Resistencia



Viajar por México supone encontrarse con variaciones de grado del desastre y su repercusión en la vida cotidiana. De lo malo a lo pésimo, pasando por lo peor. Estos días me tocó visitar una de las regiones del país en que la realidad se ha ensañado más, convirtiendo lo que tendría que ser la capacidad de asombro de la gente —el estupor ante la barbarie— en la constatación de un espanto sostenido, instilado incluso en el habla y en cada acto que se tendría por normal si no tuviera lugar en este presente delirante: ir por la calle, por ejemplo (las calles empiezan a quedar desiertas a las ocho de la noche). El habla: el sujeto está implícito en las oraciones («vinieron», «se quedaron», «son los dueños», «se hace lo que quieren», «dicen que lo mataron», «cómo van a reaccionar», «me pusieron la pistola en la cabeza»), no se lo nombra porque no hace falta, o bien por una precaución instintiva: se habla en voz baja, así vaya uno platicando en el coche. ¿Delante de la mira de cuántas armas se cruza en el transcurso de una mañana? Al llegar, antes de salir del estacionamiento del aeropuerto, ya había contado tres, con sus enmascarados correspondientes en los convoyes que recorren como gusanos esta podredumbre: manzanas y más manzanas de negocios abandonados en las que lo único que progresa es la desolación: una ciudad en ruinas, aunque apenas tenga poco más de cien años. En Guadalajara acaso pensemos que vamos acostumbrándonos al sobrevuelo ominoso de los helicópteros: aquí queda claro que es algo a lo que resulta imposible acostumbrarse.
            Vine a dar un taller de ensayo literario, en un admirable centro cultural animado por ciudadanos que desde hace años se han empeñado en sostenerlo (profesores de instrucción básica sindicalizados, pero abiertos a la participación del público en general). Entre otras actividades, tienen una sala de lectura, un taller de grabado, organizan cursos, conferencias. Lo normal, es decir, lo insólito: la gente reunida en torno a los libros, a la música, al estudio, al arte, pero en un espacio al que no se sabe si se va a llegar o del que no hay modo de asegurar que se va a volver. Mientras conversábamos —sesiones emocionantes, gracias al entusiasmo de los participantes, a su interés auténtico, a la agudeza de sus lecturas y de sus comentarios—, experimenté una extrañeza irresistible: ¿no era descabellado que estuviéramos allí hablando de Paz, de Montaigne, de Brodsky, de Swift, de Chesterton, enmedio de la locura imperante? Sí, y justo por eso es que había que estar allí: porque en esas reuniones se encuentra la que seguramente sea la sola forma de resistencia a nuestro alcance, la que sin duda va a lograr que algo se salve. De modo que la cultura es esto, a fin de cuentas, y que para esto sirve: ahora vengo a enterarme. Este país depravado y horroroso, increíblemente, también es el país de esta gente que lee, conversa, disfruta y sueña y ríe.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 11 de octubre de 2012.

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