Jardín

comentarios (0)
Foto: Mural

El libro y la lectura, qué remedio, nos ha tocado presenciar cómo se convierten en algo distinto, y en el proceso —también: qué remedio— quizás se corra el riesgo de que los entusiasmos o las inercias borren y nos vuelvan perdedizos los recuerdos de un mundo ya lejano, seguramente irrecuperable y en el que ha quedado buena parte de las explicaciones de que hayamos llegado hasta aquí. Algo así he venido pensando, no sin emoción, desde que hace algunos días supe de la muerte, la semana pasada, de Silvestre Macías. Por esto: sin el empeño admirable de este librero en sostener su librería, sin la buena fortuna de que tal librería (Jardín de Senderos) me admitiera con mis ignorancias, mis perplejidades, con las búsquedas que ni siquiera era capaz de formular, y sin los felices hallazgos a que me condujeron esas búsquedas, mi historia como lector habría sido otra —o, más probablemente, no habría sido.
    Hubo otras librerías, claro: Casarrubias y Font, y las de viejo en el centro (dónde más), la Librería de Cristal en Vallarta, las Gonvill (la de la Rotonda, principalmente). Luego llegaron las que hay ahora, muchas de aquéllas se esfumaron, y supongo que me pasó como a todo mundo: cambié de hábitos sin pensar demasiado en lo que significaría tal cambio. Pero Jardín de Senderos siempre estaba ahí, como un punto de partida, una base a la que podía volver para ver dónde había empezado todo, y siempre podía confiar en que me reencontraría sin falta en ese espacio presidido por las fotos de escritores que al paso de los años iría identificando mejor: una tranquilizadora costumbre que luego sería una peregrinación cada vez más esporádica: me mudé a otros rumbos. Aunque sí me tocó ir al local del Pasaje Variedades, el que mejor conocí fue el de Galeana, y al que hay todavía, el de Enrique González Martínez, sólo he ido una vez, la última ocasión que tuve de saludar a Silvestre. No sé: aunque nunca conversamos gran cosa, me gustaba imaginar que nos contábamos mutuamente como amigos, y también en las ferias municipales del libro era reconfortante dar con su presencia: siempre llevaba lo mejor. (Además tenía razones para profesarle una gratitud particular: cuando, con los amigos, incurrimos en la insensatez, por lo visto inevitable, de editar una revista literaria, Silvestre no sólo aceptó tener ejemplares a la venta, sino que además nos patrocinó comprándonos una inserción publicitaria).
    Ir a una librería, para decirlo con la grosera nostalgia del caso, ya no es lo que era. Lo que era, quiero decir, cuando esa librería era Jardín de Senderos, en la calle de Galeana de los años noventa: cuando tuve la suerte de encontrarme con las mercancías elegidas por un librero como Silvestre, por su estupendo gusto, por su experiencia, y gracias a su inverosímil obstinación en que ese espacio de nombre insuperable existiera y resistiera, como seguirá resistiendo en el recuerdo conmovido, estoy seguro, de cuantos pasamos por ahí.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 27 de enero de 2011.

