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Proyecto Chavita 6: Noticias urgentes

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Lo dicho: la realidad es una cosa siempre indeseable. Malamente, cedí a la tentación de preguntarle a la cajera si ella conoce la historia de Chavita. Me limito a registrar las siguientes informaciones:
1.- Era un hombre muy rico. Llegó la ruina, la mujer y los hijos lo corrieron.
2.- Todo parece indicar que es, en efecto, contador.
3.- Está enfermo de un pie. Muy enfermo, parece. Y se niega a atenderse.
4.- El domicilio que da es el del café.
Estos datos, desde luego, espesan más las tinieblas en torno a las improbables explicaciones que haya respecto a su condición actual. Dudo mucho que me anime a volver a preguntar nada.

Proyecto Chavita 5: El Sr. López Wayne

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Nada sé de Chavita más que cuanto he tenido a la vista por cerca de doce años. A ciencia cierta: que se llama Chavita (Salvador, seguramente), que no está bien de la cabeza, que fuma. (Sobre su conducta, algo más que exótica —pernocta en el café: ¿no basta con eso?—: dispongo de un término preciso, pero el problema es que es uno de esos términos que únicamente funcionan al amparo del ámbito familiar: una de esas claves cuyo sentido jamás conseguiremos que sea captado por alguien ajeno a nuestros genes. Lo usaba mi papá para definir a alguien que, como Chavita, estaba hablando solo: «Está acarranzado», me decía, y yo no sé si decirlo ahora aquí).
Lo que no se sabe, desde luego, puede conjeturarse. Por ejemplo: ¿no será que Chavita trabaja redactando correos spam, esos mensajes detestables e indescifrables que nos avisan que la viuda del Presidente de Uganda nos quiere para un negocio, o que acabamos de ganar una lotería en la que no participamos? Algo como esto, que acaba de llegarme:

El Sede de la lotería, Las Oficinas de Puerto deportivo, San Peteres Andan en yate Palangana, Newcastle sobre
Tyne, Inglaterra NE6 1HX. El Servicio de atención al cliente Ref: La Serie UK/9420X2/68: 074/05/ZY369

La NOTIFICACION VICTORIOSA: Anunciamos felizmente a usted la atracción (#83) del euro MILLONA LOTERIA EN LINEA aguantó primer de enero, 2008 en el UNIO-REINO de NEWCASTLE. Su dirección de correo electrónico conectó para etiquetar el número: 564 - 75600545 - 188 con el Serial numeran 5368 - 02 dibujaron los números victoriosos: 08 - 12 - 19 - 31 - 50 - [06 - 07] las estrellas Afortunadas.

Cuál subsiguientemente le ganó la lotería en la segunda categoría. Usted tiene por lo tanto fue aprobó para reclamar una suma total de £460,000.00 (cuatrocientos y sesenta mil Gran libras de ingleses) en efectivo, acreditó para archivar KTU/9023118308/05. Esto es de un premio en dinero efectivo total de £1.840.000,00 millones de libras, compartido entre el primer Cuatro (4) ganadores afortunados en esta categoría.

Todos participantes para esta versión en línea fueron escogidos al azar de sitios de telaraña mundial por sistema de atracción de computadora y extraídos de más de 100.000 uniones, las asociaciones y las corporaciones que son listadas en línea. Esta promoción sucede semanalmente.

Por favor nota que sus números victoriosos afortunados entran nuestro folleto europeo la oficina representativa en Europa, en vista de esto, su GB£460,000.00 (cuatrocientos y sesenta mil Gran libras de ingleses) será liberado a usted por nuestra oficina de pago en Europa.

Nuestro agente del RU comenzará inmediatamente el proceso para facilitar la liberación de sus fondos tan pronto como usted lo contacta. Para cuestiones de seguridad, usted es aconsejado a mantener su información victoriosa confidencial hasta su reclamo es procesada y su dinero remitido a usted. Esto forma parte de nuestra medida preventiva de evitar reclamar doble y abuso injustificable de este programa. ¡Es advertido por favor!!!

Para archivar para su reclamo, contacta a nuestro agente fiduciario: Sr. Lopez Wayne

Eso debe de ser: ¿por qué no puede ser él el Sr. López Wayne? ¿Por qué no podría estar enviándome él esos correos?

