Como si nada

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Propuesta: la Dirección de Cultura de Guadalajara puede funcionar perfectamente con una combi, una fotocopiadora y un mono que la atienda. Nomás es cosa de remozar este modelito.
¿Por qué pasa lo que pasó en la Dirección de Cultura del Ayuntamiento tapatío? Porque se puede. O sea: en teoría, puesto que hay leyes y regulaciones que previenen las trapacerías (y que, cuando éstas han tenido lugar, establecen cómo se ha de castigarlas), debería ser imposible incurrir en bajezas, estupideces y trácalas como las que, al hacerse del conocimiento público, desembocaron en la «separación del cargo» de dos funcionaritos (los hermanos Solano) y en la renuncia de la titular, Elena Matute. Pero de que se puede, se puede. Y más en un área como la balconeada en esta ocasión: porque en realidad es escasísimo el interés que la cultura tiene para la actual administración municipal —y también para las anteriores, y también para las futuras, y para las estatales y para la federal, ayer, hoy, mañana y siempre—, lo más natural es que se edifique ahí un aeropuerto donde aterricen y despeguen pilotos que tripulen aviones cargados con cualesquiera otros intereses (como el proselitismo partidista en esta ocasión). ¿Dónde metemos gente que cobre por algo que no hará, para que haga algo por lo que no podría cobrar? En Cultura: al fin que no se nota, que no importa, que es de donde más fácilmente, y sin que a nadie le pese demasiado, hay manera de distraer recursos —mismos que dejan de usarse en bailables, payasitos, clases de macramé o cosas así.
    Las dependencias oficiales cuya labor tendría que consistir en la procuración de facilidades para quienes crean y sostienen la dinámica cultural de una comunidad (artistas, empresarios, promotores, etcétera), pero tambien para los públicos con los que esos actores necesitan encontrarse (si no hay un teatro, al menos se despeja un baldío para que la obra se represente, la gente vaya y todo mundo contento), son dependencias útiles cuando funcionan bien, o sea casi nunca, pero no indispensables. El Estado asume que debe mantenerlas operando, lo mismo que los actores que a ellas acuden (acudimos: el que esto escribe también se ha servido de ellas en más de una ocasión), en virtud de una idea más bien supersticiosa según la cual Conaculta, las secretarías o los institutos de Cultura, las oficialías o las direcciones municipales, etcétera, existen porque así debe ser: porque su funcionamiento parece inherente al funcionamiento de una sociedad que se quiere democrática. Pero, en la práctica, en el mejor de los casos la cultura para el Estado es ornato (o un derivado de la promoción turística) o, como se ha visto, un cuchitril escondido donde hacer porquerías; para los actores culturales, las instituciones públicas son fuente de ingresos —cuando bien nos va: dan becas, operan como bolsa de trabajo—, o surtidero de obstáculos —los caprichos o las ocurrencias de los funcionarios en turno, las trabas burocráticas.
    ¿Y? La oficina municipal sigue adelante. Doña Matute salió con la cola entre las patas. Ya hay nuevo director (optimista y entusiasta). Tendrá casi 77 millones de pesos para trabajar en 2009: casi 62 de esos millones se irán en nómina.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 19 de diciembre de 2008.

¿Perdidos?

