarse con ir a ver qué se halla.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 18 de noviembre de 2010.

Obvio

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No puede ser más obvio: para que la gente se anime a acercarse a los libros, e incluso a tomarlos, hojearlos y, en una de ésas, encontrar en sus páginas alguna felicidad, algún descubrimiento, una irresistible razón cualquiera para ponerse a leer, lo único que hace falta es que los libros estén al alcance de la mano: a la pasada, vamos, por donde demos con ellos, cruzándose en nuestro camino. No tiene sentido esperar a que la gente entre en las librerías, y mucho menos a que concurran en un momento dado las numerosas, misteriosas y sofisticadísimas razones que son indispensables para internarse en una biblioteca. Más obviedad: si, además de animarse a tomar un libro, hojearlo y encontrar quizás lo que ya dije —a veces la mayor felicidad de tener un libro en las manos consiste en el solo hecho de tener un libro en las manos, y si no hay que verle la cara a un niño que sostenga un ejemplar que le haya llamado la atención por sus colores, su forma, su sabor, o por lo bien que sus páginas se dejan rayar o desgarrarse—; si, además de acercarse a los libros, lo que se espera es que la gente los compre, lo único que hace falta es que estén baratos.
        Por estos días, el milagro está teniendo lugar en los portales de la Presidencia Municipal de Guadalajara. No es la tristísima feria de mayo (en primer lugar porque no es mayo), ésa donde se juntan algunas papelerías y ciertas librerías llevan nomás sus desperdicios. En esta ocasión se han reunido libreros de viejo y editoriales independientes locales, y si bien el espacio de exposición es más pequeño incluso que su nombre (Feria Municipal Guadalajara Literaria y Diversa), menudean los motivos para dedicarle al menos una visita, con calma y con la seguridad de que se podrá disfrutar de verdaderos hallazgos. (Hay además un programa de actividades que tendrán lugar ahí hasta el 15 de noviembre: estaría muy bien que la Secretaría de Cultura Municipal lo suba a su página de internet, que, por cierto, está bastante desactualizadita... aunque hay que reconocer el buen uso de Facebook que hace la Secretaría para difundir su quehacer y comunicarse con el público). Libros buenos, raros, hermosos, baratísimos. Y un montón de gente que, ¡claro!, se detiene a encontrarse con ellos. Es un gustazo.

Hacia la FIL III
Con el revuelo que han levantado las modificaciones perpetradas por la Real Academia Española en la ortografía del castellano —y qué curioso que el anuncio desate tanta inconformidad, sobre todo de índole sentimental: ¡cómo vamos a extrañar el uso del acento diacrítico!—, tendrá especial interés la reunión de las 22 academias que se celebrará en Guadalajara, en particular cuando el domingo 28 de noviembre manifiesten su «adhesión a la Ortografía razonada de la lengua española». Habrá que ir a ver quiénes son estos señores, por qué se termina por concederles tanta autoridad, quiénes se creen... y por qué siempre acabamos obedeciéndolos. Como para ir a hacerles una manifestación, una megamarcha.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 11 de noviembre de 2010.

En la tele

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Casi todos los reproches y acusaciones que se le hagan a la televisión están perfectamente bien fundados y son difícilmente rebatibles. La abundancia de porquería que esparce por los aires del planeta, sin fronteras que valgan —programas grotescos hay en México y en Finlandia y en Australia—; los poderes maléficos gracias a los cuales está al servicio de los peores actores de las sociedades, al mismo tiempo los más poderosos (la alienación del televidente, la imposición de una concepción publicitaria de la realidad, su función de insuperable vehículo para propagandas y falacias de todo signo); el hecho de que su combustible principal e inagotable es la ignorancia y la distracción de un público al que conviene mantener ignorante y distraído; sus frutos emponzoñados, en fin: la exaltación de la estupidez, la violencia, la denigración de lo humano, envuelto todo en una estética de lo estrambótico y lo estridente.
        Pero está ese casi, afortunadamente, en el que es posible encontrar —por si hicieran falta— justificaciones suficientes para que la tele sea una compañía provechosa y creadora. (Hay, desde luego, una base de injusticia social odiosa, al menos —y sobre todo— en México: la televisión abierta, que no cuesta más que la luz que gasta el aparato —y lo que cuesta el aparato, claro—, transmite sólo basura, y si algo se salva es en horarios imposibles; la televisión donde puede no haber basura —que también la hay, y mucha— tiene un costo, es provista por compañías abusivas e ineficientes y, en consecuencia, llega a sectores reducidos: es un maldito privilegio). En ese umbral de producciones estimables es donde hay que refugiarse de modo que ver tele no sea un inmediato desperdicio de la vida, pero además para disfrutar de algunos de los frutos mejores de la imaginación contemporánea: series, sitcoms, documentales, y también, aunque menos frecuentemente, mesas de debates, programas musicales, incluso reality shows. Hay que entrenarse, claro, e ir educándose. Pero tan pernicioso es dejar que la televisión nos recete lo que quiera, como perderse de ir a buscar, por cuenta propia y con el criterio bien afilado, ocasiones inmejorables para la felicidad.

