Ian McEwan: el fulgor del desastre

No hay que darle muchas vueltas: lo único que hace falta en la vida es tener una buena idea. Pero tiene que ser muy buena. Originalísima y de alcances insospechables. Una idea tan buena, pongamos, como para ganar con ella el Premio Nobel. Sobre semejante certidumbre se sostuvo la existencia del físico inglés Michael Beard, laureado en Estocolmo por haberle enmendado la plana nada menos que a Albert Einstein... hasta que vino a enterarse de que es tan importante concebir una buena idea como cuidarse de tener una pésima ocurrencia. Ya se veía venir: luego de que su quinto matrimonio reventara en una explosión de deslealtad y frustración, y cuando ya se le habían declarado formalmente inauguradas la barriga ingobernable y la inclemente calvicie, Beard daba muestras de ser, por muchos mimos que le granjeara su prestigio como científico, un imbécil de dimensiones épicas: un día, por ejemplo, durante una excursión al Polo Norte a fin de atestiguar in situ los efectos más visibles del calentamiento global, el Nobel detuvo su motonieve para ponerse a orinar. Y a 22 grados bajo cero el contacto de la piel con el metal de un zíper no puede ser sino una catástrofe espeluznante...

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