Vuelta al Parque

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¿En qué quedó la rehabilitación del Parque de la Revolución que el Ayuntamiento tapatío anunció que iba a emprender, y que de inmediato generó inconformidad entre los usuarios habituales de ese espacio ante la amenaza de que éste les fuera restringido? El domingo fuimos, en las horas de la Vía RecreActiva, y el panorama no parecía haber cambiado gran cosa. Como se ha vuelto costumbre, aquí y allá, en las dos secciones del parque, había gente reunida y desarrollando las actividades deportivas o lúdicas o culturales o políticas gracias a las cuales, de un tiempo para acá, ese lugar ha dejado de ser meramente un pasaje inerte por el cual atraviesa el trajín diario de miles de tapatíos, y ha adquirido incluso un carácter emblemático como concretización de lo que ha de significar la vivencia de la ciudad para lo que a la gente le dé la gana, que para eso es suya (o sea nuestra). Unas muchachas balanceándose y haciendo piruetas en las telas que cuelgan de los árboles, un grupo de boxeadores practicando en el templete del ala norte, tamborileros y bailarines en otro lado, niños jugando al ajedrez gigante, parejas fajando de lo lindo sobre el pasto, alguien leyendo, alguien tocando la guitarra, las Bordadoras por la Paz reunidas en la fortaleza impresionante y estremecedora y conmovedora y admirabilísima que han sabido construirse entre los pañuelos cuyas inscripciones resumen todo su dolor y su increíble esperanza, ciclistas, patinadores, practicantes del hula-hula, etcétera.
También había cambios en los prados: algunas áreas modificadas con plantas de ornato y tierra removida, y un triángulo, del lado de Pedro Moreno, con una vallita ridícula rodeándolo, se entiende que para que nadie pase: ¿lo único que alcanzó a poner el Ayuntamiento cuando se echó para atrás su iniciativa de darle al parque un uso preferentemente ornamental? Salvo algún retoque a la pintura de las bancas de cemento, nada más: las fuentes seguían inservibles, como laguitos de inmundicia estancada; banquetas reventadas, luminarias rotas, al menos dos fosas destapadas (de esos cajones que se practican en el suelo para tener acceso a las tuberías o al cableado: no sé cómo se llamen), listas para que uno se rompa una pata si se distrae, y una buena cantidad de vendedores ambulantes (chucherías, gusgueras, la omnipresente e impune piratería) en la zona que opera como terminal de minibuses. Sobre todo, mucha basura. Montones de bolsas negras arrojadas junto a una fuente, botes que seguramente tenían días atestados. Y bueno: no hace falta entender gran cosa de administración pública (para eso están los funcionarios a los que les pagamos) para imaginarse que eso, la basura acumulada, dice mucho de un gobierno incompetente para mantener unas condiciones mínimas de orden —o bien es que a propósito se ha desentendido: ¿no querían que nos metiéramos con el parque?, pues ahí tienen su mugrero.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 30 de mayo de 2013.

