E. L. Doctorow: la Historia implacable

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Daniel tiene unos nueve años; Susan, su hermana, unos cinco. Hasta hace un momento corrían tomados de la mano a través del frío gris de una ciudad que los ignora por completo. El agotamiento los ha obligado a reducir la velocidad, pero aún avanzan tan rápido como lo pide su miedo y como lo permite su desorientación: están extraviados. Daniel intuye que, si se paran a preguntar dónde están, automáticamente dejarán de ser invisibles, los sujetarán, vendrán por ellos. Susan tiene que detenerse para estirarse las calcetas blancas y flojas que han ido remetiéndosele en sus zapatos negros y ya le han hecho ampollas en los talones...

Publicado en el nuevo número de Magis. Para seguir leyendo, por acá, por favor.

Ni modo

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Tras la presentación del programa general de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, el lunes, y luego de echar un vistazo a su historia, puede pensarse que la feria se construye principalmente sobre lo inevitable: fundamentos cada vez más inamovibles que, así como afianzan su existencia, también reducen paulatinamente los márgenes para la innovación —que la hay en cada edición, debe reconocerse, aunque moderada: son tácitamente imposibles las sacudidas fuertes y la FIL tiene así una naturaleza de costumbre de la que ya se sabe qué esperar, incluido el hecho de que siempre habrá algo novedoso y atractivo (si no por qué seguiríamos yendo). Inevitable es, por principio, su vocación de centro de negocios para el mundo editorial iberoamericano, así como la atención del programa cultural a las apetencias del público, definidas básicamente por el interés comercial y, enseguida, por el hecho de que esos nueve días del año sean ocasión para encuentros con materias y personajes que de otro modo sería impensable convocar. También es inevitable que, en su carácter de festival de la cultura, la feria tienda al cumplimiento de compromisos marcados en una agenda que deciden las efemérides más visibles (que la así llamada «Elenita» Poniatowska tenga la gracia de cumplir ochenta años), los imponderables (que se haya muerto Carlos Fuentes, surtidero aún de ocurrencias y pretextos, y se tenga que hacerle homenaje estelar), o la mera fama (el Salón Literario lo abrirá Jonathan Franzen, meteoro al que se ha recurrido quizás a falta de ganadores del Nobel, que esta vez escasearon).
            Buena parte de lo que escapa a lo consabido se debe al país invitado, y por lo que se ve, Chile prepara su presencia con buen ánimo y buen sentido, centrando su participación en los libros (eso que luego es tan fácil olvidar en la FIL) y en la voluntad de mostración al mundo de su cultura. Los chilenos parecen tener más claro que los alemanes, invitados el año pasado, a qué vienen, aunque también tengan sus obligaciones (la previsible recordación de figuras como Pablo Neruda o Roberto Bolaño, e incluso de Condorito). Y, por otra parte, la FIL da pruebas de perseverar en el encuentro con los lectores mediante la expansión de un programa literario internacional, lo que es de celebrarse.
            Claro: las expectativas de esta edición están moduladas también por el escándalo, gracias a la concesión del Premio FIL a Alfredo Bryce Echenique: un desatino cuyas consecuencias seguirán creciendo —y no sólo porque, como lo sugirió Raúl Padilla el lunes, sean los medios los que inflen el tema: ya se está viendo cómo se suman inconformes ante esta decisión, inexplicable dados los ámbitos lingüístico y geográfico que cubre el premio. Será una pena que así se inaugure la feria, si el peruano no tiene tantita elegancia y declina: con un argüende lamentable que acaparará la atención. Pero es de suponerse que las polémicas así también cuentan como inevitables. Y ni modo.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 27 de septiembre de 2012.

