Corrientes

Es muy probable que, aparte de Octavio Paz, Ismael Rodríguez y Yolanda Vargas Dulché, nadie haya logrado trazar de manera tan perdurable las líneas según las cuales puede comenzar a entenderse la naturaleza de lo mexicano como Los Polivoces. (Los productos culturales de Frida Kahlo, Alejandro González Iñárritu, Carlos Fuentes —Gringo viejo, pongamos—, etcétera, a tales efectos, sirven más bien para que los gringos piensen que aquí todo es corazones sangrantes, perros atropellados y revolucionarios pendencieros que moquean de amor, mientras que Chespirito, cuando se nos adelante, va a ser más llorado en Perú). Enrique Cuenca y Eduardo Manzano, sobre todo gracias a su libretista principal, Mauricio Kleiff, establecieron un puñado de prototipos ineludibles que, como el rocanrol, llegaron para quedarse, y sólo por ello —aunque habría que sumar las horas de felicidad que nos brindaron a una o dos generaciones— ya merecerían que sus nombres fueran inscritos en letras de oro en el recinto del Congreso de la Unión (cosa para la que ni Paz ha sido bueno: para ello los diputados tendrían que leerlo, y eso no lo harán ni volviendo a nacer).
Bueno. Todo esto porque había un personaje de Los Polivoces, encarnado por Cuenca, que hace un par de días revivió en la figura del berrinchudito Gobernador González («Emilio» que le diga el rector): ¿alguien —ojalá que sí— se acuerda de El Mesié? Era un pobre diablo cuyo aspecto miserable estaba acentuado por sus pretensiones y sus ínfulas: iba andrajoso, pero sus harapos consistían en los restos de un frac, con chistera incluida, guantes percudidos, polainas y bastón; llevaba un bigotito fino (más bien un embarrón de pelos sobre la trompa), y sus modales afectados resultaban absurdos porque, primero, siempre estaba rodeado de puros patanes, y enseguida porque él mismo era un patán resuelto a aparentar todo lo contrario. «¡No sean cogggrrrientes»!, increpaba a sus amigos con ridículo acento francés, entre avergonzado y amarguetas, cuando salían con una leperada —o sea siempre. (También era pobretón, cuentachiles y transa).
Pues con ésa salió ahora Gonzalitos, en el acto de inauguración de una biblioteca en Lagos de Moreno. (¡Hey! ¿Llegará el día en que se recuerde al Gobernador como a su paisano, el celebérrimo Alcalde de Lagos, como un emblema del disparate?). «No se vean corrientes», reconvino a los manifestantes que le mostraban cartulinas insultantes. No le parece, ahora, que sus gobernados lo traten con sus mismos modos. Se ofende. Y, aunque se le retuerce la tripa —cosa que está muy bien—, lo que en realidad importa es que sigue sin entender maldita la cosa: «ofrecí disculpas porque lo hice mal», continuó su regaño, recordando que reconoció haberse excedido en el discurso famoso. Pero lo que sigue sin pasarle por la cabeza es que sus errores importantes son otros, no los que salen de su boca majadera. Ni cómo ayudarle. En fin. El Mesié siquiera era simpático.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 23 de mayo de 2008.




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5 comentarios:

Diezmartinez dijo...
23 de mayo de 2008, 11:51

Y el asunto, mi estimado Israel, es que el pueblo mexicano reacciona frente a los abusos del Señor Gobernador (o Señor Presidente o Señor Diputado o Señor Senador o Señor...) como el Wash-and-wear frente al nefasto Mostachón. Los insultamos, los rechazamos, nos desahogamos, pero seguimos siendo sus gatos. ¿Qué hacemos con estos léperos que ni siquiera son graciosos?

Luis Vicente de Aguinaga dijo...
23 de mayo de 2008, 13:35

Dicen que nada en el mundo es peor (o mejor: para el caso es lo mismo) que ser naco. Pero el peor de los nacos es el naco regañoncito que ya cree haber superado aquello tan feo que le reprocha con altivez al resto de nacos que, desde su perspectiva, se han ido quedando atrás, aquellos que siguen viviendo en el pasado, que no salen de pobres ni hacen el menor esfuerzo por embadurnarse de buen gusto. Es el postnaco, encarnado en Jalisco por el impresentable Gobernador, que ya presentó sus mil excusas de borrachito arrepentido, sí, aunque todavía pedo.

Anónimo dijo...
23 de mayo de 2008, 15:45

No, ni duda cabe. Los que vivimos en Jalisco, estamos en una pinche telenovela donde no pasa nada.

Joel Meza dijo...
23 de mayo de 2008, 16:11

Pues 'ora sí que "quién los (nos) quiere, condenadotes..."
"El Mesié" era uno de los personajes más despreciables de Cuenca (ya solo, después de la lamentable separación de Eduardo Manzano, por cierto), tal vez tanto como "El Chavo de la Ibero", que originalmente hacía Luis de Alba con Manzano. Ambos alimentados de lo peor de nosotros y vomitando sus orígenes. "El Mesié" terminó por desaparecer, no así "El Chavo de la Ibero". Significativo el hecho de que ese ser despreciable terminara por convertirse en un favorecido y simpático (para la sociedad mexicana) "Pirrurris".

Kurt C. dijo...
25 de mayo de 2008, 0:33

Ni pa'donde hacerse. Esperemos que alguien mas le gane la contienda para las siguientes elecciones