Imagino que están lejos de vislumbrarse las implicaciones
epistemológicas profundas de los cambios que el acceso a internet
significa en nuestro comercio con la famosa realidad. O, en todo caso,
supongo que dichas implicaciones, apenas son barruntadas, necesariamente
tienen un carácter provisional y precario, pues dada la naturaleza
velocísima con que se sucede lo impensable en las nuevas formas de
hacerse una idea de las cosas, han de canjearse constantemente por
suposiciones nuevas, que obligan a replanteárselo todo desde el
principio. Por ejemplo: yo he supuesto, desde hace algún tiempo, que en
la medida en que se cumpla con determinadas condiciones (relativamente
simples, en apariencia: saber leer, hallar cómo picarle a un aparatejo
mínimamente habilitado y contar con una conexión irrestricta a la red),
ha dejado de existir todo pretexto para quedarse con la duda. Es, desde
luego, una conjetura pueril, alentada por las dudas —a menudo ociosas y
la mayoría de las veces intrascendentes— de que soy capaz: quién salía
en tal película, cuándo se escribió tal libro, por dónde me voy para
llegar más pronto, irá a llover en una semana, de qué noticia me perdí,
qué significa esta roncha que me salió. Pero creo que esa posibilidad
comprende ámbitos de relevancia mucho mayor en los que la información (y
el conocimiento que ésta construye, y el juicio que modula dicho
conocimiento) cada vez está más al alcance de más, y que esa
disponibilidad está reconfigurando ya toda noción de ignorancia y de
saber que teníamos hace muchísimo tiempo —es decir: ayer. Si no sabes, o
no te has enterado, es porque no has querido.
Aunque, como
está viéndose por la amenaza que se cierne sobre el libre tráfico de la
información en internet (que no es sólo eso, y por ello habrá que hablar
más bien de cultura digital, es decir, aquella que están posibilitando
los nuevos derroteros de la tecnología), es de temerse que uno deje de
saber o de enterarse porque otros no han querido. Y eso no
puede ser sino detestable: lo hizo sentir elocuentemente la leyenda que
Wikpedia colocó en su portal en inglés al «apagarse» durante
veinticuatro horas para manifestar así su aversión a las leyes odiosas
que se perpetran en los Estados Unidos: «Imagina un mundo sin
conocimiento libre». Qué posibilidad angustiosa.
Y en función
del conocimiento y de los modos en que nos hacemos de él está todo lo
demás, evidentemente: para empezar, cómo nos entendemos o dejamos de
hacerlo —a nosotros mismos o con los demás—, y sobre qué fundamentos
éticos se trama la reconfiguración incesante de las sociedades. De ahí
que la libertad del conocimiento sea tan naturalmente peligrosa para
quienes ahora mismo buscan refrenarla, y que su defensa (aparte de
cualesquiera discusiones sobre propiedad y legalidad que vengan a
cuento) sea imperativa para todos aquellos que no queremos volver a
quedarnos con dudas jamás, del tamaño y la importancia que sean.
Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de enero de 2012.
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1 comentarios:
Me gusta la manera en la que enfocas el tema de las leyes restrictivas sobre la red, sintetizado en la frase de: "Imagina un mundo sin conocimiento libre". Y es que somos muchos, aquellos que buscamos resolver nuestras dudas a la menor provocación, vía internet.
Dudosos saludos!
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