Estudiantes

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Como uno de esos atavismos que nunca hay ocasión de cuestionarse, yo tenía para mí que el Día del Estudiante había sido un invento de la Federación de Estudiantes de Guadalajara (FEG) para suspender clases, pintar bardas, secuestrar autobuses, saquear camiones refresqueros y armar bailes y balaceras. No es justificación de mi ignorancia, pero es lo que recuerdo que pasaba los 23 de mayo a finales de los años ochenta y principios de los noventa, cuando la FEG daba sus penúltimos estertores como la poderosa organización que asolaba a la ciudad como una peculiar forma de vandalismo institucional (los últimos, quizás, vino a darlos cuando se descubrió hace poco cómo los terrenos aledaños a su sede operaban como fosa clandestina). Seguramente fui tan mal estudiante que jamás se me ocurrió investigar qué se conmemoraba ese día, cosa que ahora hago con una consulta rápida a internet: se trata de recordar a los alumnos de la Facultad de Derecho de la UNAM que fueron apaleados en su lucha por la autonomía universitaria, en 1928 o en 1929 (tan mal estudiante sigo siendo que me desanima ir más allá para precisar mejor el dato: si yo fuera mi profesor me reprobaría). O sea: la fecha honraba un martirio y una causa, y para ello a los estudiantes tapatíos de hace tres décadas se nos liberaba a toda suerte de aquelarres, o sencillamente faltábamos a la escuela: era nuestro día.
Mis investigaciones negligentes y apresuradas (ya imagino cómo me las habría arreglado con las tareas si en mis tiempos hubiera existido internet) me revelan que hay festejos previstos en Puebla, en Guanajuato, en Baja California, en Coahuila. Pero nada encuentro que vaya a hacerse aquí. Y, ciertamente, hace ya tiempo que el día 23 ha dejado de figurar como uno de los numerosos asuetos de mayo: al menos por la UdeG parece que ya no quedan polvos de aquellos lodos. Al margen de eso, la ocasión da para preguntarse en qué medida será distinto ser estudiante hoy —si bien la cursilería impele a suponer que uno nunca deja de serlo, el hecho es que califica como tal sólo quien está matriculado en una escuela, donde es posible incluso que estudie.
Como profesor, me han tocado los ejemplares más variados: desde el canallita cretino que plagió todas sus tareas hasta el talento natural y sobresaliente con quien el curso fue pura tersura y deleite, pasando por el picudo alevoso y sobradito, la haragana que tomaba la siesta en clase, el marrullero insensato (y el marrullero sensato) e, incluso, una inolvidable entusiasta (y chiflada) que se propuso reprobar con tal de repetir el curso y reforzar lo aprendido —no la dejé: le puse cien. Pero, en general, de la ya considerable multitud de estudiantes que me han sido confiados tengo más buenos recuerdos que malos: salud por ellos y con ellos. ¿Qué impresión guardarán nuestros profesores de los estudiantes que nos tocó ser? Yo no estoy seguro de querer saberlo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 23 de mayo de 2013.

Obviedades

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«Le dijo su abuelita a Enrique: “¡Si no lees vas a dar pena, nieto!». Es lo que gritaba, ayudado de un cartón que enrolló como altavoz, el dependiente de un stand para llamar la atención sobre su mercancía: libros a 30 pesos, apilados delante del paso de la gente que se acercaba a la Presidencia Municipal por la esquina de Hidalgo y Pedro Loza. Si la conseja de la abuelita resultaba estimulante (se supone que nadie querría llegar a la Presidencia de la República y pasar vergüenzas por burro, como ya sabemos quién), también lo era la oferta: alteros de volúmenes de lo más variado (literatura, sobre todo), maltratadones quizás, empolvados o amarillentos, pero sobre todo baratos. Y sí, la gente se detenía a ver. Que es lo que naturalmente ocurre cuando los libros, de lo que sea y en las condiciones en que estén, salen al encuentro de sus lectores: cientos de éstos, que al cabo del día suman miles, llevados por la curiosidad, por la casualidad o porque sí a la Feria Municipal del Libro de Guadalajara, cuya cuadragésima quinta edición está celebrándose por estos días (y hasta el próximo domingo 19: no está de más echarle un vistazo a su programa de actividades, disponible en feriamunicipaldellibrogdl.com.mx.
Tal vez no parezca tan obvio como es, pero yo creo que, entre las numerosas razones de que en México no se lean libros, cuentan, en un lugar muy importante, las más sencillas de solucionar: como pasmosamente mostró la Encuesta Nacional de Hábitos, Prácticas y Consumo Culturales que el Conaculta dio a conocer en 2010, la mayoría de los mexicanos jamás han pisado una librería (el 57 por ciento; el 58 si sumamos a los que no recuerdan haberlo hecho). Los motivos son fáciles de conjeturar: la gente no sabe qué hay en ellas. Es decir: aunque intuya que hay libros, ignora qué son: para qué sirven, por qué deberían de interesarle. En rigor, dado el estado catastrófico de la educación básica en este país, difícilmente alguien puede llegar a figurarse, no digamos que le conviene leer, sino ni siquiera que puede hacerlo. Pero el caso es que el público en general sólo entrará en una librería porque no queda más remedio (para buscar un título exigido en la escuela, pongamos), o bien por accidente: hay, entonces, que propiciar el accidente, y como ocurre en esta feria municipal, facilitar el hallazgo sacando los libros a la calle.
Otra razón, evidente pero quizás no tanto, es que los libros son caros. Comoquiera que se explique —una industria editorial lastrada por su propia falta de imaginación, políticas gubernamentales erráticas o inexistentes, codicia insensata y perversa del mercado—, el hecho es que la gente o come o lee (y frecuentemente ninguna de las dos cosas). ¿Solución? Abaratarlos. Que se puede, está demostrado también en la feria. Y también que la mera curiosidad de los visitantes es el mejor recurso con que pueden contar editores y libreros: no falla. 


Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de mayo de 2013.

Parque vivo

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El Ayuntamiento tapatío anuncia que está por realizar trabajos de remozamiento en el Parque de la Revolución, y que dichos trabajos contemplan restringir el uso de las áreas verdes para evitar que sigan maltratándose. Los usuarios de inmediato se inconforman: ven que la medida pretende despojarlos de un territorio del que se han apropiado naturalmente. Se suscita, así, una confrontación entre dos comprensiones del uso del espacio público: la autoridad, por las primeras declaraciones de sus representantes, parece entender que la presencia de los ciudadanos y el uso que hacen del parque son una especie de plaga que debe ser controlada (la gente pisotea el pasto, maltrata la vegetación, ensucia, estorba para tenerlo todo bonito), y busca privilegiar una función ornamental y dispuesta para la contemplación; los ciudadanos, por su parte, entienden que el lugar está ahí para vivirlo como les dé la gana, en especial llevando a cabo actividades recreativas (culturales, deportivas, lúdicas) y también políticas (al haberse vuelto ése un punto de concentración para diversas manifestaciones), así eso suponga «invadir» las áreas verdes. Pronto, la polémica da cabida a la suspicacia: ¿tiene el gobierno alguna otra razón para inhibir las concentraciones ciudadanas en ese sitio? Y confirma la poca imaginación de los funcionarios, y cómo éstos suelen conducirse ignorantes de los intereses y las necesidades reales de la ciudad que administran: cercar praditos no arregla nada, y tampoco va a gustarle a nadie.
    Que de un tiempo acá la gente haya rebautizado este espacio como «Parque Rojo» —a mí me cae muy gordo el nombrecito, pero no me queda sino aguantarme— sugiere claramente cómo la auténtica potestad sobre éste, y en general sobre todos los espacios públicos, la detentan sus habitantes, a despecho de las pretensiones o las ocurrencias de la autoridad. Así que el problema no es de quién es el parque, sino a quién le toca hacer qué. El Ayuntamiento debe, sí, mantenerlo en buenas condiciones y vigilar que haya seguridad, pero nada más. Y, para lo primero, hay modos: ¿por qué no se le da mantenimiento en las noches? En cuanto a los usuarios, también deben reconocer que podrían poner de su parte: ¿qué tal si se organizaran para contribuir a dignificarlo? Que los domingos, por ejemplo, todos los que ahí han disfrutado de la mañana antes de irse se pusieran a recoger basura, a repintar el mobiliario, a asear las fuentes (que son un asco). 
    Vista la oposición a su proyecto de mandar sobre la vivencia de este espacio, el Alcalde Hernández ha ido reculando: asegura que se tomará en cuenta la opinión de la gente. Por lo pronto, tuiteó antier una encuesta bobalicona de Facebook, una de cuyas dos preguntas rezaba «¿Cómo te gustaría ver el Parque de la Revolución (Rojo)?». Las opciones eran: «Limpio y sin ambulantes», «Con más seguridad, mayor iluminación y sin basura» y «Con eventos culturales y deportivos». Bueno, pues las tres: ¿es tan difícil? Y además: vivo.


Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de mayo de 2013.

