Calandrias

Foto: Mural / Marte Merlos

Jamás me he subido a una calandria. En Guadalajara, quiero decir: creo que alguna vez, de niño, me tocó pasear en una en el Bosque de Chapultepec, aunque no puedo asegurarlo porque no puedo asegurar que hayan existido calandrias en Chapultepec, pero además porque la experiencia, si la hubo, supongo que no debió de ser capital: me acordaría claramente. De ahí, quizás, que siempre haya visto con extrañeza a los turistas que viajan encaramados en las calandrias tapatías: no sólo me intriga cuánto del recorrido se les volverá un recuerdo entrañable —y supongo que así lo quieren, pues invariablemente van grabando video y se les ve sonrientes, contentotes—, sino sobre todo qué razones los mueven para lanzarse a esa aventura: ¿entenderán que cuenta como una tradición tapatía que no hay que perderse, supondrán que es una forma óptima de conocer el centro de la ciudad, les hacen ilusión los caballitos? Las calandrias pueden ser, lo admito, una atracción más o menos exótica, y acaso la tentación de abordarlas radique en su carácter insólito, en una ciudad donde escasean los motivos de auténtico interés para el visitante: como no sean algunos edificios que vale la pena ver, o algunos rumbos (no muchos) por los que da gusto caminar, en lo que Guadalajara ofrece a la vista impera la reiteración de lo peorcito que tienen todas las ciudades frenéticas: demasiados coches, gentío, mugrero, estridencias, abandono, hedor.
       Es posible que las calandrias que a duras penas subsisten, amenazadas básicamente por la sobresaturación de vehículos en cualquier zona por la que rueden, digan más del carácter paradójico de la ciudad que cuanto se pueda presumir en términos de su valor sentimental como emblemas de un pasado que hace mucho quedó atrás. Comprensible en una postal, en las evocaciones de una Guadalajara más apacible o, en todo caso, menos hostil y caótica que ésta que ahora padecemos —por culpa de gobernantes mendaces y bribones, pero también de quienes los hemos dejado prosperar en su rapacidad—, la presencia de las calandrias ha llegado a ser una suerte de triste obstinación: porque lo que proponen es un paseo grato, un rato de feliz vivencia de la ciudad, cuando el territorio en que tiene lugar su propuesta cancela toda posibilidad de que así sea. A mí me asombra, por ejemplo, que no haya cada tercer día un caballo arrollado por cualquier cretino que crea que Juárez es una versión tapatía de Daytona. Y es que los tapatíos acaso «sintamos»  que debe seguir habiendo calandrias, y que se perdería una parte muy significativa de nuestra identidad si desaparecieran, pero en realidad no creemos que haya muchas razones de que sigan aquí. A mí me dejan perplejo siempre que me las topo: las veo como pruebas vivientes de que Guadalajara no sabe qué hacer consigo misma, y sospecho —pero quién sabe: igual a la gente le gustan cosas rarísimas— que eso resulta evidente para quien termina de dar esos paseos peligrosos por rutas en las que no sé bien qué hay que ver.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el jueves 8 de julio de 2010.
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