Hacia la FIL II
Habría que clonarse para no perderse ninguna de las actividades más recomendables de la feria, que a menudo tienen lugar simultáneamente —y además porque es agotador. El remedio es revisar a fondo el programa, elegir y descartar, organizarse bien. El sitio web de la FIL facilita herramientas para eso: se puede consultar el programa día por día, hay también un buscador de eventos con el que se puede uno armar una agenda electrónica, hay un índice de autores para saber quién estará dónde (más que para saber quién es quién). Puede que de entrada estas herramientas parezcan un poco laberínticas, y en algunos casos la información sea insuficiente, pero sí vale la pena echarles un vistazo con calmita, para ir definiendo prioridades.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de noviembre de 2010.

Alatorre

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A Antonio Alatorre lo fascinaban las supersticiones, y sin embargo tuvo la precaución de precaverse contra ellas una vez que le llegara el momento de adelantársenos: instruyó a sus seres cercanos para que, al hacer el anuncio del deceso, quedara claro que por voluntad del muerto no habría «velorio, ritos, ceremonias, homenajes ni ningún otro exorcismo». Alertado desde muy joven sobre los peligros que entraña todo fanatismo (esa mezcla explosiva de credulidad, ingenuidad e ignorancia), es fama que Alatorre pasó a temprana edad por el seminario, pero pronto salió pitando —si bien duró ahí lo suficiente para aprender latín, griego y francés, y a tocar el piano. La vida que lo esperaba y la carrera que seguiría estaban en el amor de las palabras —aunque también en el de la música, y quizás por eso su vocación definitiva fue la filología: la interpretación como una apasionada forma de sabiduría. Una vez dijo que una de sus palabras favoritas era «pendejaditas».
        Ensayista de gracia insuperable, además de un agudísimo lector y comentarista de poesía, traductor supremo (Gilbert Highet reconoció que la versión que Alatorre hizo de su libro monumental, La tradición clásica, lo había mejorado enormemente), avezado sorjuanista y profesor luminoso, este amigazo del alma de Juan José Arreola fue tenaz defensor de la lectura creadora por encima de toda superchería teórica, y de ahí que a menudo se viera enfrascado en sabrosísimas polémicas de las que siempre salía airoso por virtud de su vasta erudición, pero también por la puntería de su juicio (es memorable la que sostuvo con Jorge Ibargüengoitia en la revista Vuelta a propósito de la novela Los pasos de López). Y su triunfo máximo es ese libro fascinante que es Los 1,001 años de la lengua española. Esa breve carta que su hija envió a un periódico para dar a conocer su muerte, de una sequedad admirable (lo pienso porque en su económica y certera formulación se cifra lo inapelable de la muerte, pero también, discreta y conmovedoramente, la pena que supone), contiene también un consejo inmejorable: «A quien lo quiera recordar le pedimos que lea sus libros».

Hacia la FIL I
El programa de actividades de la Feria Internacional del Libro de este año se ve robustito e incluye varias presencias importantes: dos ganadores del Nobel (Vargas Llosa y Le Clézio), Antonio Gamoneda (uno de los más altos poetas vivos), un buen puñado de autores atractivos, incluidos algunos de los que trae Castilla y León, homenajes y recordaciones al por mayor (Monsiváis, y Saramago, claro, e incluso una recordación de Octavio Paz, con quien la FIL se desdeñó mutuamente hasta que el poeta se murió). Ah, y no podía faltar: Carlos Fuentes, a quien le ha dado por los vampiros, y que sostendrá una plática con Guillermo del Toro (para qué, no sé). ¿Qué va a hacer la FIL cuando Fuentes se muera? ¡Chin! ¿Y si es un vampiro, o sea un inmortal, y sigue viniendo por los siglos de los siglos?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 28 de octubre de 2010.

