La ciudad incesante


Foto: © Cortesía FIL Guadalajara / Pedro Andrés

Ciudad de desmesuras, Los Ángeles es un espacio óptimo para la amplificación interminable de la imaginación literaria: de las ensoñaciones que promueve su voluntad de utopía —en el lugar donde todo puede suceder, claro, se espera siempre que suceda lo mejor— hasta las pesadillas en que van resolviéndose sus contradicciones y sus excesos, pasando por las ocasiones incontables en que el futuro ha ido fabricándose en ella y por las evidencias que el presente devuelve en esa carrera vertiginosa, la vivencia de la metrópoli y sus representaciones han hecho de ella el epicentro de la mitología más irresistible del comienzo del siglo XXI —y no sólo porque el cine que más vemos se haga allí, aunque es una de las principales razones. Infame y fascinante a un tiempo, opulenta y mísera, cruel y deslumbrante, de Los Ángeles (la segunda ciudad más grande de México, dicho sea de paso) ha dado en decirse últimamente que es la capital que domina la cultura mundial. Y probablemente sea cierto.
       La presencia literaria que tendrá Los Ángeles en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara ha sido dispuesta en torno a algunas de las figuras centrales de lo que puede ya tenerse por una tradición: la de los autores que desde esa ciudad, u ocupándose de ella, han creado algunas de las historias más presentes en nuestra comprensión de lo que somos —y de lo que podemos llegar a ser. Así, alrededor de Ray Bradbury, John Fante, Charles Bukowski, Thomas Pynchon y Raymond Chandler, entre otros, la delegación angelina viene a dar muestra de la vitalidad y la insospechable riqueza de una literatura que tiene lo inusitado por consigna.
       Es cierto que muchos nombres pueden no sonar a la primera, y que se echarán de menos algunos otros, empezando por James Ellroy, seguramente el más visible de los escritores del panorama actual (y quien ya pasó por Guadalajara en 2004), o James Frey, autor de una polémica autobiografía (En mil pedazos), quien es —luego del escándalo: la autobiografía resultó un montón de mentiras— el firmante del más reciente y llamativo mural de la megaurbe: la novela Una mañana radiante. A cambio de ausencias como éstas, quienes llegarán representan un estimable sector de la literatura viva de Los Ángeles: narradoras jóvenes como Aimee Bender, Sarah Bynum o Nina Revoyr, y novelistas consagrados como Larry Niven, seguramente, al lado de Bradbury, el autor de ciencia ficción más importante de las letras estadounidenses; poetas que se cuentan entre los principales animadores de la escena literaria en California, como Suzanne Lummis o B.H. Fairchild; escritores cardinales para el entendimiento de la cultura chicana, como Luis Rodríguez, o autores que han hecho el viaje de ida y vuelta (y sobreviven para contarlo) entre la literatura y el cine, como Michael Tolkin, Bruce Wagner y Howard A. Rodman.
       Según el poeta y ensayista Bill Mohr, lo que sostiene en Los Ángeles a los incontables creadores que dan vida a una dinámica cultural tan incesante como la propia ciudad es lo mismo que llevó a la industria cinematográfica a esas tierras: la calidad de la luz: una luz de intensidad y tonos inigualables. Algo de esa luminosidad vibrante, poderosa y enigmática habrá de brillar en los días que hoy comienzan en Guadalajara.

(Los enlaces a los textos de autores angelinos pertenecen 
al número 57 de la revista Luvina, que acaba de entrar en circulación)

Publicado en el suplemento perFIL, en Mural, el sábado 28 de noviembre de 2009.

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1 comentarios:

chicokc dijo...
9 de diciembre de 2009, 1:38

Grandes expectativas se tuvieron.