Lejos de la página en blanco, ese territorio siempre promisorio por las
infinitas posibilidades que extiende para la imaginación de un novelista
—así las exploraciones que éste emprenda lleguen a ser desventuradas o
atroces—, la superficie sobre la que ha elegido escribir el sudafricano
J. M. Coetzee es la de un espejo. La decisión supone tener delante, en
todo momento, la imagen de sí mismo, y en esa imagen la mirada de los
ojos de un hombre solo y en silencio, que ve las evoluciones de la prosa
que se extiende sobre su rostro y, simultáneamente, los ojos del hombre
que va trazándola, apenas interpuestos entre ambos los significados de
las palabras con que buscan dar respuesta a las interrogaciones que se
hacen recíprocamente. No es un empeño solipsista: fuera del espejo, en
los libros a los que finalmente llegan y en los que las conocemos, esas
palabras que este hombre dirige a sí mismo terminan, misteriosamente,
por interpelarnos y concernirnos con un poder irresistible: la página
del libro se vuelve entonces un espejo en el que descubrimos nuestro
rostro asombroso, que a solas y en silencio nos hace las preguntas más
insospechables. Y temibles...
«Jóvenes»
Es por un principio de desconfianza ante las generalizaciones que he tenido que presenciar con reserva la afirmación en la discusión pública de las relativas multitudes de estudiantes los últimos días («relativas», digo, porque me parece que al juzgar una manifestación, pongamos, en virtud de lo exitosa que sea su convocatoria —cuántos participan—, y al dar por sentado así su alcance y lo significativa que, se supone, llega a ser, se omite tener en cuenta las otras multitudes formadas por desinformados e indiferentes que ni siquiera alcanzan a enterarse de la primera —cuántos dejan de participar—, y también las sumas que harían los individuos, imagino que incontables, inmunes por los motivos que sea al contagio del entusiasmo de quienes se manifiestan). De acuerdo: tal vez haya virajes históricos que, por su urgencia, sólo se pueda ir comprendiéndolos mediante generalizaciones apresuradas, en lo que hay tiempo de figurarse más puntualmente cómo han tenido lugar —es decir: cuando sea momento de explicarse qué pasó, y cómo. Pero también, creo, es importante estar alerta ante el peligro de que las generalizaciones entrañen una deliberada voluntad de indistinción y que ésta —a saber a conveniencia de quién— sólo abone a la confusión, al griterío y al desconcierto.
No sé, por ejemplo, de qué se habla cuando se habla de «jóvenes», y me temo que se recurra tanto a ese término tan vago sobre todo en virtud del aura casi mística que le confieren sus connotaciones automáticas: la energía, la salud, la potestad del futuro, la inocencia y la buena fe y los anhelos mejores, la pureza de quien no ha vivido lo suficiente para alcanzar a corromperse. Y creo que basta recordar la propia juventud (que ¿cuándo se termina?) para reparar en que no siempre es preferible ser joven, y que calificar como tal también implica comportar lo indeseable de esa condición: el arrebato, la zafiedad, la ignorancia, la ilusión ingenua. También tengo dificultades con la generalización «estudiantes»: ¿en qué universidades, con cuáles carreras y formados por qué planes? ¿A quiénes han tenido o tienen por profesores? ¿Qué notas hay en sus boletas de calificaciones? ¿Con qué vidas —deseos, expectativas, planes, ideas de la realidad—, fuera de esa etiqueta que los iguala en nombre de la inconformidad? Si leen —quiero creer que sí—, no puedo imaginarme qué. Ni qué tan al tanto puedan estar de las razones de fondo (históricas, sobre todo) de la efervescencia a la que se afilian, más allá de las consignas que han de corear.
