De ocasión



Frecuentemente paso delante de una librería de viejo, y aunque rara vez he entrado —a causa de las malditas prisas, pero también porque me basta echar un vistazo a la vitrina para suponer que no habrá muchas probabilidades de hallar alguna novedad—, siempre me pega una rafaguita de envidia al ver al dependiente, no sé si será el dueño, instalado detrás de un escritorio, leyendo a sus anchas. Claro: esa envidia luego se disipa cuando considero que su situación no debe de ser muy afortunada: si tiene tanto tiempo y tanto silencio para pasársela leyendo, seguramente es porque ahí no se para un alma. Aunque han de llegar, siquiera, las indispensables para pagar la renta y la luz —y para que el hombre subsista con algo más que letras—, lo evidente es que no puede ser el negocio más próspero del mundo. Y sin embargo ahí está, funcionando tenazmente, a disposición de nuestra voluntad de entrar y hacer un hallazgo —creo que nunca he salido de una librería de viejo sin haber comprado un libro, o al menos sin las ganas de volver por una maravilla, que luego nunca vuelvo a encontrar—, y a expensas de nuestra curiosidad, que es en realidad su único sustento.
            Cuento esto porque mañana en la tarde se inaugura la tercera Feria del Libro Antiguo y Usado, en los portales de la Presidencia Municipal de Guadalajara. No se instalarán sólo los integrantes de la Asociación de Libreros de Guadalajara, sino además otros expositores venidos de la Ciudad de México, y tienen también un programa de actividades culturales que conviene revisar (yo me lo hallé en el perfil de Facebook de la librería El Desván de Don Quijote). Otros años he comprobado que esta feria cumple de modo inobjetable el fin sencillísimo de poner libros en el paso de la gente, en la calle: la gente, así, no tiene más que toparse con ellos, lo que es de suyo insólito en este país en que la mayoría de los habitantes jamás ha puesto un pie en una librería o en una biblioteca. Y entonces pasa lo insospechable: los libros se van con quienes se los encontraron. Así de simple y así de increíble. No escasearán las oportunidades, eso es seguro. Así que habrá que ir.

Hacia la FIL II
«¿Y quién viene?»: es la pregunta que escucho más repetidamente cuando la FIL sale a la conversación. Según yo, esto demuestra que la feria está en la atención de la gente en función de las «personalidades» que trae: a quién se le podrá pedir un autógrafo, oírle una conferencia, sacarle una foto, arrancarle un mechón de pelo. Y las expectativas se moldean de acuerdo a la nómina de famosos que será posible encontrar. Por ejemplo: si a esa pregunta se responde que no viene Rubem Fonseca, que se rumorea que podría estar Salman Rushdie, o que Danica McKellar (ajá, la Winnie Cooper de Los años maravillosos) estará en un coloquio científico (¡ajá!), ya nos podemos ir haciendo una idea de lo que será nuestra vivencia de la FIL esta vez.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de octubre de 2012.
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