Una defensa de lo indefendible (otra*)


Sólo con humor negro hay manera de hablar de los beneficios del tabaco. Decir, por ejemplo, que su consumo acaso prevenga la sobrepoblación en el mundo. O algo parecido a esos carteles con calaveritas chacuacas que hay en las tiendas naturistas, y que rezan «¡Fumar adelgaza!». Etcétera. Fuera de esas malas bromas —tan fallidas como las advertencias impresas en las cajetillas de cigarros: yo por qué habría de tener miedo a parir un bebé enclenque: bastante susto tendría con saber que estoy embarazado—, a los fumadores nos resulta imposible alegar en serio ningún influjo salutífero del cigarro en nuestras vidas llenas de humo, pestilencia y tos. Y, sin embargo, nos conducimos como si no fuera así, y preferimos desoír lo que todo el mundo sabe —y nosotros también, desde luego—: que fumar mata. Y seguimos fumando.
Por si esa necedad fuera poca, ostentamos otra, quizás más alarmante: fumamos aun cuando el mundo nos aborrece cada vez más. Nos echan a la calle, nos ven feo, nos increpan con hostilidad, nos acusan de asesinos, nos desprecian, nos suben las primas de seguros, y pronto nos restregarán la Ley en la cara para proscribirnos y erradicarnos definitivamente. Cuando morimos, secretamente nos tildan de imbéciles: nosotros nos lo buscamos. Pero perseveramos en nuestros varios despilfarros: derrochamos antipatía, dinero y vida. Y, a veces, estamos hartos de nosotros mismos (quienes no fuman desconocen la forma, el color y la espesura de lo que somos capaces de escupir por las mañanas), tenemos miedo del diagnóstico horroroso, nos revienta salir a media noche a buscar un Oxxo, maldecimos cuando no funciona el ascensor: ocasiones, en fin, no nos faltan para detestar nuestra dependencia —aunque no deben de parecernos tan graves, pues por lo general conseguimos apaciguarnos con el siguiente cigarrito.
Como Zeno, el personaje de Svevo, de algún modo entendemos que cada cigarro es el último, pero también que en realidad es siempre el primero. Y, como Mark Twain, tenemos claro que dejar de fumar es facilísimo: lo hacemos miles de veces a lo largo de la vida. Somos, por cierto, peores personas cuando nos vemos privados de satisfacer nuestra ansiedad —y en el efecto (dudoso) que el cigarro tiene como tranquilizante estaría su único mérito, de no ser porque nuestro desasosiego proviene también de él.
Dicho todo lo anterior, la defensa de nuestra causa —causa que resulta insensata para los Virtuosos del Aire Puro, y no les falta razón— únicamente puede hacerse en términos morales. El recóndito regocijo que hallamos al soltar bocanadas de veneno, en estos tiempos de histerias y segregación (como si nuestras sociedades necesitaran más razones para la división y el odio), ya tiene que ver, sobre todo, con la preservación de la libertad —aunque tampoco hay que exagerar: fumar sigue siendo muy rico. ¿Que dañamos a quienes nos rodean? Sencillo: que haya lugares para ellos y para nosotros. Pero existe una gran diferencia entre eso, que sería una disposición elemental para la concordia y la civilidad, y el hecho de que el Estado se inmiscuya en nuestra voluntad más privada, así ésta sea la de matarnos como nos parezca preferible.
Además: siempre hay cosas peores que nuestro vicio (un minibús, la afición desmedida a la mayonesa, el mal gobierno, un narco bravo, los ríos en México, el reggaeton...). Además: a lo mejor un día nos da la gana y dejamos de fumar. Además: ¿por qué fastidiarnos con tanta animadversión y tanta saña? Los fumadores somos la única plaga que se extermina a sí misma.

* Otra, pues ya había perorado sobre este tema, aquí y acá, e incluso en una pataleta que hice más acá. Fugazmente pensé, el otro día, que si hubiera una causa digna de ser suscrita por quienes no suscribimos causa alguna, tendría que ser ésta. Pero naaa, tampoco es para tanto.

Publicado en el suplemento Salud, de Mural, el 28 de abril de 2008.





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7 comentarios:

Anónimo dijo...
8 de mayo de 2008, 13:51

Ay, qué buena causa: la libertad de morirse como uno quiera.
Pero no olvides el punto que siempre sale a flote: los chinos inventarán muy pronto una variedad de curas para la variedad de males que acarrea fumar.
No, ya en serio; una cosa que me gusta de cuando fumas es el olor de tus dedos amarillentos.
Si no hiciera tanto daño... Y una que te quiere sano, pues.
Bueno, yo me declaro no-fumadora pacífica y tolerante; y también tu fan.
Vero.

Anónimo dijo...
8 de mayo de 2008, 19:41

buenos comentarios, pero creo que si lo positivo del cigarro casi siempre esta con humor negro, como por ejemplo:

-el cigarro te quita vida
- hay si pero te quita los años más feos, cuando estas viejito y eso.
siempre hay probabilidades de muchas cosas.

Armando Negrete.
(su blog me inspira a escribir cosas de la vida cotidiana)

Arturo Pérez Navarro dijo...
8 de mayo de 2008, 21:20

Ya en perspectiva, creo que el reggeton si es peor que el cigarro, para empezar el humo no llega tan lejos como el sonsonete aquel. Sería bueno que fuera
nocivo a la salud y lo segregaran a espacios diminutos.

Roberto Tostado dijo...
9 de mayo de 2008, 4:35

Hola Israel:

pues me acorde de ustedes y me puse a leer mucho de lo que han escrito y despues vi tu blog y me parece sensacional. como siempre mucha admiracion, un abrazo y muchos saludos a todos por alla.

pd. te dejo un link a mi blog donde estoy haciendo mis ejercicios de "escribidor" a ver que opinas.

Roberto Tostado dijo...
9 de mayo de 2008, 4:35

se me olvido poner el link jeje

http://lasprofundidadesderakel.blogspot.com/

Alejandro Vargas dijo...
9 de mayo de 2008, 14:15

Que ironía ponerlo en la sección de salud, jajaj.
Por qué nos dejan tan socialmente rechazados?(me considero fumador ocasional) ni a los animales de zoológico los ven tanto.

dayanna* dijo...
11 de mayo de 2008, 2:13

Coincido con Kurt, toda una ironía ponerlo en la sección de Salud, muy buen texto, muy ameno.

Saludos, intento leer mucho para volver a encontrar mi inspiración. =)