Al fondo de un pozo

Un hombre en el fondo de un pozo, con un bat de beisbol en las manos. El silencio y la oscuridad propician la soledad más absoluta. Espera. Cierra los ojos y espera. Pasa mucho tiempo, pero la medida del tiempo, como la realidad que posiblemente prosiga su marcha allá afuera, son apenas datos que han dejado de tener importancia. Lo mismo que el mundo y quienes lo habitan. «Yo ya no me incluyo entre ellos. Pues están en la superficie de la tierra y yo estoy en el fondo de un pozo profundo. Ellos tienen luz, yo estoy a punto de perderla. A veces pienso que ya no podré volver jamás a ese mundo. Tal vez nunca vuelva a sentir el sosiego de estar envuelto en luz». Y sigue esperando.
La imagen pertenece a una novela de título tan insólito como fascinante: Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. El hombre que la protagoniza, Tooru Okada, es un joven desempleado que ha sido abandonado repentinamente por su mujer. Poco antes había desaparecido su gato. Y acaso sea todo lo que pueda adelantarse sobre esa historia, pues ir más allá supondría aspirar —neciamente, absurdamente— a simplificar, mediante la relación de los acontecimientos que se suceden en la novela, una de las empresas más desconcertantes y asombrosas de la literatura de nuestros tiempos. O quizás sólo pueda agregarse esto: Crónica del pájaro... es una historia que comienza con la obertura de La gazza ladra, de Rossini, y concluye con una conmoción irreversible en cada uno de sus lectores. Sin falla.
Cuenta la leyenda que todo comenzó un día de 1978 en que Haruki Murakami, entonces el propietario de un bar donde se tocaba jazz, en Tokio, asistió a un partido de beisbol. Cuando Dave Hilton, un jugador importado de Estados Unidos, pegó un hit doble, el joven empresario entendió súbitamente que tenía que escribir una novela, y salió del estadio para comenzar esa misma noche. No se detuvo hasta que llegó a la página final de La caza del carnero salvaje, que pronto fue un éxito, y a la que siguió Tokio Blues (Norwegian Wood), que pronto fue una locura: en pocas semanas se vendieron en Japón más de dos millones de ejemplares, y Murakami literalmente debió huir. Se refugió en la Universidad de Princeton, con la convicción de que no podría volver a vivir en su país como un ciudadano normal. Pero regresó: tras el terremoto que asoló Kobe, la ciudad en que había vivido muchos años, y también a causa del atentado con gas sarín en el metro de Tokio a manos de la secta La Verdad Suprema: Murakami entrevistó a decenas de sobrevivientes, y a raíz de ello publicó Underground, su primer libro de no-ficción.
Reconocido unánimemente por la crítica y el público como uno de los mayores escritores vivos a nivel mundial, en cada una de sus novelas Murakami extiende un enigma formidable: aunque parecen libros tan «fáciles» de transitar —buena parte de las autoridades literarias en su país lo desdeñan como un autor pop, y censuran, por ejemplo, su gusto por «musicalizar» las historias—, ¿por qué su efecto resulta tan poderoso? Un crítico estadounidense lo dijo de modo inmejorable: «Como lectura, son perfectas para un viaje en avión, sólo que cuando uno las acaba se pasa el resto del vuelo, incluso el resto del mes, replanteándose la vida». Lo mismo en Sputnik, mi amor, donde una historia en absoluto extraordinaria aparenta transcurrir con toda naturalidad, que en la más reciente, Kafka en la orilla, cuyos personajes nos permiten presenciar sus vidas como si nada inusitado estuviera ocurriendo en ellas (¡y vaya que ocurre!: que un hombre, por ejemplo, de buenas a primeras se ponga a conversar con un gato, y que éste le responda...).
El caso es que ingresar a una novela de Murakami es como sumergirse en un pozo profundo, donde no se sabe qué podrá pasar. Pero sin duda será algo verdaderamente grave. Y, a menudo, perturbadoramente hermoso.

Publicado en Magis.
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1 comentarios:

Kurt C. dijo...
26 de julio de 2007, 12:26

Bien, ya tengo otros títulos mas a esperar en mi larga lista. El que mas me llama es la de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo y Underground, ya revisé en la Gandhi y vaya...si son un poco caros.

Saludos!