Cuidadito

La muerte del secretario de Gobernación fue una noticia trágica a la que sólo pueden seguir noticias pésimas: consecuencias del todo indeseables ante las que más vale estar alertas. Una de esas consecuencias pudo empezar a conocerse cuando, el domingo siguiente a esa muerte, ocurrió la detención, a todas luces ilegal, injustificable, pero por desgracia no inexplicable, de un joven diseñador a todas luces ajeno al hecho —cosa que por desgracia no tiene mayor relevancia a los ojos de un sistema judicial en el que debe comprobarse la inocencia antes que la culpabilidad—, quien un día antes del helicopterazo había publicado un tuit que luego sería juzgado como «profético» (una mensada, en realidad, que aludía a la muerte, hace tres años, del otro secretario de Gobernación literalmente caído en el sexenio). Conducido a la mala a un interrogatorio absurdo, el tuitero Mario Flores (@mareoflores) fue privado de la libertad por una payasada, según sus captores porque así refrendaban «su compromiso de agotar todas las líneas de investigación» —y mientras ya iba tomando forma la versión oficial de un accidente, que seguramente será con la que nos quedaremos: por algo es oficial.
       El caso cobró relativa resonancia: Twitter y, en general, las redes sociales, incumben todavía a una porción reducida de la población en México, y los medios tradicionales llegaron a consignarlo, pero pronto pasaron a otra cosa. Sin embargo, ha de constar como evidencia de la precariedad de las garantías individuales en la circunstancia presente, y como advertencia sobre la medida en que dicha precariedad la agravan la confusión y el desconcierto imperantes: cuando la incompetencia de la autoridad es tal que no sólo no sabe dónde buscar, sino ni siquiera qué es lo que busca, ¿no pasamos automáticamente todos a figurar como sospechosos? En la urgencia por dar con las «verdades» que necesitan, los pesquisidores son capaces de encontrarlas donde sea, y sus métodos son más eficaces entre menos escrúpulos los estorben. Por suerte, el tuitero graciosito fue soltado pronto. Pero esta historia pudo haber terminado, como tantísimas otras, mucho peor.

Hacia la FIL II
El contingente de autores alemanes que volarán a Guadalajara es reducido, y tiene la desventaja de que sus integrantes difícilmente le resultarán conocidos al público. La estrella será Herta Müller, quien según he sabido —pero no he sabido confirmarlo— ya estuvo alguna vez en Guadalajara, traída por el Goethe Institut mucho antes del Nobel. No entiendo muy bien qué tendrá que platicar con Mario Vargas Llosa («¿Y cuando te dieron el premio te fijaste en el rey de Suecia, cómo le brilla la pelona?»), pero sí me apresto para oír lo que ella tenga que decir: a quien no la haya leído y se interese por sacarle algún provecho a su visita, me permito recomendarle su libro de ensayos El rey se inclina y mata: una suerte de autorretrato estremecedor, de altísimo nivel poético y de honduras insospechables.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 17 de noviembre de 2011.
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