Emblema

Foto: Mural

El nombre lo recuerda claramente: la razón principal de que, hace 12 años, se decidiera erigir la escultura gigantesca de Sebastián en la glorieta de las avenidas Lázaro Cárdenas y Mariano Otero, fue el afán de marcar así la llegada del tercer milenio a Guadalajara (o la llegada de Guadalajara al tercer milenio, quién sabe cómo entenderán estos «acontecimientos» los funcionarios que dicen dónde se ponen las cosas y que saben mejor que sus gobernados lo que hace falta y por qué). El 25 de marzo de 1999, Francisco Ramírez Acuña, Alcalde tapatío que para ese momento iba ya metiendo tercera para llegar a ser Gobernador, confirmó la noticia a Mural —desde París: se le daba mucho eso de las giras—, y por lo visto él entonces pensaba en una como puerta para la ciudad, erigida además en el entorno de una plaza: «Se llamará la Plaza del Tercer Milenio. Esta puerta en forma de arcos estará iluminada y se verá desde los principales puntos de entrada a la ciudad de Guadalajara», dijo, y quién sabe qué se figuraría en su cabecita loca. La nota de ese día consigna un buen puñado de ocurrencias que traían en mente el Alcalde milenarista y su maistro de obras Claudio Sáinz David: se proponían también encargarle obra —puertotas esculturales y monumentales, se entiende— a Juan Soriano, para la Barranca de Huentitán; a Fernando González Gortázar y a Julio de la Peña, y también mandar a hacer estatuas para honrar a la Enfermera, a Álex Lora y al Escuadrón 201, esta última en el Planetario Severo Díaz Galindo (en lugar de, por ejemplo, resanarle las goteras o desenzacatarlo tantito).
        De esos sueños, el único que se cumplió fue el de la estatua de Álex Lora, que sigue gritando su broncínea gloria en el Agua Azul. (Pero, ¿no se hizo con las llaves que donaron sus fans? ¿O ésa fue la estatua del Papa? Y, en tal caso, ¿cuál de las docenas de estatuas del Papa que hay por la ciudad?).
        Todo tapatío sabe, o debería, que los dichosos Arcos del Milenio iban a ser originalmente seis; son cuatro, y no hay razones para esperar que broten los dos faltantes. Es difícil saber si enriquecen, con su presencia incompleta, el paisaje en que se yerguen: es sabido que todo arte público, por horroroso que sea, termina engullido por su entorno, y los arcos llevan tanto tiempo pugnando por tenderse sobre nuestra desatención que se han vuelto prácticamente invisibles. Yo nomás me acuerdo de que existen cuando tengo que explicarle a un visitante fuereño la penosa y ridícula historia. O ahora que vino el mismísimo Sebastián para tener una expo en el Palacio Legislativo (¡cuenten bien las piezas, no vaya a faltar alguna!). En un alarde de agudeza, el escultor ha señalado que la falta de voluntad es la razón de que no se haya terminado su trasto. Pero vamos viendo: esos arcos, perpetrados por capricho, surtidero de discordia, caros, estorbosos, indefendibles y difíciles de explicar, ¿no son así, inacabados e inacabables por puras estupideces, el mejor y más elocuente emblema de esta ciudad?

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 19 de mayo de 2011.
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1 comentarios:

Loku dijo...
3 de junio de 2011, 16:44

Bien lo has dicho, un monumento que tenía que haberse acabado hace 10 años nos describe mejor que nada