Imagino que le pasará a cualquier persona que se halle de paso o de
visita en cualquier lugar: al estar en un sitio al que no se pertenece
(y qué querrá decir eso, por otro lado: acaso uno sólo llegue a
pertenecer definitivamente al pedazo de tierra en que quedará
sepultado), y al que por ende se está lejos de comprender o de figurarse
más que superficialmente, sólo es posible arreglárselas con algunas
impresiones fragmentarias, fugaces, y por eso muy posiblemente erróneas
—o, en todo caso, susceptibles de precisarse si hubiera ocasión de
averiguar sus causas—, que los pasajes por los que se atraviesa imprimen
en los sentidos. En resumen: cuando uno está, digamos, en una ciudad
que no es aquella en la que transcurre y se modula lo que entendemos por
lo cotidiano (la vida de todos los días, en los rumbos por los que la
hacemos), en una ciudad a la que se llega y de la que se sale, a la que
se va por vez primera o incluso con alguna regularidad, pero en la que
no se vive, las apariencias que salen al encuentro se superponen
irremediablemente a cuaquier explicación, y lo que se ve es lo que hay.
A esta embrollada obviedad me condujo una reciente y, por fortuna,
brevísima incursión al centro de Guadalajara, en estos días en que la
ciudad canjea a buena parte de sus habitantes por visitantes que la
eligen como destino vacacional por razones que cada vez me parecen más
difíciles de conjeturar: ¿qué esperan hallar aquí, qué les han contado,
qué se proponen descubrir (o redescubrir quienes ya antes han venido)?
Mi experiencia es la de un visitante del centro que inevitablemente ha
de cotejar cada nueva vivencia de ese espacio con el recuerdo de tiempos
en que esas vivencias constituían lo cotidiano: ahí viví más de un
cuarto de siglo y, aparte de cualquier idealización propia de la
contemplación a la distancia de la infancia o la juventud, no puedo sino
encontrar decadencia, deterioro, abandono, horror y hostilidad
crecientes. Pero ¿qué ven esos visitantes, con qué impresiones se
quedan?
Habría que preguntarles, claro, pero lo que me
temo es que prevalezcan las impresiones de una ciudad enemistada
consigo misma, revolcada en la suciedad inconcebible en la que se place,
crispada y agresiva, vociferante y, en suma, temible. No hay en el
centro, prácticamente, rumbo o estación (un edificio, un jardín, una
fuente, una calle) que, pudiendo ser armoniosos y disfrutables, no se
vean pronto corrompidos y estropeados por lo que Philip Roth llamó «la
mancha humana»: la huella o la presencia de quienes estamos o pasamos
por ahí para emporcarlo todo, para empujar lo que esté por caerse, para
afear de una vez lo que aún no sea del todo horrible, para pasar unos
encima de otros en nuestas ansias de desastre. El centro no era lo que
es, no me cabe duda (por mucho que mi recuerdo atenúe las carencias o
defectos que seguramente tuvo). Y lo que es —lo que se ve es lo que hay—
resulta sencillamente indefendible.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 5 de abril de 2012.
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