La historia de tantos

Tengo la suerte de haber vivido todas las ediciones de la FIL, desde 1987, según los diferentes papeles que el destino ha querido asignarme en ella: como estudiante acarreado la primera vez, luego como ocioso que iba apenas a curiosear, más tarde como periodista, editor y profesor —acarreando y pastoreando alumnos—, también como presentador de libros y alguna desdichada vez como moderador de una mesa (situación angustiosísima, pues debiendo distribuir el uso del micrófono entre los participantes, no conseguía arrebatárselo a Volodia Teitelboim, y aún faltaba la intervención de Antonio Skármeta cuando ya me habían conminado a dar las gracias para largarnos: juré que jamás lo volvería a hacer). Creo que nomás no he sido mesero ni edecán, porque chofer sí, de los amigos que hay que llevar y traer, y animador de fiestas y cocteles, y módulo ambulante de información, y casi socorrista una vez que iban a atropellar a José Luis Martínez; intérprete, publicista improvisado de novedades editoriales, cargador, encargado de stand, «arquitecto» (así me dice una señora de la editorial Gustavo Gili cada año que me ve regresar), cazador de autógrafos nomás una vez (con Roberto Calasso: luego me dio mucha vergüenza, porque hasta le eché el brazo al hombro para que nos tomaran una foto), y también he sido escritor: aunque nunca me ha tocado que se presente un libro mío, sí me ha alegrado ver que están a la venta. Sobre todo, he sido público, y como tal he hecho todo lo que corresponde: deleitarme, sorprenderme, fastidiarme, perderme, irritarme y hasta dar lata con preguntas impertinentes. En 24 años, mi biblioteca ha crecido muchos metros con las compras que he hecho, lo mismo que los anaqueles de mi memoria dedicados a la preservación de las anécdotas que han tenido lugar en la feria, de manera que volver cada otoño supone pasear por una zona cada vez más amplia de la vida en la que voy encontrándome con todos los que he sido en el pasado, y supongo que la feria eso ha terminado siendo para muchos reincidentes irremediables como yo: una parte decisiva de la propia historia. Este año me espera una novedad impresionante: el rol de papá con su hijita en la FIL.
    Al llegar a su edición 25, cuando se ha vuelto indispensable para la historia de tantos, creo que vale la pena reflexionar en la importancia de su público: lo que busca y lo que encuentra, lo que gana, lo que merece. Averiguar qué podrá significar el lema de este año, «Somos lectores», y especialmente en un tiempo tan complicado como éste, en que un acontecimiento de esta naturaleza —una fiesta en torno a los libros, vaya cosa insólita— es a la vez un oasis y su espejismo. La FIL es de todos los que vamos a ella. Y ahí vamos a estar, a ver qué tal nos sale esta vez.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el viernes 25 de noviembre de 2011.
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