Leer / ver

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Desde hace algún tiempo, quizás desde la atención que concitó la serie Los Soprano, suele repetirse que buena parte de la mejor narrativa actual se halla en la televisión. Historias cautivadoras de inmediato y personajes fascinantes (como el mafioso atribulado por su mamá perversa) en cuyas honduras psicológicas se fraguan los arquetipos intimidantes en que se reconocen las vastas audiencias; tramas irresistiblemente emocionantes urdidas con misterios vertiginosos, dramas absorbentes a un tiempo densos y sutiles, pirotecnias deslumbrantes de ingenio y humor. Desde luego, abundan los ejemplos para creer que al Sófocles, al Flaubert o al Dickens de nuestros días no los encontraremos en las páginas de los libros sino en los discretos créditos de las producciones televisivas, y, por acudir a mi experiencia un poco esquizofrénica como televidente y lector, he de admitir que más de alguna vez me he visto prefiriendo las humeantes aventuras cínicas y angustiosas de Don Draper en Mad Men a la lectura de cualquiera de los incontables pendientes que reposan como reproches vivos en los libreros —claro: para rebajar la culpa neurótica de tal conducta, he acudido también al amparo de esa suposición, la de que la mejor tele no tiene nada que pedirle a Dostoievsky o a Balzac.
            El problema —si hay un problema: como si no nos surtiera bastantes la famosa realidad— es que justamente se trata de una suposición, y que probablemente ésta esté originada en algo tan infundado como el consenso. Que haya —como las hay, sin duda— magníficas producciones televisivas, detrás de las cuales cabe reconocer poderosos talentos narrativos, no cancela la posibilidad de que también haya —como sin duda las hay— obras literarias tanto o más admirables. De hecho, basta pensarlo un poco para reconocer que sólo por pereza o por indolencia se puede uno plegar a certidumbres tan inútiles (cuando no perniciosas de obstinarse en ellas): de novelistas en activo como Philip Roth, António Lobo Antunes, J.M. Coetzee o E. L. Doctorow, para nombrar sólo a un póquer de imbatibles, circulan los que son ya clásicos incuestionables: que uno, como consumidor de ficciones, los ignore, es otra cosa. Y puede que si llegamos a figurarnos que lo más notable está en un lado o en otro (y esto por no hablar del cine), sea sólo debido a que es lo que se dice, y el riesgo está en quedarse con eso y ahorrarse el trabajo de comparar.
            Es lo que pienso en la inminencia de la entrega de los Emmys, ocasión en que siempre me da por revisar mi conducta como un televidente incurable que algo ha de deber, también como lector, a quienes escriben lo que se ve. En una entrevista reciente, Aaron Sorkin, uno de los escritores de televisión más influyentes (The West Wing, The Newsroom), dejaba ver cómo su trabajo ha de atenerse estrictamente a las expectativas del público. Y quizás ahí esté la diferencia: que al mundo entero le guste algo no necesariamente significa que valga la pena.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 20 de septiembre de 2012.

En serio

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En una de sus últimas apariciones, el escritor Christopher Hitchens acudió a la Convención del Libre Pensamiento de Texas de 2011 para recibir de manos del biólogo evolucionista Richard Dawkins el Premio al Librepensador del Año. Hitchens, aun debilitado por el cáncer que acabaría matándolo, estaba en su elemento, disparando contra uno de los blancos más conspicuos de las batallas que dio en su trayectoria como periodista y ensayista: la manipulación religiosa de cualquier signo y sus consecuencias adversas para el desarrollo de las sociedades y los individuos. Por las crónicas de esa presentación, es de pensarse que ni siquiera la enfermedad habría conseguido reducir la agudeza de sus argumentos ni su vehemencia irónica, así como tampoco la fuerza de sus convicciones y la astucia estilística para hacerlas irresistiblemente persuasivas: Hitchens ha sido uno de los autores de los últimos tiempos en que con más claridad se conjugan la solvencia ética en el ejercicio del oficio y el genio en el uso del lenguaje como un armamento de vastos alcances, sobre todo en cuanto se refiere al esclarecimiento de los malentendidos más amenazantes y la denuncia de las atrocidades y el descaro de quienes controlan el juego. (Su libro Cartas a un joven disidente es un muy emocionante ejemplo del modo en que el escritor elegía sus causas y combatía por ellas hasta las últimas consecuencias).
            En esa ocasión, luego de su discurso, una niña de ocho años le pidió recomendaciones de lectura. Lo había esperado hasta el final, acompañada por su mamá, y Hitchens se sentó en una mesa para contestarle por más de quince minutos. La magia de la realidad, de Dawkins, en primer lugar, el mismo autor que da nombre al premio que había recibido (uno de los divulgadores de la ciencia más influyentes, feroz enemigo de los creacionistas); enseguida, Los mitos griegos, de Robert Graves, en primer lugar (y resultó que la niña ya conocía Yo, Claudio, y que era una fan de Graves); luego, «cualquier obra satírica» de Shakespeare y de Chaucer; Infiel, de Ayaan Hirsi Ali, la política y feminista holandesa de origen somalí amenazada de muerte por sus críticas al Islam (para entender lo que significa para una joven crecer en un mundo intolerante); Historia de dos ciudades, o cualquier otra cosa de Dickens (por cuanto este autor enseña a los niños el amor a la lectura); algo de P. G. Wodehouse, el enorme humorista británico («para divertirte»), y, por último, «un poco de David Hume».
            Poco después, la niña le escribió a Hitchens: «Gracias por tomar mi pregunta muy en serio. Cuando estaba hablando con usted, me sentí importante porque me trató como a un adulto […] También creo que todos los adultos deberían ser honestos con los niños, como usted lo fue conmigo. Recordaré y apreciaré nuestro encuentro el resto de mi vida, y trataré de seguir haciendo preguntas». Al conocer esta historia, vi a mi hijita de año y medio y le dije: «Regina, ve tomando nota». Y la tomo yo también.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 13 de septiembre de 2012.