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Una edición reciente de La invención de Morel, la obra maestra de Adolfo Bioy Casares, publicada por primera vez en 1940, y calificada como «perfecta» en el prólogo que firmó Jorge Luis Borges, lleva sobre el celofán que la envuelve una pegatina anunciándola como «La novela que inspiró la serie Lost». Es claro el sentido de esa estrategia de comercialización editorial, que apela a una referencia inmediata para los posibles nuevos lectores cuyos ojos encuentren la noticia: cualquier programa de televisión es mucho más confiable que el juicio de Borges —juicio que, si lo conoce, podrá (y tendrá) que importarle un pepino al televidente fanático de la exitosa saga (una historia, dicho sea de paso, exitosa más bien al principio, pero que de tan confusa se ha vuelto repelente, al grado de que cada vez más son sus fanáticos que se dan por vencidos al tratar de descifrar sus tortuosos argumentos).
    Fue, de hecho, noticia discreta y fugaz, hace ya un buen rato, cuando a principios de este año se transmitía por primera vez la cuarta temporada de Lost: uno de los personajes, llamado Sawyer, aparecía leyendo (en inglés, naturalmente) la novela de Bioy —una edición bonita, con una foto en la portada de Louise Brooks, la actriz favorita del escritor—; a raíz de ello, y sobre todo en Argentina, los lectores/televidentes conjeturaron que el guión de la serie consistiría en una variación de la historia contada en La invención...: un fugitivo queda varado en una isla que al principio cree desierta, hasta que encuentra a «otros» que la habitan y lo conducen, primero, al desasosiego y al espanto, y enseguida a investigar cómo es que están ahí. Oportunamente, los editores de la novela en Estados Unidos detectaron el negocio y lanzaron una nueva edición con el anuncio de marras, de manera que pronto tuvieron un best-seller: en cuestión de semanas ingresó a la lista de los 100 libros más vendidos de Amazon; poco después, hicieron lo propio los editores hispanoamericanos. (Lost, vale consignarlo, es una serie más bien insoportable, pero muy literaria: entre los autores de libros a los que se ha aludido en ella, de un modo u otro, figuran Jack Kerouac, Flann O’Brien, John Steinbeck, Philip K. Dick, Charles Dickens, Julio Verne, Vladimir Nabokov, Kurt Vonnegut, Aldous Huxley, Fedor Dostoievski, Lewis Carroll, Charles Perrault, Henry James y, claro, William Golding —El señor de las moscas— y Joseph Conrad —El corazón de las tinieblas—; existe, además, un Club del Libro en internet, abierto al intercambio de impresiones sobre las obras que van apareciendo en la serie).
    De modo, pues, que ahora muchos habrán leído a Bioy Casares porque su precursor más notable es una serie de televisión. No es que esté mal, desde luego: si un solo mono llega al libro así, el ardid bien habrá valido la pena: cuando el destino es un reencuentro, o un primer encuentro, con una pieza de literatura imperecedera, el punto de partida es trivial y la ganancia mejor será para quien lea.
Publicado en la columa «La menor importancia», en Mural, el viernes 12 de diciembre de 2008.

Piénsenle

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José José, como poseído, en su presentación en la FIL, este domingo 7 de diciembre. Qué le hace que haya cancelado Juan Gelman en el último momento: El Príncipe fue la estrella que cerró. (Foto: Verónica Nieva)
Algo tiene que pasar. La FIL es un bien para Guadalajara y para México, y suma cada año el trabajo de muchas personas, los recursos de una universidad pública que tiene grandes carencias y la inversión de numerosos organismos e instituciones públicos y privados. En 22 años ha llegado a significar mucho para quienes hemos envejecido —a lo mejor crecido también— con ella. En la edición que hoy concluye, los visitantes fueron multitud, incontables los títulos exhibidos, copiosísimas las actividades de sus diversos programas... Pero algo tiene que pasar: me voy con la impresión de que la feria ha dejado a un lado su vocación de fiesta cultural, y que buena parte de lo ocurrido en estos nueve días ha consistido en reiteraciones de lo ya visto: no es sólo que vengan, a lo mismo, las mismas figuras de años recientes (cómo es que Rius puede ser la estrella de un día; por qué Monsiváis vuelve a llenar un salón; Álex Grijelmo, Pérez-Reverte, ¿no se han enfadado de que los inviten? ¿Por qué Savater tiene que estar con Fher? ¿Para qué existe Diego Luna? ¿Por qué terminamos viendo a José José?): lo que me pregunto es cuánto interesará a los protagonistas más relevantes de la cultura de nuestro tiempo estar aquí. Creo que nada, y creo que tienen razón.
    Italia pasó sin pena ni gloria. Un pabellón horrendo, pobremente surtido; una delegación de autores interesantes, pero sobre todo desconocidos, y un programa que difícilmente pudo resultar atractivo más que para los ociosos que nos asomábamos a ver qué hablaban. ¡Y sigue Los Ángeles! Si no se reformula, creo yo, el cometido cultural de la FIL, con tal de ponerlo a salvo de las frivolidades y las veleidades pedestres de muchos, más valdrá que el esfuerzo y el dinero que cuesta hacer esto se inviertan de otro modo.
    Ya, pues. Hay que aprovechar el último día. Después de todo, hallarse rodeado de libros (¡no compré uno solo!), es reconfortante e inspirador. La FIL sigue valiendo la pena, aunque sea por eso. Y por la gente que sigue viniendo con alguna ilusión.

