Tario





Tario, portero. Bonita foto, aunque a todas luces el gol parezca efectivamente haber sido tal.

Por estos días ha estado recordándose a Francisco Tario en el centenario de su nacimiento: mesas redondas, una exposición fotográfica y documental y la puesta en escena de la adaptación de uno de sus cuentos, así como rescates de algunos materiales inéditos y el anuncio de reediciones e incluso una antología de su narrativa que aparecerán en 2012. Todo, claro, está teniendo lugar en la Ciudad de México (no veo que en la FIL vaya a haber nada: malamente, pues era la ocasión). Lo más importante será que su producción se ponga a circular con mejor fortuna de la que ha tenido siempre (tirajes breves, dispersos, pronto inencontrables), y que esté al alcance de la atención de cada vez más lectores, pues indudablemente se trata de uno de los autores mexicanos que más la merecen —a despecho de las veleidades del mercado, de la miopía de críticos e historiadores de la literatura y de los espejismos de la celebridad y la publicidad.
         Tario (Francisco Peláez: la versión más aceptada es que el nom de plume lo habría tomado de una voz purépecha que aludiría a algo como «lugar de ídolos» o «lugar de máscaras») es un escritor de fama paradójica, pues en buena medida la ha ganado —desde su muerte, en Madrid en 1977— precisamente por no ser famoso. Tampoco parece que jamás se lo haya propuesto: qué le iba a interesar, inmerso como estaba en las profundidades insospechables del misterio creador, y viviendo una existencia fascinante cuyas señas solemos repetirnos sus fans como énfasis de su singularidad: astrónomo aficionado, pianista más que decoroso, frontonista avezado (jugaba con Manolete), dueño de un cine en Acapulco, viajero de transatlánticos, casado con una mujer deslumbrante (a cuyo fantasma dedicaría su último libro, Una violeta de más) y portero durante algún tiempo del Asturias: el guardametas más elegante que ha tenido el futbol mexicano... Pero sobre todo un narrador originalísimo: el territorio vasto de lo fantástico sirve para localizarlo, pero Tario lo sobrepasa por la medida en que ahonda en la naturaleza humana —y con inestimable voluntad poética: de ahí que, para quien lo descubre, se vuelva de inmediato una presencia entrañable. Qué bien que se lo recuerde: ojalá que ya nunca, en este país tan dado a la desmemoria, volvamos a olvidarnos de él.

Hacia la FIL I
Es inevitable: en vísperas del annus horribilis electoral, habrá pasarela: Marcelo Ebrard y Enrique Peña Nieto tienen programadas sendas conferencias en la FIL, y Josefina Vázquez Mota viene a presentar un libro suyo. (Son los que van hasta ahorita: a ver a quién más se le antoja). Qué fastidio, que hasta ahí tengamos que encontrárnoslos. Ojalá que, al llegar a donde pujan por llegar, hicieran algo por la educación y la cultura —que se supone que por eso aprovechan este escenario, ¿no?, para retratarse en las inmediaciones de los libros, y para fingir que les importan. Pero ya se sabe. ¿Deveras es inevitable que vengan?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 10 de noviembre de 2011.

Bonus tracks:
A continuación, enlaces a piezas inéditas de Francisco Tario que el escritor Alejandro Toledo ha rescatado recientemente:


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1 comentarios:

Fundación Equipo dijo...
11 de noviembre de 2011, 13:09

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