Sin pena

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Al anunciarse que Alfredo Bryce Echenique fue elegido ganador del Premio FIL de este año (150 mil dólares, más homenajes que incluyen la develación de un busto, más reediciones de la obra, más la proyección mediática y la publicidad que se dará al peruano cuando venga a la Feria Internacional del Libro, más la compañía a perpetuidad de los ganadores anteriores), automáticamente se recordó que sobre este autor pesan numerosas acusaciones de plagio, que es lo que automáticamente se recuerda de él desde que hace varios años se ha visto envuelto en las disputas judiciales originadas por dichas acusaciones. Debe de estar más que habituado a las preguntas de los reporteros sobre el asunto y a sacudírselas con despreocupación (parece que confía mucho en que su abogado acabará por conseguir que se le restituya el monto de la multa que la justicia peruana le obligó a pagar en 2009). En su momento, cuando al ser hallado en flagrancia fue orillado a renunciar al diario limeño El Comercio, llegó a culpar a su secretaria de sus fechorías. Si bien ha reconocido alguna distracción como causa de que al menos dieciséis artículos ajenos hayan sido publicados con su firma (¡ha de ser un caos, la vida de este hombre!), jamás ha admitido su culpabilidad, y así, tan tranquilo, vendrá a cosechar los honores que se le han obsequiado esta vez.
            ¿Que, aparte de esta situación embarazosa, es un escritor con méritos suficientes para recibir un premio importante como el FIL? De acuerdo, y cabe suponer que es lo que habrá considerado el jurado… si bien, dado el ámbito amplísimo que cubre la convocatoria, indudablemente hay decenas de autores tanto o más elegibles que él, en cualquier género y en español, portugués, francés, catalán, gallego, italiano o rumano. ¿Por qué se prefirió, por encima de todos, precisamente a alguien cuya probidad intelectual y civil está en entredicho de modo tan estrepitoso? ¿Se trató de procurarle a Bryce Echenique una suerte de reivindicación? ¿De veras no había nadie más?
            Es imposible no recordar en qué acabó una situación parecida reciente, cuando el Premio Xavier Villaurrutia de este año se anunció que sería para Sealtiel Alatriste, otro acusado de lo mismo. (El plagio, según yo, más allá de cualquier consideración moral —y, por ende, extraliteraria—, sí es asunto susceptible de juzgarse en términos estéticos e intelectuales: denota no sólo carencia de recursos, sino irresponsabilidad y falta de respeto a los lectores. Es bajeza sin más). Escarnecido y haciendo un ridículo colosal, Alatriste terminó por renunciar no sólo al premio, sino también a la chamba que tenía e incluso a seguir en suelo patrio, y el Villaurrutia quedó infamado irreparablemente. Lo que ahora está en riesgo, gracias a esta decisión incomprensible, es el prestigio del Premio FIL, que al momento mismo de anunciarse se volvió más cuestionable que nunca —cosa que por lo visto no tomaron en cuenta los miembros del jurado (o sí, pero los tuvo sin cuidado). 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 6 de septiembre de 2012.