Proyecto Chavita 4: El desdén

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Chavita, espejo de dignidad, ha llegado al desdén antes que yo. Como consta por aquí, las últimas veces que se ha acercado a pedirme un cigarro (hasta cuatros cigarros en el curso de una noche) yo he querido reunir el coraje para negarme. Inútilmente: siempre consigue saquearme. En ocasiones he pretendido no advertir su presencia, y con los audífonos puestos, por ejemplo, o con la atención puesta en un libro —falsamente: no pierdo detalle de lo que haga—, he esperado a que se sienta desairado y se largue. También he recurrido a soltarle alguna conminación más bien imbécil: «Es el último», le digo alargándole la cajetilla, pero él y yo sabemos que no será el último cigarro jamás.
Hoy, sin embargo, entró al café, miró en la dirección en que me encuentro (el mismo banco de la barra: la cajera, el otro día, se burló suavemente de mí porque mi lugar habitual estaba ocupado por el Doctor —otro personaje: más adelante, quizás, daré alguna noticia sobre él—, y eso me condujo a una mezcla muy extraña de desamparo y orgullo), y antes de que yo alcanzara a esconder los cigarros de su vista, dio la media vuelta y desapareció. ¿Ya ha prescindido de mí?

Proyecto Chavita 3: Teléfono y táctica disuasoria

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Ayer descubrí que Chavita tiene un teléfono celular. Se instaló en su lugar habitual en la barra del café, y luego fue al contacto que hay junto a un refrigerador, para conectar ahí el cargador. Al rato lo recogió, revisó —imagino— si tenía llamadas perdidas o mensajes, guardó el teléfono en un bolsillo de su saco y se fue.
Hoy que llegué ya estaba aquí. Ensayé una estrategia que, por lo visto, funcionó: no fumé, ni siquiera saqué la cajetilla, sino hasta que lo vi levantarse para largarse. Fue una media hora de vigilancia angustiosa.

Proyecto Chavita 2: La imposición de un enigma

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Naturalmente, lo más sencillo sería comenzar a investigar en directo su historia: encararlo y preguntarle qué diablos hace en la vida. O procurar aproximaciones a inferencias más realistas: es seguro que las meseras de aquí sabrán dar los pormenores indispensables para que mi capacidad de deducción y mi fantasía terminen el trabajo. Pero, si no lo he hecho en doce años, por qué tendría que hacerlo ahora. Mis inferencias, gratuitas y todo, son básicamente las siguientes:
a).- Es un ex empleado del departamento de contabilidad de algún Sanborn's. Hace algún tiempo —ya no pasa: quién sabe qué trastada habrá hecho— le facilitaban bonches de «comandas» viejas para que se entretuviera en sumas y cálculos toda la noche, instalado en su sitio de la barra (justo como a veces hacen los gerentes, en efecto, al acercarse el final de un turno), o refundido en una caballeriza del bar. En la barra o en el bar, indistintamente, terminaba quedándose profundamente dormido.
b).- En otra vida, antes de que algo tronara irremediablemente en su cabeza, fue maestro de historia: de ahí su propensión a recitar pasajes salidos de libros de texto, el escrúpulo pasmoso con que es capaz de declarar fechas y nombres y lugares. El hábito del portafolios (aunque esto, como la invariable corbata y el invariable traje, también vale para el papel de contador).
c).- Por temporadas lo he visto rondar por mesas de clientes habituales —los desvelados inverosímiles que se guarecen aquí a la una o a las dos de la mañana: gente como una tribu árabe que lo mismo regentea puestos de tacos que lugares clandestinos de apuestas, o gente como las presumibles putas que atienden desde aquí sus negocios, vía celular. Les ofrece (o les ofrecía: tiene mucho que no lo he visto hacerlo) boletos para rifas de relojes. También funge como recadero: va a comprarles cigarros a las meseras, por ejemplo. («Meseras», aquí, es una palabra proscrita: aquí se llaman «vendedoras»).
d).- Cierta vez pude asomarme al contenido de su portafolios. Había un bulto de lo que creí entender como ropa interior, un cuaderno y, lo mejor, un transportador. En el cuaderno —aléjate, fantasma de Joe Gould— lo he visto trazar apretados y complejísimos esquemas y renglones. Pero no parece ser constante en esa labor.
e).- No sólo lo encuentro aquí, en las noches. También es posible verlo en otros cafés del rumbo, con la particularlidad de que todos son Sanborn's, Vips o Toks. A todas horas del día y de la noche. Hasta donde puedo hacerme una idea, tiene una rutina conforme a la cual va visitándolos puntualmente. Y, hace unas semanas, la cajera de aquí me contó que lo habían tenido que correr con policías, porque se puso insoportable. ¿Dejó de tomar sus medicamentos? Porque, otra noche, oí a una mesera (perdón: una «vendedora») preguntarle si no le faltaba medicina. Se preocupan por él.
Es, como podrá verse, muy poco. Pero sigo resistiéndome a preguntar. Hoy también, cómo no, llegó y vino conmigo inmediatamente: «¿Me das un cigarrito?».




