iGuau

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Desde que empezó a percatarse de la existencia de los perros (por la calle, pero también —lo que es más grave— al ver a Flora, una bonachona pastor inglés en el jardín de su abuela), he ido repitiéndole a mi hijita que se trata de seres imaginarios. Tiene poco más de un año, y mi admonición se debilita conforme ella prefiere cerciorarse por su cuenta —y así Flora ha perdido ya varios mechones muy poco imaginarios. Casi temo tanto la confrontación que nos aguarda como temo a los perros: cuando presente formalmente su demanda, ya no dispondré de patrañas que me libren de admitir una fiera en la casa.
            Pero me queda una esperanza: que ahora mismo —y no tenemos mucho tiempo: un año más, o dos—, en un luminoso laboratorio de Cupertino, California, haya un cónclave de desarrolladores afinando la app que vendrá incorporada en el iOS 6 (o 7, u 8, me da igual: acabo de comprar un iPhone 4S y espero que al menos me entretenga hasta que termine de pagarlo), y cuya función será la de hacer del aparatejo precisamente eso que le entregaré a mi hijita: un «perrito» (pasas el dedo por la pantalla y te saluda un ladrido; tap, y lo pones en el suelo: da saltitos; tap otra vez, y te lame —puedes elegir si quieres el lametazo salivoso o no, o qué tanto—; tap-tap, y hace cabriolas; tap-tap y se mea).
            Habrá quien encuentre reprensible esta imaginación ociosa: vengo de ver (en el iPhone) el reportaje que hace unas semanas presentó la cadena ABC sobre las condiciones en que trabajan los obreros de las fábricas chinas de donde salen los aparatos —como mi iPhone y como mi MacBook (en la que escribo esto), y como el nuevo iPad que se presentó apenas ayer— con cuya concepción Steve Jobs fundó el culto disparatado, cuando no siniestro, que le rinden los incondicionales de la manzanita. Creo que yo me he visto a salvo de tal devoción gracias a la tacañería: por mucho que me encante lo que estos gadgets hacen (tampoco tanto: ya me asombraré cuando pueda cortarme el pelo con el telefonito, o usarlo para echarle salsa Tabasco al plato), sus facturas me disuaden de prenderle una veladora al santón de los jeans y las sudaderas negras, y más bien voy orillándome al rencor. Pero decía del reportaje sobre los obreros chinos: pobres, claro. En la fábrica hay tendidas, al nivel del primer piso, redes gigantescas para cacharlos cada que se levantan de las líneas de producción, van hasta una ventana y se arrojan para matarse. Además del reconcomio a que lleva enterarse de esto (se necesitan 325 chinos malpagados y hacinados, trabajando cinco días, para que uno haga magia con el dedo sobre la pantalla del dispositivo), está el problema de que la cosa no parece tener fin: el éxito de Apple radica no tanto en el desarrollo de nuevas posibilidades como en la implantación de deseos inútiles en sus usuarios —que irán, ¿iremos?, corriendo a pagar de nuevo cada vez que esos deseos parezca que serán satisfechos. ¿Un iPad nuevo? No, gracias: al menos no hasta que sirva para poder llamarlo Fido.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de marzo de 2012.

