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Los lectores, en general, nos enfrentamos continuamente con lo que, no por ser una obviedad, deja de constituir un problema fundamental: sólo leyéndolo se puede saber si un libro es bueno. Claro, podemos confiarnos al criterio de alguien más para orientar nuestras elecciones: los amigos, los profesores, los críticos, la tradición. Y también a las intuiciones o a las certezas de nuestro propio criterio: si más de una vez algún autor nos ha complacido, es muy probable que vuelva a hacerlo; si llegamos a aborrecer a otro, será difícil que lleguemos a encontrarlo estimable en un nuevo título. Pero el único juicio valedero provendrá de la experiencia personal. ¿Qué es un buen libro? Cada quien tendrá sus nociones, y yo me atengo a la siguiente: aquél del que salimos siendo distintos porque durante la lectura tuvo lugar un cambio significativo en nuestra comprensión del mundo y de nosotros mismos. Otros fines (querer pasar un buen rato, aprender algo, mejorarse, etcétera) me parecen borrosos y, en general, ajenos a la lectura de literatura —que de eso hablo: no es imposible que alguien se enfrasque en Cómo tener un vientre plano en diez días y le dé resultado.
Al igual que los famosos «derechos del lector» de Daniel Pennac, que yo veo como subterfugios que distraen del ánimo crítico que debería alentar en una lectura que se quiera fértil y no como un mero pasatiempo, suele repetirse que no hay libro malo, que de cualquiera podrá obtenerse algún provecho. Y bueno: basta asomarse a las mesas de novedades para constatar cómo lo que más hay en el mundo son libros pésimos y, lo más grave, perniciosos al persuadir a tantos lectores de que son lo contrario. La dificultad para diferenciar unos de otros únicamente puede subsanarla el tiempo, las muchas lecturas al paso de las cuales vaya afinándose la atención. Pero esta vía, que también parecerá una obviedad, está constantemente amenazada no sólo por una deficiente educación (la carencia de fundamentos para saber hacer distingos desde las etapas tempranas en la vida de un lector), sino además por los influjos del mercado y de las concepciones imperantes de cultura, por lo general malentendidos que prosperan hasta que otros malentendidos vienen a reemplazarlos.
Hace poco me pasó de nuevo, por ingenuo o por necio: compré la más reciente novela, muy festejada y ensalzada, de un autor famoso (y omnipresente además en la cultura del momento y en la discusión de la cosa pública). Cara, y además mal editada —ésa es otra: los editores mercenarios que entregan malhechuras, piezas en absoluto cuidadas, traducciones infames: timos, en suma, pero siempre lanzados, y recibidos, como si fueran las maravillas insuperables—, resultó una rotunda bobería. Las dos tardes que le dediqué me fue violentado descaradamente mi derecho a leer buenos libros. ¿Quién garantiza el respeto a este derecho? Nadie sino uno mismo, en la medida en que esté alerta.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 4 de abril de 2013.
Derechos I
Frecuentemente me he topado con los famosos «derechos del lector», urdidos por el francés Daniel Pennac y adoptados y difundidos ampliamente por muchos promotores de la lectura recelosos de que se vea a ésta como una obligación. Son diez, y aunque algunos me parecen obviedades pueriles (el «derecho» a releer, el «derecho» a hojear), me temo que otros puedan tener efectos perniciosos de ser tomados en serio. Mi desacuerdo procede de la suspicacia ante la comprensión de la lectura como una actividad ante todo recreativa, como un mero modo de pasar el tiempo y procurarse un disfrute sin muchas dificultades —una variante de la ociosidad, canjeable así por cualquier otra. Y es que, si bien es inadmisible leer por obligación (aunque a veces sea inevitable: todos pasamos por eso en la escuela, y quizás no siempre estuvo tan mal), esta actividad no conviene, creo yo, verla simplemente como un entretenimiento al que se pueda acceder o renunciar nomás porque nos da la gana. Si se va a leer —es decir, si se renuncia al primer «derecho» de Pennac, que es «el derecho a no leer»—, hay que hacerlo bien, y eso no tiene por qué ser sencillo. La facilidad es el atajo que toma la pereza para llegar más pronto a la ignorancia… de la que no se sale tan fácil.
Así, encuentro por lo menos objetables los «derechos» segundo y tercero, «a saltarnos las páginas» y «a no terminar un libro». Puesto que sólo la experiencia enseña a reconocer más pronto cuándo un libro es una porquería, únicamente tras haber acumulado un número suficiente de lecturas puede pensarse en tomar así, de súbito o inopinadamente, la decisión de abandonar. Es decir: de ser en realidad derechos, se ganan con el tiempo y en razón de un criterio madurado. El problema estriba en saber cuándo las lecturas son suficientes, y el peligro está en que esa decisión esté tomándola en realidad el prejuicio, antes que el criterio. Más inaceptable es el «derecho a leer cualquier cosa», por cuanto se presta a interpretaciones erróneas y contraproducentes. Por ejemplo: habrá quien diga que cancelar este «derecho» implica franquear el paso a la censura, y que vernos privados de él podría significar vernos impedidos de leer lo que se nos venga en gana (por una imposición autoritaria e incuestionable, y por tanto indeseable). Sin embargo, se debe reparar en que no es un derecho en realidad, y que hacerlo pasar por tal puede propiciar que el lector, amparado en él, pase la vida devorando sólo porquerías (gracias a esas creencias infundadas siguen y seguirán siendo éxitos los libros de Paulo Coelho o Carlos Fuentes), o bien que, pudiendo leer «cualquier cosa», nunca llegue a ocurrírsele internarse en Moby Dick o en Dostoievsky.
Los lectores únicamente tenemos un solo derecho: a leer buenos libros. Nos lo ganamos pagándolos, con el dinero que nos cuestan o al menos con el tiempo y la atención que dedicamos a leerlos. ¡Y qué lejos estamos, tan a menudo, de que ese derecho se nos respete! (Continuará…).
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 28 de marzo de 2013.