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el domingo 7 de diciembre de 2008.

¡Arrancan!

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FIL Niños. Ya fui. Me gustó. Si bien nomás aguanté adentro como cinco minutos (era jueves, Día de Herodes), me bastó para ver el empeño invertido, el entusiasmo de toda la gente que trabaja ahí, lo sensacional que puede resultar para los miles de chamacos que pasan por los talleres y por los auditorios preparados para ellos. Yo, francamente, no tenía idea (¡en 22 ediciones de la FIL jamás me había metido!), y quedé bien impresionado. Pero más tarde me encontré a una amiga que es promotora de lectura, y me confió sus reservas respecto al funcionamiento de FIL Niños como un espacio donde la lectura —actividad solitaria y silenciosa por definición— pueda incentivarse realmente. O sea: es un lugar estupendamente divertido, pero ¿salen de ahí nuevos lectorcitos? Ojalá que sí.
    Ayer, frente al stand de Ediciones B, unos 30 monos de seguridad, las manitas agarradas y estorbando. ¿Quién demonios venía? ¿El Rey de España? ¿Madonna? ¿Carlos Fuentes? ¡No! Un cretinito, apellidado Zurita, que sale en la tele y —entiendo, porque apenas sé que existe— acaba de hacer una película. La chamacada, claro, aullando y aplastándose. Para esto sirve la FIL. ¡Y eso que no he dicho lo que pienso de Diego Luna y compañía! Para qué, ¿verdad?
    Ya no voy a hacer gestos. Hoy me laten el Encuentro Internacional de Cuentistas (con Petrovic, Cavazzoni y Eduardo Antonio Parra) y la conferencia magistral del doctor Marcelino Cereijido (un maestrísimo, divulgador científico), en el Coloquio Internacional de Cultura Científica. Nomás: porque también va a haber cosas como Laura Esquivel, el Chef Oropeza, Fernanda Familiar y así. ¿Eso qué?
    Visitar el lobby o los comederos del Hilton es como ir a las caballerizas del hipódromo: ve uno cómo las bestias —en las que se ha invertido tanto— se pasean y descansan antes de que salgan a la pista, y ya más o menos se sabe a cuál apostarle. Ayer comimos ahí, y me dieron ganas de pedirle una mesa a Ruy Sánchez: parece el capitán de meseros, saludando y recibiendo a todo el mundo.


Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el sábado 6 de diciembre de 2008.

Inútiles

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Bonita cosa. Ayer, jueves, lo que más ilusión me hacía era ver a Goran Petrovic. ¡Pero andaba en Ocotlán! Lo llevaron a leer en una prepa. Yo no entiendo: al mismo tiempo, la feria se llenó (como todos los años) con preparatorianos, secundarianos y demás plagas: tumultuosos y fétidos, correteaban por los pasillos, gritaban, aterrorizaban, en suma. ¿Para qué los traen a fuerzas? Nunca lo voy a saber.
    Lo bueno es que Petrovic estará hoy otra vez. Creo que es uno de los escritores más dignos de atención que han venido a la feria. También me interesa apersonarme en la presentación de la novela con que Daniel Sada ganó el Premio Herralde, Casi Nunca: está construida, como él mismo lo ha contado, sobre la historia de amor de sus padres, quienes tuvieron un noviazgo en el que, a lo largo de nueve años, sólo pudieron verse nueve horas. Y además de estas dos presentaciones, también en la tarde estará, en el Café Literario (donde regalan cafecito y un como vino espumoso muy seco y buenísimo), Ermano Cavazzoni, un autor italiano al que conocí por su libro Los escritores inútiles, que es divertidísimo. Estará hablando de algo titulado «Fellini y los lunáticos», que suena muy bien. En resumen: hoy no me voy a aburrir.
    A propósito de escritores inútiles, lo que dijo Pérez-Reverte el miércoles, cuando estuvo con Los Tigres del Norte («Un país como México se entiende mejor por los Tigres que por los intelectuales y novelistas más exitosos»), tiene mucho de razón. Lo malo es que en la FIL esa verdad no aplica —ni en México entero, vamos—, y se cree que los figurones literarios o pseudoliterarios de siempre son los que saben qué diablos pasa aquí. Pero bueno.
    ¡Ay, la FIL grandota! Es como un súper, y yo entiendo —neciamente— que hay que recorrerla pasillo por pasillo —por más que nada vaya a comprar. Tampoco me he hallado gran cosa, pero persevero. Lo malo es que ya me tuerzo del cansancio, y no quiero pensar en las pobres edecanes, que ya caminan como si anduvieran espinadas del dése.


Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el viernes 5 de diciembre de 2008.

Hasta que

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Jueves ya, y la FIL empieza a recobrar ímpetus. No deja de resultar asombroso que, aun con los miles de metros cuadrados que se agregaron a su superficie, aun con la maldita crisis y aun cuando el programa de actividades consiste, básicamente, en variaciones de años anteriores (ya cuando uno ve desplazarse por los pasillos el mostacho farfullante de Paco Ignacio Taibo II sabe que las cosas no han cambiado gran cosa), la feria continúe convocando multitudes que invariablemente la llenan —e incluso dan la impresión de exceder su capacidad: hay que ver cuánta paciencia se necesita para esperar una mesa donde comer, y a la carrera, en la terraza o en los restaurantes que hay adentro.
    El martes por la noche tuve el gusto de estar en la presentación de SP Distribuciones: los chamacos de la editorial Sexto Piso tuvieron la admirable iniciativa de convocar a sellos afines al suyo para sumar esfuerzos y colocar sus libros con mayor eficacia, a contracorriente (publicar títulos valiosos es una forma de resistencia), con sensibilidad y con inteligencia. ¡Eso hay que hacer, no nomás quejarse!
    Hoy, felizmente, ya que Carlos Fuentes dejó de ocupar el escenario principal y cesaron las genuflexiones ante su augusto paso, el programa ofrece bocadillos para todos los gustos. No iré a ver a John Boyne —porque no tengo 13 años—, pero sí, seguramente, a Valerio Massimo Manfredi o a Dacia Maraini, dos de los narradores italianos que más me interesa escuchar. Se me antoja la mesa titulada «El sexo en la lengua», encabezada por Álex Grijelmo y Daniel Samper (lo dicho: una variación del éxito del año pasado, aquello de «Para qué chingados sirve el español»), pero ya sé que va a haber un gentío —lo mismo que con Nelson Vargas, con Lydia Cacho, con Poniatowska, con Monsiváis (también conocido como la Borla Pánica y Ubicua), con Denisse Dresser... Qué bueno que habrá tanta cosa: ójala que toda la raza se meta a todo, y que queden los pasillos despejaditos para poder lerendear a gusto.


Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el jueves 4 de diciembre de 2008.

No nomás soy yo

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A reserva de hacer más adelante una reseña en toda forma de cuanto pude apreciar en la representación de la ópera Santa Anna, dejo aquí los links a las opiniones de quienes sí saben de estas cosas. Para que se vea que no nomás soy yo. Uno lleva al artículo que publicó Manuel Yrízar, crítico musical de Excélsior; otro, a esta apreciación de José Noé Mercado, también crítico y subeditor nacional de la revista Pro Ópera. Y no me aguanto las ganas de citar aquí, completo, el parecer del gran Lázaro Azar, el especialista de Reforma:

«¡Ah, qué Vitier!»