llusiones

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Del sonado caso de la #LadyProfeco, la estupidita y prepotente hija de funcionario que mandó clausurar el restaurante donde se emberrinchó porque tardaban en darle mesa, se pueden desprender varias reflexiones acerca del efecto que, sobre la vida en sociedad, aparentemente tiene la creciente velocidad con que se difunde la información, pero también acerca de las construcciones culturales que van elaborándose al respecto. Entre los hechos y sus apariencias, como sabe cualquier ilusionista, hay un margen amplio para la incertidumbre y la desprevención, y de quedarse en ese margen se corre el riesgo de flotar cada vez más irremediablemente en el malentendido. 
    Por ejemplo, el episodio en cuestión sugiere que ahora, como nunca antes, es imposible que nada quede sin saberse: muy pronto se conoció el desfiguro de la cretinita y su venganza —ayudó que estuviera conectada e informando de su ubicación y de su disgusto, pero aunque ella no hubiera tuiteado alguien más lo habría hecho: iba a saberse de cualquier modo—, y también pronto el escándalo se viralizó, como se dice, y, por la repercusión que alcanzó, hasta el Presidente de la República se sintió llamado a mostrarse al tanto y a anunciar que tomaría medidas (dizque). La moraleja que tiende a desprenderse de la apariencia de los hechos está formulada en términos justicieros: no puedes cometer ninguna fechoría fuera del ojo vigilante que nos facilitan los nuevos medios, cada vez tendrás más difícil quedar impune, de todo nos vamos a enterar. En la serie House of Cards, lanzada hace poco como una innovadora forma de televisión y en cuya historia se desliza una interesante consideración sobre los alcances de los nuevos modos de informarse, hay un episodio en que despiden a una reportera de un poderoso (y muy tradicional) diario. El director la insulta. «¿Cómo me llamaste?», le pregunta ella, tecleando rápidamente en su telefonito, y cuando él repite el improperio la reportera lo alecciona: «Te olvidas de que lo que estás diciéndome se lo dices también a millones de personas en este mismo instante», y tuitea.
    La pataleta de la #LadyProfeco se volvió noticia, el papá hizo como que se disculpaba, ella también, se nos dijo que habría una averiguación, todos nos burlamos y la odiamos un ratito —como odiamos a la hija del líder petrolero Romero Deschamps cuando publicó en Facebook fotos con su perro idiota que viaja en jet privado, y como odiamos a la hija de Peña Nieto cuando se puso rabiosita y clasista. ¿Renunció el procurador Benítez Treviño (y ni hablar de los otros dos)? Claro que no: por qué habría de hacerlo. Que los hechos se sepan es bastante, ya para qué tendría que haber más consecuencias. Es decir: lo pernicioso de la ilusión que propician los flujos velocísimos de la información es que sirve, sobre todo, para que nos conformemos con ella, mientras prospera el ocultamiento de lo realmente importante. O bien: gracias a que hay cosas que se saben mucho, otras muchas seguiremos ignorándolas. Impunemente.


Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 2 de mayo de 2013.

Un gusto por GDL

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La historia es muy sencilla, y por lo mismo asombrosa: a mediados del año pasado, un muchacho, entusiasmado por su ciudad, abrió una página en Facebook (facebook.com/yosoytapatioo: ojo, la doble es importante porque sin ella se llega a otro lado) y comenzó a publicar informaciones sobre Guadalajara: fotos antiguas y actuales, noticias, efemérides, historias, leyendas, etcétera. En unos cuantos meses se volvió un éxito: a la fecha sumamos casi 16 mil los que hemos dado «me gusta» en esa página, y cada nueva entrada acumula de inmediato hasta cientos de pulgares alzados y varias decenas de comentarios (una foto, publicada antier, de los puestos de pitayas y guamúchiles en las Nueve Esquinas, pronto llegó a gustarnos a más de mil 500, y casi 400 la compartimos en nuestros perfiles). Buena parte de los materiales que van difundiéndose ahí son aportados por los mismos seguidores, que los remiten al administrador para tal fin, y además éste realiza consistentemente un trabajo de investigación para alimentar la página con la historia de la ciudad y con las precisiones pertinentes (ubicaciones, fechas, nombres, datos) acerca de sus contenidos, de tal modo que todos los días resulta sorprendente y enriquecedor darse una vuelta para ver qué hay de nuevo.
El administrador se llama Luis Alberto Romo Herrera y tiene 17 años. Lo hace por gusto, evidentemente (estudia y trabaja, según ha relatado él mismo), y por gusto nos hemos ido sumando a su empeño los miles de entusiastas que encontramos ahí una forma tan natural de redescubrir nuestra ciudad. Trátese de fotos o noticias remotas o recientes, de la Guadalajara perdida e irrecuperable o de la Guadalajara presente y quizás todavía no del todo comprensible para nuestra vivencia, lo que hallamos ahí es ante todo una voluntad de reconocimiento de nosotros mismos. A mí me gustan, particularmente, las fotos antiguas que los seguidores envían y donde aparecen ellos mismos o sus padres o sus abuelos o sus tíos en lugares ya por eso significativos para su propia memoria, que en realidad es la de todos. Y, a diferencia de lo que me ocurre por lo común en Facebook, ese imperio de la boruca y de lo que no importa, puedo pasar buenos ratos leyendo los comentarios, en general dictados por un ánimo constructivo.
Pasa también que ahí se atestigua una singular simultaneidad del pasado y el presente de la ciudad: calles, edificios, plazas, comercios, comidas, tradiciones, fuentes, transportes, sucesos actuales o históricos (en días pasados, al recordar las explosiones del 22 de abril, la actividad de la página se incrementó notablemente por quienes pasaron a dejar sus testimonios o, sencillamente, a recordar), personajes notables y otros anónimos: un inestimable registro de la vida real de la ciudad, más allá de comprensiones oficiales o convenencieras, para saber mejor dónde estamos y qué nos toca hacer aquí. Y todo gracias a un gusto auténtico y simple, cuyos frutos ojalá sigan multiplicándose.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 25 de abril de 2013.

