Enigmas


Foto: © FIL Guadalajara / Ana Karen Reyes

Las razones que la gente tiene para comprar libros (y quizás empezar a leerlos, a veces terminar de leerlos y otras veces para comprar más) son frecuentemente enigmáticas y hasta insólitas. En ocasiones, desde luego, son obvias: hacerse de un libro siguiendo una recomendación, que es lo más habitual, pues al confiar en el juicio de quien ya lo ha leído se cuenta con alguna garantía y también con un aliciente para leerlo por cuenta propia (y, en el peor de los casos, con alguien a quien reclamarle si el libro fue un fiasco, o alguien a quien agradecer si resultó al menos satisfactorio); también está claro por qué alguien se resigna a entrar a una librería para pedir expresamente un título indispensable para hacer algo en concreto: llevar un curso de álgebra, salir de pobre, bajar la lonja o preparar bombas molotov. Más raro, pero no descabellado, es el caso de quien elige guiándose por algo parecido a la intuición, pero que en realidad es el eco de cierto borroso conocimiento (la memoria, la experiencia, el descuido) por el cual algún autor «le suena», de modo que al encontrarlo se aventura, a ver qué tal —y este lector, igual que el que busca determinado libro perfectamente al tanto de lo que podrá esperar de él, suele estar movido por la intención de procurarse una experiencia de disfrute: compra (y lee) porque quiere, y casi sólo por eso.
        Hay, sin embargo, quien procede por sospechas vagarosas que acaso sean inducidas por el ambiente (la escuela, los conocidos, la publicidad y demás influencias perniciosas): gente que entiende que leyendo se resuelve la vida y que hay libros —a cuyo encuentro va, movida por una fe sincera— hechos sólo con respuestas, incluso para preguntas que todavía no se han formulado; o también están quienes han decidido sus gustos y sus preferencias antes de haber leído lo suficiente (pero ¿cuánto es suficiente?), o de plano nada, y piensan —o creen, más bien—, que lo suyo es «la novela histórica», o «las historias de misterio», al tiempo que descartan de antemano cosas como «muy descriptivas», o «muy filosóficas» —las clasificaciones huecas que engloban lo que no saben que no les gusta, pero no les gusta, de cualquier modo. Pero quienes más me intrigan son quienes se proponen leer sin atinar a explicarse por qué querrían leer nada.
        Más peliagudo es identificar las razones que puede tener alguien para escribir —y a menudo para publicar. En lo que respecta a quienes han hecho de tal actividad su oficio, podrán justificarse como sea y según vaya exigiéndolo la ocasión... y tales justificaciones siempre habría que verlas con suspicacia, pues es un hecho que pudieron haberse dedicado a otra cosa. Pero un cineasta, una golfista, una actriz o un político que de un día para otro sale con su engendrito (memorias o confesiones, que es lo más común, pero también una novela o un puñado de versos)... ¿Será que prevalece una suerte de fe mayúscula en el libro como la forma mejor de perdurar? ¿O será que hay quien escribe nomás cuando ya no halla nada más que hacer?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 2 de diciembre de 2010.
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2 comentarios:

Víctor Cabrera dijo...
2 de diciembre de 2010, 14:28

Imagen elocuentísima: se trata de la respuesta de Porfirio a la pregunta del despistado que le pregunto: "¿Qué opinión le merecen las novelas de Julia Glantz?"

chicokc dijo...
7 de diciembre de 2010, 13:16

Gran gran imagen!
Pues yo leo lo que me llama, lo que me recomiendan o lo que me encuentro (o encuentran) pero eso si, evito bestsellers y novelas para adolescentes emos.