Lo que faltaba

Qué alegría que, a unos meses del cumpleaños de Gabriel García Márquez y los cohetes que por dondequiera tronaron festejándolo, estuviera esperándonos el cumpleaños de su novela más famosa, Cien años de soledad. Y qué alegría porque así hay pretexto para alcanzar a decir, antes de que el tema quede sepultado por el olvido que merece toda efeméride sensacional, dos o tres cositas acerca del colombiano y su canonización en vida, y acerca de su libro famoso y la espectacularidad con que se ha querido celebrar que exista. (Lo malo, claro, es que el aniversario de la primera edición de la novela es el número 40, y eso garantiza que de aquí a diez años —si no es que algún ocurrente decide que el 45 también es bonito número— estemos presenciando otra pachanga tan ruidosa y cursi como ésta, otro aluvión de encomios, de lo hiperbólico a lo histérico, en loor del Nobel de Aracataca, y peor si el hombre todavía no se nos ha adelantado y aún anda entre los mortales para mostrar, como hizo recientemente en la visita a su pueblo natal, el desdén que le merecen las multitudes de fans).
Gabriel García Márquez, vamos, podrá ser un escritor interesante, pero lo triste de su entronización es que ponga de relieve las carencias y las omisiones de cualquiera que sinceramente acepte ser su súbdito y montarle su altarcito. Por extraordinario que pueda parecerle a sus lectores, y aunque en literatura es absurdo pensar en términos de campeonato, García Márquez ha sido, en muy buena medida, un suertudo cuyos tantos se han tenido más en cuenta que sus yerros, y que perdería por goleada si, a salvo del barullo publicitario que no cesa de cantar sus glorias, esos mismos lectores se propusieran leer con el mismo buen ánimo (y la misma disposición a maravillarse) a, por lo menos, una media docena de escritores, también latinoamericanos y también del siglo 20. Por no mencionar a Juan Rulfo o a Jorge Luis Borges, que lo dejan enanito, García Márquez dudosamente podría medirse, pongamos, con Roberto Arlt. Pero ¿quién, de cuantos adoran al santón, tiene en cuenta la valía de Arlt? Las injusticias de la celebridad, podrá pensarse. Y es cierto: Arlt, para empezar, no vivió lo suficiente —y maldita la gana que habría tenido— para que los flashes y los poderosos repararan en él, y además ni siquiera se habría podido adjudicarle epítetos como «mágico», pues lo suyo era más bien difícil e incómodo. Lo suyo era lo más humano de lo humano. Y eso a quién va a interesarle. Pero no tiene sentido seguir por esos rumbos (que, con todo, darían para mucho: ¿a un buen lector de Conrad, de Melville, de James, le podrían temblar las piernas con la saga de los Buendía y su basural de florecitas amarillas?).
En fin: ahí está la edición conmemorativa de la novela de García Márquez, al mismo tiempo un club de amigos y un álbum de trivialidades —y excesos injustificables: más de alguno la equipara con el Quijote. Es un volumen macizo: se ve que atranca las puertas muy bien.

Publicado en la columna «La menor importancia», en Mural, el viernes 8 de junio de 2007.
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3 comentarios:

Kurt C. dijo...
10 de junio de 2007, 21:23

jajajaj, cómo me dio risa la última oración.
Pero claro que se quedaría corto y simplemente no se podría comparar con la genialidad de Borges o de algunos otros. Es mas famoso simplemente y en el mundo es "mejor" lo mas vendido.

Comparado con el Quijote...POR FAVOR!!! No me parece, en mi humilde opinión.

Kui dijo...
8 de julio de 2007, 17:26

Qué tal, llegué aquí blogeando y me ha latido tu blog.
Respecto a este escrito, pues.. a mí sí me gusta "Cien Años.." y también algunos de los cuentos de Gabo, pero coincido en que está muuuy sobrevalorado.
Y que hay otros latinoaméricanos mucho más rifados que no están tan bajo la lupa como él.
Yo creo que Fernando del Paso se la mata por mucho. El año pasado fue el aniversario de "José Trigo" y nadie que dijo nada. Triste situión... o quizá no..
saludos

Gabriel dijo...
20 de agosto de 2007, 10:43

Totalmente cierto... claro que si esta sobrevalorado