Pudor

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Qué tanto hace que José Luis Cuevas era todo un figurín: apuesto, seductor, con un aire de insolencia y arrogancia muy propio de quien se tiene por alguien favorecido por la fortuna y es celebrado por sus admiradores. Hace algunos años, ignoro si todavía, en el museo que lleva su nombre en el centro de la Ciudad de México, al ascender por una escalinata uno se encontraba con la fotografía silueteada en tamaño natural del pintor, en disfraz de vaquerito y posando como cuatrero que desenfunda las pistolas, puesta ahí para besarla: estaba llena de marcas de pintalabios. El penúltimo «niño terrible» del arte mexicano (siempre brotará alguno más), en buena medida gracias a su omnipresencia en los movimientos y en las inmediaciones de los personajes más conspicuos de la cultura nacional del último medio siglo, Cuevas era un artista cuya obra consistía, en buena medida, en la proliferación mediática y egotista de su propia persona. Ello, desde luego, no quiere decir nada en contra de la valía de su trabajo creativo, que debería juzgarse, de ser posible, desde perspectivas despreocupadas de los malentendidos de la fama. Pero el hecho es que quiso fama, mucha, la tuvo, la usufructuó durante mucho tiempo, y ahora está siendo su víctima de un modo absolutamente horrible.
Adicto a su propia imagen, Cuevas se tomaba una fotografía cada día. O casi: en el mismo museo, según su sitio web, se conserva un acervo de más de 12 mil, disponibles para la curiosidad de los interesados. (Es significativo que su debut haya sido el autorretrato, como «niño obrero», con que ganó un concurso de la Secretaría de Educación Pública a los seis o siete años de edad). Algo parecido sucedía con su «Cuevario», la columna periodística en la que desde 1985, primero en un diario, luego en otro, luego autopublicándola en internet, daba cuenta, sobre todo, de sí mismo: sus pareceres, pero además las incidencias de la vida íntima y del ámbito doméstico, los modos en que su celebridad se esparcía por el mundo (frecuentemente usaba la tercera persona para referir sus andanzas), sus recuerdos, sus amores.
El drama exhibido estos días, en horario estelar, es deplorable. Nos lo han mostrado desvalido y atrapado entre la mujer y las hijas, que para arrebatárselo no escatiman pormenores: sabemos, incluso, cómo éstas lo habrían hallado en el escusado, con los calzones en los tobillos y embarrado con sus deyecciones. Le hemos visto una pierna tumefacta; hemos conocido su mirada, otrora brillante por la mera alegría de ser José Luis Cuevas, arrinconada tras los tubos de oxígeno mientras se ve en la odiosa obligación de dar explicaciones y recontar su desventura como un viejo enfermo y aterrado. ¿Y alguien se acuerda de que existe algo llamado pudor? El diccionario de la RAE da dos acepciones para esta palabra: una es «honestidad, modestia, recato», o sea todo lo que ha faltado en este asunto, y otra, en desuso, que es «mal olor, hedor»: lo que lo infesta, para nuestro entretenimiento inclemente. 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 18 de abril de 2013.