Cafés

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Desde que me dio por leer y escribir —en los tiempos de la prepa, o sea hace ya más de un cuarto de siglo—, he vivido convencido de que es en los cafés donde mejor funciono (quiero decir: leyendo y escribiendo, que ya es algo). Por tal convicción de seguro me he visto impedido de fabricar otras, igual de infundadas, como la que consistiría en preferir el sosiego que facilitan la iluminación y el silencio de una buena biblioteca, o el mero ámbito hogareño, o un jardín o cualquier otro espacio, incluidos los de los diversos empleos que he tenido y a los que he sido más bien inepto parta robarles horas para tal efecto (¿es cierto que Faulkner escribió Mientras agonizo cuando trabajaba en una mina, apoyado sobre un vagón volcado en sus escasos ratos de resuello? Bueno, pero era Faulkner). Y la memoria me ofrece algunas pruebas de que, en efecto, los cafés me han bastado muy bien.
            Pero vengo a darme cuenta de que los cafés donde mejor me he hallado existen ya únicamente en un pasado irrecuperable, que es el mismo de una ciudad que en sus transformaciones incesantes va desentendiéndose de ella misma: el San Remo, a espaldas del templo de La Merced, donde la lealtad era correspondida con un jarro exclusivo, rotulado con el nombre de cada parroquiano; el Colón, en el primer piso del edificio Emisa, con un mirador espléndido sobre la calle del mismo nombre; el Málaga, de españoles, insólitamente decorado con cuadros de emperadores aztecas y presidentes de la República, y donde un tarotista recibía a una clientela interminable; y el Madoka, claro, y el Madrid (uno de los meseros de éste dijo una vez a una revista que lo entrevistó que él quería ser Batman para subirse a las torres de Catedral), y el Treve... sin contar el Denny’s que había en la esquina de Juárez y 16 de Septiembre, y que luego sería el primero de los Sanborn’s en que era posible dejar transcurrir impunemente el desvelo, hasta el alba si uno quería, y al que seguirían los de Vallarta y General San Martín y el de Vallarta y Tepic (o sea Fco. Javier Gamboa), o el Vip’s de la Glorieta de Colón, en Américas: el más alejado del centro y, por eso mismo, una forma de salir de la ciudad sin necesidad de largarse (y la lista seguiría con los incontables cafés que me han acogido en otras ciudades, igualmente memorables).
            Desde luego: el problema (mi problema) empezó con la prohibición de fumar, por la que fui desterrándome de los que no desaparecieron. Pero no nada más ha sido eso. Aunque aún recalo habitualmente en dos (el Café del Fondo, en la Joseluisa, y, ¡ay!, el Starbucks de Chapultepec, siempre atestado y ruidosísimo), en general tengo cada vez más difícil encontrar lo que encontraba antes, y que ni siquiera estoy seguro de qué pueda ser —y bueno, me olvidaba de lo que no olvido, que son los amigos con los que tenía tanto sentido pasar las horas en aquellos cafés, aunque no hubiera modo ni de escribir ni de leer.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 1 de marzo de 2012.

Costumbre

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Por generaciones los tapatíos hemos probado ser capaces de acostumbrarnos a todo, lo bueno y lo malo, de la floración de las jacarandas a las tormentas que regularmente vuelven lacustre la ciudad, de los domingos de Vía Recreactiva al transporte colectivo desastroso y criminal, de nuestras variadas famas (fundamentadas o no) a los gobernantes cretinos. Quizás de ahí vengan, parejamente, el gusto que finalmente tenemos de ser como somos y la desesperación por eso mismo: porque, tan poco hecha a cambiar de modos, esta ciudad puede ser demasiado renuente o calmuda para animarse a reinvenciones de sí misma. El caso es que también tenemos —y perdóneseme el uso del plural: al fin que, desde mis perplejidades como habitante de Guadalajara, cada vez sospecho más que es una ciudad que sólo puede existir en la imaginación, y que el gentilicio sirve apenas como una convención que en realidad no alcanza a precisar gran cosa, si por «tapatío» nos referimos lo mismo a un vecino de la Federacha que a uno de Jardines del Bosque, uno de Santa Tere, uno de San Juan Bosco, uno de Miravalle, uno de Providencia... ¿y a un zapopano, un tonalteca, uno de San Pedro?—... También tenemos, decía, una costumbre peculiar, fundada por una extrañeza quizás excesiva para nuestros modos, y que, por así decirlo, nos tomó desprevenidos y con la que ya no supimos nunca qué hacer: la Plaza Tapatía. Estamos acostumbrados a no poder acostumbrarnos a ella.
            En días pasados, el 5 de febrero, cumplió 30 años. Parece mucho tiempo porque seguimos viéndola como algo que ignoramos qué podrá ser. Yo debo confesar que no tengo una idea cabal de lo que se destruyó para que fuera posible extenderla: recuerdo sólo una tarde en que mis papás me llevaron a la Plaza de Toros El Progreso —un payaso funámbulo llamado Chuchín cruzaba un alambre tendido sobre su diámetro, y el vértigo y el sobrecogimiento de ver eso a mis cinco años, o algo así, habrá cancelado cualquier otra impresión. Pero, ya que existía la plaza, fue pareciéndome desde las primeras veces que la recorrí lo mismo que las más recientes: que no debía estar ahí. Desproporcionada, postiza, hueca, superpuesta a gigantescos y lóbregos estacionamientos, con vocaciones malentendidas (¿un puente entre las Guadalajaras separadas por la Calzada, una plaza comercial —la tienda departamental más importante que tuvo, Salinas y Rocha, terminó largándose—, un paseo que puede terminar muy bien, en el Cabañas, o muy mal, en San Juan de Dios?), y sobre todo con ese adefesio monumental, «La Inmolación de Quetzalcóatl», ocurrencia perpetrada para halagar —se decía entonces, y se me hace que ya se ha olvidado— a José López Portillo, excéntrico fan de esa deidad.
            No dudo que la Plaza Tapatía le sirva de algo a mucha gente que por ahí trabaja o pasa (y que viva en sus inmediaciones, aunque debe de ser poca). Pero veo muy difícil que alguien pueda encontrarla entrañable. Desconcertante sí, siempre. Y tan inexplicable como horrenda.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 23 de febrero de 2012.