Me da la impresión de que las demandas en marcha de «jóvenes» y «estudiantes», si bien son dignas de que las suscriba de inmediato cualquier mexicano con tantito juicio (yo también aborrezco a los candidatos y a sus partidos y a las televisoras), están formuladas con la misma vaguedad de esas generalizaciones, distan de ser una auténtica insurgencia y que su solo sustento es la emoción. Ojalá me equivoque —y esto no pase de ser una generalización más.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 31 de mayo de 2012.
Fuentes
En una cultura como la mexicana, impensable sin su necesidad de
figuras patriarcales a las que se confiere potestad absoluta sobre la
inteligencia de la historia que presencian, descifran y protagonizan, es
comprensible que la muerte de Carlos Fuentes haya sido deplorada desde
un sentimiento de orfandad. Claro: también debe tomarse en cuenta lo
inesperado del deceso, acaecido cuando el escritor recién había dado
pruebas de hallarse tan activo como lo había estado siempre, trabajando y
concitando la atención inmediata sobre su trabajo y sus proyectos
literarios, pero además sobre sus pareceres como el intelectual presto a
opinar acerca de la actualidad sociopolítica: acaso por lo súbito de la
noticia, pero sobre todo por la notoriedad insuperable del personaje,
daba la impresión de que era imposible: Fuentes, qué duda cabe, lleva
décadas siendo el escritor más importante de este país… en los términos
en que esa importancia está hecha de visibilidad, de omnipresencia
mediática como figurante principal en la discusión pública y del
carácter de emblema viviente que su tiempo le confirió como testigo (y
actor), del México postrevolucionario y del Boom de la literatura
latinoamericana y del pensamiento crítico ante el avance del modelo
neoliberal.
Así, fueron inevitables las desmesuras que
resumen los encabezados de la prensa internacional —la presunta
consternación de rigor, expresada de inmediato desde los niveles más
altos del poder, y sus resonancias, que fueron del auténtico pesar de
los auténticos lectores a los rebuznos con que candidatos y políticos
oportunistas e ignorantes se sumaron al duelo. Y dio la impresión de que
su ausencia podrá tener más peso que el que suman su obra, su
intervención en los diversos presentes que atravesó y su influencia en
quienes vienen detrás de él. El tránsito de Fuentes lo resume muy bien,
me parece, el epígrafe de Guillén de Castro que instaló al frente de una
de las piezas de Constancia y otras novelas para vírgenes: «Muera yo, pero viva mi fama».
Novelista disparejo (hay consenso en que nunca consiguió superar sus
títulos tempranos), narrador formidable en un puñado de cuentos,
ensayista y articulista elocuente pero no imprescindible («enjundioso
descubridor de lo consabido», anoté una vez, y sigue pareciéndomelo),
fue en todo momento un escritor imponderable: se lo aceptaba y se lo
celebraba sin más. Quizás, tristemente, ése sea su salvoconducto al
olvido; tal vez no, pues puede que sea tiempo de justipreciarlo al fin
—y qué sorprendente juicio puede extraerse del comentario con que Juan
Villoro cerró la nota que publicó ayer aquí mismo, al citar un dicho
reciente de Fuentes, «Si no vives como joven, te carga la chingada», y
agregar enseguida que «su corazón se detuvo un segundo antes de que eso
sucediera»: ¿o sea que estaba a punto…? Al llorarlo, se ha insistido,
por supuesto, en su amor a México. Ya lo esperan la tumba y la lápida
que se mandó hacer en el Cementerio de Montparnasse, en París.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 17 de mayo de 2012.