Ver de más

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La historia alcanzó tal resonancia que ya mismo, apenas a unos días de haberse conocido, está disolviéndose en el tumultuoso olvido que su propagación vertiginosa garantiza a las noticias más impactantes o espectaculares: mientras más fragoroso es el estallido de una noticia, más absoluto es el silencio que le sigue, de manera que en breve podrá reencontrar la paz la viejita piadosa que quiso retocar la imagen del Nazareno en un templo de un pueblo español —del que muchos difícilmente habríamos sabido de no ser por el resultado de la empresa: un mono espantoso y, desde luego, risible. Parece que la celebridad indeseada que alcanzó con su obra condujo a la señora a ser internada por un cuadro de ansiedad. No era para menos: acosada por la prensa, se vio orillada a explicarse al tiempo que se la ridiculizaba a velocidad exponencial y veía cómo su empeño se convertía en un hazmerreír global —aunque no es seguro que comprenda ni que llegue a comprender jamás por qué: si, conforme avanzaban sus pincelazos, no advirtió la deformación grotesca que lograba, fue porque su percepción de la realidad (lo que sea que eso signifique) es radicalmente distinta de la que afirmemos esgrimir los millones de sarnosos que nos hemos deleitado con su cándido bodrio.
       Hace poco, un taxista de la Ciudad de México me confió un hallazgo sensacional: «Ayer llevé a unos pasajeros a las pirámides» (las de Teotihuacan, se entiende). «Mientras los esperaba para traerlos de regreso me subí a la del Sol, y ¿qué cree que descubrí?», me retó, y en su mirada por el retrovisor vi el brillo de un conocimiento privilegiado y una alegría que cualquiera que se atreva a disipar estará condenándose al infierno. «Que tiene doscientos cuarenta y cuatro escalones de subida, y doscientos cuarenta y cinco de bajada». Al parecer, el taxista tenía una discusión pendiente al respecto con un colega que aseguraba que ese número era distinto, y ya le andaba por ir a restregarle en su carota el fruto de su investigación. «¿Y a la de la Luna no se subió?», le pregunté, acaso buscando erradicar la posibilidad de un error. «No, está más chiquita, pero ya estaba cansado». Así que no las había confundido. Apenas tuve modo de consultarla, Wikipedia me informó que la Pirámide del Sol tiene doscientos cuarenta y tres escalones (tanto de subida como de bajada, ha de inferirse). Pongamos que es así: no veo cómo esa precisión pueda ser preferible a la certidumbre del taxista ni —sobre todo— al elemento fantástico de su conteo, con el escalón que se suma al descenso.
       Así con la anciana pasmada de Borja, auténtica Verónica de nuestro tiempo cínico y cruel y podrido. Alegó, en su defensa, que no la habían dejado terminar: sea o no verdad, lo cierto es que no llegaremos a saber lo que ella fue capaz de descubrir en el progreso de su trabajo: sin duda, mientras pintaba, todo el tiempo tuvo delante el verdadero rostro de Dios.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 30 de agosto de 2012.

Misterio

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Desde luego que jamás me gustó regresar a clases: en la primaria, conforme iban escurriéndose los últimos días de las vacaciones, debía arreglármelas para encontrar la resignación necesaria y calmar la sensación de injusticia que representaba la vuelta al uniforme, a la ceremonia incomprensible de saludar a la bandera y luego desfilar al salón nuevo al son de «La marcha de Zacatecas». No lo conseguía, y llegado el momento verificaba con fastidio y melancolía que aquello era apenas la reanudación de una rutina tediosa y carente de atractivos. Pasaban las primeras jornadas así, hasta que, ¡milagro!, algo maravilloso ocurría —algo que, en mi muina, había olvidado siempre prever que ocurriría— y, entonces sí, podía saberme al borde de una emoción que lo justificaba todo: repartían los libros de texto gratuitos.
            «Así como es bonito tener un libro nuevo, también lo es guardar muy cuidadosamente los libros de los años anteriores, tenerlos ahí, en la repisa, saber que están siempre dispuestos a acompañarnos», se lee en la presentación que Gonzalo Celorio escribió para uno de esos volúmenes («Mi libro de ejercicios y lecturas de cuarto año», según lo demuestra una página escaneada y publicada en el blog librosdeprimaria80s.blogspot.mx ). Es uno de los misterios más impenetrables y más deplorables de mi infancia: no tengo la más remota idea de qué pudo haber sido de los libros que la Secretaría de Educación Pública me confió —recuerdo haber entendido de algún modo que no te los obsequiaban, sino que te los entregaban para su custodia: quizás traían una leyenda como «Este libro es propiedad de la Nación». Sí conservo otros de ese tiempo remoto, incluido Mis primeras letras, con el que aprendí a leer, pero aquellos volúmenes de papel revolución, impresos a color y forrados siempre con los plásticos a medida que había que comprar al surtir la lista de los útiles escolares se desvanecieron sin dejar rastro. ¿Nos hacían devolverlos? No lo creo. ¿Salieron de casa en alguna campaña de erradicación de tiliches? Si así fue, ¿por qué no se fueron los demás? Les volví la espalda.
            En todo caso, especialmente los de Español y de Ciencias Sociales me habrán dejado algunos vestigios imborrables: historias cuyo recuerdo seguramente comparto con quienes también hallaron formas incesantes de azoro en las adaptaciones de literatura universal que firmaba Armida de la Vara, o las ilustraciones que las acompañaban (cómo me gustaría saber a quiénes habría que agradecérselas). Formas de la felicidad que al principio eran descubrimientos y mientras avanzaba el año se volvían costumbre y compañía entrañable. Eran auténticos tesoros: bellísimos y divertidísimos. Pero desaparecieron. Y con ellos, en mis anotaciones y en mis respuestas a los ejercicios, en mi nombre escrito en la segunda de forros, en las impresiones que promovieron en mi imaginación, también desaparecí yo. ¿A dónde habremos ido a parar? 