Héroes

comentarios (0)
No creo que haya fundamento estadístico para afirmarlo, apenas conjeturas suministradas por la vivencia de lo cotidiano —el trato con el prójimo, lo que se oye al pasar, las conversaciones con los amigos o los colegas, el tuiteo o el feisbuqueo, etcétera—: seguramente no habrá mexicano que ignore quién es el Jota Jota, el tipito nauseabundo cuya jeta nos ha sido puesta enfrente noche y día, por todos lados, desde que lo capturaron y tuvo lugar su presentación correspondiente (esas aparatosas puestas en escena cuyo decorado incluye helicóptero estacionado, miles de encapuchados con metralleta, algún funcionariete balbuceante y el loguito de la flor multicolor), aunque en realidad lo hemos tenido presente desde hace prácticamente un año, cuando el balazo que lo lanzó a la fama. (¡Y las preguntas que nos vemos obligados a hacernos!: ¿sí disparó éste, o fue su gato? ¿Y cómo lo agarraron? ¿Y cómo no lo habían agarrado antes? ¿Y cómo estuvo, entonces, que en el baño del bar aquel...? ¿Y qué con la novia colombiana? Etcétera). De Kalimba pasamos a esto, y enseguida brotará alguna nueva atracción, intensificada por la entrevista de rigor a cargo de ese otro sujetito repelente, el reportero televisivo erigido en Fiscal de la Nación, a cuyo guión de preguntas estúpidas ha de someterse todo indiciado antes incluso que a ningún Ministerio Público...
    Viene siendo con estos impresentables personajes como está configurándose el reparto de la historia patria, de modo que sus efigies, sus hazañas y sus destinos serán las claves para que el futuro se haga una idea de lo que pasó con este país. En la primera de las conferencias que serían agrupadas en el volumen De los héroes (1840), Thomas Carlyle clamaba por que la modernidad regresara al culto de las figuras excepcionales que, según su  exaltada y a menudo fanática comprensión de la historia, trazan el curso de la civilización. «Todos amamos a los grandes hombres; los amamos y nos prosternamos humildemente ante ellos, porque es lo que más dignamente nos humilla», escribió. (Borges, que vio en el nazismo «una reedición de las iras del escocés Carlyle», advirtió sobre el peligro que hay en postular «la misión divina del héroe», pues ello lleva a liberarlo de «las obligaciones humanas»). Ubicuos, inagotables, indispensables para un país que cuando no entiende qué pasa va a preguntárselo a Carmen Salinas, los héroes a los que sucesivamente se va profesando veneración —bebemos sus palabras, quisiéramos tocar sus vestiduras, juzgamos milagrosos sus hechos, nos atarea y nos desvela su suerte, nada nos concierne más que el examen de sus explicaciones—, del otro Salinas (Carlos) a la mamá de Paulette, pasando por el incontable censo que cada quien prefiera recordar, y desde luego por el tal Kalimba y el tal Jota Jota, hacen temer que Carlyle tenía razón: el rumbo de la historia depende de este elenco inaudito. Si no, por qué estamos arrodillados ante su presencia divina.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 20 de enero de 2011.

Para quitarse el mal sabor de boca, pueden picarle aquí para encontrarse con este otro Jota Jota, inmensamente preferible: 

Apremio

comentarios (1)

Sólo borrosamente puedo recordar, o imaginar que recuerdo, haberme servido alguna vez del correo postal para sostener contacto con alguien: los amigos viajaban o se habían establecido en lugares suficientemente distantes como para que operara la añoranza, y la única forma de que la comunicación no quedara interrumpida consistía en confiar la conversación a los envíos en que viajaban las deficientes actualizaciones con que buscábamos seguir al corriente unos de otros: tarjetas postales, preferiblemente (pues quizás las imágenes impresas en ellas, más que conferirles el carácter de meros souvenirs, servían para certificar que nos hallábamos en lugares apartados y así constatábamos cómo el mundo se nos iba amplificando), pero también sobres con misivas —hace cuánto que nadie usará esta palabra— por lo general escritas a mano, debidamente fechadas y firmadas, y en ocasiones acompañadas por fotografías, recortes, dibujos... Entre una carta y su respuesta podían pasar semanas o meses: un tiempo que hoy juzgaríamos excesivo en todo caso, pero que entonces parecía natural y justo —seguramente porque se pensaba, o ni siquiera había necesidad de pensarlo, en las distancias que en efecto recorrían esos envíos, en lo accidentado que podían ser sus recorridos, en la consistencia material que tenían.
    Luego, claro, llegó el correo electrónico, y con su velocidad insospechable aquello pronto quedó relegado, pues lo despacioso de la comunicación postal se volvió automáticamente inaceptable. Aunque es comprensible el entusiasmo inicial de quienes presenciamos el cambio, pues cómo íbamos a desdeñar tal inmediatez —y me incluyo en ese plural que abarca los catorce años que tengo de usar el e-mail porque supongo que habrá quienes juzguen impensables las esperas dilatadas de antaño, pues no tuvieron jamás ni tendrán ya oportunidad de experimentarlas—, el hecho es que no podía preverse lo que supondría: no sólo el encogimiento del mundo, y la dificultad extrema de volver a concebir las nociones de distancia con las que nos manejábamos, sino además, y para peor, la imposición de premuras y ansiedades que han hecho de la correspondencia una práctica sobre todo utilitaria y agobiante, indeseable muchas veces y fuente inagotable de desazón y neurosis.
    Claro: muy despistado estaría si a estas alturas comenzara a quejarme de la existencia del correo electrónico, o de sus derivaciones o suplementos que nos ha deparado la sofisticación tecnológica (mensajería instantánea, redes sociales, etcétera). Pero no deja de extrañarse —o a mí me ha dado por extrañar— un tiempo ya inencontrable en el que la correspondencia era, ante todo, una sosegada modalidad de las mejores conversaciones, sin las exigencias de prontitud y sin el barullo odioso (la cantidad de porquerías que uno recibe todos los días) que ensordecen a cualquiera apenas se asoma al buzón electrónico, ese rincón vertiginoso donde lo que no apremia no importa, y por el que lo que importa (la vida, pongamos) va dejándose irremediablemente para después.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 13 de enero de 2011.