«Debate»
Se había anunciado que entre los temas del primer «debate» entre los
candidatos a la gubernatura de Jalisco (bueno, lo que haya sido la hora y
media de sopor que nos endilgaron a los ingenuos que nos aplastamos a
verlos) estaría el de la cultura. Y así fue, con eso arrancaron luego de
sus parlamentos de presentación. ¿Por qué entrar por ahí? Porque es un
asunto del que no tienen ninguna intención de volver a ocuparse; porque
lo aburrido o lo más aguado es conveniente despacharlo mientras el
público todavía está acomodándose y no ha acabado de empezar a poner
atención. Pero, independientemente de eso, se podría preguntar por qué
habría que esperar de los candidatos (éstos o cualesquiera, en esta
elección o en la que sea) que dispongan de planes al respecto, si se
trata de una materia a la que son ajenos por definición y que en el
gobierno que se proponen encabezar —como ha sido en todos los anteriores
y como es, en general, en todos los rumbos de la administración pública
en México— estará invariablemente lejos de ser prioritaria. La cultura,
evidentemente, no les interesa a los candidatos, pero además están al
tanto de que tampoco al grueso de los electores: de ahí que, como se vio
el martes, se limiten a pergeñar (para salir del paso, para simular lo
que ni siquiera haría falta que simularan) un manojo de obviedades,
lugares comunes y bobadas.
(Aprovecho para hacer una
aclaración personal: ninguno de los candidatos tiene mis simpatías
porque el primer requisito que yo le exigiría a alguien que aspirara a
mi voto sería la decencia de renunciar a ser candidato en este sistema
de imposturas que es nuestra pseudodemocracia averiada sin remedio. Y
así cómo). Más allá de las indefiniciones y confusiones habituales en
que reincidieron todos —siempre que sale la palabrita «cultura» a los
políticos les da más bien por hablar de educación, identidad,
recreación, turismo y hasta deporte—, lo que alcanzaron a exhibir los
candidatos, antes de empezar a salpicarse con sus inmundicias (bueno,
salvo la seño que prefirió ponerse a leer: pobrecita, se diría, pero ¿no
es execrable también prestarse así a un juego en el que sabe que no
tiene esperanzas, dilapidando así nuestro tiempo y nuestro dinero?), fue
un lamentable vaticinio de que en este ámbito —porque uno de éstos va a
ganar— seguirán prevaleciendo las ocurrencias y las fórmulas huecas
según las cuales la cultura debería siempre servir para algo más:
desarrollo, progreso, alejar a los niños de las drogas, que los
mariachis retumben por toda la eternidad y otras estupideces por el
estilo. Además dejaron claro que, de llegar, se propondrán —ya luego se
verá qué pronto queda desmentido el que llegue— dar más presupuesto al
aparato burocrático del rubro, que si no funciona sin lana, con la
cartera gorda sólo demostraría funcionar peor. En fin: ya se vio qué
traen entre manos —nada que importe—, ya nos podemos entretener con
otras cosas.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 3 de mayo de 2012.
22 de abril
No
es sólo porque completa un «número redondo» que importa la suma del
tiempo transcurrido desde la mañana infeliz en que Guadalajara fue
abruptamente eviscerada por las explosiones que, a falta de una
denominación más justa en términos históricos (pudieron llamarse como
sus culpables, para garantizarles la infamia que merecen), terminaron
recordándose por la fecha en que sucedieron. Veinte años son una vida en
que pueden darse por sobrepasadas las ignorancias, las perplejidades y
las incertidumbres de la infancia y la adolescencia, un punto en el que
hace ya rato que se traspasó el umbral de la adultez y se ha comenzado a
difuminar o confundirse lo que hubo antes porque el futuro ya nos
lleva entre las patas. Piense cada quien en lo que era y hacía a los
veinte años. Y Guadalajara, al cumplir esta edad —no es exagerado decir,
me parece, que en la catástrofe del Sector Reforma se sucedieron la
muerte de la ciudad que hasta entonces habíamos conocido y su traumática
resurrección—, está en riesgo de terminar de desentenderse de lo que
fue aquello y de sus consecuencias. (Además, en vista del presente
convulso y precario que atravesamos, da la impresión de que la sociedad
está violentamente abocada al olvido y a pasar cada vez más pronto cada
nueva página del horror diario: conteste rápido: ¿recuerda qué día
fueron los «narcobloqueos» de hace apenas unas semanas? Seguramente han
sido lo peor que le ha pasado a Guadalajara desde 1992, y seguramente la
ciudad no había vuelto a experimentar así el miedo. ¿Ya no nos
acordábamos? Fueron el 9 de marzo).