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 23 de agosto de 2012.

Fotos

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Hace tiempo quería escribir algo al respecto, pero estaba muy ocupado tomando fotos. O viendo las que la gente toma y publica de inmediato, o viendo cómo ven los demás las que yo tomo y publico también instantáneamente —en lo que con toda probabilidad sea una conducta compulsiva que se refuerza al hallar respuesta (o eco) en otros compulsivos que están en lo mismo. O ensayando, con las fotos que tomo, la incalculable cantidad de variaciones que pone a mi alcance la tecnología básica de que dispongo: la cámara del telefonito y los programas cargados en él que facilitan modificar interminablemente un original recortándolo, ampliándolo, coloreándolo, infundiéndole más o menos nitidez, perfeccionándolo hasta la monstruosidad o deformándolo hasta el hallazgo insospechable e incluso poniéndole leyendas o marcos, y hasta armando composiciones o collages: la pantalla del aparatejo —cuya función más desdeñable es la telefonía: no contesto ni hago llamadas cuando estoy usándolo como cámara— como un laboratorio de capacidades vertiginosas.
            Supongo que si me atareo así en esta forma exponencial de la ociosidad es meramente porque ha estado a mi alcance y porque es tan sencilo. Lo mismo hacer fotos, manipularlas cuanto haga falta para convencerse de que son buenas —y hay un puñado de las que estoy sinceramente orgulloso— y mostrarlas al mundo, que dar con auténticas maravillas, autoría de conocidos o desconocidos que, con los mismos o parecidos recursos, han sabido hacer con un instante obsequiado por el azar, con un mínimo de atención y con algo de imaginación lo que uno pensaría que les estaba deparado sólo a los fotógrafos avezados (y, además, mediante un trabajo concienzudo y complicadísimo). Pero el asunto entraña, al menos, dos problemas mayúsculos: las implicaciones estéticas del hecho de que la tecnología parezca propiciar la genialidad artística con sólo estar disponible, y las consecuencias de dicha disponibilidad al hacer masivo el acceso a esas posibilidades de genialidad. Dicho de otro modo: si cualquiera puede hacer al menos una estupenda foto, y tan simplemente (hasta un mico con celular lo conseguirá en cualquier momento, si no es que ya lo ha conseguido), ¿no quedará lugar en el universo para los fotógrafos pésimos o al menos erráticos?
            Por fortuna abundan, todavía —o abundamos. Y quizás sea gracias a las voluntades que subyacen a los temas que prevalecen en las infinitas galerías en línea: mientras éstas sigan atestadas de gatitos, tías gordas en camiseta chapoteando en el mar, gente dientona en un bautizo o una graduación, macetas cuchas o pies descalzos, estamos a salvo. Si cada vez es más difícil que una foto salga mal, aún hay modo —y lo habrá siempre— de que sea perfectamente inane, confundible entre millones, demostración fidelísima de lo muy poco que cualquiera tiene que decir. Y eso también es fascinante.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 16 de agosto de 2012.