Todo

comentarios (1)
El olvido es una región de nosotros mismos a la que cada vez más difícilmente se tiene acceso: un espacio menguante de nuestra historia que podemos abandonar con más prontitud que nunca, pues todos los caminos que conducen a él son inmediatamente vías de escape, y cada puerta que abrimos para ingresar nos devuelve casi en automático a la intempere bulliciosa en la que está todo: todo lo que sabemos o recordamos, y también todas las pistas para que demos, más temprano que tarde, incluso con lo que apenas creemos recordar, por borroso que sea o por mucho que nos enterquemos en suponer que lo hemos perdido. De la nostalgia, que hasta hace relativamente poco era la última estación en el viaje al olvido, queda apenas un cascarón desierto y polvoriento en el que tiene muy poco sentido detenerse, porque además es sencillísimo largarse cuanto antes: ahora sólo se puede tener nostalgia de la nostalgia misma, y seguramente también esta posibilidad quedará clausurada pronto.
    Es lo que me da por pensar con respecto a la música, y en concreto acerca de los modos en que la tecnología actual la pone a nuestra disposición. Recuerdos que se alejan aceleradamente, y que adquieren un carácter entre arqueológico y fantástico, aunque el tiempo que los contiene no abarque más que apenas un cuarto de siglo: el primer disco que compré, por mi gusto y por mi cuenta, a los 13 años (Brothers in Arms, de Dire Straits), en el Gigante de Plaza del Sol, y lo que significó abrir con una uña el celofán, sacar el LP de la bolsita interior, ponerlo en el tocadiscos, colocar la aguja en la espiral diminuta y empezar a escuchar... No fue, en rigor, mi primer tesoro: mucho antes me había adueñado —ni sé si me lo habían regalado, pero no me importó: estaba en la casa— del álbum de Cri-Crí que distribuía Reader’s Digest, con el librito adjunto, y además estaban los casets en los que recolectaba de la radio lo que fuera que me pareciera digno de ser conservado. Ignoro cuánto pasó y cuánto acumulé, en elepés y casets, hasta la llegada del primer disco compacto (The Traveling Wilburys), y luego cómo todo fue acelerándose hasta lo que presencio hoy, cuando no sólo poseo un almacén (el disco duro de la computadora) de capacidad inconcebible, y la sucursal portátil de ese almacén (el iPod que traigo: una semana de música continua), sino además los medios (la conexión a internet) para encontrar lo que me venga en gana, en cualquier momento y al instante, e incluso aunque no sepa lo que quiera hallar: por si no fueran suficientemente abrumadores los catálogos infinitos en línea a los que basta con solicitarles cualquier pieza para que empiece a sonar, hay también sitios en los puedes tararear una tonada para dar con ella de inmediato.
    El estupor que experimento al caer en la cuenta de que está a mi alcance toda la música del mundo es, evidentemente, pueril (¿o senil?). Pero mayor es el de constatar cómo esto apenas es el principio: de qué, quién lo sabe: eso es lo que asusta.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 6 de enero de 2011.

