Fugaces

 William Faulkner, encantado de posar.

Hay gente —no tanta, pero algo— a la que le gusta ver a los escritores en persona; hay escritores —muchísimos— a los que les gusta dejarse ver por la gente. Y por la convergencia de esos dos gustos se explica, supongo, la modalidad de promoción de los libros que consiste en poner a uno o a varios escritores delante del público, para que éste los vea y escuche lo que sea que tengan que decir (y les pida que firmen libros, que se dejen tomar fotos, que saluden como si fueran en un carro alegórico, los increpe, etcétera). Por razones misteriosas —o evidentes, ahorita vemos por qué—, los escritores pasan por celebridades en estas ocasiones, así escaseen entre el público sus lectores, e incluso personas que sepan quiénes son. Habrá incontables motivos por los que alguien (que acude, pongamos, a la presentación de un libro, a una conferencia, a una firma de autógrafos) quiera constatar que existe, en carne y hueso, quien no parece existir lo suficiente por el solo hecho de disponer del nombre con que rotula sus libros: quizás por cotejar la imaginación con lo que pueda ofrecer la realidad (¿cómo será este señor que escribe semejantes linduras?); tal vez por asegurarse de que hay alguien detrás del nombre, para saber a quién agradecer o a quién culpar (¿cómo será éste que escribe semejantes sandeces?). O por la pura ociosidad, que tampoco es tan rara: se podría levantar encuestas al final de cada presentación para saber bien cuántos espectadores han acudido por obligación (parentesco, amistad, quedar bien), y cuántos nomás entraron a ver qué —porcentaje que sería bastante elevadito.
        Estrellas fugaces, los escritores expuestos quedan automáticamente investidos de un prestigio y una autoridad para los que no necesitan más que ponerse ahí, frente al sillerío, de preferencia sonrientes y dejándose mimar por los flashes y la atención de los presentes. Aunque hay excepciones en las que ir a verlos tiene sentido —igual un provecho muy particular e incomunicable, después de todo por algo existen los fans—, lo cierto es que la cosa tiene mucho de frivolidad. Total: ahí están los libros, que deberían ir por delante del mono que los hizo.

Hacia la FIL V

A propósito de frivolidades, ¿irá a estar el Gobernador González («Emilio» que le diga el Rector) en la inauguración de la FIL? Porque como está enmulado con la Universidad de Guadalajara, capaz que hace el desaire. Siempre son indeseables las visitas de los funcionarios, de cualquier nivel, porque por lo general son aparatosas y entorpecen la circulación, además de que no sirven de nada. Ojalá que a nadie se le antoje ir a pasearse y a lucirse —aunque está difícil, porque la cercanía con los libros es un adorno irresistible para políticos y bichos parecidos. Por lo pronto, a alistarse para estar ahí, desde este sábado, y a disfrutar lo que haya de disfrutable, que la FIL sigue siendo, antes que de nadie más, del público que asiste.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 25 de noviembre de 2010.

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