«¿Es tuyo?»


Ante el despropósito, la sandez, la reiteración irritante de lo consabido, las torceduras convenencieras y fatuas de los discursos (los rebuscamientos, las cursilerías, la demagogia), la circunspección cretina que suele vestir la solemnidad, las erupciones de pedantería o la mera pesadez, cuando muchos sólo sabemos contrariarnos (y, a lo sumo, ponernos precisamente pesados), Arturo Súarez arqueaba las cejas, tomaba nota y facilitaba una fórmula infalible para que aquella sustancia espesa e intragable quedara milagrosamente adelgazada por la gracia que sólo él sabía añadir (o detectar: «¿Es tuyo?», preguntaba, oportunísimo, cuando a uno se le salía un disparate que bien podía encuadrar dentro del periquete, el arduo género que cultivó hasta el fin). Para comerciar con la famosa realidad no hay divisa mejor que la ironía, y este maestrazo tenía reservas inagotables: tanto como para regalar todo el tiempo cheques firmados a quien se cruzara en su camino: al encontrarte con él ya iba extendiéndote la hoja con su producción más reciente (que a menudo admitía aportaciones de otros), un obsequio no por esperado menos sorprendente cada vez: ¿cómo se le ocurrían tantas cosas? (Y ahora pienso cómo hemos quedado súbitamente empobrecidos, pues ya no recibiremos esos regalos impagables que merecíamos sólo por hallarnos donde él estaba, y cómo nos harán falta esas indicaciones de elegante sorna para saber reírnos).
    Avezado anatomista del lenguaje, Arturo coleccionaba diccionarios, y era capaz de despejar las incógnitas más abstrusas respecto al correcto uso del español o de la lengua inglesa. Como los mejores humoristas, tomaba con la mayor seriedad el valor de la precisión en todo cuanto se dice, y, sin alardes ni jactancias, sabía acudir a su vasta erudición para afianzar rigurosamente sus aseveraciones. Una vez, mientras pagábamos unos cafés en la Joseluisa, me dio un seminario exprés sobre numismática victoriana; otra vez, en una fiesta (¡había que verlo bailar, claro!), tuve la suerte de oírlo discernir los méritos de varias cantantes de jazz. Por ejemplo. Lo que quiero decir es que, en mi experiencia del trato con él —privilegio del que gocé por algo más de veinte años—, siempre estuve aprendiéndole algo. Siempre.
    Y una gratitud concreta: cuando varios amigos hicimos una revista, hace añales, Arturo nos apoyó pagando anuncios en los que promocionaba su Club de Periqueteros Solitarios. Claro que no le hacía falta esa publicidad: las reuniones sabatinas en el Café Gardel, por ese entonces, se armaban con el puro gusto de hacerlas, y sin embargo él tuvo la generosidad de idear ese pretexto para echarnos la mano. ¿Quién hace eso? De manera que, bueno, es una tristeza enorme que se haya muerto. Pero es una alegría inolvidable que nos haya tocado conocerlo, leerlo, escucharlo, aprender de él, y verlo alzar las cejas y reírse cada que el mundo daba evidencias de lo absurdo que puede llegar a ser.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 24 de diciembre de 2009.
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