Nubia


Fue muy significativo que nadie festejara la despedida la directora de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, y que, al contrario, la reacción general fuera sorprenderse, consternarse y desearle lo mejor a Nubia Macías. La noticia, inesperada, pronto alcanzó resonancia en los ámbitos a los que incumbe la FIL, y por una vez en esos ámbitos, tan propicios al resquemor y los desquites, hubo consenso respecto a las cualidades de quien habrá sido, hasta el 31 de marzo, la mejor conductora que ha tenido la feria en sus 27 años. No es difícil hacer su elogio, pues las razones estuvieron a la vista desde su llegada: una organizadora sensata y seria, creativa y entusiasta, capaz, junto con su equipo de colaboradores, de hacer crecer consistentemente los alcances del encuentro librero que, en buena medida gracias a su trabajo, cuenta como uno de los principales acontecimientos culturales de este país; además, una funcionaria dinámica, diligente, eficiente, afable, lista para ver que le cedieran el asiento a una embarazada en una conferencia, para orientar a un niño que buscaba qué leer, para vigilar que los invitados más eminentes fueran bien tratados, para agilizar el tránsito de las multitudes, y, con el aplomo que la llevaba más allá de meramente cumplir su compromiso, una responsable ejemplar y valiente que incluso salió a enfrentarse a los manifestantes que, el 1 de diciembre pasado, se acercaron a Expo Guadalajara como un auténtico peligro ante el cual no se echó para atrás.
            Estas consideraciones aparte, la lógica de su salida no se ve por ningún lado. ¿Cómo, siendo un elemento tan valioso, la FIL puede prescindir de ella? El hecho se ha prestado a toda suerte de conjeturas, que giran en torno a los modos en que se toman decisiones en la Universidad de Guadalajara y cuanto dimana de ella. Porque hay una diferencia considerable entre las apariencias de compostura institucional que es preciso guardar y lo que sucede en la práctica: que medidas como ésta atañen exclusivamente a quien detenta el poder omnímodo de la Universidad, y que se explican en términos de su propia conveniencia política. Como lo mostraba el cartón de Josel en estas páginas, el sábado, en el cónclave para elegir la nueva cabeza visible de la FIL hay un solo Príncipe Elector: ¿a quién tendrá en mente, y qué desavenencia irreparable pudo haber entre la directora saliente y él como para que se permitiera perderla? Y no se puede perder de vista, en esta circunstancia, la crisis por la que atravesó la feria a raíz de la entrega desastrosa del premio que lleva su nombre al bribón Bryce Echenique, y cómo se raspó su prestigio (el propio Príncipe llegó a tronar: «El daño está hecho»), ni, quizás, cómo un año antes fue escenario para el ridículo mayor en la campaña del actual Presidente de la República. ¿Será esto lo que los políticos llaman «control de daños»? Lo dicho: sobra la materia para las conjeturas. Pero de nada sirven. ¿Qué futuro le espera a la feria? Ojalá uno tan venturoso como el que sin duda le toca a Nubia —que se lo ha ganado trabajando decentemente.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 21 de marzo de 2013.

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