Uno se diría que
es imborrable la impresión que dejaron las explosiones del 22 de abril
en la memoria de Guadalajara. Pero quién sabe, y por eso es
indispensable repasar aquellos días malvados: cómo, por consecuencia de
la estupidez y la irresponsabilidad de quienes luego quedarían blindados
por la impunidad, el mundo voló en pedazos para tanta gente que ahí
quedó o que, si sobrevivió, fue al dolor de ver a los suyos arrebatados,
al propio cuerpo malherido y lastrado, a la pesadilla de lo sucesivo.
Luego, el estupor lo prolongaron (y a la fecha) la negligencia y el
cinismo de las autoridades, por cuyo proceder miserable, como escribió
Baudelio Lara, «la palabra tragedia se volvió un cliché, una sonora palabra trisílaba trizando sus tristes trazos en medio del discurso del poder».
(Esto se lee en un ensayo que acompaña a una serie de dibujos hechos
por niños damnificados, y que con tales dibujos está compilado en el
libro Estela contra el olvido, reunión de textos literarios de
treinta autores en torno al 22 de abril puesto a circular hace diez años
por la editorial tapatía Arlequín y que, recientemente, ha sido
relanzado en versión electrónica y gratuita, disponible en edicionesarlequin.com.mx).
Lara también anotó ahí: «Trágicos los terremotos, las erupciones
volcánicas, las hecatombes siderales: esto sólo es vergüenza: ira vuelta contra uno mismo». Eso fue. ¿Y de entonces acá? El avance del olvido.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de abril de 2012.
Monstruitos
El país es un asco, de acuerdo, pero no precisamente el asco que
pinta el corto de los «niños incómodos» que empezó a circular antier, y
que ha recabado tanta atención. Primero, porque en el asco de todos los
días no suena incesantemente, para terminar de pudrirnos la vida, la
tonadita gangosa de José José. Felizmente. Segundo, y más importante,
porque en esa maqueta de la descomposición nacional urdida por la
iniciativa «Nuestro México del Futuro» faltan incontables elementos de
peso que fueron convenientemente soslayados, y sin los cuales la
supuesta crudeza del corto en cuestión queda sólo en la reiteración
melodramática (y muy cursi) de un puñado de obviedades: sí, los
diputados se jetean en vez de trabajar; sí, hay balaceras todos los días
y los civiles inocentes no tienen más que tirarse al suelo; sí, hay
mendigos y rateros y manifestaciones y taxistas vociferantes y policías
corruptos y funcionarios corruptores y personajes corruptos que
corrompen hasta que son secuestrados, y etcétera. ¿No sabíamos?
Pero se echa de menos, por ejemplo, a un niño encarnando a un
empresarito televisivo cuando palomea las porquerías que atestan la
programación con que su emporio cumple funciones de Secretaría de
Educación Pública; a una niña como la lidercita magisterial en sus
amarres y las multitudes de adeptitos que, al trabajar por la
prosperidad de ésta, se aseguran la propia —y, asimismo, lidercitos
petroleritos, mineritos, burocratitas y demás—; faltan también el
banquerito, el industrialito negrerito en sus trácalas y enjuagues, el
evadorcito de impuestos, los presidentitos de partidos y los dueñecitos
de éstos (un niñito verdecito, pongamos por caso); el arzobispito de
espaldas a su grey, arreglando impunidades, encubriendo pederastitas y
bendiciendo con su presencia a los ricachoncitos; y, por qué no, los
candidatitos con sus fábricas de sandeces y todo su cinismo, y los
gabinetitos identificables de la administración actual y las pasadas.
Entre otros muchos.