Vagancia

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Será prejuicio o será por el aprendizaje inadvertido que quizás me haya dejado la experiencia: el caso es que tiendo a descreer de preceptivas salutíferas que buscan hacer ver la lectura como un hábito provechoso que ha de ser cultivado, o bien inculcado y fomentado en quienes no lo han adquirido aún; una suerte de higiene pública según la cual leer es algo bueno en sí, y deseable siempre. No que a veces no lo sea: puede darse la ocasión de que alguien encuentre en un libro las respuestas a sus preguntas más importantes, las posibilidades más inesperadas de transformar su vida e incluso la felicidad o hasta la sabiduría. Pero sospecho que hay algo de necia ilusión en esperar eso, o cosas parecidas, a la hora de abrir un libro, y que hay mucho de ingenuidad en insistir sobre virtudes inherentes a la lectura, pues si alguna llega a destellar más bien será porque quien lee ya la portaba de algún modo, y sólo se ha activado gracias, ahora sí, al hecho de estar leyendo. Que es muy distinto. Parece más sensato, en lugar de esperar efectos mágicos (que, por leer, alguien llegue a ser mejor persona), dejar sencillamente que los libros sean, antes que ninguna otra cosa, lo que tienen que ser: un mero gusto, una forma de procurarse un placer, a la disposición de quien sea que le dé la gana, cuando sea y sin que la experiencia tenga que reportarle nada más.
        La lectura, además, es una manifestación de inconformidad, de rebeldía, una actividad crítica de la que se desprende automáticamente una actitud de discrepancia: levantamos los ojos del texto y empezamos a poner en duda que el mundo realmente funcione bien. De ahí que haya un contrasentido en suponer que haga falta abrirle caminos a algo que por definición ha de salir —y de sacarnos— de las rutas trazadas en el orden natural de las cosas. Como creo que siempre ha sido, terminará leyendo quien tenga que leer. Y por razones que es imposible prefijar, y con consecuencias que nadie puede prever.
        Luego: es común oír que la lectura tiene enemigos: la tele, internet, los videojuegos, así. La vagancia, en suma. Como si leer no fuera, también, una forma de vagancia. A mí me gusta ver tele —mucho, de todo, todo el tiempo, desde chiquito—, y últimamente me he sorprendido sintiendo una como agrurita (culpa, yo creo) por no dedicarle más atención a la lectura, o buscando justificaciones que no tienen lugar (como pensar que parte de la mejor narrativa actual es la que se escribe para las series de televisión, cosa que es cierta pero que, en el fondo, no importa). Si leer es edificante y encomiable, ¿dejar de leer es reprensible y denigrante? Y si leer es tan bueno, ¿por qué hace falta machacar tanto para que se lea? Cuando un libro nos atrapa (es decir: cuando nos elige para revelarnos algo que no sabíamos que sabíamos), queda en suspenso toda obligación nuestra con el mundo: nos volvemos unos desobligados. Y es una dicha a la que nadie nos puede obligar.
   
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 21 de octubre de 2010.