¡Sealtiel!

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Foto: Mural

Es triste que la literatura mexicana sólo parezca sacudirse la modorra cuando revienta un escándalo como el que se ha suscitado en torno a la concesión del Premio Xavier Villaurrutia de este año a Sealtiel Alatriste. Apenas se supo la noticia, Gabriel Zaid hizo una observación indignada (que dicho premio había «sido colonizado por la UNAM», desgraciada circunstancia en la que «las instituciones millonarias pesan más que el buen juicio lector, cuando apapachan a sus mediocres»), y enseguida Guillermo Sheridan, quien ya traía en la mira al escritor desde hace años, sacó a cuento las comprobaciones que ha hecho de las muchas veces que Alatriste se ha apropiado de textos ajenos haciéndolos pasar como propios. Siguió un copioso temporal de opiniones al respecto, de la lamentación a la injuria —parece que Alatriste nunca ha sido muy querido, y que sobran quienes aprovechan para escarnecerlo, aunque no hace falta: solito ha corrido al ridículo—, pasando por las defensas de lo indefendible y, desde luego, una que otra cavilación pertinente y sensata: el artículo de Jesús Silva Herzog-Márquez (Mural, 6 de febrero) por encima de todos, al considerar las implicaciones del escándalo tenía para la Universidad Nacional, donde Alatriste era poderoso funcionario hasta antier, y para su rector al no haber defenestrado inmediatamente a su subordinado: «Un rector que da clases de moral a la nación imparte, con sus nombramientos, lecciones de cinismo. Plagien, nos aconseja. En este país nadie se da cuenta». (En un artículo publicado el martes pasado en el blog de Letras Libres, Zaid se ocupó nuevamente del asunto a profundidad y con impecable lucidez).
            Bueno, es triste porque bien podríamos estar hablando de otros asuntos (libros, autores) francamente más estimulantes y emocionantes que también pasan en las letras nacionales. Pero qué se le va a hacer: en este país de desvergonzados también hay una suerte de alivio cuando uno de tantos llega a ser puesto en evidencia. Apaleado y con la cola entre las patas, al renunciar a su puesto y, poco después, al premio, Alatriste buscó defenderse alegando unas razones risibles y patéticas de las que puede desprenderse que su idea de «plagio» excluye toda connotación reprobable. No plagió, nomás copió y se le pasó entrecomillar y señalar la fuente.
            En una conversación que sostuvieron Jorge Luis Borges y Juan José Arreola (publicada en Mural el 4 de diciembre de 2001), el segundo brincó ante una cita que el argentino hizo de George Bernard Shaw: «Perdóneme, eso lo dije yo y lo tengo escrito». Luego Borges trató de apaciguarlo: «Pero es que nada es de uno, todo es de los demás o de algo más profundo», y después de discutir un rato, lo reconvino: «Pero por qué hablar de plagio, hablemos de tradición o de eternidad mejor». Y Arreola remató: «En la eternidad todos nos plagiaremos a todos». A Alatriste (y a cualquier otro usurpador) le habría convenido más esperarse a la eternidad —pero así cómo nos habríamos podido divertir.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de febrero de 2012.