Acaso no sea tan asombroso que semejante
producción menee, como por lo visto ha hecho, la nata sentimentaloide en
que los mexicanos nos descubrimos chapoteando cuando no estamos
sobrecogidos por el miedo, reducidos por el agotamiento de lo cotidiano o
viendo que viene el Papa. Y es que para eso está tramado: para
conmover, jamás para indignar. Pero conmover no sirve de nada, y en este
caso es apenas una pretensión patética de chantaje: como si «Doña
Josefina», «Don Enrique», «Don Andrés Manuel» o «Don Gabriel», ese
póquer de ilusorias omnipotencias, acto seguido se vieran rediseñando
sus planes para que cesara el infiernito de los niños que salen en el
corto. «Siempre se habla de El Niño como si fuera un monstruo de inmenso
tamaño, vasta complejidad y sorprendente novedad», escribió Chesterton,
y por eso estos niños, así disfrazados y puestos a actuar, parecen
monstruosos. Pero lo verdaderamente monstruoso es el tamaño de la
ingenuidad nacional.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 12 de abril de 2012.
Impresiones
Imagino que le pasará a cualquier persona que se halle de paso o de
visita en cualquier lugar: al estar en un sitio al que no se pertenece
(y qué querrá decir eso, por otro lado: acaso uno sólo llegue a
pertenecer definitivamente al pedazo de tierra en que quedará
sepultado), y al que por ende se está lejos de comprender o de figurarse
más que superficialmente, sólo es posible arreglárselas con algunas
impresiones fragmentarias, fugaces, y por eso muy posiblemente erróneas
—o, en todo caso, susceptibles de precisarse si hubiera ocasión de
averiguar sus causas—, que los pasajes por los que se atraviesa imprimen
en los sentidos. En resumen: cuando uno está, digamos, en una ciudad
que no es aquella en la que transcurre y se modula lo que entendemos por
lo cotidiano (la vida de todos los días, en los rumbos por los que la
hacemos), en una ciudad a la que se llega y de la que se sale, a la que
se va por vez primera o incluso con alguna regularidad, pero en la que
no se vive, las apariencias que salen al encuentro se superponen
irremediablemente a cuaquier explicación, y lo que se ve es lo que hay.
A esta embrollada obviedad me condujo una reciente y, por fortuna,
brevísima incursión al centro de Guadalajara, en estos días en que la
ciudad canjea a buena parte de sus habitantes por visitantes que la
eligen como destino vacacional por razones que cada vez me parecen más
difíciles de conjeturar: ¿qué esperan hallar aquí, qué les han contado,
qué se proponen descubrir (o redescubrir quienes ya antes han venido)?
Mi experiencia es la de un visitante del centro que inevitablemente ha
de cotejar cada nueva vivencia de ese espacio con el recuerdo de tiempos
en que esas vivencias constituían lo cotidiano: ahí viví más de un
cuarto de siglo y, aparte de cualquier idealización propia de la
contemplación a la distancia de la infancia o la juventud, no puedo sino
encontrar decadencia, deterioro, abandono, horror y hostilidad
crecientes. Pero ¿qué ven esos visitantes, con qué impresiones se
quedan?
Habría que preguntarles, claro, pero lo que me
temo es que prevalezcan las impresiones de una ciudad enemistada
consigo misma, revolcada en la suciedad inconcebible en la que se place,
crispada y agresiva, vociferante y, en suma, temible. No hay en el
centro, prácticamente, rumbo o estación (un edificio, un jardín, una
fuente, una calle) que, pudiendo ser armoniosos y disfrutables, no se
vean pronto corrompidos y estropeados por lo que Philip Roth llamó «la
mancha humana»: la huella o la presencia de quienes estamos o pasamos
por ahí para emporcarlo todo, para empujar lo que esté por caerse, para
afear de una vez lo que aún no sea del todo horrible, para pasar unos
encima de otros en nuestas ansias de desastre. El centro no era lo que
es, no me cabe duda (por mucho que mi recuerdo atenúe las carencias o
defectos que seguramente tuvo). Y lo que es —lo que se ve es lo que hay—
resulta sencillamente indefendible.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 5 de abril de 2012.
