Variedades

Foto: Abraham Pérez

En el tránsito que ahora hace de una calle a otra (de Galeana a Ocampo: el pasaje está rotulado con el que fue también el nombre de un cine que ya no existe, y al lado había un Maxi, un supermercado que desapareció hace unos treinta años, pero nadie se ha percatado), un hombre descubre, repentinamente, que su presencia no es indispensable para que su vida continúe transcurriendo. Intuye que está en ella poco menos que por casualidad, y acaso porque no ha tenido la ocasión de apartarse a un lado; quizás, incluso, porque hasta este momento ni siquiera había pensado en esa posibilidad: omitirse, dar un paso fuera del cauce de los acontecimientos en que está inscrito. Tal como ahora ha hecho, procurándose ese atajo innecesario que le ha facilitado suprimirse de lo consabido: siempre va por Galeana hasta Juárez, luego da vuelta hacia el poniente, pero hoy ha entrado en el pasaje, no para abreviar el tiempo de su recorrido —jamás ha llevado prisa—, sino sólo porque quiso —porque malamente quiso—, y tendría que salir en Ocampo, pero eso está por verse.
        (Había, ahora lo recuerda súbitamente, una librería, una óptica, una tienda de discos, un local en el que reparaban cámaras fotográficas, un acuario; enfrente, por Galeana, una juguetería, una farmacia, y en la esquina de López Cotilla una dulcería; también enfrente, pero por Ocampo, una papelería donde forraban libros, y en la esquina de Juárez el cine, con su vestíbulo insólito y en la fachada, por las noches, una gigantesca cascada de luces que se derramaba a lo largo de toda la avenida. Nada de eso queda, y de nada sirven las palabras con que ahora les da forma el recuerdo: razón de más).
       Se detiene a la mitad del trayecto (una sastrería a un lado, del otro un grupo de mujeres absortas en sus labores de tejido, más allá el resplandor de los tragaluces, que esparcen un fingimiento de sol a todo lo largo del recinto), y piensa en eso: en lo que sería detenerse, simple y definitivamente, y limitarse a observar cómo los acontecimientos prosperan sin que él continúe obstinándose en intervenir con sus aparentes decisiones y con sus actos. No hay decisión que no sea aparente ni acto que conduzca a nada más que a la reiteración de las mismas incertidumbres. Y detenerse parece tan sencillo. No se trataría, desde luego, de una supresión dramática —por tentadora que resulte para intensificar lo radical del experimento—: es claro que, si se mata, no tendrá forma de verificar los resultados. Únicamente tendría que desaparecer. Como Wakefield, aunque con algunas sutiles diferencias: no haría falta que se marchara ni que dejara en su lugar ninguna ausencia. Sólo tendría que remover su voluntad del mundo que de algún modo ínfimo lo cuenta para seguir existiendo; para ser más precisos, el remedo de voluntad con que, hasta ahora, ha venido suponiendo que su vida lo necesita para hacerse e ir aumentando páginas a su biografía —un volumen escueto y de muy dudoso interés que, por lo demás, nadie tendría la paciencia de escribir. Tal remedo de voluntad consiste, precisamente, en las fórmulas económicas que van datando cada uno de nuestros actos: las palabras donde suponemos que quedan las claves gracias a las cuales perviven los espacios —como este pasaje— por donde atravesamos alguna vez (y nuestras sombras en ellos): las palabras: los conjuros deficientes con que buscamos dar sentido a esos espacios que nos ven pasar, y que son tan irrecuperables como inservible es nuestra presencia en ellos.
       El hombre, acaso, luego siga caminando y salga por fin a la calle: acaso siga yendo para donde iba. Pero no volverá a pronunciar palabra alguna en lo que le queda de vida. Que es una forma estupenda de desaparecer.

Publicado en KY núm. 16, que pueden conocer completa dando click aquí
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