Jericho Road

comentarios (0)

Un conmovedor viaje preparado por Luis Vicente de Aguinaga, en colaboración con el gran Steve Earle:

Avería

comentarios (0)

Foto: Nicolás Piquero

En la esquina hay un puñado de hombres enfrascados en descubrir, como cada lunes y cada jueves, la avería de la fortuna que esta vez les facilite el impulso decisivo para sustraerse a sus destinos. La primera fase del ritual es muy sencilla y sólo precisa de la voluntad de los practicantes, de su fiel obstinación y del consenso que alcancen una vez que alguno —cualquiera, lo mismo el más inspirado o el más impaciente— proponga la forma en que han de centrar su atención y la interpretación más verosímil; puede que haga falta una deliberación si la forma no es del todo clara, o si al manifestarse insiste en sugerir posibilidades que contravengan el registro que llevan de las formas reveladas en los últimos meses. Lo que buscan es un número.
        Mientras dura la adivinación, el mundo se detiene. El mundo: el agua de dos fuentes, las altas sombras de los árboles, las latas y los cepillos y los trapos de un bolero que posa ambas manos en su única rodilla, la mujer del puesto de periódicos que hace tintinear las monedas en el bolsillo de su mandil, la pesadumbre que golpea en la nuca del hombre flaco y de corbata que nada espera sentado en una banca, el sueño que ha derrumbado a un viejo indigente junto a sus bultos cerca de la frescura penumbrosa del templo, una pareja de sordomudos en su conversación de señas exaltadas, el sol de las tres de la tarde, una música desvencijada que alcanza a escapar de un restorán al otro lado de la calle (un chelo y un piano que se aborrecen mutuamente), las breves y borrosas multitudes que esperan el camión por los flancos oriente y poniente del jardín, el franciscano que cruza acompañado por un perro negro y alegre, los prados moribundos en cuyos centros hay macizos de flores que no tienen flores, la fila de taxis (cinco o seis) que avanza sin moverse.
        En la caseta ya fue desplegado el periódico vespertino de esta vez; los adivinadores acarician ya sus deseos (uno piensa, aunque no lo sepa, en hallar las razones para no matarse; otro en la colegiatura de su hija; otro en las llantas que necesita su coche; uno más en abrir una licorería, y el último sencillamente quiere tener el dinero en sus manos, sin saber para qué), dan vuelta a la página en la que viene el cartón político, interrogan con circunspección sus trazos, las manchas de tinta, y al cabo reconocen el 9. Puede que sea un 6, pero no: por la convicción que los mueve, y que ninguno estaría en condiciones de explicar satisfactoriamente, es un 9. Es, además, indiscutible: hace varias semanas que no sale el 9, ni en su adivinación ni en los sorteos. Y proceden entonces, con el temeroso júbilo de quien ve cómo sus deseos están comenzando a materializarse, a reunir el monto para la segunda fase del ritual: el despachador del sitio, esa tarde, comprará el entero de lotería para el día siguiente. Terminado en 9. Es lunes; el sorteo es el martes. Cuando pasa el vendedor y la transacción queda liquidada, el mundo reanuda su marcha. El miércoles, con su fe intacta, se reunirán de nuevo, apenas llegue el periódico vespertino, para cotejar el billete. Es la tercera fase del ritual. La fortuna debe estar averiada, ellos lo saben, y el día que den con la falla decisiva verán que ha sido demasiado tarde: tal vez por eso deseen, secretamente, no descubrirla jamás.

Publicado en el número más reciente de KY, que pueden conocer íntegro aquí.