Jorge Edwards: con el Señor de la Montaña
Es fácil imaginar que la biblioteca cobró forma como la materialización
de un ideal: la aspiración de apartarse del estrépito del mundo, la
procuración del retiro y el sosiego, que son formas decorosas de la
renuncia. Así, aquel severo recinto recordaría una fortaleza cuya
reciedumbre habría de radicar, más que en el espesor de los muros, en la
solidez de las piezas que la poblarían: volúmenes de los clásicos
griegos y latinos, principalmente. Un ámbito austero, con pocas
ventanas, suficientes sin embargo para la luz indispensable del día: una
luz que, más allá de la paz de los viñedos, se extendía sobre el tiempo
atroz que atravesaba Europa, y específicamente Francia: la misma luz
que en París filtraba el rojo sangriento de las Guerras de Religión, y
que al entrar en el torreón de aquel castillo del Perigord iluminaría
—ya dispuestos los anaqueles y los volúmenes en ellos, ya grabadas en
las vigas del techo algunas sentencias procedentes de esos mismos
libros, vigilantes y a la vez inspiradoras— las palabras del hombre que
construyó su biblioteca y que en ella se retiró a pensar. A pensar por
cuenta propia, hay que decirlo, y a anotar lo que su juicio vino a
encontrarse...
Publicado en el nuevo número de Magis: por acá, para seguir leyendo.
Visita
Ya lo decía un personaje de Los relámpagos de agosto,
de Jorge Ibargüengoitia: «¿Sabes a dónde nos conducirían unas
elecciones libres? Al triunfo del señor Obispo». En la historia de
México no se han visto ni se verán actos multitudinarios tan
desmesurados como los que se han celebrado en ocasión de las visitas que
los romanos pontífices han hecho desde hace 33 años... como no sea que
el Papa actual vuelva alguna vez o los que le sigan hagan sus
correspondientes peregrinaciones —que no faltarán, con lo redituable que
ha demostrado ser la excursión a una tierra tan ansiosa de su
presencia, tan alborozada cuando la tiene y tan perpleja cuando el Papa
por fin se tiene que ir: en algún lado, ya no sé dónde lo vi, alguno de
los incontables medios que dieron cobertura (también desmesurada) a la
visita papal reportó que había un grupo de chamacas chillando
desconsoladas porque Benedicto XVI no pudiera quedarse para siempre a
vivir aquí.
De la vez que Juan Pablo II estuvo en
Guadalajara, en 1979, tengo un recuerdo felizmente borroso, de
televisión en blanco y negro, apenas condimentado por los sarcasmos que
mi muy juarista papá soltaba mientras veíamos la transmisión a salvo de
las insolaciones, los apretujones y las alucinaciones colectivas que
tenían lugar en el centro de la ciudad. El contagio de la exultación que
experimentaban las muy católicas señoritas profesoras de mi colegio
quedaba, en mi caso, neutralizado por el escepticismo y las ironías que
mi papá tuvo a bien imponer en casa como filtro de lectura de lo que
presenciábamos, y así llegué a hacerme una idea de que a López Portillo
había que levantarle cargos de traición a la patria (se decía entonces
que trajo al Papa para cumplirle el gusto a su madrecita) y, más
adelante, en 1990, con Salinas y el restablecimiento de las relaciones
diplomáticas con El Vaticano, me quedó claro (mi papá ya había pasado de
los sarcasmos a la franca invectiva) que ya la cosa se había echado a
perder irremediablemente.
