Querétaro en la tarde


Un poniente en Querétaro: es una de las incontables imágenes que Borges, el personaje de Borges en «El Aleph», reconoce al asomarse al punto en el que confluyen todos los puntos del universo. Un poniente en Querétaro, posiblemente como éste, ahora que un frío creciente y desapacible parece ir apagando más rápidamente las tonalidades insólitas del sol que ya va recortándose tras el campanario de la iglesia de Santa Rosa de Viterbo (y Beatriz Elena Viterbo se llamaba la amada muerta de Borges, el personaje de Borges). Este poniente, en Querétaro, está siendo exactamente igual que todos los ponientes futuros y anteriores: irrepetible. Y Querétaro está siendo, esta tarde y la de mañana y la de ayer, la misma ciudad de siempre: cada vez distinta en el asombro que depara toda calle, toda plaza y todo edificio por los que la mirada ande. (El olvido es una venturosa calle desierta y silenciosa, de casonas sosegadas que sólo habita la ausencia; una calle que conduce a una plaza en cuyo centro se alza una fuente presidida por la figura soberana de un personaje tocado con tricornio y rodeado de cuatro lebreles que arrojan chorros de agua por los hocicos: el olvido lleva hasta ahí, y ahí termina, porque ahí la memoria llena esta plaza, y espera siempre como una presentida sorpresa). El tiempo podría detenerse y la ciudad quedar bajo esta luz indecisa, sin que el mundo se enterase y mientras todas las ciudades siguieran su marcha hacia sus menos o más próximas deflagraciones; mientras Guadalajara, digamos, continuara sus días y sus noches que tan pronto la hermosean como la envilecen: este poniente, único y para siempre el mismo, podría quedar suspendido sobre Querétaro, y así quedaría asegurada la calidad de recuerdo o sueño que esta ciudad posee.
El problema con los recuerdos y los sueños, naturalmente, es que el sol avance y se vaya y vuelva, de manera que los primeros van alejándose y los segundos disipándose, sin más consuelo que el que tal vez dé hacerse de recuerdos nuevos y sustituir los sueños perdidos con otros que también irán perdiéndose. Pero Querétaro, especialmente en la hora en que la noche y el día parecen tan remotos e improbables, es un territorio privilegiado para la felicidad, precaria aunque cierta, que se obtiene de confiar en que los recuerdos nunca desaparecen del todo y que los sueños del pasado quizás podremos encontrarlos, para reconocernos en ellos, cuando el porvenir se deje alcanzar por el presente: será efecto de las formas que la piedra y el aire y el agua en las fuentes y el silencio y los árboles fueron tomando en esta tierra, y efecto de la determinación que esas formas tienen de no cambiar y de mantener intocada la armonía de sus proporciones. O será que hay para cada quien una ciudad en la que lo aguarda, siempre que regresa a ella, una nítida y particular explicación de su más íntima índole: una ciudad, y no necesariamente aquélla en la que vive, que define para uno lo que es y lo que quiere. Y ésta, por su perseverancia en resistir a la fatalidad que hace y deshace con nuestros anhelos y nuestras voluntades, no es mala opción para elegirla como base emocional de operaciones.
Como sea, lo más seguro es que este poniente termine —como terminó el de ayer, y el de hace un año, y el de hace cinco—, y aunque resulte amenazadora en la noche, la penumbra majestuosa de la iglesia de Santa Rosa de Viterbo será lo primero que el amanecer disipe para probar, contra lo que podría llegar a creerse, que Querétaro no desaparece. Y de Querétaro habrá que irse y regresar a ese tiempo en que los recuerdos son inservibles y los sueños están por declararse inexistentes. A Borges, el personaje de Borges que vio un poniente como éste, al final del cuento le quedaba la esperanza, dijo, de «que el olvido me trabaje». Viendo este poniente puede pensarse que eso sería una desgracia. Viendo que se dejará de verlo en cualquier instante, quizás sería una suerte.

Esto fue publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el 19 de diciembre de 2003.
(Nota para una destinataria precisa:
Aquí tienes. Por ejemplo).




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2 comentarios:

Anónimo dijo...
23 de mayo de 2008, 16:00

Perdón por no ser la "destinataria precisa", pero me ha encantado por el homenaje a Borges y la similitudes (pre-sentidas)en lo particular, con algo que recién escribí. ¡Qué bonito!

Kurt C. dijo...
24 de mayo de 2008, 16:07

Genial!!! Ojalá un día me toque conocer el poderoso Querétaro.
Y lo de Borges, woo!