Parque vivo



El Ayuntamiento tapatío anuncia que está por realizar trabajos de remozamiento en el Parque de la Revolución, y que dichos trabajos contemplan restringir el uso de las áreas verdes para evitar que sigan maltratándose. Los usuarios de inmediato se inconforman: ven que la medida pretende despojarlos de un territorio del que se han apropiado naturalmente. Se suscita, así, una confrontación entre dos comprensiones del uso del espacio público: la autoridad, por las primeras declaraciones de sus representantes, parece entender que la presencia de los ciudadanos y el uso que hacen del parque son una especie de plaga que debe ser controlada (la gente pisotea el pasto, maltrata la vegetación, ensucia, estorba para tenerlo todo bonito), y busca privilegiar una función ornamental y dispuesta para la contemplación; los ciudadanos, por su parte, entienden que el lugar está ahí para vivirlo como les dé la gana, en especial llevando a cabo actividades recreativas (culturales, deportivas, lúdicas) y también políticas (al haberse vuelto ése un punto de concentración para diversas manifestaciones), así eso suponga «invadir» las áreas verdes. Pronto, la polémica da cabida a la suspicacia: ¿tiene el gobierno alguna otra razón para inhibir las concentraciones ciudadanas en ese sitio? Y confirma la poca imaginación de los funcionarios, y cómo éstos suelen conducirse ignorantes de los intereses y las necesidades reales de la ciudad que administran: cercar praditos no arregla nada, y tampoco va a gustarle a nadie.
    Que de un tiempo acá la gente haya rebautizado este espacio como «Parque Rojo» —a mí me cae muy gordo el nombrecito, pero no me queda sino aguantarme— sugiere claramente cómo la auténtica potestad sobre éste, y en general sobre todos los espacios públicos, la detentan sus habitantes, a despecho de las pretensiones o las ocurrencias de la autoridad. Así que el problema no es de quién es el parque, sino a quién le toca hacer qué. El Ayuntamiento debe, sí, mantenerlo en buenas condiciones y vigilar que haya seguridad, pero nada más. Y, para lo primero, hay modos: ¿por qué no se le da mantenimiento en las noches? En cuanto a los usuarios, también deben reconocer que podrían poner de su parte: ¿qué tal si se organizaran para contribuir a dignificarlo? Que los domingos, por ejemplo, todos los que ahí han disfrutado de la mañana antes de irse se pusieran a recoger basura, a repintar el mobiliario, a asear las fuentes (que son un asco). 
    Vista la oposición a su proyecto de mandar sobre la vivencia de este espacio, el Alcalde Hernández ha ido reculando: asegura que se tomará en cuenta la opinión de la gente. Por lo pronto, tuiteó antier una encuesta bobalicona de Facebook, una de cuyas dos preguntas rezaba «¿Cómo te gustaría ver el Parque de la Revolución (Rojo)?». Las opciones eran: «Limpio y sin ambulantes», «Con más seguridad, mayor iluminación y sin basura» y «Con eventos culturales y deportivos». Bueno, pues las tres: ¿es tan difícil? Y además: vivo.


Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de mayo de 2013.
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