Espejismo

comentarios (0)
Evidentemente es un espejismo, una ilusión dispuesta por las condiciones ambientales que tienen lugar en estos días. Guadalajara como una ciudad vivible. Al menos en la semana que corre (y un poco antes, digamos que desde mediados de la semana pasada, y con suerte hasta la semana que sigue), es posible percibir la calma que impone a nuestras rutinas la desaceleración debida, en buena medida, a las vacaciones. Aunque no estemos de vacaciones —yo sí lo estoy, pero es un decir, y sobre eso voy más adelantito—, el hecho de que se emparejen los tiempos de descanso de muchos en esta temporada permite que los otros muchísimos que no descansan sí puedan disfrutar, al menos, de una disminución notable en los índices de frenesí que hacen irrespirable y desesperante y odiosa la vida en la ciudad en otras fechas. Por las calles sigue habiendo, claro, imbéciles que pitan y rebasan y rechinan las llantas nomás para llegar unos segundos antes a detenerse ante el semáforo siguiente, y en general lo que urge sigue urgiendo, sólo que hay una suerte de acuerdo tácito y generalizado gracias al cual esas urgencias no importan tanto, de manera que se puede ir a un ritmo más tranquilo, postergando las neurosis para cuando el año nuevo haya terminado de llegar y sea hora de recobrar las ansiedades de las que, por el momento, nos vemos a salvo casi milagrosamente.
        El espejismo, ayudado por la frescura del clima, por la luz que regala el cielo despejado, por el silencio que las calles ganan al disminuir el tráfico y el gentío, lleva a pensar si no será al revés: si lo insufrible que puede ser la ciudad en su presentación habitual (los embotellamientos, el ruido, el malhumor imperante que hace ver en cada conciudadano a un enemigo que busca pasar primero y por encima) no será en realidad la comprensión distorsionada, y por tanto ilusoria, del espacio en que nos movemos y en el que el tiempo nunca alcanza. O, dicho de otra manera: las vacaciones son la vida real, y lo otro —la supuesta normalidad de los días hábiles— es un pésimo exceso de la imaginación, el engaño pernicioso en el que nos obstinamos al olvidar que todo puede ser de otro modo: como hoy mismo, por ejemplo, en que se puede andar tan a gusto sin necesidad de atravesársele a nadie.
        Yo nunca sé muy bien qué hacer con las vacaciones, y pronto me descubro inventándome actividades en las que pueda atarearme lo suficiente para «sentir» que las aprovecho debidamente. Una necedad, por supuesto; pero también es, creo, el efecto de esta convención según la cual ha de haber tiempos para trabajar y tiempos para no hacer nada, y de esta otra superstición: uno sólo existe mientras no esté de inútil —de lo que se sigue que estar ocioso es una forma de desvanecerse. Pero también alcanzo a atisbar que esta existencia suspendida es preferible, y que la ciudad que así encuentro también lo es. ¿Guadalajara no puede quedarse como está ahora?
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 30 de diciembre de 2010.

