«Capu»

Se entiende que a Capulina se llegó a tenerlo por «campeón del humorismo blanco» en virtud de que su gracia eludía procacidades, voces altisonantes y cualquier malevolencia, y que así su personaje, reiterado en películas, programas de televisión y, ¡cómo olvidarlo!, en la historietita nombrada con certerísima tautología Capulinita, habría estado naturalmente cerca del público infantil, al que buscaba divertir con conductas pueriles y, desde luego, con su mera facha absurda y risible: un gordo apretado en un saco de cuadritos, con una ancha ranura entre los incisivos superiores y, lo más raro, con un sombrero de forma radicalmente contradictoria: destapado, un sombrero que era más bien una corona o una dona: un no-sombrero, vaya. A considerable distancia de otros cómicos cuyo funcionamiento estaba fincado más bien en la picardía (como Tin-Tan o Resortes), en la astucia (como Medel o Cantinflas) o en la voluntad crítica y en la intransigencia ante la cochina realidad (como Palillo, o como la mancuerna de Héctor Lechuga y Chucho Salinas... o como los insuperables Polivoces), Capulina trabajaba a conciencia la simplonería —estaba más próximo a Manolín, ahora que lo pienso—, lo que sin duda debe reconocérsele como un mérito estilístico: así es como se llega a ser inimitable, obstinándose en la integridad de determinados principios.
        No parece tan claro, sin embargo, que esa naturaleza automáticamente lo hiciera favorito de los niños... O no me lo parece a mí, a la hora de revisar cómo figura Capulina en mi memoria de la infancia. Al ir a revisar esos sótanos, lo que hallo es una constante que sólo atino a definir como inquietud. Por ejemplo esta impresión: en la película El zángano se ve y se oye a Carlos Lico (¡el galán!) cantarle a Jacqueline Andere aquello de «Mi vida es tuya tuya» en un escenario descabellado (un área de exhibición de la tienda departamental donde trabajan «Capu» y la muchacha, pero como diseñada por un interiorista de veleidades surrealistas, con una rampa enorme que no conduce a ningún lado); Capulina apenas pasa corriendo al fondo, haciendo dengues y gansadas, ya en vías de perder irremediablemente a la muchacha (la abeja reina en torno a la que revolotea, claro, como el zángano que es). Una estampa triste, la suya. Y los títulos de otras cintas no le ayudan mucho: El metiche, El naco más naco, El bueno para nada... Cuando actuaba con Viruta tampoco la pasaba muy bien: el otro era un neuroticazo, y Capulina —así terminaran con novias y todo— siempre quedaba como el tontolón; y en la historietita ya dicha estaba sojuzgado por la figura de un abuelo manchado que a la menor provocación le jalaba la oreja hasta la otra página. Su gesto emblemático era la indecisión exasperante: «No sé, tal vez, puede ser, a lo mejor». Y, encima de todo, ¿por qué se llamaba como una araña venenosísima? Total, que no sé cómo acomodar el recuerdo de Capulina. Y entre más lo pienso más me digo: cuál humorismo: lo suyo era una forma pura de la melancolía.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 6 de octubre de 2011.
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