Alturas



para Verónica, que me aseguró
que en las suites Moralva vive Silvia Pinal


Por la luz violácea de la hora se diría que sobran los lentes oscuros (montura de carey, enormes como dos manotazos); por la rapidez de los pasos, por la pañoleta que le sujeta el cabello y lleva atada bajo la barbilla y, sobre todo, por lo que parece su determinación de inclinar la cabeza siguiendo una línea fosforescente pero invisible trazada en la banqueta, los lentes oscuros son obviamente indispensables. ¿Salió del Oxxo? Puede ser, pero, de admitir las proposiciones insulsas que pulsan en lo evidente, habría, también, que confiar en que el elefante de la otra cuadra embestirá de un momento a otro los coches que pasan delante de él; también habría que creer, sin más, que lo escrito dice lo que dice, que tienen razón siempre los sentidos, que la ocurrencia de todo habría de ajustarse —y bastaría— a cuanto ordenan leyes formuladas o por formular. Esta mujer, no la perdamos de vista, pasa ahora bajo una lámpara que denuncia fugaz pero indudablemente lo que alcanza a vérsele del rostro: las hebras doradas de una barba y un bigote que desaparecen cuando alza el cuello de su abrigo y sale de la luz. El bolso blanco no era eso: es un cordero. Pero en la avenida, mientras sube ya la escalinata del edificio, se encamina al vestíbulo, deja ir una mano rumbo a la pañoleta, que va a desatar (y el cordero sí era un bolso, del que saca ahora unas llaves), mientras desaparece, en fin, en la avenida queda sólo la indemostrabilidad de su breve carrera.
       Si llega a volverse incuestionable la necesidad de procurarse, alguna vez, el apartamiento radical y la renuncia a la presencia de los otros (instalándose en lo alto de una columna, por ejemplo), una de las razones cardinales e inobjetables tendría que ser la decisión de liberarse del paso del tiempo. No, esta mujer no venía del Oxxo: había bajado —pero eso nos lo perdimos— de un automóvil negro, enorme y brillante como sus lentes oscuros; no esperó a que el chofer llegara frente al edificio, y menos tuvo paciencia para que le abriera la puerta. Como otras noches, había dado esos pocos pasos apresurados en pos de esa altura —a cambio de la columna, una suite en uno de los últimos pisos—, y la prisa y la pañoleta y los lentes oscuros más bien velaban sus muchos años, que iban deshaciéndose conforme llegaba hasta allá. Así que ahora sale al balcón, y convendría volar y elevarse y espiar más de cerca: es una escena en blanco y negro: es jovencísima, rubia, sostiene una copa y posa las manos en el barandal: las manos manchadas y huesudas de una anciana que está a punto de dejar de serlo.

Publicado en KY de noviembre de 2009

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