Derechos II

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Los lectores, en general, nos enfrentamos continuamente con lo que, no por ser una obviedad, deja de constituir un problema fundamental: sólo leyéndolo se puede saber si un libro es bueno. Claro, podemos confiarnos al criterio de alguien más para orientar nuestras elecciones: los amigos, los profesores, los críticos, la tradición. Y también a las intuiciones o a las certezas de nuestro propio criterio: si más de una vez algún autor nos ha complacido, es muy probable que vuelva a hacerlo; si llegamos a aborrecer a otro, será difícil que lleguemos a encontrarlo estimable en un nuevo título. Pero el único juicio valedero provendrá de la experiencia personal. ¿Qué es un buen libro? Cada quien tendrá sus nociones, y yo me atengo a la siguiente: aquél del que salimos siendo distintos porque durante la lectura tuvo lugar un cambio significativo en nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. Otros fines (querer pasar un buen rato, aprender algo, mejorarse, etcétera) me parecen borrosos y, en general, ajenos a la lectura de literatura —que de eso hablo: no es imposible que alguien se enfrasque en Cómo tener un vientre plano en diez días y le dé resultado.

​Al igual que los famosos «derechos del lector» de Daniel Pennac, que yo veo como subterfugios que distraen del ánimo crítico que debería alentar en una lectura que se quiera fértil y no como un mero pasatiempo, suele repetirse que no hay libro malo, que de cualquiera podrá obtenerse algún provecho. Y bueno: basta asomarse a las mesas de novedades para constatar cómo lo que más hay en el mundo son libros pésimos y, lo más grave, perniciosos al persuadir a tantos lectores de que son lo contrario. La dificultad para diferenciar unos de otros únicamente puede subsanarla el tiempo, las muchas lecturas al paso de las cuales vaya afinándose la atención. Pero esta vía, que también parecerá una obviedad, está constantemente amenazada no sólo por una deficiente educación (la carencia de fundamentos para saber hacer distingos desde las etapas tempranas en la vida de un lector), sino además por los influjos del mercado y de las concepciones imperantes de cultura, por lo general malentendidos que prosperan hasta que otros malentendidos vienen a reemplazarlos.

​Hace poco me pasó de nuevo, por ingenuo o por necio: compré la más reciente novela, muy festejada y ensalzada, de un autor famoso (y omnipresente además en la cultura del momento y en la discusión de la cosa pública). Cara, y además mal editada —ésa es otra: los editores mercenarios que entregan malhechuras, piezas en absoluto cuidadas, traducciones infames: timos, en suma, pero siempre lanzados, y recibidos, como si fueran las maravillas insuperables—, resultó una rotunda bobería. Las dos tardes que le dediqué me fue violentado descaradamente mi derecho a leer buenos libros. ¿Quién garantiza el respeto a este derecho? Nadie sino uno mismo, en la medida en que esté alerta.

 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de abril de 2013.

 

Derechos I

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Frecuentemente me he topado con los famosos «derechos del lector», urdidos por el francés Daniel Pennac y adoptados y difundidos ampliamente por muchos promotores de la lectura recelosos de que se vea a ésta como una obligación. Son diez, y aunque algunos me parecen obviedades pueriles (el «derecho» a releer, el «derecho» a hojear), me temo que otros puedan tener efectos perniciosos de ser tomados en serio. Mi desacuerdo procede de la suspicacia ante la comprensión de la lectura como una actividad ante todo recreativa, como un mero modo de pasar el tiempo y procurarse un disfrute sin muchas dificultades —una variante de la ociosidad, canjeable así por cualquier otra. Y es que, si bien es inadmisible leer por obligación (aunque a veces sea inevitable: todos pasamos por eso en la escuela, y quizás no siempre estuvo tan mal), esta actividad no conviene, creo yo, verla simplemente como un entretenimiento al que se pueda acceder o renunciar nomás porque nos da la gana. Si se va a leer —es decir, si se renuncia al primer «derecho» de Pennac, que es «el derecho a no leer»—, hay que hacerlo bien, y eso no tiene por qué ser sencillo. La facilidad es el atajo que toma la pereza para llegar más pronto a la ignorancia… de la que no se sale tan fácil.

