Envidia






Creo que no puede hacerse un viaje a la Ciudad de México desde cualquier punto del país —desde Guadalajara, pongamos— sin que las impresiones resultantes terminen siendo corroboraciones de la vigencia de un centralismo imposible de erradicar. Para bien y para mal: por bien prevenido que uno pretenda estar al aventurarse, la experiencia siempre va del alivio de comprobar que el lugar donde se vive jamás padecerá las desmesuras debidas a ese centralismo a la franca envidia por cuanto sea identificable como ocasión de privilegio por el solo hecho de hallarse allá —aunque en Guadalajara, como en otras ciudades grandulonas, las desdichas de la hipertrofia demográfica y urbana se han ido alcanzando sin que otro tanto ocurra en lo que pueda tenerse por privilegio.
            Respecto a lo segundo, las razones para la envidia que nunca faltan, dos ejemplos tan simples como breve basta que sea un viajecito para descubrirlos: museos y librerías. En el Palacio de Bellas Artes está la exposición de fotografías de Borges en México —medio desolada, hay que decir, como que nomás la visitamos los fans más necios que le hallamos chiste a ver retratos de circunstancia en que se ve al señor oliendo una copa de vino, posando en Teotihuacan, saludándose con Paz o Rulfo o Arreola, aburrido de tanto figurar. Pero ya ahí uno se da cuenta de que hay además dos muestras fascinantes, una de gráfica del expresionismo alemán y otra de Edvard Munch (ambas facilitadas por el Museo de Arte Moderno de Nueva York). Así, como si nada: puro portento. Luego, en el Museo Nacional de Arte —al que siempre hay que regresar así sea sólo por ver los cuadros de José María Velasco, pero claro que no es lo único—, la exposición Surrealismo. Vasos comunicantes, sobre las relaciones entre artistas europeos y americanos adscritos a este movimiento: un estupendo recorrido, deleitable y, creo, muy bien curado con un ánimo eminentemente didáctico, razón por la cual es de admirarse el interés de la muchísima gente que sencillamente se deja maravillar —puede que la explicación obvia sea: en la capital hay tanta gente que para todo hay gente, y mucha, pero aun así la aglomeración tiene algo de feliz excepcionalidad.
            Y las librerías: sigue encontrándose allá lo que jamás llegará aquí. En las de viejo, de las calles de Donceles, y en los tiraderos, como al lado del Palacio de Minería, pero también en las más nuevas, bien surtidas y organizadas, y en las que sorprendentemente es más fácil abrirse camino entre la basura, que también la hay, y todas están alentadas por la afluencia incesante de lectores. Que, como los asistentes a museos, no parece que falten jamás: puede que así sea también en Guadalajara, o en cualquier otra ciudad, y que en realidad lo que se necesite sea la oferta variada, extensa, estimulante e imaginativa a la que sólo nos toca asomarnos cuando viajamos y por la que, ya de vuelta, parece que únicamente queda suspirar.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 9 de agosto de 2012.

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