Pero esta vez, en un país
que revienta de miseria, ignorancia, violencia, miedo, odio y cinismo, y
con una Iglesia católica que nunca había estado de tal modo en
entredicho, la cosa fue quizás demasiado lejos. Dejando aparte los
«sentimientos religiosos» (esa entelequia peligrosa a la que se alude
cuando se pretenden justificar excesos como los que vimos), ¿la visita
del Papa qué vino a demostrar? Entre otras cosas, la facilidad con que
es posible fabricar versiones del país a modo de quien mande, a cargo de
una maquinaria mediática todopoderosa, inapelable y convenientemente
genuflexa, y a cuenta del erario (que para eso está). No ignoro que
abundaron las voces discordantes, pero ¿quién las habría de oír? México
es ese candor pasmoso que enronqueció y se desmayó y cantó y echó porras
y gimió al paso del papamóvil, in situ o por la tele, y que quedó encantado, agradecido, bendecido y en las mismas. O no en las mismas: tantito peor.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 29 de marzo de 2012.
Unción
¿Por qué Mario Vargas Llosa necesita que la candidata de su
preferencia gane la elección por la presidencia de la República en
México? Es el verbo que usó: «necesitamos», dijo —si bien el plural en
el que el escritor se incluye, quién sabe junto a quiénes en su cabecita
loca, le sirve para hacerse pasar por portavoz de una supuesta
necesidad colectiva, pero también para difuminar en cierta medida la
necesidad (o el deseo) que cabría admitir como exclusivamente suya: muy
bien que está al tanto —para eso es escritor— de que la primera persona
del singular conduce más rápido a la revelación del despropósito. Bueno,
adujo algunas razones (que «la lucha contra la violencia, la corrupción
y el narcotráfico que ha dado con tanto coraje el Presidente Calderón
no ceda el paso, no retroceda y continúe»), a las que debe sumarse su
animadversión tácita a las alternativas, especialmente la que supondría
el retorno a la que hace más de veinte años calificó como «dictadura
perfecta» —una ocurrencia que hizo fama y que desde entonces y hasta la
fecha no ha dejado de utilizarse con irresponsabilidad y ligereza.
Encomió, además, a «su» candidata, y ésta y sus partidarios por lo visto
quedaron encantados con la unción —y los adversarios, trinando de
rabia, procedieron a descalificar la admiración y la adhesión del Nobel.
A nadie pareció extrañarle el hecho de que el señor no sólo no figura
en el padrón electoral (que se sepa, nomás tiene las nacionalidades
peruana y española), sino que ni siquiera vive en este país.
Meramente anecdótico y ya olvidable, el episodio contará tan poco en la
contienda electoral como las burradas que otro candidato tuvo a bien
proferir cuando fue interrogado por los libros «que lo han marcado». Y
como cualesquiera otras instantáneas de las precampañas, las
entrecampañas, las campañas y las postcampañas en las que se vea a sus
protagonistas principales en las inmediaciones de la cultura y sus
figuras estelares: en concreto, siempre que alguno de los candidatos
esté en los rumbos de los libros y los escritores, la cosa cuando mucho
da para presenciar un puñado de disparates y pasar de inmediato a otro
asunto.
Pero es un malentendido que se replica
incesantemente: políticos y escritores creen necesitarse mutuamente, y
así los primeros procuran la foto con los segundos para granjearse lo
que quizás entiendan como una suerte de aval (intelectual, moral, sabrá
Dios), en tanto que los segundos van y mueven la cola delante de los
primeros bien por motivos puramente convenencieros o laborales (cada
quien sabrá cómo hace su luchita) o, lo que es peor, porque realmente
les prestan atención —una atención jamás correspondida— y creen que se
puede razonar con ellos. Y cómo va a ser: en general, y sobre todo en
México, los actores de la política no son en absoluto atendibles, como
no sea en clave de ironía. Obstinarse en tomarlos en serio es propio
sólo de ingenuos. O de farsantes.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de marzo de 2012.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