Proyecto Chavita 1: Chavita quiere su cigarro

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Lo primero que debe decirse sobre Chavita es que está loco. Lo último que tendría sentido decir sobre Chavita es que está loco. Más adelante —quizás: nada es seguro en la vida, y menos en los blogs— podré dar detalles sobre él. Por lo pronto sólo esto: acude cada noche al café donde yo, como animal de costumbres, recalo casi cada noche. El «casi» es importante: Chavita jamás falta. De un tiempo acá, tal vez un par de meses, tal vez un par de siglos, le ha dado por sablearme en cuanto me ve: se acerca, ladino y sonriente (siempre viste de traje y trae un portafolios: igual, más detalles próximamente), y con voz de niño siniestro me pide: «¿Me das un cigarrito?». Ahora mismo acaba de hacerlo. Cada vez he ido respondiéndole de más mala manera. Pero nunca se lo niego. Hoy le dije: «¡Mta, voy llegando! ¡Qué lata das!». Y se fue triunfal, como siempre, a fumar su botín en otra parte.
Hace algunos años publiqué el siguiente ensayo sobre él:

Hablar con nadie

Lo hemos visto, y quizás ahora mismo baste apartar la vista del periódico y buscar en las inmediaciones para descubrirlo y verlo. Verlo: se dice fácil, pero al encontrarlo, antes de afirmar que ahí está, habría que preguntarse si el mero hecho de que esté tiene alguna relevancia para la famosa realidad, esa maniática que exige certezas y compulsiva e infructuosamente pretende surtirnos a cambio otras tan precarias como las que miserablemente, a nuestra vez, pretendemos entregarle todo el tiempo. Pero confiemos en los ojos, al menos: ahí está, o estuvo, o estará, sin que necesariamente haya tenido que estar jamás. Más bien, es un hecho: está, pero no está ahí: está extraviado en sí mismo, lejos, aunque se pueda oírlo y aunque incluso llegue a afirmar su fingida presencia con ademanes más o menos elocuentes, y con su risa, y aunque el humo de los Delicados que fuma marque el sitio donde se levanta su ausencia tangible y presente.
Decir que está loco es despachar con desdén imbécil el grave problema que representa, y con apreciar con menos o más compasión las tribulaciones que quizás suponga la perturbación que le rompió la identidad sólo se consigue terminar de borrarlo —como si se tratara de una mancha por la que se pase una jerga indiferente y mezquina. Y no es posible, además: no es posible ni siquiera porque con su perorata complica el silencio que haría falta quizás para tu lectura, para la conversación que te interrumpe con sus carcajadas quebradizas, para estas mismas líneas que deben estar deteniéndose a cada instante porque les interesa más lo que él está diciendo. El loco del café, digámoslo rápido, viene exaltado esta noche. Pero ya se dijo que «loco» es apenas una definición insuficiente —además de abusiva y estúpida. El hombre, mejor, que habla y se ríe y manotea, y de quien sólo vemos esa parte suya que ha quedado en este tiempo, quién sabe si el futuro o el pasado para él, o quién sabe si el presente del que se escapó y para el que nunca va a encontrar el camino de vuelta.
La prolijidad de detalles que es posible distinguir en sus alegatos nos resultaría útil si pudiéramos saber qué diablos alega: no se puede tratar de entender a alguien que está arreglándoselas con las presencias remotas de otro tiempo que no es éste, y apenas pueden aislarse escombros de lo que alguna vez debió ser una inteligencia aguda y sensible, la misma que aparentemente lo abandonó a su suerte —¿o la que nos falta para saber qué se trae, en dónde anda conversando y con quiénes? Ahora mismo, por ejemplo, está platicando la final del Mundial de Francia y abunda no sólo sobre los pormenores del partido —el resultado, claro, eso es fácil, pero también recuerda nombres y números de jugadores—, sino que además especifica cuántos canales era capaz de captar el televisor de la cafetería del bolerama en que lo vio (y da la dirección). Y pasa enseguida a recordar quién posó para la escultura de la Diana Cazadora —¿Ana Luisa Peluffo?—, y luego el Cine Diana en la Ciudad de México, y luego una película que vio ahí: una idea lo jalonea hacia otra, e incluso mezcla los idiomas, y cuenta sobre las cartas que ha dirigido al Príncipe de Gales o al Emperador del Japón, o sobre el proyecto que impulsó de crear una nueva capital para Baja California, o recita pasajes del Poema de Mío Cid, o interpela a Benito Juárez, o... Es extremadamente preciso en las señas con que aparentemente busca aportar veracidad a sus relatos desgobernados: nombres, domicilios, fechas, datos absolutamente exactos, como ahora que ubica exactamente la acera por la que quedaba hace treinta años la representación del Gobierno de Missouri en Guadalajara, y ya parece que aquello va a tener un sentido cuando de pronto la razón se le rompe como un puente colgante, y se desploma y el río sobre el que cae lo lleva a otros rumbos insospechables. Y sigue, memorioso y agobiante, como un Funes que no pudo morir a tiempo.
¿A quién se dirige? Lo de menos es decir que a nadie. Lo espantoso es suponer que a uno, que lo oye: que uno es nadie.