Con razón

comentarios (0)
La Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales mandada hacer y dada a conocer recientemente por el Conaculta es la corroboración documentada del deprimente estado de la materia que ya se sospechaba: que México, en resumidas cuentas, es territorio baldío, por el escaso o nulo contacto de la mayoría de la población con la cosa cultural: la evidencia estadística de un desastre que es difícil imaginar por dónde podría comenzar a remediarse, y que corona el fracaso mayúsculo de políticas educativas y culturales a lo largo de décadas. Una pésima noticia que, por lo pronto, sirve para explicarse en buena medida las condiciones que han conducido al presente estado de descomposición de una sociedad embrutecida y desolada: con razón.
        Con todo y que algunas cifras parecen (y son) escandalosas —que el 57 por ciento de los mexicanos jamás ha puesto un pie en una librería, y que el 24 por ciento no tiene un solo libro en casa—, lo cierto es que tampoco son tan sorprendentes, y sus explicaciones es fácil conjeturarlas: si el 86 por ciento de los encuestados en su vida ha ido a una exposición de artes plásticas, debe de ser porque no se entera de que existen, o sencillamente porque tiene otras cosas más urgentes que hacer (trabajar para comer, por ejemplo). Sin embargo, sí hay algunos datos más inesperados: que el 25 por ciento nunca haya ido al cine, o que el 4 por ciento afirme practicar «alguna danza tradicional». La encuesta, así, surte  misterios diversos, que conducen a uno mayor, irresoluble: ¿en qué país vivimos?
        Al margen de lo que puedan significar estas perplejidades, a mí lo que más me intriga son esas delgadas rebanaditas del pay donde quedan arrinconados los individuos pasmados, aturdidos por las preguntas indescifrables que tienen enfrente, incapaces de articular ninguna respuesta con la cual, por lo menos, salir del paso (así sea una mentira). «A la hora de elegir un espectáculo de danza», se le planteó al 17 por ciento de encuestados que habían respondido que sí, que han ido alguna vez a ver bailar a alguien —pero no en «festivales escolares de hijos o conocidos», que, a la vista de esta encuesta que los desdeña y hace a un lado, ¿entonces para qué diablos servirán, si no cuentan como «cultura»?—, «¿qué es lo primero que toma en cuenta?». La mayoría contestó, razonablemente, que «el tipo de danza»: claro, las preferencias y el gusto. Una quinta parte respondió que «el lugar donde se presenta»: aceptable respuesta, también, por razones prácticas: o voy a esto, que me queda cerquita, o voy a esto otro, que está en casa de la roña. El exquisito 10 por ciento (o los espectadores juiciosos, pues) declaró que elige basándose en «la compañía de danza» de la que se trate, y el sincero 4 por ciento reconoció que la causa de no ir es «el precio». Pero el 3 por ciento salió con que «no sabe», y el uno por ciento restante prefirió no contestar. O qué tal esto: el uno por ciento no contestó (no quiso o no pudo) si habla o no alguna lengua indígena. ¿Como ahí qué?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 23 de diciembre de 2010.

Sólo hoy

comentarios (2)
El soundtrack oficial de la Navidad mexicana para toda la eternidad: Mijares, Arianna, Yuri, Daniela Romo, Óscar Athié, ¡Denisse de Kalafe!, Tatiana, por supuesto Pandora... ¿y quiénes son los dos que están echados en primer plano?
Se pensaría que en las circunstancias extremas de privación y miedo es cuando al ser humano se le revienta la cuerda con que está sujeta la fiera depredadora que también es: la fuerza ciega e incontenible, quién sabe si bestial o diabólica, que sólo atina a procurarse su propia preservación, acometiendo a dentelladas y zarpazos contra su entorno, llevándose al prójimo por delante y arrasándolo todo a su paso. Luego de un terremoto, en una hambruna, en la guerra; en catástrofes y conflagraciones, incluidas las estampidas en las concentraciones masivas que se salen de madre, etcétera. Aunque cuerda y cordura no vienen de la misma raíz (cordura procede de corazón en latín), que se desate la primera significa perder la segunda, de modo que perder toda sujeción equivale a volverse alguien sin corazón (quien es cuerdo es quien posee corazón, ánimo, dice el diccionario), en el sentido en que el corazón, como venía entendiéndose antes de que nadie se preguntara para qué podría servir el cerebro, es depositario del juicio y la entidad que permite reconocer a los semejantes, y reconocerse en ellos.
        Terremotos, hambrunas, guerras, etcétera. Pero la sociedad no había tocado fondo hasta que llegaron las ventas nocturnas de Navidad. Pasó más o menos así: íbamos nomás por unas pilas —unas pilitas triple A, para el control remoto de la tele: unas pilitas sin chiste. La primera señal, que ignoramos (y luego la cosa no tuvo remedio), fue la fila de coches para entrar al estacionamiento. Los excesivos minutos y cuartos de hora para encontrar lugar, pero igual habríamos tardado otro tanto en hallar escapatoria, si se nos hubiera ocurrido: había empezado a operar una obstinación irrefrenable por llegar: segunda señal, ese empecinamiento inexplicable. Sin querer (¿pero teníamos todavía algo de voluntad?), nos descubrimos al pie de la mole iluminada, a cuyos pies el rugido de la masa se intensificaba por la música en las bocinas gigantescas: la tercera señal, y la definitiva: los villancicos de Pandora, que cuando suenan (siempre, cada año) han de ser reconocidos como las trompetas del Juicio Final. Fuimos, por supuesto, engullidos, y antes de percatarnos ya habíamos sido rociados por perfumes varios, que no conseguían mitigar los miasmas de la muchedumbre que circulaba lentamente y vociferaba y se agitaba cada vez más. En las escaleras eléctricas, incompetentes, hubo que usar cierta violencia: una señora gorda y frenética a la que había que contener; un señor valiéndose de sus bultos para abrirse paso; algún niñato cretino que quería correr. Codazos, empujones, y por encima de todo eso las matemáticas sutiles que ya habíamos comenzado a hacer: 18 meses sin intereses y 20 por ciento en monedero electrónico, o bien 6 meses y el 25 por ciento, o el descuento irresistible si se pagaba al chaschás. ¿Pagar qué? Lo que fuera. Todo. La tienda entera. Al final, la obnubilación: adiós, cordura. Íbamos por unas pilitas. Salimos vivos: cómo, quién sabe. Y con un refrigerador, pero vivos al fin.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de diciembre de 2010.

