Estela

—¡Ay, Jelipe, hasta que tuviste finalmente tu erección! 
—De la Estela, ¿verdad? 
—Claro, pos cuál otra. 
—Jajajajajaja.

No me ha hecho falta pararme delante de la Estela de Luz, ni siquiera divisarla de lejecitos, para odiarla profundamente. Aunque seguramente haya —para todo hay gente— quien no vea en ella un adefesio (que sí lo es), yo la encuentro monstruosa. Seguramente el día que me tope con ella voy a intentar patearla —por estúpido e inútil que sea, pues la maldita parece inconmovible y seguro que va a estar bien vigilada, aunque me queda la esperanza de que compatriotas patriotas vayan y la rayen, le escupan, hagan que le brote un tianguis alrededor o le den cualquier otra función degradante, pero en todo caso útil: ya que costó lo que costó y con lo que nos gusta batir records imbéciles, podría ser el urinario más caro del mundo.
       Pero tan infértil como esta aversión que le tengo —y que quiero confiar en que sea generalizada, aunque lo dudo: hay tanta cosa odiosa en el presente mexicano que parece un desperdicio de fuerzas dedicarle siquiera tantita tirria a este «monumento»—, tan inservible, es el deseo de que la Estela de Luz (vaya nombrecito cursi, además) llegue a convertirse en el emblema inmejorable de lo que no debería ser, pero es: el recordatorio infame de lo que somos capaces de permitir que prospere una burrada... Aunque no sólo se trata de eso —total, lo cotidiano de la cosa pública está infestado de decisiones y declaraciones asnales—: lo más grave no es cómo una pésima idea se lleva adelante a pesar de lo que sea, sino la desfachatez con que sus ejecutores medraron y mintieron y demostraron con su empecinamiento ante cualquier objeción cómo detentan la absoluta potestad sobre el dinero y el espacio públicos, pero también sobre la memoria de la nación, y sin temer —no tendrían por qué: para algo ellos mandan— la mínima consecuencia adversa. Porque qué va a pasar con la trama de irresponsabilidades y desfalcos que fue tejiéndose conforme se levantaba y se corregía y se posponía y se seguía levantando la obra: nada. ¿Va a explicarse el sobreprecio que fue inflándose, se llegará a sancionar a alguno de los desvergonzados corruptos involucrados en la construcción, veremos el día en que alguien reconozca alguno de los incontables errores que se sucedieron, empezando por el de proponerse semejante estramancia? Jamás: y ahí estará la Estela imbatible para recordárnoslo —aunque no, porque lo más seguro es que terminemos olvidándonos de todo, encantados por la musiquita y los foquitos.
       Y ahí estará para que sigamos manteniéndola: ya que ha pasado a manos del Conaculta, está por armársele una estructura administrativa —más burocracia y con partida presupuestal, por supuesto, amén del recurso que sea necesario para tenerla jalando. Es la erección más cara de la historia, que le pagamos a ese impotente irremediable que ha sido el Ejecutivo de estos años desdichados, incapaz como fue para dejar más que esta marca ridícula en la historia. Dos siglos para esto. Y lo peor es que merecido nos lo tenemos.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 12 de enero de 2011.
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