¿Dónde?

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 En una de esas contabilidades ociosas que da uno en hacer cuando va en pos de la recuperación memoriosa de tiempos más o menos remotos —tan distantes, al menos, como para tener que aventurarse por ellos en expediciones dificultosas, que deparan más perplejidades que claridades—, caí hace poco en la cuenta de que hará al menos unos treinta años que no me paro por Miravalle. Y no sólo que no haya tenido en absoluto por qué pasar por ahí, sino ni siquiera acercarme: es una zona de cuya existencia habré seguido sabiendo, en todas estas tres décadas, apenas gracias a los periódicos o a los noticieros (otra perplejidad: de un tiempo acá me he descubierto una creciente afición, digamos peculiar, a las informaciones locales), y en todo caso confío en que dicha zona siga ahí por cuanto supongo que puedo constatarlo con la vista cuando toca que vaya por la carretera a Chapala: la presencia ominosa de la cementera presidiendo un paisaje que, para mi presente —y en esto radica mi asombro—, únicamente puede detallarse en la imaginación... como muchos otros rumbos de la ciudad en la que se supone que vivo y en la que he vivido no treinta, sino casi cuarenta años (¡ay!).
            Y es que hubo una época en que yo iba mucho a Miravalle: una prima vivía allá, mi mamá la visitaba seguido y ahí iba yo de pegoste. Lo misterioso —o bueno, ni tanto: de niño uno se emociona con cualquier suspensión de lo consabido— es que me encantaba ir, y ahora creo que era por lo dilatado del viaje (en una de aquellas combis asesinas en que se embutía a 16 personas y cuya terminal estaba a espaldas del templo de Aranzazú). Las visitas no tenían ningún chiste, y además eran breves porque había que regresar antes de la hora de la comida: apenas un cafecito y vuelta a lanzarse por Gobernador Curiel. La prima se fue a vivir a Autlán y se acabaron las excursiones, como necesariamente se fueron acabando otras por destinos que ahora me parecen igual de insólitos, no importa lo lejanos o cercanos que queden de mis trayectos actuales: ¿cuánto hace que no paso por las Nueve Esquinas, el barrio donde viví hasta los 24, o cuánto que no voy al Baratillo? ¿O al Parque Ávila Camacho, o a los Colomos, o a Analco, o allá por el Canal Seis (y seguro que ya nadie dice así)? ¿Y cuánto hace que no le doy una vuelta a la manzana?
            Lo que me dio por pensar es que, si bien nunca he dejado definitivamente de mi ciudad, sí he ido saliéndome de ella, de algún modo largándome al permitir que crezca mi ignorancia de sus incesantes transformaciones. No sé si a todo el mundo le pase —me imagino que hasta cierto punto es inevitable, y más en una ciudad con las dimensiones y los contrastes y las dificultades de ésta—: lo que sí es que caer en la cuenta, ahora que está por celebrarse el 470 aniversario de Guadalajara, me pudo un poco: yo que me preciaba de conocer bien mi ciudad, y cuál: no tengo la menor idea.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de febrero de 2012.

Leer ¿más?

