Corín Tellado

Supongo que habré leído alguna novela de Corín Tellado. Me gustaría afirmarlo con certeza, y no únicamente porque la señora haya muerto hace unos días y sea ocasión de recordarla mejor (por su obra y no sólo por su fama, quiero decir), sino también porque creo que soslayar su vastísima producción y desdeñar su relevancia significa dar la espalda a una de las escritoras más fascinantes de los últimos tiempos. No es improbable, quiero pensar, que haya dado (yo o cualquiera que hojeara alguna vez las revistas que la publicaban) al menos con una de sus miles de historias armadas con protagonistas arrebatadas por el amor, el deseo, el error o la desgracia; tampoco, seguramente, será tan difícil encontrarlas: si internet no sirviera para cosas como ésta, entonces para qué diablos tendría que existir.
    Aparte de las cifras delirantes que es delicioso repetir al referirse a ella (más de cuatro mil novelas que han vendido más de 400 millones de ejemplares), el hecho es que Corín Tellado era, ante todo, una escritora que tenía absolutamente claro lo que hacía. Aseguraba que sus argumentos los trazaba en cinco minutos —incluido el indispensable final feliz—, y tenía muy en alto el valor de la sencillez. «Ésos que escribían de una forma tan complicada, con tanta intriga que no entiendes y que tienes que leer la novela tres veces para comprenderla, ya no “pitan”. Ahora se lleva lo sencillo. Más sencillo que Cervantes o Lope de Vega... ¿Por qué quieren intrigar tanto?», respondió en una entrevista, a propósito de quienes ven en la sobreabundancia de sus ficciones un sinónimo de mala calidad. Decía que lo suyo eran «novelas de sentimientos», no novelas románticas, y juraba que nunca estuvo enamorada: de ahí que fuera más bien escéptica respecto a las diferencias entre hombres y mujeres: «Yo creo que nos parecemos bastante. Las mujeres paren y los hombres mean contra la pared, eso es todo». Aprovechó inmejorablemente lo que a muchos habría hecho desesperar: la censura: por ella, para eludirla, su estilo se decantó por la sugerencia, por la alusión. Y, lo más admirable de todo, no parecía dar ninguna importancia a nada de lo que llevaba escrito: lo suyo era, siempre, la siguiente historia, la que la mantenía trabajando aun lastrada por la enfermedad —desde hacía años se limitaba a dictar, y una vez firmó una novela que escribió su secretaria—; también estaba dispuesta a admitir sin reparos las indicaciones de sus editores, todo con tal de no llegar a decepcionar al lector. Sus autores favoritos eran Julio Verne y Alejandro Dumas —y, razón de sobra para quererla, de García Márquez opinó: «Ése nunca me convenció».
    Pienso ahora que tan pedante es menospreciarla —después de todo, autoras como ella son, en enorme medida, las responsables de la educación emocional de millones— como innecesario (y también pedante) examinar el prodigio o hacer su elogio: a las generaciones que han vivido como propias sus historias elementales qué les tendría que importar.
Publicado en la columna «La menor iimportancia», en Mural, el jueves 16 de abril de 2009.
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2 comentarios:

Pequeña capitalista dijo...
16 de abril de 2009, 21:44

Toooodos la hemos leído, aunque sea por error en una vanidades de nuestras madres... para como son las cosas igual en 10 años se vuelve retro y cultura... Nomás que yo no creo q fuera tan sencilla, escribía medio lentón

Víctor Cabrera dijo...
18 de abril de 2009, 23:40

¡¡¡¿De nuestras madres?!!! Las Vanidades llegan a mi hogar puntualmente mes con mes. ¡¡¡Viva Carolina de Mónaco!!!