Kurt Vonnegut: el profeta que emergió del bombardeo

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Billy Pilgrim tiene algo muy importante que decirle al mundo. Pero, primero, sus generales: nació en 1922 en Ilium, Nueva York, y su padre fue barbero; nada extraordinario sucedió durante su niñez, y cerca del fin de la adolescencia, cuando llevaba un semestre estudiando en el turno nocturno de la Escuela de Óptica de Ilium, fue llamado a filas para, poco después, prestar servicio en la infantería del ejército de Estados Unidos en Europa. Fue capturado por los alemanes. Al término de la Segunda Guerra Mundial regresó a casa, volvió a la Escuela de Óptica, se casó con la hija del dueño de dicha escuela (una muchacha alarmantemente obesa), empezó a enriquecerse y tuvo una hija (que se casó con un óptico) y un hijo (que fue a Vietnam). Fue secuestrado por extraterrestres. Sufrió un accidente aéreo cuando viajaba con un grupo de ópticos rumbo a una convención —y fue el único sobreviviente. Enviudó, pasó un tiempo levemente deprimido, empezó a envejecer, fue quedándose solo. Y, de pronto, un buen día se apersonó en una estación de radio en Nueva York, porque tenía algo muy importante que decir.
       Falta agregar que Billy —un hombre que durante la guerra «era incapaz de hacer daño a sus enemigos o de ayudar a sus amigos», y que en la vida civil se caracterizaba por su mansedumbre— fue conducido a Dresde luego de ser capturado por los nazis, justo cuando estaban por comenzar los tres días en que el bombardeo incesante de los Aliados arrasaría esa ciudad: uno de los episodios más atroces de la conflagración —misma que habría de terminar apenas unas semanas más tarde. Billy, pues, estuvo ahí. Pero no es precisamente lo que vio en ese infierno lo que tiene que decir.
        Lo que sabemos de Billy Pilgrim lo debemos a otro soldado, compatriota suyo, que estuvo preso también en Dresde, al mismo tiempo que él: un joven que había estudiado química y había trabajado en un par de periódicos escolares antes de incorporarse al ejército, y que, al ser liberado por los rusos y volver a casa, estudió antropología, siguió escribiendo en periódicos, se hizo dueño de una agencia automotriz, se casó con su novia de la infancia y terminó por hacerse novelista. Al correr de los años sería conocido no sólo como un escritor originalísimo, de vigorosa imaginación e inclaudicable sentido del humor: Kurt Vonnegut —en términos literarios un descendiente directo de Mark Twain, pongamos— llegaría a ser uno de los autores indispensables de la literatura del siglo XX.
        (También es importante decir que Billy Pilgrim viajaba constantemente en el tiempo, cosa de la que se descubrió capaz desde que fue raptado por un platillo volador justo el día de la boda de su hija, en 1967, y llevado al planeta Tralfamadore, donde, para el regocijo y la educación de los tralfamadorianos, era —y seguramente sigue siendo— exhibido en una especie de zoológico, en compañía de la bella actriz Montana Wildhack, también secuestrada). 
        Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922–Manhattan, 2007) jamás olvidó lo que vivió en Dresde. Habría de abordar esa experiencia al menos en siete libros, y en particular en la novela Matadero Cinco, que es precisamente donde cuenta la historia de Billy Pilgrim y el mensaje importantísimo que tiene que comunicar a la humanidad. Pieza soberbia de la ciencia ficción, de la literatura humorística, de los más crudos relatos de guerra y de la más alta imaginación poética (todo al mismo tiempo), este libro estableció el tema supremo del autor y su posición crítica fundamental: todos somos parejamente culpables de los crímenes más horrendos. Con tal punto de vista, lo más natural fue que Vonnegut se convirtiera en una de las voces más sonoras, congruentes e insobornables de cuantas se alzan contra los pésimos gobiernos (empezando por los de su país), la indiferencia y el egoísmo de las sociedades, la estupidez generalizada y la hipocresía. La voz tonante de un profeta. Y esto sin haber perdido jamás la capacidad de reír.
        Con todo, en una de sus últimas entrevistas declaró: «La función del artista es hacer que a la gente le guste más la vida». Algo parecido se propone Billy Pilgrim, el melancólico ex soldado, óptico retirado y huésped insólito de los habitantes de Tralfamadore, con el importantísimo mensaje que tiene que transmitir.

Publicado en el nuevo número de Magis, el 419: pasen acá para echarle un vistazo a todo el contenido.