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 Creo que siempre conviene recelar de cualquier idealización de la lectura, especialmente cuando se trata de hacerla ver como una actividad «provechosa», y más cuando se dice que ese supuesto provecho redunda en la mejoría del individuo y de su circunstancia. Por esto: aunque quepa la posibilidad de que a esta actividad —privadísima, una experiencia incomunicable mientras tiene lugar— se le atribuyan efectos benéficos, como la adquisición de conocimiento, la afinación del juicio, la apertura de rumbos nuevos para la imaginación, el discernimiento de las propias emociones y la comprensión más completa de lo que uno es, ha sido y puede llegar a ser (y el mundo con uno), e incluso aunque, a cambio de éstos se le reconozcan otros efectos, no menos estimables, como divertirse un rato, perder el tiempo, haraganear sin que parezca que uno no está haciendo nada, ha de tenerse siempre en cuenta que la lectura no sirve para nada, y no tendría por qué servir: que cada quien se figure lo contrario es otra cosa.
            Y es que la lectura, precisamente, es cosa de cada quien, y cuando, acaso con las mejores intenciones, se pretende asignarle propiedades virtuosas y edificantes, y aun tan siquiera definirla como un placer del que no hay razones válidas para abstenerse (ya no digamos, otra vez, cuando se le atribuyen cualidades utilitarias y hasta redituables), en realidad está pasándose por alto que quien lee lo hace porque puede, primero, y enseguida porque quiere: porque, en ejercicio pleno de una libertad personal y efectiva —aunque relativa, pues no siempre se puede leer lo que uno quiere—, cada lector decide hacer eso con su tiempo, crea o no que le va a «servir» de algo, y al tomar esa decisión se sustrae automáticamente del tiempo en que viven los demás, ése donde hay que trabajar, ser ciudadano y coexistir con los conciudadanos (empezando por los que se supone que son «queridos»), ese tiempo que acaba donde mismo para todos, y queda absolutamente solo, como solo ha nacido y solo se va a morir. Quien se pone a leer desaparece.
            Se anunció, estos días, una nueva campaña promovida por un grupo de empresas que buscan que sus empleados sumen dos millones 12 mil horas de lectura en el año. Entre las razones aducidas para la ocurrencia, llamada «Leer Más» —que puede conocerse por acá: www.retoleermas.com — destaca ésta: «A través de la lectura se mejora la calidad de vida, se eleva la productividad y se forjan competencias ciudadanas que contribuyen al desarrollo y crecimiento de México». Pues bueno: como gusten. Yo no sé distinguir aquí entre la ingenuidad de semejantes presupuestos y la perversidad que entrañan al estatuir la colectivización de algo que por definición concierne al individuo —y al imponerle a la lectura un carácter coercitivo: al empleado que no cumpla su cuota, ¿lo van a correr, será relegado?—: lo que sí sé es que siempre quedará quien lea porque le da la gana. Y, como ha sido desde siempre, eso bastará.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 2 de febrero de 2012.

Herta Müller: la escritura del silencio

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 Una niña está en silencio, en una iglesia desierta a la que ha entrado un mediodía cualquiera, cuando regresaba de hacer un mandado. La seriedad de su expresión está a salvo (todavía) del desprecio y la incredulidad que la aguardan, pero en su mirada azul se insinúa una perplejidad que se parece ya al miedo —y que acabará por definirse como tal cuando deba descubrirse sola, tanto como para que en estos mismos momentos ignoremos incluso cómo se llama: no lo sabemos porque está tan sola que jamás ha habido quién se lo pregunte...

Para leer más, por acá, por favor: al nuevo número de Magis.

