De librerías


Por discreta o gigantesca que sea, casi toda librería propone, a quien pasa cerca de ella, una ocasión más bien insólita de detenimiento: aunque no siempre estemos en condiciones de percatarnos de tal propuesta —las prisas que nos llevan de un pendiente a otro, corriendo como solemos en la triste obediencia a las rutinas, impedidos de regalarnos una pausa o de obligar a nuestras preocupaciones a que nos dejen en paz—, cuando nos lo permitimos y entramos a curiosear, sencillamente —porque también hay modos neuróticos de visitar librerías: cuando se ofrece ir a buscar un título en concreto, y a eso nos limitamos, como si entráramos a comprar tornillos de una medida específica o botones de color y forma precisos, y si no hay qué rabia—, es posible ingresar al mismo tiempo a una región de nosotros mismos que, asombrosamente, nos es dado reconocer mientras vamos haciendo los descubrimientos que ahí nos esperan: según qué libros nos interesen, nos intriguen o nos atraigan por cualesquiera razones (el diseño de sus portadas, los asuntos que sugieran sus títulos, las razones que consten en sus contraportadas o en sus solapas, los autores que los firmen, etcétera), entran en juego nuestras capacidades de evocación y de imaginación, así como nuestros saberes y nuestra ignorancia, de manera que nos hallamos visitando a la vez nuestra historia como lectores y atisbando los derroteros por los que esa historia podría continuar. A mí me pasa, también, que en el paseo desenfadado por una librería voy incluso revisitando azarosamente estaciones de mi vida toda, no sólo como lector: porque los libros que han sido acontecimientos decisivos para cada quien, al reencontrarlos, nos devuelven automáticamente a las circunstancias en que dimos con ellos por primera vez, y casi siempre son explicaciones elocuentes de quienes fuimos entonces y por qué.
        Hay librerías que propician mejor que otras estos paseos por uno mismo, y no necesariamente son las que más bien aprovechados tengan sus espacios: hace unos días conocimos la librería Rosario Castellanos del Fondo de Cultura Económica, en la Ciudad de México: enorme, preciosa, con unos sillones estupendos para aplastarse a gustísimo a hojear o leer lo que a uno le dé la gana, llena de luz; además alberga una galería formidable, un cafecito sabrosón, y así... Pero, si bien a primera vista podría pasar por un paraíso, algo falta, y creo que es algo común a las grandes cadenas: un mejor sentido en la organización de las existencias. El surtido es vasto, sí, pero tal vastedad propende al caos, de modo que más allá de las mesas de novedades (donde suelen estar los títulos más deleznables, los que urge que se vendan) es difícil orientarse y la experiencia puede ser fatigosa —lo que no suele suceder en las librerías de viejo, donde puede ser más sencillo saber qué hay. Aunque tampoco me voy a quejar, y lo dejo aquí: nada como un buen rato en una librería para serenarse y conseguir que la famosa realidad ruede allá afuera y nos deje en paz.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 22 de julio de 2010.
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