Por Lázaro Azar

Alguien se lo tenía que decir y ni modo, me tocó ponerle el cascabel al gato, porque con todo y que digan que no tiene la culpa el... compositor sino quien le hace el libreto, lo cierto es que cuando hace unos meses cayó en mis manos aquel sobre Santa Anna firmado por Carlos Fuentes, lo devoré con verdadero deleite. Cuánto ansiaba "escucharlo" y cuánto me decepcionó lo que oí durante su estreno este jueves en el Teatro Esperanza Iris.
    "Eso no es una lección de historia, mucho menos una ópera", dijo una amiga y al momento pensé que así como Puccini y Massenet no coincidieron eligiendo las mismas escenas con que cada uno de ellos musicalizó la historia sobre Manon Lescaut escrita por el Abate Prévost, y no hay melómano que no disfrute lo que hicieron, de igual manera el Antonio López de Santa Anna que Fuentes retrata es tan real y humano que acaba trastornado tras haber sido once veces nuestro presidente.
    Hasta ahí "todo va bien". Lo malo empieza cuando, pretenciosa y finalmente, bautizan como "ópera" la pobre partitura que le enmarca. No hay libretos "operísticos" que no hayan sido modificados por el compositor y aquí el problema no es que del primer tratamiento a lo llevado a escena sean incontables los cambios, cortes, ajustes y añadidos que sufrió el texto de Fuentes.
    Nada más para que se den idea, en el programa de mano Marcelo Ebrard habla de una "ópera en un acto" y tuvimos dos. Qué versión vimos es lo de menos: la tercera -que data del 23 de septiembre- no se ciñe a lo presenciado dentro de ese interminable jolgorio en que ha degenerado la celebración por los ochenta años de un Carlos Fuentes que tras la función comentó que, de haber estado en un ensayo completo, algo le habría cambiado a su Santa Anna.
    Si no lo vio fue por falta de tiempo. Ser "gloria nacional" no ha de ser fácil y menos cuando no se es monedita de oro, según se infiere de comentarios como el de Francisco Arvizu, quien tras señalar "la liviandad genuflexiva con que se ha tratado la figura de Carlos Fuentes", cuestiona que "la perspectiva de su libreto respecto a la figura de Santa Anna ya fue tratada por Felipe Cazals en su cinta Su Alteza Serenísima (2000) o por el dramaturgo Juan Tovar en Manga de clavo (1985)".
    Enfocado o no de esa manera, es un hecho que gracias a la pericia con que Lorena Maza marcó ágilmente el trazo escénico, el mayor problema que afrontó esta "ópera" no fue un texto plagado de ripios (vgr. sino/vecino/destino, ataca/calaca/hamaca/matraca o el mejor de todos: Ya pasó la hora de gloria, ahora es la hora notoria), sino la insufrible partitura de un José María Vitier cuyo mayor mérito estribó en concatenar los más previsibles lugares comunes, efectos manidos y "citas" que lo mismo evocan a Claude Debussy, Joaquín Rodrigo y Sebastián Yradier que a Francis Lai.
    "Es buenísimo para hacer soundtracks, él hizo el de Fresa y chocolate", abogó alguien por él cuando pregunté por qué méritos le habrían elegido. Si mal no recuerdo, lo único memorable de aquella pista sonora no fue lo firmado por Vitier, sino la música de Ignacio Cervantes.
    Los que se durmieron durante la función, quienes aprovecharon el intermedio para huir y cuantos me preguntaban con miradas de complicidad cuándo aparecería este comentario fueron el mejor termómetro para confirmarme que no fui el único en considerar esta música ramplona -sus escasos dúos no iban más allá de emplear terceritas "rancheras"- y elemental -¡cero contrapunto!-. Hubo hasta quienes, indignados, me preguntaron cuánto habría cobrado Vitier por esta "reverenda..." (Andrés Tapia dixit).
    Bueno será que alguien le enmiende la plana al trabajo de este señor cuya impericia fue evidente al tapar la voz de sus cantantes con alientos que sonaban simultáneamente en el mismo registro y ni qué decir de aquellas partes que éstos se negaron a cantar.
    Urge meterle tijera a este mamotreto que tarda más de lo que dura, ya que por bien que estén la escenografía de Mónica Raya y espléndida la iluminación de Víctor Zapatero, las "esposas" Tosta e Inés (Verónica Alexanderson y Lourdes Ambriz), la nana (Grace Echauri, insuperable) o Fernando De la Mora en el protagónico, hay compases innecesariamente prolongados, como el epílogo a cargo de La muerte (Hernán Del Riego).
    Así como Puccini y Massenet abordaron una misma historia, el libreto sobre este pintoresco personaje, jarocho y gallero, merece un verdadero compositor operístico como Daniel Catán o Robert X. Rodríguez para musicalizarlo y un director que sí sepa qué hacer ante una orquesta.
    Según los enterados, las palabras puestas en boca de Santa Anna durante su aria no son de la autoría de Fuentes sino de la esposa de Vitier; en ellas dice que "Es mi destino la historia y mi sino en la gloria vivir...".
    De ser autobiográficas, las prefiero para Don Carlos que aquella otra frase en que lamenta estar "ebrio de poder, pleno de gloria y soledad, sin fe". ¿Y usted?