Antonio Di Benedetto. Punto y aparte

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«Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde». Punto y aparte. «Tenía 33 años». Punto y aparte. «El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad». Punto y aparte. Quien pronuncia estas palabras es un reportero, que arriba a esta constatación al tiempo que recibe la asignación de investigar las historias detrás de las fotografías en las que se ven los cadáveres de unos suicidas —tienen los ojos abiertos, «en la boca se les ha formado una mueca de placer sombrío». Para el trabajo, en la agencia le imponen la colaboración de una fotógrafa, a fin de lograr un reportaje (ilustrado) que luego pueda venderse a varias revistas. Conforme van hallando los indicios que permitan conocer el sentido de esas muertes —si lo hubo—, los periodistas empiezan a atravesar los días rumbo al cuarto viernes del mes próximo. «Si no se vive no hay que aguantar que nos dejen vivir. Los demás nos dejan vivir, pero mandan cómo». Ella le pregunta si lo haría. Si se mataría. Él no piensa en otra cosa: además, una colega de la agencia, avezada en la investigación documental, le pasa continuamente noticias, extractos e interpretaciones de autoridades filosóficas, literarias o históricas que se han ocupado del suicidio. (Bueno, él piensa además en la novia que tiene, en su madre, en su hermano, en la fotógrafa —de la que, por supuesto, va enamorándose—, en su padre)...

Publicado en el nuevo número de Magis. Para seguir leyendo, por aquí, por favor.

Envidia

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Creo que no puede hacerse un viaje a la Ciudad de México desde cualquier punto del país —desde Guadalajara, pongamos— sin que las impresiones resultantes terminen siendo corroboraciones de la vigencia de un centralismo imposible de erradicar. Para bien y para mal: por bien prevenido que uno pretenda estar al aventurarse, la experiencia siempre va del alivio de comprobar que el lugar donde se vive jamás padecerá las desmesuras debidas a ese centralismo a la franca envidia por cuanto sea identificable como ocasión de privilegio por el solo hecho de hallarse allá —aunque en Guadalajara, como en otras ciudades grandulonas, las desdichas de la hipertrofia demográfica y urbana se han ido alcanzando sin que otro tanto ocurra en lo que pueda tenerse por privilegio.
            Respecto a lo segundo, las razones para la envidia que nunca faltan, dos ejemplos tan simples como breve basta que sea un viajecito para descubrirlos: museos y librerías. En el Palacio de Bellas Artes está la exposición de fotografías de Borges en México —medio desolada, hay que decir, como que nomás la visitamos los fans más necios que le hallamos chiste a ver retratos de circunstancia en que se ve al señor oliendo una copa de vino, posando en Teotihuacan, saludándose con Paz o Rulfo o Arreola, aburrido de tanto figurar. Pero ya ahí uno se da cuenta de que hay además dos muestras fascinantes, una de gráfica del expresionismo alemán y otra de Edvard Munch (ambas facilitadas por el Museo de Arte Moderno de Nueva York). Así, como si nada: puro portento. Luego, en el Museo Nacional de Arte —al que siempre hay que regresar así sea sólo por ver los cuadros de José María Velasco, pero claro que no es lo único—, la exposición Surrealismo. Vasos comunicantes, sobre las relaciones entre artistas europeos y americanos adscritos a este movimiento: un estupendo recorrido, deleitable y, creo, muy bien curado con un ánimo eminentemente didáctico, razón por la cual es de admirarse el interés de la muchísima gente que sencillamente se deja maravillar —puede que la explicación obvia sea: en la capital hay tanta gente que para todo hay gente, y mucha, pero aun así la aglomeración tiene algo de feliz excepcionalidad.
            Y las librerías: sigue encontrándose allá lo que jamás llegará aquí. En las de viejo, de las calles de Donceles, y en los tiraderos, como al lado del Palacio de Minería, pero también en las más nuevas, bien surtidas y organizadas, y en las que sorprendentemente es más fácil abrirse camino entre la basura, que también la hay, y todas están alentadas por la afluencia incesante de lectores. Que, como los asistentes a museos, no parece que falten jamás: puede que así sea también en Guadalajara, o en cualquier otra ciudad, y que en realidad lo que se necesite sea la oferta variada, extensa, estimulante e imaginativa a la que sólo nos toca asomarnos cuando viajamos y por la que, ya de vuelta, parece que únicamente queda suspirar.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de agosto de 2012.