Varguitas

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No sé a quién se la copié, o por qué me nació, la costumbre de fechar los libros. Quiero decir: rotularlos, en la primera página, con el mes, el año y el lugar en que los leí. A veces, claro, he hecho trampa, cuando no he terminado de leerlos; otras veces se me ha olvidado, y pasado algún tiempo hago memoria para consignar de cualquier modo esos datos, lejos de toda exactitud. Tampoco sé para qué sirva, como no sea para llevarse sustos como el que acabo de tener: en mi ejemplar de La tía Julia y el escribidor, el primer libro de Mario Vargas Llosa que leí, viene el garabato que lo fija en diciembre de 1988. Casi veintidós años. Ahora bien: pasado el espanto, lo que compruebo con la insospechada alegría de quien recupera un tesoro que ni siquiera sabía que estaba perdido, es que apenas voy recorriendo sus páginas (y no creo haber vuelto a hacerlo en todo este tiempo) es que inmediatamente resurgen, nítidos y como si fuera la primera vez, las voces y los rostros que mi imaginación confirió a esa novela que, ahora lo descubro, me resulta entrañable y ha sido memorable durante buena parte de mi vida, aunque nunca en realidad me hubiera acordado de ella.
    La concesión del Nobel de Literatura a Vargas Llosa, festejada ya por todos los rumbos del idioma español, ha sido tan sorpresiva, y al mismo tiempo tan poco sorpresiva, como todas las decisiones que esa entidad misteriosa que es la Academia Sueca ha tomado desde que los famosos premios existen. Los pronósticos que se hacen cada año, además de carecer de fundamento, están siempre desencaminados, de manera que el anuncio siempre es recibido con extrañeza y desconcierto, así sea evidente que el ganador debió serlo desde hacía tiempo, así sea una sombra borrosa por la que nadie habría apostado un cacahuate. (Lo que ocurrió este año con el paraguayo Néstor Amarillas fue de una crueldad inusitada: algún vivo lo cantó como «candidato al Nobel», cosa que no existe; muchos idiotas o muchos cretinos pescaron el anzuelo, y el tipo se volvió una celebridad: pronto tuvo a la prensa encima, escritores y funcionarios paisanos suyos se pronunciaron al respecto, se volvió una causa nacional, aun cuando sólo cuenta 30 años, es un perfecto desconocido, y por lo visto, un ingenuo monumental. Con todo, el caso despertó tanta curiosidad que en la Feria del Libro de Fráncfort los editores estaban peléándose los derechos de traducción de su obra).
    ¿Qué bueno que ganó Vargas Llosa? Sin duda: si pensamos que el premio realmente está concedido a su estatura literaria, como el gran novelista que es, como el ensayista que ha reflexionado a fondo e iluminadoramente alrededor del arte de la novela. Lo demás (el intelectual, el político, la estrella boquifloja que sabe ser) me tiene sin cuidado. A mí me gusta pensar en Varguitas, aquel joven escritor peruano de La tía Julia y el escribidor, muchos años después, enfundado en un frac y alzando la copa en Estocolmo, para brindar por la suerte que merecidamente le sonrió.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 14 de octubre de 2010.

¿Rendición?

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Canetti, entre tumbas.

«Ya no hay nada que hacer. Pero si de verdad fuera escritor, debería poder impedir la guerra». Elias Canetti recogió, en un discurso pronunciado en 1976, esta frase que un autor anónimo alcanzó a anotar una semana antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. «La leí irritado», reconoce Canetti, «y la copié con creciente indignación. He aquí, pensé, una muestra de lo que más me desagrada en la palabra ‘escritor’ [...] un ejemplo de esa fanfarronería que ha desacreditado tanto a esta palabra y nos infunde recelo en cuanto alguien del gremio se da golpes de pecho y empieza a pregonar sus monumentales intenciones». Pero más adelante reconsidera, y comprende que en esa línea, desolada y desoladora, hay a un tiempo la confesión de un fracaso y de una responsabilidad. Quien la escribió, evidentemente, no pudo detener la guerra, y de seguro nadie que escriba y se fije el mismo propósito habría de conseguirlo; pero ello en modo alguno es justificación para desechar ese propósito, por desmesurado que parezca y sea.
        En México, por ejemplo, en el cada vez más delirante estado de guerra por el que atravesamos (el plural intimidante nos incluye sin esperar nuestro consentimiento: si no nos ha tocado una balacera, hay que añadir siempre: todavía), hace ya mucho que es demasiado tarde, y que —como anotó el escritor anónimo— ya no hay nada que hacer. Pero es precisamente por ello que hay que hacer algo. En un tiempo ensordecedor, hacer silencio para que podamos escucharnos; cercados como estamos por la saña, la estupidez, la codicia y la miseria, empezar por entendernos en el examen de lo que ocurre y en la imaginación de lo que haría falta para que no ocurriera. Y sin alardes demagógicos, sin patetismos, sin otra motivación que la de hacerse cargo de esa responsabilidad de la que habla Canetti —y de la que más adelante afirma que «se alimenta de misericordia».
        Esto viene a cuento porque, desde hace algunas semanas, comenzó a circular una carta que invita a la lectura y la participación en un blog colectivo llamado Nuestra Aparente Rendición: un foro que está convocando, precisamente, a la imaginación y la crítica sobre el desastre presente, pues «nos urge inventar recursos para ser quienes somos y no quienes nos están acorralando a ser», como se lee en la carta dicha —dirigida a artistas, pensadores, lectores, escritores, profesores, estudiantes, críticos y demás ciudadanos interesados. Van cayendo ahí poemas, ensayos, artículos, crónicas, y el foro va ramificándose (hay un proyecto, por ejemplo, dedicado a contar y nombrar los muertos en circunstancias violentas de todos los días, o un «altar», coordinado por la periodista Alma Guillermoprieto, que recuerda a los migrantes asesinados masivamente en Tamaulipas) y afirmándose como una posibilidad inestimable de recuperar el uso de la palabra en medio del estruendo de balazos, gruñidos, declaraciones imbéciles y aullidos. Hay que ir de inmediato: www.nuestraaparenterendicion.blogspot.com.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 7 de octubre de 2010.