¡Bravo!

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Aquí, uno de los momentos en que Santa Anna es aconsejado por una maceta, a la que llama «Nana», para que se amanse. 
(Foto: Alejandro Amezcua/Secretaría de Cultura de la Ciudad de México).

Estoy absolutamente fascinado. Fui a la ópera de Su Alteza Serenísima. Necio, insensato, habría preferido brincármela, pero me regalaron los boletos y ni modo. Cómo me habría arrepentido de no estar ahí. Primero, debo decir que nada sé de ópera, y que me parece muy respetable el trabajo de toda la gente involucrada en el montaje, desde Fernando de la Mora hasta los acomodadores. Habrán hecho lo que se pudo. Pero el libreto. ¡El libreto! Es la pieza que hacía falta para demostrar que Carlos Fuentes es el más grande malentendido de la cultura nacional: obra maestra de la redundancia, del lugar común, del mal chiste (en el cuadro que recuerda la Guerra de los Pasteles los soldados salen disfrazados ¡de pasteles!), del disparate histórico (aprendemos que Santa Anna inventó la goma de mascar mientras jugaba golf, por ejemplo), naturalmente obtuvo gran ovación de pie, con el autor agradeciendo los aplausos con todo el elenco, y feliz de la vida. Estuvo de risa loca. Un amigo me dijo: «Para la lana que se gastó en esto, mejor hubieran pegado cheques de diez mil pesos en cada butaca, y ya que todo el público estuviera en sus lugares que alguien hubiera salido a decir: “Busquen debajo de su asiento”. Todo mundo contento».
    Hoy están Los Tigres del Norte, hablando de lo suyo con Arturo Pérez-Reverte y Élmer Mendoza. Como ya Fuentes me puso de buenas, creo que sí me lo voy a aventar. Total, para lo que es la FIL desde hace ya varios años (una mezcla de pachanga, espectáculo, ociosidades), esto podrá ser siquiera entretenido. Lo mismo que el Foro de Novísimos Narradores y una Mesa de Escritores Irlandeses, donde hay un puñado de presencias que valen mucho la pena. Lo demás será vagabundear entre las presentaciones de libros (nunca he sabido bien para qué sirve una presentación, si con suerte nomás van los parientes), porque libros sigo y seguiré sin comprar. Es inmoral que un solo volumen —el de una novela que tengo años buscando— cueste $685 pesos. ¡Mejor voy a la ópera!

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el miércoles 3 de diciembre de 2008.

Tarantela

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Ricchi e Poveri. Cómo olvidarlos.