Así, encuentro por lo menos objetables los «derechos» segundo y tercero, «a saltarnos las páginas» y «a no terminar un libro». Puesto que sólo la experiencia enseña a reconocer más pronto cuándo un libro es una porquería, únicamente tras haber acumulado un número suficiente de lecturas puede pensarse en tomar así, de súbito o inopinadamente, la decisión de abandonar. Es decir: de ser en realidad derechos, se ganan con el tiempo y en razón de un criterio madurado. El problema estriba en saber cuándo las lecturas son suficientes, y el peligro está en que esa decisión esté tomándola en realidad el prejuicio, antes que el criterio. Más inaceptable es el «derecho a leer cualquier cosa», por cuanto se presta a interpretaciones erróneas y contraproducentes. Por ejemplo: habrá quien diga que cancelar este «derecho» implica franquear el paso a la censura, y que vernos privados de él podría significar vernos impedidos de leer lo que se nos venga en gana (por una imposición autoritaria e incuestionable, y por tanto indeseable). Sin embargo, se debe reparar en que no es un derecho en realidad, y que hacerlo pasar por tal puede propiciar que el lector, amparado en él, pase la vida devorando sólo porquerías (gracias a esas creencias infundadas siguen y seguirán siendo éxitos los libros de Paulo Coelho o Carlos Fuentes), o bien que, pudiendo leer «cualquier cosa», nunca llegue a ocurrírsele internarse en Moby Dick o en Dostoievsky.

Los lectores únicamente tenemos un solo derecho: a leer buenos libros. Nos lo ganamos pagándolos, con el dinero que nos cuestan o al menos con el tiempo y la atención que dedicamos a leerlos. ¡Y qué lejos estamos, tan a menudo, de que ese derecho se nos respete! (Continuará…).

 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 28 de marzo de 2013.

 

 

Nubia

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Fue muy significativo que nadie festejara la despedida la directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y que, al contrario, la reacción general fuera sorprenderse, consternarse y desearle lo mejor a Nubia Macías. La noticia, inesperada, pronto alcanzó resonancia en los ámbitos a los que incumbe la FIL, y por una vez en esos ámbitos, tan propicios al resquemor y los desquites, hubo consenso respecto a las cualidades de quien habrá sido, hasta el 31 de marzo, la mejor conductora que ha tenido la feria en sus 27 años. No es difícil hacer su elogio, pues las razones estuvieron a la vista desde su llegada: una organizadora sensata y seria, creativa y entusiasta, capaz, junto con su equipo de colaboradores, de hacer crecer consistentemente los alcances del encuentro librero que, en buena medida gracias a su trabajo, cuenta como uno de los principales acontecimientos culturales de este país; además, una funcionaria dinámica, diligente, eficiente, afable, lista para ver que le cedieran el asiento a una embarazada en una conferencia, para orientar a un niño que buscaba qué leer, para vigilar que los invitados más eminentes fueran bien tratados, para agilizar el tránsito de las multitudes, y, con el aplomo que la llevaba más allá de meramente cumplir su compromiso, una responsable ejemplar y valiente que incluso salió a enfrentarse a los manifestantes que, el 1 de diciembre pasado, se acercaron a Expo Guadalajara como un auténtico peligro ante el cual no se echó para atrás.
            Estas consideraciones aparte, la lógica de su salida no se ve por ningún lado. ¿Cómo, siendo un elemento tan valioso, la FIL puede prescindir de ella? El hecho se ha prestado a toda suerte de conjeturas, que giran en torno a los modos en que se toman decisiones en la Universidad de Guadalajara y cuanto dimana de ella. Porque hay una diferencia considerable entre las apariencias de compostura institucional que es preciso guardar y lo que sucede en la práctica: que medidas como ésta atañen exclusivamente a quien detenta el poder omnímodo de la Universidad, y que se explican en términos de su propia conveniencia política. Como lo mostraba el cartón de Josel en estas páginas, el sábado, en el cónclave para elegir la nueva cabeza visible de la FIL hay un solo Príncipe Elector: ¿a quién tendrá en mente, y qué desavenencia irreparable pudo haber entre la directora saliente y él como para que se permitiera perderla? Y no se puede perder de vista, en esta circunstancia, la crisis por la que atravesó la feria a raíz de la entrega desastrosa del premio que lleva su nombre al bribón Bryce Echenique, y cómo se raspó su prestigio (el propio Príncipe llegó a tronar: «El daño está hecho»), ni, quizás, cómo un año antes fue escenario para el ridículo mayor en la campaña del actual Presidente de la República. ¿Será esto lo que los políticos llaman «control de daños»? Lo dicho: sobra la materia para las conjeturas. Pero de nada sirven. ¿Qué futuro le espera a la feria? Ojalá uno tan venturoso como el que sin duda le toca a Nubia —que se lo ha ganado trabajando decentemente.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 21 de marzo de 2013.