(Des)control

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En la maraña de argumentaciones, en cualquier sentido, que mueven y remueven y tergiversan la discusión en una incesante confusión de legalidad, justicia y ética, lo evidente es que el fondo de la crisis (si hay que calificarla así) que se cierne sobre la libre circulación de la cultura que han propiciado los actuales avances tecnológicos es de índole económica, y que, en ese terreno, la circunstancia presente va revelando hasta dónde puede llegar la codicia insaciable cuando encuentra cada vez más difícil cómo satisfacerse —la codicia de los grandes medios de producción y circulación de los bienes culturales, convertidos éstos, para azoro de esos medios, en contenidos susceptibles de recrearse y circular fuera de sus alcances (y sin dejarles más ganancias). Y no hay que ser más que un mero usuario de internet, y consumidor de esos bienes, para percibir la magnitud de los absurdos en que se cifra esa codicia: para corroborar cómo toda noción prevaleciente de legalidad, justicia y ética tan sencillamente puede quedar en suspenso cuando uno se entera, por ejemplo, de que un libro cuesta dos mil pesos en una librería, a la vez que puede descargarse gratuitamente de la red. O un disco, o una película, o lo que sea: algo debe estar formidablemente mal para que lo que cuesta tan caro simultáneamente pueda costar nada. ¿Y la propiedad intelectual y el derecho de autor y demás conceptos que supuestamente están en juego? A la hora de sacar la billetera, a ver quién en su sano juicio los admite como justificaciones para dejarse robar.
    Además de la voracidad de lucro, las legislaciones aviesas que amenazan y las represalias policiacas que ya están en marcha, promovidas unas y otras por las gigantescas corporaciones que detentan (y buscan así aferrarse a) la titularidad de los bienes culturales son promovidas por el peligro que representa la circulación irrestricta de la información posible gracias a la cultura digital. O sea: no es nomás un tema de «piratería», de regulación del mercado, sino también de control, en un sentido mucho más amplio, de las libertades de acceso al saber —y del ejercicio del criterio que estas libertades propician, y de la formulación de juicios que las sigue— que posibilita la conectividad incontenible de la web. Las restricciones a la circulación de contenidos no sólo pretenden que se nos siga saqueando, sino también —y sobre todo— que dejemos de enterarnos de lo que no conviene que nos enteremos.
     Pero lo bueno es que no podrá ser: como ha escrito Luigi Amara en un brillante ensayo al respecto, «por encima o por debajo de los candados de seguridad y de los parches a las legislaciones internacionales, la red de intercambios, downloads y archivos compartidos se extenderá y conseguirá lo que quiere». Seguramente estamos apenas asomándonos a una redefinición radical de la cultura y del poder, y no podemos perder detalle, porque los usuarios y consumidores —es decir, los meros ciudadanos— llevamos las de ganar.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 26 de enero de 2012.

Sin dudas

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Imagino que están lejos de vislumbrarse las implicaciones epistemológicas profundas de los cambios que el acceso a internet significa en nuestro comercio con la famosa realidad. O, en todo caso, supongo que dichas implicaciones, apenas son barruntadas, necesariamente tienen un carácter provisional y precario, pues dada la naturaleza velocísima con que se sucede lo impensable en las nuevas formas de hacerse una idea de las cosas, han de canjearse constantemente por suposiciones nuevas, que obligan a replanteárselo todo desde el principio. Por ejemplo: yo he supuesto, desde hace algún tiempo, que en la medida en que se cumpla con determinadas condiciones (relativamente simples, en apariencia: saber leer, hallar cómo picarle a un aparatejo mínimamente habilitado y contar con una conexión irrestricta a la red), ha dejado de existir todo pretexto para quedarse con la duda. Es, desde luego, una conjetura pueril, alentada por las dudas —a menudo ociosas y la mayoría de las veces intrascendentes— de que soy capaz: quién salía en tal película, cuándo se escribió tal libro, por dónde me voy para llegar más pronto, irá a llover en una semana, de qué noticia me perdí, qué significa esta roncha que me salió. Pero creo que esa posibilidad comprende ámbitos de relevancia mucho mayor en los que la información (y el conocimiento que ésta construye, y el juicio que modula dicho conocimiento) cada vez está más al alcance de más, y que esa disponibilidad está reconfigurando ya toda noción de ignorancia y de saber que teníamos hace muchísimo tiempo —es decir: ayer. Si no sabes, o no te has enterado, es porque no has querido.
     Aunque, como está viéndose por la amenaza que se cierne sobre el libre tráfico de la información en internet (que no es sólo eso, y por ello habrá que hablar más bien de cultura digital, es decir, aquella que están posibilitando los nuevos derroteros de la tecnología), es de temerse que uno deje de saber o de enterarse porque otros no han querido. Y eso no puede ser sino detestable: lo hizo sentir elocuentemente la leyenda que Wikpedia colocó en su portal en inglés al «apagarse» durante veinticuatro horas para manifestar así su aversión a las leyes odiosas que se perpetran en los Estados Unidos: «Imagina un mundo sin conocimiento libre». Qué posibilidad angustiosa.
     Y en función del conocimiento y de los modos en que nos hacemos de él está todo lo demás, evidentemente: para empezar, cómo nos entendemos o dejamos de hacerlo —a nosotros mismos o con los demás—, y sobre qué fundamentos éticos se trama la reconfiguración incesante de las sociedades. De ahí que la libertad del conocimiento sea tan naturalmente peligrosa para quienes ahora mismo buscan refrenarla, y que su defensa (aparte de cualesquiera discusiones sobre propiedad y legalidad que vengan a cuento) sea imperativa para todos aquellos que no queremos volver a quedarnos con dudas jamás, del tamaño y la importancia que sean.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de enero de 2012.

