Insensatos

Los de Sexto Piso.

Foto: ©FIL Guadalajara/Marte Merlos

Un camarada, estupendo escritor mexicano —no doy su nombre porque me la tiene cantada cada que amago con citarlo—, me dijo uno de estos días en que repasábamos nuestras vivencias de la FIL en la inhóspita terraza para fumadores de Expo Guadalajara (las mesas siempre escasean, la comida es cara y mala, el lugar es un cochinero, pero a nadie parece molestarle nada de esto): «Cada uno de mis libros lo he publicado gracias a que mis editores están locos». Esto significa que en su caso, como seguramente pasa con muchos autores que no encajan dentro de las expectativas de éxito inmediato que suelen tener las editoriales, quienes lo han editado lo han hecho apostando al factor aparentemente insensato de la calidad por encima de cualquier otro: un editor recibe un original, lo lee, se deja entusiasmar porque cree que tiene entre manos algo que vale la pena, invierte en la producción y en ponerlo a circular y ya está. Si obtiene alguna ganancia, habrá sido un golpe de suerte.

Si la oferta editorial no está por completo infestada de porquerías es gracias a estos editores que se permiten tales márgenes de insensatez. Pero también hay casos en que privilegiar la calidad es una forma de lucidez sostenida, que a la larga da frutos. Es lo que corroboré en la mesa que tuvo lugar el martes por la noche para celebrar los diez años de Sexto Piso, seguramente una de las empresas más estimables en el panorama nacional y cuya historia es ejemplar en varios sentidos: por cuanto está afirmada en la atención al lector necesitado (siempre existiremos) de materiales que no necesariamente entren dentro de las dinámicas comerciales de los grandes sellos, y al tanto de que hay un mercado para los libros buenos y bien editados, esta editorial ha prosperado, y seguramente seguirá haciéndolo, sin preocuparse de las nociones agoreras que pueden desalentar a quienes temen constantemente las crisis o la transformación del libro (de sus soportes y sus vías de circulación); como dijo Eduardo Rabasa, uno de sus fundadores, habría que pensar más bien en quiénes y por qué razones buscan imponer las profecías y las amenazas, pues lectores sigue y seguirá habiendo, lo mismo que títulos de calidad que es imperativo seguir publicando.

No sé qué tan buena será la nueva novela de Juan Villoro, Arrecife, pero qué bien la presentaron él y Rafael Pérez Gay. Es lo suyo, ser encantadores, y está bien. Con todo y que Villoro es el hombre orquesta de la literatura mexicana, y candidato al papel del escritor más visible de la misma, con lo que eso implica en una cultura donde se confiere autoridad no sólo literaria a los escritores conspicuos y omnipresentes, lo que más importa de él está en sus libros, así que hay que continuar leyéndolos. Hoy, por lo demás, el programa vuelve a estar atestado de presentaciones, y se me antoja en primer lugar ir a oír a Francisco Hinojosa, que hablará de sus lecturas en el Salón 4 a las 19:00 horas. ¿Y eso de Jaime López, que ya cambió a Aleks Sintek (o como se escriba) por Diego Luna? Lo siento: yo paso.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL de Mural, el jueves 29 de noviembre de 2012.

 

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