N de M

 Foto: Abraham Pérez


Nada más quieto que una partida 
María Negroni

Un viaje está terminando ya en el momento en que comienza. En aquel pasadizo subterráneo, quizás, una prolongada rampa cuyo suave declive conducía por debajo de las vías hasta las escaleras, a izquierda y derecha, que llevaban hasta los andenes —había rótulos que indicaban por cuál de las dos se llegaba más directamente al carro correcto («carro», decía en el boleto), pero siempre era inútil, pues una vez en la superficie resultaba sumamente complicado identificar la numeración, disparatada y apenas distinguible en las ventanillas próximas a las plataformas de acceso de cada vagón: ¿gabinete, alcoba, camerín? O puede que el viaje en realidad estuviera empezando antes (y terminándose), en la espera de que indicaran el momento de recorrer la rampa y pasar a los andenes, cuando había mucho tiempo para presenciar los misteriosos rituales de preparación que llevaban a cabo los funcionarios: un solo hombre multiplicado en una docena por el severo azul marino del uniforme, la gorra con visera de charol, la hierática diligencia de su desempeño —en alguna taquilla que quedara abierta había uno más, que despachaba los boletos cortándolos de una fantástica colección de serpentinas de colores—, o las evoluciones de los cargadores, uniformados también, pero en caqui. Una agitación creciente, pero sobre todo el entendimiento de que quienes nos encontrábamos ahí lo hacíamos por una voluntad tácita de desaparecer, y asistíamos a ese calmo frenesí —bultos, abrazos, comprobaciones de último momento, quizás apurar un sándwich o un café con leche en la cafetería, el taxi, las maletas, leer una y otra vez las inscripciones en los boletos— sólo porque así conseguiríamos omitirnos de eso que ahí sólo cabía concebir como la vida real —yo habría tenido que ir la mañana siguiente al colegio, mi papá había bajado la cortina del consultorio, pero que nada tuviera explicación aceptable dotaba al acontecimiento de un sentido absoluto, inapelable—: yo tendría siete u ocho años, y el comienzo del viaje (el comienzo de su fin) era un modo dichoso de sustraerse, cosa suficiente para la más absoluta fascinación. Hora de salida: nueve de la noche.
       Tal vez el viaje empezaba (y empezaba a terminarse) a la hora de ir al carro-comedor: las piezas pesadísimas de la vajilla, el equilibrio funambulesco del camarero, la famosa realidad que apenas alcanzaba a suponerse por las luces veloces que corrían del otro lado de la ventanilla. O en el carro-fumador, enseguida: en su semipenumbra que —todavía estaba desierto, siempre éramos de los primeros en cenar y regresar a nuestro compartimento— presidía un barman atareado en secar los vasos e inventariar el surtido de botellas. O en la plataforma de nuestro vagón, donde nos golpeaba el aire y veíamos ir de un lado a otro a los revisores y a los porters (los primeros todos de azul, los segundos de filipina) hasta que armaban las camas y daba inicio el sueño que se disolvería con la campanilla para el desayuno. Luego, la precipitación del arribo, el ajetreo, las locomotoras (¡por fin!), la maqueta gigantesca donde corrían trenes en miniatura en el vestíbulo gigantesco de Buenavista. Apenas comenzaba el viaje, pero ya estaba terminando: el trayecto de regreso, siempre acelerado por el desencanto que es volver, nos depositaba en una estación que, por la luz de la mañana, era la prueba incontestable que la otra, la de la noche de la salida, no existía.

Publicado en la columna «Excipiente», en KY núm. 15; para ver la revista completa, click aquí.
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