Agarrón

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Por muy salpicado de desfiguros que esté el agarrón entre la Universidad de Guadalajara y el Ejecutivo jalisciense, por mucho que el pleito haya dado ocasión a ridiculeces como el lloriqueo con que el Gobernador González («Emilio» que le diga Chayanne) reafirmó su ignorancia y su visceralidad —su falta de astucia es otra cosa, que por esta ocasión no cuenta: astucia habría que pedirle si en verdad quisiera arreglar el problema, cosa que poco le interesa: él lo que busca es la discordia y se la procura a fuerza de bravuconadas, muy gallito—; por anecdótico, en fin, que termine siendo el episodio, no deja de ser deplorable, y en buena medida precisamente por eso: porque, como sea que se resuelvan las cosas —y se van a resolver—, habrá pasado como una mala comedia que ni quisimos presenciar ni tenía razón de ser, y al cabo de la cual todo quedará más o menos como estaba antes. O más bien exactamente igual.
        (Y deplorable todo, también, por cuanto se refrendan los peores modos de la discrepancia en México: las acusaciones de un lado y otro sobrevuelan nuestro pasmo y nuestra ignorancia, vemos cómo pujan unos y otros, se llega finalmente al momento de sacar el gentío —sin que haga falta que entienda— a fastidiarle la vida a la ciudad, y en tanto va haciéndose incalculable la cuenta de las horas perdidas y el dineral desperdiciado en campañas de recíproco descrédito, y todo porque sólo a gritos y a manotazos fingen entender unos, y los otros sólo así fingen hacerse entender).
       La Universidad de Guadalajara no es la institución que muchos quisiéramos: una casa de estudios y un baluarte cultural a salvo de precariedades, retrasos, insuficiencias y frivolidades. Pero es la universidad pública que tenemos. Quienes nos formamos o trabajamos en ella —a mí me han tocado ambas suertes— podremos estar en desacuerdo con incontables desarreglos en su conducción y nos avergonzaremos de las condiciones en que subsiste, de muchos personajes impresentables que medran en ella o de varios tramos de su historia —el que corre, por ejemplo—, e incluso quien no sienta ni tantita pena sí tendría que estar al tanto de lo indefendible que puede ser. Lo malo es que muy difícilmente una gran institución así puede ser autocrítica: lo impiden las inercias de su funcionamiento y la concha de sus integrantes, y mientras no se vuelva un desastre se consiente y hasta se desea que nada cambie demasiado. Por otro lado, si el Gobernador González («Emilio» que le diga Belinda) es tan obtuso —y sí lo es— como para creer que puede disponer del erario como si fuera su billetera, es porque así se lo han permitido los legisladores, incapaces de ponerle freno o bozal —porque además no quieren—; también los empresarios y merolicos y curas que nomás alargan la manita para que les dé; pero además se lo hemos permitido sus gobernados todos, tolerando sus ocurrencias y su incompetencia evidente. ¿Ni a cuál irle? No, por lo dicho: la UdeG es lo que hay, y es con lo que hay que trabajar. Por lo que hay que trabajar.
 Foto: Milenio / Iván García

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 30 de octubre de 2010.