Secretos

comentarios (0)
Al margen de la suerte que llegue a correr el protagonista principal de la formidable travesura que ha desatado las iras y la paranoia de los poderosos del mundo, empezando por Estados Unidos, y de las dimensiones novelescas que la historia de dicho individuo, Julian Assange, llegue a adquirir en la imaginación del mundo que va viéndolo como un héroe o un mártir, lo ocurrido —y lo que seguirá ocurriendo— a raíz de las filtraciones de Wikileaks es fascinante, entre otras muchas razones, precisamente por cuanto ha potenciado la imaginación de un planeta (o bueno: de la reducida proporción informada de los habitantes del planeta) que va descubriendo cómo ha dejado de existir la noción de lo secreto, y que apenas está por enterarse de las consecuencias que traerá consigo esta nueva circunstancia: como ha apuntado más de alguno en el torbellino de noticias y suposiciones que tienen lugar en estos días: Wikileaks te parecerá muy bien hasta que alguien tome y disperse a los cuatro vientos lo que no quieres que se sepa de ti.
        Los secretos «ventilados» en los cables sustraídos al Departamento de Estado de Estados Unidos, como bien ha observado Umberto Eco, tienen en realidad poco de secretos, pues a lo sumo son corroboraciones de lo ya sabido o lo ya imaginado: que el Estado mexicano, por ejemplo, está perfectamente al tanto de su vulnerabilidad y que los gringos están al pendiente también de sus incertidumbres y traspiés. Eso no es novedad: lo emocionante es que ahora haya constancia de ello —y es que el escándalo ha crecido sobre una reacción emocional según la cual es motivo de alegría que los malos, los corruptos, los ineptos y los abusivos se vean desenmascarados. También lo señala Eco: los servicios secretos no trabajan más que en consignar lo obvio, y acaso ése haya sido el golpe más duro, y no sólo para la diplomacia estadounidense, sino para todos los que detentan el poder en cualquier ámbito y en cualquier escala: ya nada tiene por qué quedar oculto para siempre, aun cuando lo que se pretenda ocultar sea absolutamente trivial. Y si parece que hay algo que todavía no se sabe, la imaginación —liberada, irrefrenable— se encargará de formularlo para completar de cualquier modo la realidad.
        No hay secreto que no busque su propia extinción. En internet funciona, desde hace años, el proyecto PostSecret: un tablero donde regularmente van publicándose las postales de remitentes anónimos que, por las razones que sea, quieren comunicar un secreto al mundo. Un ejemplo al azar: una postal de Las Vegas en la que se lee: «Cuando yo tenía 12 años, mi hermana se fue de casa. Yo sabía a dónde se había ido porque leí su diario. Nunca se lo dije a nadie. Nadie ha sabido de ella desde entonces». A veces son confesiones estremecedoras (¿pero son confesiones en realidad?). Al publicarse, ¿esas informaciones privadísimas dejan de serlo? Quizás lo más impresionante es imaginar por qué sus autores no se las pueden guardar.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de diciembre de 2010.