Por el libro y los lectores

Foto: ©FIL Guadalajara/Gonzalo García Ramírez

A lo largo de sus veinticinco años, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ha llegado a constituirse en un referente indispensable para la cultura en México y también para el mundo editorial iberoamericano. La fama de su ciudad, así como la de la universidad que la organiza, es indisociable de lo que ocurre durante esos nueve días de cada otoño que se han vuelto una costumbre para los habitantes de este rumbo y para los visitantes asiduos —e incluso para quienes sólo han venido alguna vez o nunca, dada la resonancia mediática que la feria alcanza en cada ocasión. En este sentido, puede que las ambiciones con que nació se hayan visto rebasadas desde hace tiempo: tenida por la segunda más grande en el mundo después de la de Fráncfort (una noción que se repite sin que parezca haber necesidad de demostrarla), pronto se habituó a ser grande —muy grande: es lo que asombra sin falla a quienes apenas la descubren— y a proponerse, parecería que inconteniblemente, la proliferación abrumadora de cuanto ocurre dentro de ella; de tal manera, su vocación originaria se ha diversificado, y ahora es, además de la fiesta de los libros que empezó siendo, un festival cultural de considerable influencia en un país donde este sector suele ser marginal (cuando no es confundido con la promoción turística), un insoslayable centro de transacciones (no únicamente industriales o comerciales, sino también políticas) y un escenario propicio para la discusión del presente y la suposición del futuro desde muy diversos ámbitos.

La organización de la FIL entiende automáticamente por prestigio la atención que concita, y ello en parte es causa de que sea renuente a una voluntad autocrítica que la lleve a reformularse, o siquiera a plantear ajustes significativos a las dinámicas que a fin de cuentas le funcionan para garantizar su permanencia; así, la feria tiene una marcada tendencia a la espectacularidad en sus programas de actividades —lo que quizás no sea del todo reprochable, pues de lo que se trata es de acercarse públicos crecientes, y es de esperarse que al fin éstos se hallen con los libros y lo que sucede a su alrededor. Esa elevada autoestima, digamos, explica además que la FIL se tenga a sí misma como un bien común difícilmente cuestionable: luego del escándalo suscitado con la entrega del Premio FIL al plagiario contumaz Alfredo Bryce Echenique, Nubia Macías, la directora, minimizó el amargoso episodio y afirmó: «Estamos concentrados en hacer que esta feria sea maravillosa y que la gente la siga amando sobre todas sus cosas».

​Pero aunque sea mucho el amor que, en efecto, muchos le tengamos a la FIL, no se puede dejar de apreciar cómo su existencia se ve comprometida por la institucionalidad tácita según la cual opera, tan afín a la que rige en la Universidad de Guadalajara: un mando supremo al cual se pliega absolutamente todo interés (en aras del interés de ese mando supremo), la normalización de prácticas que dan amplio margen a la ocurrencia o al capricho, y la preservación de un estado inercial por el que sale bien lo que siempre sale bien, resulta conveniente abstenerse de intentar lo que podría salir mejor, y lo que sale mal se hace como que no es tan grave.

​Dada la importancia que reviste en la historia reciente del país, de esta ciudad y de muchos de sus habitantes, siempre es de desear que la FIL prospere (y no nada más crezca), sobreponiéndose a lo consabido y reinventándose más decididamente en cada nueva edición. Valdrá la pena, tanto por el libro, esa materia un tanto insólita en los tiempos absurdos que corren, como por los lectores, esa especie que resiste y cada año acude con renovada disposición para el descubrimiento y la maravilla, y por cuya felicidad la feria ha hecho tanto.

Publicado en el suplemento perFIL de Mural, el viernes 23 de noviembre de 2012.

 

 

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