Estos días en que el programa se afloja un poco (¿más?) porque las actividades abiertas al público en general comienzan a las 17:00 horas, hay ocasión de husmear con detenimiento entre los libros. Lo dicho: no pienso comprar uno solo. No entiendo, y creo que nadie entiende, por qué pueden costar tanto, ni qué ganan las editoriales con sus políticas absurdas. Por ejemplo, en el stand de Colofón, enorme y estupendamente bien surtido, hay botaderos donde se rematan cerros de títulos de la editorial Gredos, que normalmente son carísimos. ¿Por qué, alguien explíqueme, de pronto sí es posible rebajarlos? Y otra cosa: me revientan quienes traen sus mercancías sólo para exhibición —cosa que siempre ha pasado, y nunca he comprendido. Entiendo que se trata de cerrar tratos entre profesionales y blablablá, pero ¿qué diablos pierden con poner a la venta lo que exhiben? Nomás lo antojan a uno —pero igual no les iba a comprar nada.
    Hoy el programa literario contempla, además del consabido Fuentes y sus adoradores, la presentación de escritores croatas, suizos, alemanes, un poeta portugués... Ya hubo coreanos, va a haber irlandeses... Total, que la feria se internacionaliza cada vez más —o esa impresión da—, y no es imposible que con un poco de voluntad uno halle, entre ese catálogo de desconocidos para el mundo hispanoamericano, algo que valga la pena. Pero sigo preguntándome cuál será, en realidad, la relevancia cultural de la FIL a nivel global: ¿es de verdad la cita indispensable, a la que nadie tendría que faltar? ¿O sólo llega a contar por los negocios que se cierran aquí?
    Me asomé a la música del domingo en la noche en la explanada: la Orchestra Popolare Italiana. Le ponían mucha voluntad, pero esa música sólo puede sonar bien a condición de que uno esté borracho eufórico... Y de preferencia en un pueblito italiano: en un pueblito al que no llegue la radio, y nomás eso se pueda escuchar. ¡Locos frenéticos! Todavía traigo el sonsonete. ¿Por qué no trajeron a Ricchi e Poveri, mejor?

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», del suplemento perFIL, en Mural, el martes 2 de diciembre de 2008.



Su Alteza

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La Botarga Bigotona aplaude (nomás para eso sirve, para aplaudir) a Su Alteza Serenísima: ya se sabe cómo le gusta lisonjear a los caudillos. Atrás, la Borla Pánica y Ubicua. (Foto: © Cortesía FIL Guadalajara / Joaquín Rúa)
  
Hoy es el día de Su Alteza Serenísima. Aunque ayer ya hubo que soplarse varias horas/nalga de encomios al escritor más visible de la literatura mexicana (lo visible sólo quiere decir eso, desde luego), hoy el programa no sólo contempla otro maratón en torno a Carlos Fuentes, sino que además tendrá lugar la ópera costosísima que el señor quiso que le produjera una universidad pública. ¿Como ahí qué? ¿Será verdad que a la cultura nacional le hacía falta conocer las veleidades como libretista de alguien que ya tenía su lugar apartado en la historia como un novelista atendible (y en ocasiones hasta bueno)?
    A mí, como no sea por lo pasmoso de ese gran malentendido que es el homenaje tal (Fuentes, sí, es un escritor importante, pero nada más), me tiene sin cuidado lo que suceda con él. Porque la vida es breve, y la FIL más breve todavía, creo que es mejor aprovechar lo mejor. Ayer, por ejemplo, me hallé en el stand de las editoriales alemanas una exposición de los libros más bellos de la industria editorial de ese país: uno de esos deleites escondidos que es posible encontrar mientras, por ejemplo, García Márquez atesta el Auditorio Juan Rulfo por enésima vez.
    Hoy, para su pesar, Lobo Antunes seguirá desquitando la dolariza que se llevó con el Premio FIL: le toca la encerrona con mil jóvenes. (El sábado tuvo que aguantar a los funcionarios del Ayuntamiento tapatío para que le dieran las llaves de la ciudad, «honor» empolvado y ridículo como pocos). Pasaré por roñoso, y ojalá me equivoque, pero veo complicado que entre Lobo y la muchachada pueda haber un entendimiento provechoso para nadie. Dadas las condiciones de lectura que prevalecen entre los secundarianos y los preparatorianos, Lobo quizás les resulte un autor inaccesible. ¡Además el viejo ya se ve que está harto!
    En el área de salones grandes: quiero entrar y me dicen que por ahí no; me voy al otro lado, y veo que era por allá. ¿No se siente, este año, que la seguridad es más incómoda y más latosa?

Publicado en la columna «¿Tienes feria?», en el suplemento perFIL, de Mural, el lunes 1 de diciembre de 2008.