Carta a Carlos Slim

(Inspirado por el ejemplo de Guillermo Sheridan, que una vez dirigió una conmovedora carta al magnate mexicano —y con toda razón, porque a él es a quien hay que pedirle las cosas, porque él es quien manda en México, y no los legisladores, no Felipe Calderón, no ningún impresentable «representante» popular ni ningún otro mamarracho de ésos—, externo aquí mi desesperación y mi cuita).

Querido (es un decir) ingeniero Slim:

Le escribo por lo que me acaba de pasar en uno de los establecimientos donde, día a día, millones de mexicanos contribuimos con nuestros pesitos a engordar la cartera que a Usted —con toda justicia, eso nadie lo va a discutir— le permite ostentarse como el hombre más rico del mundo. Es cierto, permítame empezar con una digresión, que podrá no parecer mucho lo que yo aporto a la obesidad de esa cartera: trece pesos con cincuenta centavos cada noche (los viernes es mucho más, porque ceno, y cenan también los amigos con quienes me encuentro aquí), y eso sin contar con los siete que puntualmente dejo, también cada noche, como propinas para las empleadas suyas que cordialmente me atienden; pero, si sacamos cuentas (no quería yo entrar tan pronto a esos temas poco elegantes, pero ni modo), póngale que dejo en su negocio, el Sanborn's Café de las avenidas Vallarta y Tepic, en Guadalajara, un promedio de $180.00 pesos a la semana, por lo bajito. Al mes hacen $720.00, y al año $8,640.00. Le digo esto por lo que a continuación voy a decirle: he acudido a este café desde hace, por lo menos, doce años. O sea que me he puesto para su causa con $103,860.00. Por lo menos. Y eso sin contar lo que le pago por todo lo demás que Usted me vende todos los días —que no lo voy a enlistar aquí, porque se me acaba el resuello y capaz que hasta se me disipa, por puro agotamiento, el coraje que traigo hoy.
Como le digo, tengo doce años viniendo aquí. Casi cada noche, como una costumbre que se explica por tres sencillas razones: una, que vivo a dos calles; otra, que aquí suelo estar en paz (no se ofenda, pero a los Sanborn's viene únicamente la gente que no tiene más remedio, y eso a mí me libra de encontar a conocidos que tienen mejores opciones que yo), y a toda hora, pues es de esos locales que funcionan día y noche; y tercera, que siempre me habían tratado bien y me dejaban estar.
Hasta hoy. Hoy, ingeniero Slim, llegué y una de las meseras («vendedoras», pues: ya sé que así se les dice aquí, como si llamándolas con ese eufemismo consiguieran sus políticas laborales atenuar el sostenido bochorno que debe representar para ellas ganarse la vida vestidas de piñatas) me advirtió que no podría instalarme en mi lugar habitual de la barra. ¿La razón? Las estúpidas disposiciones que, en contra de la presencia de los fumadores (que yo lo soy, y en buena media también gracias a Usted, que me vende los cigarros), han puesto en práctica ya en su cadena. Me enviaron a un rincón lóbrego y apartado, como entiendo que se hará en adelante con quienes persistimos en fumar, y hasta ahora (llevo unas dos horas aquí, y desde aquí mismo le escribo, gracias al servicio de Prodigy que Usted también me vende), todo el personal del lugar ha pasado a darme —no sin sorna indisimulada en un par de casos— muestras de compasión o de solidaridad.
Doce años, ingeniero. No es una exageración patética (o bueno, sí es patética, pero no exageración) si le digo que aquí han tenido lugar algunos acontecimientos centrales de mi vida. No voy a entrar a en detalles, porque a Usted qué le importan, pero créame que tengo razones para sentir un gran cariño por este café. Y no dejo de sentirme, a veces, perplejo por ese cariño: el lugar ni es bonito, ni es demasiado apacible, ni es barato, ni muy higiénico (óigame: una vez le sirvieron a un cliente unos tecolotes ¡con vidrios!)... No es que lo critique, pero bien podrían hacerse algunas mejoras. Pero no es ése mi punto. Mi punto es que, en nombre de la legislación más odiosa que ha tenido lugar en los últimos años en México (una ley, la de la supuesta protección a los no fumadores, por la cual el Estado nos trata a los ciudadanos como débiles mentales), en su negocio no han sabido ponderar el respeto a los clientes fieles como yo, y sin pensarlo mucho nos han hecho pagar un castigo que, sinceramente, no nos merecemos. Vea: el local, según yo, bien podría organizarse de manera que los viciosos y los virtuosos del aire puro convivamos sin estorbarnos. Sólo que lo han hecho a lo Borras y sin tomar en cuenta nuestra opinión. Es más: ojalá un día se diera Usted una vueltita por aquí, para que comprendiera que la solución podría ser otra. Y lo que yo digo es: ¿me quieren correr? Porque es lo que parece. Se lo pregunto a Usted.
Estoy entre deprimido y francamente encabronado, ingeniero, así que discúlpeme si me interrumpo en este momento. Sólo espero que le piense tantito, y vea cómo podremos arreglarnos. Porque hay una cosa que se llama lealtad, y eso es algo que sus empleados no han parecido tomar en cuenta esta noche —esta noche triste, le digo, ¡en que además es mi cumpleaños!, y en que yo llegué con la ilusión de todos los días: la ilusión de tomar mi café y fumar un rato en mi lugar de la barra, como he hecho tanto tiempo.
¿Me dice qué se le ocurre?





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5 comentarios:

Kurt C. dijo...
3 de marzo de 2008, 9:37

cómo en tu cumpleaños...malditos!

Anónimo dijo...
3 de marzo de 2008, 15:29

mándalos a la chingada.

Anónimo dijo...
3 de marzo de 2008, 16:20

Ya proponía yo que te festejáramos el mismo día de tu cumpleaños, por andar de creídos (creímos que ibas a celebrar con alguien especial), echaron mi propuesta por la borda.
Para el siguiente será.

¡Miles de buenos deseos para tí!

Ingrid Valencia dijo...
4 de marzo de 2008, 14:20

Sí, yo tengo una extraña sensación de odio y enojo contra la gente sana que se alegra por esta ley, muestran su sonrisa más dañada. Pero qué hay con las liberdades y los derechos de los fumadores. Nos exiliaron de la sociedad...¿porqué no hacen una campaña contra la burocracia? o cualquier otra cosa que de verdad importe.

Nos encaminamos torcidamente hacia un comunismo solidario.

Bueno, ¡Feliz cumpleaños!

Anónimo dijo...
7 de marzo de 2008, 13:58

ja,ja,ja, quiere llorar, quiere llorar.