¡Lástima!

Quién más que uno va a tener la culpa. Pero eso nos merecemos los cándidos, los necios. Todavía hasta la noche del miércoles, el bombardeo de «informaciones» disponibles en internet (meras especulaciones, o peor: suposiciones, deseos, profecías, pronósticos ciegos y ocurrencias) orillaba a dejarse engatusar bonitamente por la ilusión, por el espejismo anual al que siempre convendría resistirse, pero a cuyo influjo, también siempre, se termina por ceder: entre los nombres que «sonaban» más fuerte para la designación del Premio Nobel de Literatura estaban el de Claudio Magris y el de Philip Roth. Algunos medios fundaban sus vaticinios en los de una maldita casa británica de apuestas —sobre todo deportivas: como si estuviéramos hablando de caballos o de rugby—, confiable según eso por haberle atinado a los ganadores de los años recientes, incluidos el improbable Pamuk y la tenebrosa Jelinek. En otros lados se presentaban listas de escritores a los que, por un misterioso sistema de probabilidades estadísticas combinadas con razones de conveniencia política, la maldita Academia Sueca (¿y «academia» de qué, a todo esto?) tendría que tomar en cuenta esta vez. Y en otros, algún redactor inspirado o algún columnista enfebrecido sencillamente se dejaba arrebatar por sus anhelos. Pero el caso es que se mencionaba una y otra vez tanto Magris como a Roth, y el mundo parecía tener sentido y daba la impresión de que la justicia, por una vez, iba a prevalecer. Sacando cuentas, el anuncio tendría lugar en Estocolmo como a las cinco de la mañana de aquí, así que, como quien deja su cartita a los Reyes Magos, hubo que encargarle al servicio de alertas de Google que gritara la buena nueva apenas tuviera lugar, para encontrarla tempranito y festejar.
En el torbellino de fantasías, un periódico argentino y uno español recogían la observación siguiente: el secretario de la Academia, Horace Engdahl, habría estado muy presionado en los últimos días por su esposa, también académica, para que el galardón este año fuera a parar a manos de una mujer. ¿Por qué? No se abundaba en las razones: nomás que la señora estaba emperrada, y que el otro temía por su matrimonio. La noche pasó, el sol salió, la consulta al buzón electrónico arrojó la noticia oprobiosa (de parte de El Paso Times, por cierto): ni Magris ni Roth. La ganadora había sido Doris Lessing, una escritora de 88 años (pero que en las fotos se ve como de 87). El periódico texano recogía una declaración del roñoso crítico literario Harold Bloom: «Aunque la señora Lessing al comienzo de su carrera tuvo algunas cualidades admirables, encuentro que su trabajo en los últimos 15 años es un ladrillo... ciencia ficción de cuarta categoría». ¿Habrán despertado a Bloom para que diera su parecer, y por eso contestó así, modorro y de malas? El caso es que sobrevino la decepción más desoladora. Los malditos sabios suecos nos la volvieron a hacer. Pero quién tiene la culpa: uno, y nadie más que uno. Por ingenuo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 12 de octubre de 2007.


Antes no la mataron: la seño como que venía llegando de su clase de tejido, y el enjambre de reporteros la esperaba con la noticia. «Oh, Christ!», se la oye decir, poco antes de desplomarse. ¡Las sales! ¡Corran por las sales! Imprimir esto

2 comentarios:

Anónimo dijo...
15 de octubre de 2007, 8:34

Que nadie dude del poder del sexo débil. Si persisten las dudas, pregúntenle a Horace engdahl.
Lo siento.

Kurt C. dijo...
16 de octubre de 2007, 13:49

Se le va de nuevo a Roth...le irá a pasar como a Borges?
Vaya, parece que no muchas personas se alegran de recibir el Sueco premio...es como una carga (monetaria y civil).