¿Enredarse o no? (I)


Al novelista Javier Marías, hará un par de meses, se le descompuso la máquina de escribir —o era que ya batallaba mucho con ella, luego de torturarla por años—, y al querer estrenar otra se topó con la noticia de que su modelo favorito ya no se fabrica, y peor aún, esos artefactos se han vuelto casi inencontrables. La circunstancia dio pie a que Marías declarara (no es la primera vez) su reluctancia, casi fóbica, a posar los dedos en el teclado de una computadora. «No me gusta y me resulta incómodo, en contra de lo que le pasa a todo el mundo (soy un anormal)», admitió entonces, aduciendo la molestia de no contar con papel sobre el cual hacer «tachaduras, llaves, flechas y garabatos al corregir a mano». Pero luego de esa razón, ciertamente comprensible —y a la que pueden agregarse otras: la añoranza del tableteo de las teclas en una máquina de escribir, una música que de seguro extrañamos cuantos llegamos a utilizarlas; el carácter ritual del trabajo en ellas: introducir una hoja, hacer girar el rodillo, colocar el papel carbón, la minuciosidad que exigía corregir una equivocación...—, el autor de Corazón tan blanco arremetió contra todas las posibilidades (amenazas para él) de una computadora, más allá de su función como procesador de textos: internet y sus derivados, vaya, sobre todo el correo electrónico: ¡horror!
    Unas semanas después volvió sobre el tema. Resignándose a acercarse al «ordenador» en lo que consigue otra máquina de escribir, aprovechó para conocer lo que tanto temía (entre otras cosas, la página web que una lectora devota le ha consagrado: javiermarias.es), y navegó un poco. «Lo que más me ha desagradado, sin embargo, son los llamados blogs y foros», escribió entonces. Sostener un espacio así en la red, a su juicio, es equiparable a esto: «uno va a un bar, se sienta a una mesa y habla de lo que sea, y a continuación está expuesto a que cualquiera coja una silla y le suelte a su vez su rollo o —con demasiada frecuencia— sus imprecaciones». Pues sí, cabría reconocerle, y no sólo eso, sino que a menudo, y es lo más frecuente, dicha exposición ni siquiera merece la comparecencia de nadie, y quien está a la mesa parlotea a solas, sin que queden jamás claros los motivos de desperdiciar la vida así.
    Por mucho que resulte una aversión excesiva la que mantiene a Marías fiel al papel, al fax (que no al teléfono: parece que también lo detesta), al servicio postal y a la consulta en bibliotecas —antes que confiar en internet: «aquello parece una enciclopedia de vastedad incomparable, pero de calidad muy dudosa y variable»—, acaso sea útil tomarla con más seriedad que sorna para medir con ella las consecuencias de lo fácil que es dejarse conquistar por las bondades del medio, por su espectacularidad, por su naturaleza tan prometedora como poco cumplidora. No es como para ir corriendo a desempolvar la Olivetti, claro, pero sí para pensarle tantito —y, si otra cosa no se ofrece, sobre esto volveremos la próxima semana, porque el tema da para largo.

Lo malo es que, por andar de nostálgicos, luego puede pasar esto: 



O puede uno terminar como va a terminar Javier Marías (ah, no, perdón: es Jerry Lewis):
  




Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 9 de enero de 2009.
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8 comentarios:

Micro dijo...
13 de enero de 2009, 1:23

Chale.

Yo tiré o regalé la máquina de escribir de mi mamá, por órdenes de ella que no quiere tiliches.

Interesante lo que opina sobre los blogs. Analogamente romántico también.

Ten un buen año estimado azote.

Por ahí nos estaremos topando.

Micro dijo...
13 de enero de 2009, 1:24

edit*

lo que opina Javier Marías

Luis Vicente de Aguinaga dijo...
13 de enero de 2009, 10:53

La monserga con Javier Marías es que todo le saca ronchas: todo. Nunca -estoy diciendo nunca- he leído un solo artículo suyo que no sea para quejarse de, alegar contra, exigir la supresión de, lamentarse por, etcétera. Y el espectáculo de tanto sufrimiento ininterrumpido acaba por fatigar, ¿no? Es difícil ya no digamos comprender a semejante incomprendido para solidarizarse con él, así fuera por lástima, sino apenas prestarle atención y tolerar sus gimoteos. Y encima es del tipo de prosista que todo lo resuelve añadiendo una coma y, tras ella, la enésima oración subordinada, que para colmo no es tal cosa ni cuadra con lo anterior en términos de concordancia elemental. No, no, no: ¡qué horror! Hay que hacer una colecta de máquinas viejas nada más para donárselas y mantenerlo callado.

Octavio Aguirre dijo...
13 de enero de 2009, 15:11

Bueno pues, mientras el se queja en un libro, nosotros nos quejamos a través de nuestros blogs, ¿no? Con un ánimo secreto de encontrar la fama, como seguramente algunos lo han logrado. Si no fama, tan siquiera algo de trabajo.

Ya tenía mucho que no me paraba por su espacio, licenciado. No crea que lo he olvidado, sigo siendo fiel seguidor de su columna jaja.

Recuerdo bien que la velocidad que tengo al tipear en el teclado de una computadora se debe porque me enseñé en una Olivetti. Esas clases de mecanografía me sirvieron mucho. Todavía, de vez en cuando, si me topo una, empiezo a escribir en ellas.

Saludos, mi estimado.

Víctor Cabrera dijo...
14 de enero de 2009, 14:01

hey, maese Carranza:
¿Te acuerdas de aquel último encuentro del Fonky en SLP en el que alguno de los músicos presentó una pieza para piano (creo) y máquinas de escribir? Pues he aquí que Jerry Lewis es un verdadero visionario, la prueba fehaciente de que la comedia se anticipa ya no a la realidad sino al "arte".

Hasta la Victoria siempre... y la Corona, y la Bohemia y también la Negra Modelo.

Verónica Nieva dijo...
15 de enero de 2009, 22:29

¡Toma Corona!

Joel Meza dijo...
18 de enero de 2009, 23:41

Los blogs como bares donde se avientan (y a veces se reciben) opiniones. Pues sí ¿no?

chicokc dijo...
4 de febrero de 2009, 22:30

Tengo una maquina de escribir que no corresponde a ninguna época...es eléctrica y tiene ese corrector ortográfico que hasta musiquita hace. Fue como parte del desprendimiento, de ese dolor de apartar la olivetti de 10 kg por una eléctrica, ese sentimiento nostálgico.
El hecho de soltar palabras sin recibir retroalimentación, como en un bar nos convierte en algo además de bloggers, necios o borrachos, dependiendo el lugar.

Saludos!!!