Malditos libros



Aparte de la Miscelánea Fiscal (que, por supuesto, jamás he leído), me resulta sumamente complicado decidir qué libros detesto. Es fácil, desde luego, hacer listas de los títulos preferidos, por las razones que sean: porque supusieron un acontecimiento decisivo para nuestras vidas, porque los disfrutamos montones, porque cada que los abrimos nos dicen algo, porque los asociamos a alguna felicidad que promovieron o acompañaron... Así esas listas sean siempre provisionales —pues a los cinco minutos de completarlas hay que hacer siempre añadidos, retiros, reacomodos, o porque cuando las revisamos es posible que ya hayan caducado los motivos que las ordenaron, o sencillamente porque la memoria lectora nos falla—, las querencias siempre están más a la mano que las aversiones o los rencores, y eso acaso signifique que el saldo de una vida lectora está garantizado que siempre será favorable: los libros que pudimos llegar a odiar van siendo automáticamente condenados al olvido.
    Es más: quizás, incluso, jamás haya ocasión de aborrecer verdaderamente un libro. Puede, sí, que algunos preferiríamos no haberlos leído... aunque quién sabe: algún tiempo creí que eso me pasó con El amor brujo, de Roberto Arlt: una novela que cuenta una historia de envilecimiento tan triste, tan desoladora, que daba miedo; pero también había en ella una lóbrega belleza que ahora no renunciaría a buscar otra vez. Un día, Ricardo Garibay dijo que él había leído las obras completas del Marqués de Sade y no le gustaron: ¿entonces para qué las terminó de leer? Los libros indigestos, repulsivos o, sencillamente, mal escritos; los que padecimos por obligación (pienso en ¿Qué es el materialismo dialéctico?, de O. Yajot, que algún maestro cretinazo me recetó en Belenes, aquel deficiente centro de adoctrinamiento marxista adonde acudimos generaciones de preparatorianos de la UdeG), los que nos decepcionaron o nos dejaron fríos, y también los que pudieron movernos a la rabia mientras los repasamos (bosques desperdiciados en materiales académicos o poemarios, por ejemplo, que es un crimen haber impreso)... todos, sin falta, van hallando su lugar en una bodega oscura en la que ignoramos qué hay. Felizmente.
    Claro: están los libros que es posible repudiar sin conocerlos. Pero en estos casos —mi lista sería enorme: porque a sus autores los encuentro repelentes, o por los lectores que son capaces de tener— me queda claro que se trata de meros prejuicios, y aunque sé que los prejuicios a uno le cuesta su trabajo cultivarlos, no tiene mucho sentido desperdiciarse en ellos. Últimamente, con todo, he experimentado una nueva variante de rencor: el que guardo hacia los libros inexplicablemente carísimos. Libros que quisiera leer —o tener, al menos: es una necedad creer que los libros se compran para leerse—, pero cuyas etiquetas traen una cifra insultante: que se queden en sus estantes, mirándome pasar de largo, los muy malditos.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 26 de noviembre de 2009.
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5 comentarios:

Voyeurs dijo...
26 de noviembre de 2009, 9:46

puras quejas. De segurito cuando la nieve Santa clara de tus rumbos te hace ojitos luego luego desembolsas hasta 80 pesos.

Eduardo Huchin dijo...
26 de noviembre de 2009, 10:53

Un libro caro es un reto. Proponte convencer a alguien que te lo regale.

Aquí su pendejo dijo...
26 de noviembre de 2009, 17:47

nombres, nombres, nombres...!
que corra la sangre...!
saludos

alter-ego dijo...
26 de noviembre de 2009, 23:03

Libros de impresión fina y encuadernado tejido ¡Vaya capricho burgués!

Los 80 pesos de la Nieve Santa Clara, son un guilty pleasure Supongo que los libros también lo son.

chicokc dijo...
3 de diciembre de 2009, 9:54

Yo he aprendido a ignorar los libros que odio.
Pero hay otros que igualmente odio por caros, así que lo oculto, ahorro y me lanzo con ojos cerrados.