Vagancia

Será prejuicio o será por el aprendizaje inadvertido que quizás me haya dejado la experiencia: el caso es que tiendo a descreer de preceptivas salutíferas que buscan hacer ver la lectura como un hábito provechoso que ha de ser cultivado, o bien inculcado y fomentado en quienes no lo han adquirido aún; una suerte de higiene pública según la cual leer es algo bueno en sí, y deseable siempre. No que a veces no lo sea: puede darse la ocasión de que alguien encuentre en un libro las respuestas a sus preguntas más importantes, las posibilidades más inesperadas de transformar su vida e incluso la felicidad o hasta la sabiduría. Pero sospecho que hay algo de necia ilusión en esperar eso, o cosas parecidas, a la hora de abrir un libro, y que hay mucho de ingenuidad en insistir sobre virtudes inherentes a la lectura, pues si alguna llega a destellar más bien será porque quien lee ya la portaba de algún modo, y sólo se ha activado gracias, ahora sí, al hecho de estar leyendo. Que es muy distinto. Parece más sensato, en lugar de esperar efectos mágicos (que, por leer, alguien llegue a ser mejor persona), dejar sencillamente que los libros sean, antes que ninguna otra cosa, lo que tienen que ser: un mero gusto, una forma de procurarse un placer, a la disposición de quien sea que le dé la gana, cuando sea y sin que la experiencia tenga que reportarle nada más.
        La lectura, además, es una manifestación de inconformidad, de rebeldía, una actividad crítica de la que se desprende automáticamente una actitud de discrepancia: levantamos los ojos del texto y empezamos a poner en duda que el mundo realmente funcione bien. De ahí que haya un contrasentido en suponer que haga falta abrirle caminos a algo que por definición ha de salir —y de sacarnos— de las rutas trazadas en el orden natural de las cosas. Como creo que siempre ha sido, terminará leyendo quien tenga que leer. Y por razones que es imposible prefijar, y con consecuencias que nadie puede prever.
        Luego: es común oír que la lectura tiene enemigos: la tele, internet, los videojuegos, así. La vagancia, en suma. Como si leer no fuera, también, una forma de vagancia. A mí me gusta ver tele —mucho, de todo, todo el tiempo, desde chiquito—, y últimamente me he sorprendido sintiendo una como agrurita (culpa, yo creo) por no dedicarle más atención a la lectura, o buscando justificaciones que no tienen lugar (como pensar que parte de la mejor narrativa actual es la que se escribe para las series de televisión, cosa que es cierta pero que, en el fondo, no importa). Si leer es edificante y encomiable, ¿dejar de leer es reprensible y denigrante? Y si leer es tan bueno, ¿por qué hace falta machacar tanto para que se lea? Cuando un libro nos atrapa (es decir: cuando nos elige para revelarnos algo que no sabíamos que sabíamos), queda en suspenso toda obligación nuestra con el mundo: nos volvemos unos desobligados. Y es una dicha a la que nadie nos puede obligar.
   
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 21 de octubre de 2010.
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