Estela

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—¡Ay, Jelipe, hasta que tuviste finalmente tu erección! 
—De la Estela, ¿verdad? 
—Claro, pos cuál otra. 
—Jajajajajaja.

No me ha hecho falta pararme delante de la Estela de Luz, ni siquiera divisarla de lejecitos, para odiarla profundamente. Aunque seguramente haya —para todo hay gente— quien no vea en ella un adefesio (que sí lo es), yo la encuentro monstruosa. Seguramente el día que me tope con ella voy a intentar patearla —por estúpido e inútil que sea, pues la maldita parece inconmovible y seguro que va a estar bien vigilada, aunque me queda la esperanza de que compatriotas patriotas vayan y la rayen, le escupan, hagan que le brote un tianguis alrededor o le den cualquier otra función degradante, pero en todo caso útil: ya que costó lo que costó y con lo que nos gusta batir records imbéciles, podría ser el urinario más caro del mundo.
       Pero tan infértil como esta aversión que le tengo —y que quiero confiar en que sea generalizada, aunque lo dudo: hay tanta cosa odiosa en el presente mexicano que parece un desperdicio de fuerzas dedicarle siquiera tantita tirria a este «monumento»—, tan inservible, es el deseo de que la Estela de Luz (vaya nombrecito cursi, además) llegue a convertirse en el emblema inmejorable de lo que no debería ser, pero es: el recordatorio infame de lo que somos capaces de permitir que prospere una burrada... Aunque no sólo se trata de eso —total, lo cotidiano de la cosa pública está infestado de decisiones y declaraciones asnales—: lo más grave no es cómo una pésima idea se lleva adelante a pesar de lo que sea, sino la desfachatez con que sus ejecutores medraron y mintieron y demostraron con su empecinamiento ante cualquier objeción cómo detentan la absoluta potestad sobre el dinero y el espacio públicos, pero también sobre la memoria de la nación, y sin temer —no tendrían por qué: para algo ellos mandan— la mínima consecuencia adversa. Porque qué va a pasar con la trama de irresponsabilidades y desfalcos que fue tejiéndose conforme se levantaba y se corregía y se posponía y se seguía levantando la obra: nada. ¿Va a explicarse el sobreprecio que fue inflándose, se llegará a sancionar a alguno de los desvergonzados corruptos involucrados en la construcción, veremos el día en que alguien reconozca alguno de los incontables errores que se sucedieron, empezando por el de proponerse semejante estramancia? Jamás: y ahí estará la Estela imbatible para recordárnoslo —aunque no, porque lo más seguro es que terminemos olvidándonos de todo, encantados por la musiquita y los foquitos.
       Y ahí estará para que sigamos manteniéndola: ya que ha pasado a manos del Conaculta, está por armársele una estructura administrativa —más burocracia y con partida presupuestal, por supuesto, amén del recurso que sea necesario para tenerla jalando. Es la erección más cara de la historia, que le pagamos a ese impotente irremediable que ha sido el Ejecutivo de estos años desdichados, incapaz como fue para dejar más que esta marca ridícula en la historia. Dos siglos para esto. Y lo peor es que merecido nos lo tenemos.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 12 de enero de 2011.